La conciencia regresó en oleadas, cada una más pesada que la anterior. Primero fue el dolor de cabeza, un martilleo sordo y persistente en mis sienes, como si alguien hubiera usado mi cráneo para cascar nueces. Luego, una molestia punzante y profunda en mi tobillo izquierdo, recordándome brutalmente la garra, el bosque, la huida. Pero era un dolor contenido, vendado, manejado. Finalmente, abrí los ojos. No estaba en el claro de hielo n***o. Estaba en una cama. No la gigantesca de mi suite en Frío Eterno, sino una más pequeña, de dosel alto con cortinas de un terciopelo color vino oscuro. La luz era tenue, cálida, proveniente de unas lámparas de aceite con pantallas de alabastro que proyectaban patrones danzantes en el techo abovedado, hecho de ladrillos antiguos de piedra arenisca. El a

