El dolor no era un simple pinchazo. Era una entidad viva que había hecho nido en mi tobillo. Cada latido de mi corazón enviaba una nueva oleada de fuego helado desde la herida, una sensación contradictoria y desquiciante: el calor de la sangre que brotaba y el frío corrupto que la garra de la criatura había inyectado en la carne desgarrada. No era veneno, sino algo peor —una contaminación del Vacío, una anti-esencia que trataba de congelar y disolver al mismo tiempo. —¡Agh! —Un gemido escapó de mis labios, apretados para no gritar y atraer más atención. Cada paso era una tortura calculada. Cojeaba violentamente, apoyando casi todo mi peso en Elara, cuyo cuerpo delgado se tensaba bajo el esfuerzo. La sangre, negra y espesa bajo la luz fantasmal del bosque, había empapado la tela de mi bata

