En todo el proceso él me miró de manera divertida y… seductora, diría yo. Claro que en su trabajo es muy profesional y comenzó con sus preguntas personales hasta que culminó. Preguntó si el hombre que me acompañaba era mi marido, yo sonreí y le dije que es mi padre y que mi esposo no ha podido acompañarnos. Ah, qué rabia, no sé en qué momento se me ocurrió confesarlo. —Ah, ¿o sea que eres casada?—indagó. —Sí— respondí. —Eres muy hermosa, con todo respeto, déjame decirte que te admiro y lamento haberte conocido tarde. —¿A qué se refiere?—Cuestioné. Queriendo divertirme. —De no estar casada, te habría enamorado hasta conquistarte—. Dijo, ahora muy serio. Me sentí como el puto de Arnaldo, hablando con sus amantes y sentí asco de mí misma. —Lo siento. —Habría dicho que no te aceptaba—.

