El edificio Vitolli se alzaba frente a ella como una fortaleza de vidrio y acero. Alicia respiró profundo antes de cruzar la puerta giratoria, y Anderson deslizó una mano posesiva en su espalda, ese gesto apenas perceptible que decía todo sin palabras. —Puedes hacer esto —susurró contra su cabello, aunque no era una pregunta. Ella lo sabía. Lo sentía en cada fibra de su cuerpo, en la sangre que corría más rápida por sus venas, en el traje borgoña que la hacía sentir como una reina entrando a reclamar un trono que nunca había perdido. El ascensor subió en silencio. Cuando las puertas se abrieron en el piso treinta y dos, el bullicio de la oficina la golpeó: voces, teclados, la energía frenética de un mundo que seguía girando sin ella, pero que se detuvo en el momento exacto en que sus ta
Escanee el código QR para descargar y leer innumerables historias gratis y libros actualizados a diario


