El amanecer no llegó suave para Anderson. Llegó como un puño cerrado. Alicia dormía en su habitación cuando el teléfono de él vibró. Un mensaje de Camila, escueto y urgente: "Lisa descubrió más. No es solo Gerald. Alguien de los Vitolli está involucrado. Estoy con ella en la clínica." Anderson se levantó sin hacer ruido. No quería despertarla. No cuando finalmente había dejado de tener pesadillas. Bajó a su despacho y, con tres llamadas rápidas, activó el protocolo que hacía años había jurado no utilizar. El mismo que lo había convertido en lo que era: un hombre que resolvía problemas antes de que se convirtieran en catástrofes. La puerta se abrió sin tocar. —¿Qué pasó? —preguntó Alicia, envuelta en su bata de seda, el cabello cayendo sobre sus hombros. Sus ojos no tenían sueño. Había

