Vex retrocedió un paso, pero no parecía ofendida. Al contrario, sonreía con esa mueca torcida que usaba cuando algo le divertía de verdad. Se llevó la mano al pecho, fingiendo un dolor que no sentía, mientras entornaba sus ojos astutos. —Vaya, qué crueldad —dijo con un tono falsamente herido, aunque su voz seguía siendo pura seda venenosa—. ¿Qué pasa, Alana? Pensaba que éramos amigas. O al menos lo más parecido a eso que este agujero permite. La palabra "amigas" salió de su boca como un insulto elegante. Sabía que entre nosotras no había amistad, sino una mezcla de respeto forzado, deseo unilateral y una rivalidad que siempre estaba a un centímetro de volverse sangrienta. —Somos lo que la guerra necesita que seamos, Vex —respondí, pasando por su lado sin mirar atrás—. Y ahora mismo, lo

