Me envolví en la toalla, el calor aún acariciando mi piel mientras seguía a Elara a una alcoba anexa al baño. Allí, sobre un maniquí de ébano pulido, colgaba el vestido. Mi aliento se cortó. No era lo que había esperado. No eran sedas grises ni gasas plateadas, ni ningún tono frío del palacio. Este vestido era del color de la sangre recién oxigenada, un rojo intenso, profundo, casi n***o en los pliegues más sombríos. Estaba hecho de un material que no podía identificar: no era seda, ni raso, ni terciopelo. Parecía líquido solidificado, o la piel de alguna criatura mítica, y absorbía la luz de las velas para devolverla en un brillo aterciopelado y sensual. El corte era una obra maestra de provocación y elegancia. Sin mangas, con un escote pronunciado pero no vulgar, que se envolvía alred

