Silas guardó silencio durante un momento que me pareció una eternidad. Sentí sus ojos dorados recorriendo mi rostro, deteniéndose un segundo de más en la línea de mi mandíbula, que yo mantenía tensa en un esfuerzo desesperado por no romperme allí mismo. Él no era tonto; sabía que la «presión de la guerra» era una manta demasiado corta para cubrir el frío que emanaba de mí. —Tienes razón —concedió finalmente, aunque su voz arrastraba una nota de escepticismo que me erizó el vello de la nuca—. Nadie está a salvo allí. Ni siquiera nosotros. Dio un paso atrás, devolviéndome el espacio vital que yo tanto ansiaba, pero mi sensación de alivio fue mínima. La distancia solo hizo que su mirada se volviera más panorámica, más analítica. Lo observé enrollar el pergamino con una lentitud deliberada,

