El pasillo sembrado de cadáveres mutilados quedó atrás, pero el hedor a sangre y vísceras se nos había pegado a la piel. Kael avanzaba unos metros por delante, una sombra elegante y letal que solo mis ojos podían ver. Detrás, Silas cargaba a mi padre, cuyo cuerpo parecía pesarle cada vez más, mientras Ruth y los soldados vigilaban la retaguardia con espadas desenvainadas, sus rostros pálidos por el horror que acababan de presenciar. Aprovechando el silencio tenso, me atreví a hablarle a Kael mentalmente. —¿Crogan... y los demás están bien? —pregunté, sintiendo un nudo de preocupación. Kael se detuvo un instante y se giró hacia mí. Su sonrisa burlona había desaparecido, reemplazada por una seriedad inusual. —Están bien, mestiza —su voz mental resonó con fuerza—. Están esperando en el pu

