Capítulo 30

1955 Palabras

Al tomar el brazo de Silas, sentí cómo el peso de cien pares de ojos se posaba sobre mí. No eran miradas curiosas; eran evaluaciones, disecciones, degustaciones. El murmullo decayó por un momento, reemplazado por el tintineo de copas de cristal y el crujido de telas caras. El primer grupo al que nos acercamos estaba formado por tres damas demonio. Vestían tonos de gris perla y azul gélido, y sus sonrisas eran idénticas: labios pintados de rojo cereza, dientes perfectos, ojos sin alma. -Mi señor Silas -dijo una, con voz melosa como jarabe helado-. Tu adquisición es... impactante. El color es una declaración tan... vehemente. -Su mirada recorrió mi vestido, pero no como quien admira una tela. Era la mirada de un coleccionista que calcula la resistencia de una piel a ser desgarrada. -La lí

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