Boston no se parecía en nada a lo que Alina había imaginado. Llevaba dos meses allí y aun no se acostumbraba al frío que se colaba por debajo de su enagua al caminar hasta la universidad y mucho menos a aquel idioma que si bien había estudiado antes de ir, sonaba demasiado ajeno. Compartía casa con 3 maestras argentinas, 2 francesas y 4 españolas y si bien todas eran muy amables, extrañaba demasiado a su mejor amiga. Le escribía cada dos o tres días con la esperanza de que la respuesta llegara lo antes posible y le contaba sus días como si estuvieran en la sala de su casa de Barracas con el fuego encendido y un mate de leche en la mano. Pasaba mucho tiempo leyendo, aunque había abandonado las novelas de amor, ya que sólo acrecentaban su pena. No había tenido noticias de José desde qu

