En cuanto escuché su voz, sentí un escalofrío bajarme por la espalda como si me hubieran presionado el botón de "pelea o corre". Me giré despacio y ahí estaba Sebastián, parado en la puerta, con el pelo empapado y el abrigo n***o chorreando agua de lluvia. Parecía sacado de una peli antigua en blanco y n***o—todo sombras y ese aire tan suyo de no decir nada pero pensarlo todo. Sus ojos se cruzaron con los míos, tan enigmáticos como una neblina densa sobre un lago de montaña. Y sí, con esa calma suya que saca de quicio. "Dormí perfectamente", solté con ese tono forzado que uno usa en cenas familiares incómodas o reuniones de oficina donde nadie quiere estar. Fui directo a la caja de pañuelos en la mesita como si dependiera de ella para sobrevivir. Romper contacto visual

