Estaba de nuevo en el bosque gris, frente al Silas de ojos gélidos que no me recordaba, o que prefería no hacerlo. Mi respiración estaba agitada y mis labios hormigueaban, todavía sintiendo el fantasma de aquel beso apasionado. —¿Alana? —La voz de Silas, ahora cargada de una extraña preocupación, me trajo de vuelta a la realidad. Me llevé una mano al cuello, justo donde en el sueño él me había besado, y me obligué a tragar saliva. El contraste era devastador. —No es nada... —mentí, aunque mi voz sonó quebrada—. Vamos al Cañón. — Tu ritmo cardíaco se ha disparado y tus pupilas están dilatadas —dijo Silas, dando un paso hacia mí con una curiosidad clínica que me resultó insultante después de lo que acababa de sentir.Me llevé una mano al pecho, tratando de ocultar el temblor de mis dedos.

