La puerta del hotel era imponente. Las luces diseñadas exclusivamente para generar una atmósfera agradable invitaban a atravesar sus marcos dorados relucientes. Makena había viajado junto a su hermana Mechi, quien no había hecho más que recordarle lo hermosa que lucía y lo corta que era la vida, como para dejar pasar oportunidades. Si bien valoraba que quisiera levantar su autoestima, también agradecía el haberse bajado de aquel auto. Se acomodó la corta falda del vestido rojo y se dirigió hasta la entrada, llevaba el cabello suelto, luego de largo tiempo sin hacerlo, sus ojos con un exquisito delineado que los resaltaba con sutileza y aquellos zapatos cuyo uso había sido casi demandado por sus cuatro hermanas con tanta vehemencia que no se había podido negar. Uno de los empleados del

