El aire en la habitación real de la Cuarta Esfera se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. No era un parto común; era una colisión de linajes. Alana estaba sumergida en un mar de sábanas de seda negra, con el cuerpo arqueado y la piel brillando con un sudor dorado que parecía emitir su propia luz. Cada contracción no solo sacudía su vientre, sino que hacía que las paredes de obsidiana del castillo vibraran, respondiendo a la magia que reclamaba su salida. A su lado, Silas era una estatua de angustia y poder contenido. El Rey de la Cuarta Esfera, el guerrero que nunca había retrocedido ante un ejército, estaba de rodillas junto a la cama, sosteniendo la mano de Alana con una fuerza desesperada. Sus ojos oscuros estaban fij

