Habían pasado casi treinta años, pero Esther Moore lo reconoció en cuanto sus miradas se cruzaron. Zane Locke. Los años le habían dejado algunas arrugas y un poco de canas, pero seguía caminando como si llevara una corona invisible. Su presencia era imposible de ignorar. Todavía tenía esa aura tranquila que lograba que la gente se callara apenas él ponía un pie en la habitación. Y aún así, ahí estaba, rodeado de cajas de arroz jazmín y quinoa orgánica, mirándola como si fuera un recuerdo que creía haber olvidado pero que, claramente, no podía ignorar. Zane Locke. El hijo mayor de la familia Locke —un nombre que en política se mencionaba con cierta reverencia y, en círculos más cerrados, en aquellas conversaciones reservadas entre Manadaes de hombres lobo y el mundo huma

