Estoy embarazada
POV IGNACIA
El latido de mi corazón resonaba con fuerza en mi pecho. Todo mi cuerpo temblaba.
El aire entraba y salía de mis pulmones de manera irregular. Coloqué mi mano, aún temblorosa, sobre el pomo de la puerta, pero no fui capaz de empujarla. Todavía tenía tiempo. Tiempo para dar media vuelta, escapar de esta realidad que parecía asfixiante. Tiempo para desaparecer y ser libre, pero algo dentro de mí necesitaba confirmar que mi sospecha era errónea. Por eso había concertado la cita con el ginecólogo. Tal vez la prueba de embarazo había fallado; no siempre es precisa. Esa esperanza, diminuta pero persistente, mantenía mi cordura a flote y me permitía seguir adelante.
Había sido una pesadilla conseguir esta cita. Sólo pensar en la posibilidad de estar embarazada me provocaba unas náuseas que apenas lograba controlar con respiraciones profundas. Pero aquí estaba, enfrentándome a lo inevitable. Era ahora o nunca.
Abrí la puerta y, con pasos pesados, me dirigí a la recepción. Sentía la presión subiendo desde el pecho hasta mi garganta. El corazón me latía frenético.
—Buenos días —saludó la recepcionista con una sonrisa.
—Buenos días —contesté, la voz quebrada, mientras me acercaba.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Tengo una cita hoy —respondí, sintiendo cómo mi garganta se cerraba.
—¿Cuál es tu nombre?
—Ignacia Acosta.
La mujer tecleó por unos segundos en su ordenador y luego, con un gesto amable, me indicó que esperara en la sala. Busqué una silla vacía y me dejé caer, intentando distraerme con las revistas que había en la mesa, pero mis ojos no podían concentrarse en ninguna de ellas. Al final, dejé que mi mirada vagara por la sala. Había muchas chicas jóvenes acompañadas por sus madres, y también varias mujeres embarazadas. Trato de no mirarlas directamente, pero es imposible apartar los ojos de sus barrigas redondas.
¿Qué pasaría si de verdad estuviera embarazada?
Mi vientre también crecería, redondo y evidente. No habría manera de ocultarlo. ¿Cómo enfrentaría eso en la escuela? ¿Cómo se lo diría a mis padres?
No. No podía estar embarazada. No debía estarlo. Aún tenía dieciocho años, mi futuro estaba lleno de posibilidades, y no podía permitirme que todo se desmoronara ahora. Quería tener hijos, sí, pero en el momento adecuado, no ahora. ¡Y definitivamente no con él!
En el fondo sabía que parte de la culpa era mía. No debí haber ido a esa fiesta, ni haber bebido tanto. Pero en ese momento, quería pertenecer, ser parte de algo más grande que yo.
—Señorita Acosta —llamó una voz desde la recepción, sacándome bruscamente de mis pensamientos.
Me levanté y me acerqué rápidamente.
—Habitación tres, el doctor la verá enseguida —me indicó con una sonrisa.
—Gracias.
Me condujeron a una habitación pequeña, pero cómoda, con fotos de bebés y madres decorando las paredes. Me senté en una silla, agradecida de que al menos el entorno no fuese intimidante. Últimamente, los bebés parecían seguirme a todas partes, como si el universo intentara decirme algo.
La puerta se abrió y una mujer de mediana edad, con una expresión serena y una trenza tirante, entró con una sonrisa brillante.
—Buenos días, señorita Acosta. Soy la doctora Martha Sandoval —dijo, estrechándome la mano.
—Buenos días —respondí débilmente.
Se sentó frente al ordenador, tecleó unos segundos y luego me miró con una sonrisa calmada.
—¿Qué te trae por aquí hoy? —preguntó con suavidad.
Me costó encontrar las palabras. Sentí que el aire se atascaba en mi garganta.
—Yo... creo que... podría estar embarazada —balbuceé, casi en un susurro, sintiendo la vergüenza apoderarse de mí mientras bajaba la mirada.
—No te preocupes, estás en el lugar correcto. ¿Por qué piensas eso? ¿Te has hecho ya alguna prueba? —su voz era tan reconfortante que, por primera vez, me sentí un poco más tranquila.
—Estuve con un chico en una fiesta. Bebí demasiado y no recuerdo todo con claridad, pero hasta hace poco pensé que habíamos sido cuidadosos. Sin embargo, hace casi dos meses que no tengo la regla, y últimamente he tenido náuseas y mareos. Me hice un test de embarazo y dio positivo.
¿Cómo pude ser tan imprudente? Me preguntaba una y otra vez. Pero ya no había vuelta atrás.
—Tranquila, primero vamos a asegurarnos. Recuéstate en el sofá y haremos una ecografía para verificarlo, ¿de acuerdo? —dijo con amabilidad, guiándome con gestos calmados.
Me tumbé, levanté la camiseta, y dejé al descubierto mi vientre, que ella cubrió con un gel frío. Encendió el aparato y mis nervios volvieron a dispararse.
Sentía una mezcla de miedo, ansiedad, y un desesperado deseo de que todo esto no fuera real.
La pantalla a un lado se iluminó en n***o, mientras la doctora comenzaba a mover el transductor sobre mi abdomen.
—Vamos a echar un vistazo —dijo concentrada.
Aparté la mirada. No quería ver, no quería saber.
Pero entonces la vi, mirando la pantalla con un rostro que no necesitaba palabras. Lo supe en ese instante.
Mi peor miedo se había hecho realidad.
*
Caminaba por las calles bajo una lluvia incesante. Estaba completamente empapada, pero eso no me importaba. Mi mente no podía despegarse de aquella frase que lo había cambiado todo.
Señorita Acosta, lamento decírselo, pero está embarazada.
Mi mundo se desmoronó en ese instante. Mis sueños, mi futuro, todo quedó destrozado. ¿Cómo se lo diré a mis padres? Nunca lo entenderán. Ellos siempre han sido estrictos conmigo, controlando cada aspecto de mi vida. No querían que fuera como las demás chicas, me protegían como su única hija. Pero al final, todo se complicó más.
Fui a esa fiesta a escondidas, en un intento desesperado de rebelarme contra ellos. Estaba harta de sentirme prisionera en mi propia vida, de vivir bajo las reglas de mis padres. Ellos me habían prohibido tantas cosas que terminé sintiéndome como un pájaro atrapado en una jaula, ansiosa por liberarse.
RECUERDOS PASADOS
—No puedo, Irene. ¿No entiendes? Si mis padres se enteran, me matarán— respondí, frustrada, mientras mordía mi sándwich.
—Por favor, Ignacia. No puedes vivir así para siempre. ¡Tienes 18 años! No estamos hablando de hacer algo terrible, solo ir a una fiesta, no a prostituirnos en las calles— insistió, sin rendirse.
—No puedo, Irene. Mis padres confían en mí. Ve tú y diviértete— le contesté, tratando de sonar firme.
Pude ver la decepción en sus ojos. Al final, suspiró resignada.
—De acuerdo, me rindo. Pero algún día, Ignacia, vendrás conmigo a divertirte como se debe. ¿Trato hecho?— me dijo con un tono decidido, acompañándolo de una risita.
—Palabra de honor, señorita— respondí con una sonrisa. Ambas reímos, contagiadas por la situación.
Al terminar el almuerzo, nos despedimos y me dirigí al vestíbulo. Mientras caminaba por el pasillo, rebusqué desesperadamente en mi bolso buscando mi celular.
—¿Dónde rayos está?— murmuré, frustrada.
Justo en ese momento, choqué de lleno contra alguien, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo junto a la otra persona.
—¡Dios, lo siento mucho!— me disculpé rápidamente sin levantar la vista, sintiéndome mortificada por el incidente.
—No te preocupes, fue culpa mía. Lo siento— escuché una voz masculina que me obligó a alzar la vista.
Y ahí estaba él. El chico que parecía salido de mis sueños. Alto, con ojos azules intensos y cabello oscuro que enmarcaba un rostro perfecto. Su cuerpo atlético me recordaba a los modelos de las revistas. Era como un príncipe azul.
—No pasa nada— logré balbucear, sintiéndome más avergonzada que nunca. Me agaché rápidamente para recoger mi bolso, pero él se adelantó, recogiendo las cosas que habían caído y entregándomelas.
Todo parecía sacado de una película romántica. Esas en las que dos personas se encuentran y comienzan una historia de amor. Ojalá fuera tan fácil en la vida real.
—Gracias— murmuré otra vez, intentando controlar mi nerviosismo.
—No hay de qué— dijo él, sonriendo.
Su sonrisa lo hacía aún más atractivo, y tuve que contenerme para no seguir mirándolo. Justo en ese momento, sonó la campana que marcaba el inicio de las clases.
—Bueno, debo irme— dije apresurada, tratando de escapar de la situación.
—Por cierto, me llamo William— dijo él, deteniéndome. Me giré, sorprendida, y vi de nuevo su encantadora sonrisa.
—Ignacia— respondí finalmente, con una pequeña sonrisa, y me dirigí hacia el vestíbulo.
Llegué a mi asiento justo a tiempo, pero durante toda la clase, mi mente no pudo concentrarse en otra cosa más que en él.