Capítulo 36

1922 Palabras

El silencio del claro era tan absoluto que el latido de mi propio corazón sonaba como un tambor de guerra en mis oídos. El dolor en el tobillo, antes un grito agudo, se había asentado en un martilleo sordo y constante, una presencia desagradable pero manejable. Con manos temblorosas, me acomodé contra uno de los monolitos de hielo azul —su frío penetrante era casi un alivio comparado con el calor de la infección— y comencé a deshacer el vendaje tosco de Crogan. La tela estaba empapada de sangre oscura y seca. Al retirarla, contuve una arcada. La herida no parecía… normal. Los bordes, donde la garra se había clavado, estaban negros y necróticos, pero no con la podredumbre de la infección humana. Era una oscuridad activa, como si un trozo de noche se hubiera incrustado en mi carne. Alrededo

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