—No te grita nada —mentí, jadeando, echando la cabeza hacia atrás contra la pared de piedra para evitar su cercanía, aunque eso solo expuso mi cuello a su mirada hambrienta—. Es solo... es este lugar. Es la tensión. Aléjate Silas. Es una orden. Él soltó una risa ronca, un sonido carente de alegría pero cargado de una posesividad que me hizo temblar. — No lo voy a hacer mi amor Se inclinó, acortando los últimos milímetros que nos separaban. Por un segundo, mi mente gritó que corriera, que si lo dejaba entrar no habría vuelta atrás, que el secreto del niño se volvería una verdad palpable entre nosotros. Pero entonces, su boca chocó contra la mía. No fue un beso suave. Fue una colisión, una declaración de guerra y de rendición al mismo tiempo. En el momento en que sus labios tocaron los

