Al levantarme, lo hice con la guardia alta, esperando ese latigazo de dolor en el tobillo que me recordara mi fragilidad humana. Pero, para mi sorpresa, mis pies tocaron el suelo con una firmeza desconocida. Caminé hacia la salida, probando mi peso. No había rastro de la cojera. Era como si mis células se hubieran regenerado bajo una lógica distinta, más eficiente, más rápida. Al abrir las pesadas puertas de madera, el aire del pasillo me recibió con su habitual olor a piedra vieja y humedad. A los pocos metros me crucé con Elara. Caminaba con paso apresurado, sosteniendo con ambas manos una bandeja de metal cargada de ungüentos y vendas que goteaban un líquido espeso de color ocre. Al verme, sus cejas subieron tanto que casi desaparecieron bajo su cabello. —¿Alana? —Se detuvo, examin

