Fernando

1857 Palabras
Hemos resuelto llevar a Fernando al hospital del pueblo para que reciba los primeros auxilios mientras logramos sacarle a un hospital donde le puedan operar. Le subimos a mi vehículo y lo trasladamos al hospital San Cristóbal a minutos de la hacienda, llegamos allá, con una mano presiono su herida y con la otra uso el teléfono mientras Rodrigo conduce. Mónica viene detrás en la camioneta con el resto de la familia. Que subiera al vehículo yo con Fernando ha sido todo un espectáculo, Mónica no quería despegarse de él, tuve que pedirle por el bien de todos que condujera la camioneta de Fernando porque con mis nervios no puedo manejar y sólo así aceptó porque usé a Eva y Carlos, padres de Fernando, como motivos para que ella condujera cuidando la integridad de los señores. La mujer no es buena. Es cierto que es bonita, alta, delgada, de tez clara, además tiene ojos verdes que hipnotizan y una cabellera larga y negra, pero no me engaña para nada, yo sé que juega y luce como la más bondadosa del planeta, pero toda la vida ha estado detrás de Fernando, hasta donde sé han sido íntimos amigos desde la niñez, pero aún no sé con cuáles intenciones porque ella dice amarle y por eso ha puesto la familia del Río en su bolsillo, pero no me convence del todo, hay algo que no me convence sobre ella. A pesar de esto Fernando le ha rechazado abiertamente para una relación de pareja porque la ve como una hermana, pero ella insiste en estar con él. Al llegar a la emergencia del centro nos recibe un doctor y una enfermera. —Soy el Dr. Cruz ¿Qué le pasó a Fernando?—pregunta. En este pueblo todos se conocen. —Le dispararon, no sabemos más de lo que ves ¡Ayúdanos por favor!—exclama Rodrigo. Rápidamente el doctor en compañía de la enferma canaliza a Fernando, le hidratan y pasan medicamentos para estabilizar el sangrado. Mientras ellos le asisten vemos todo lo que le hacen ya que es un hospital que consiste en una habitación que más bien parece un dormitorio, a penas con camilla y utensilios básicos. —Afortunadamente no parece ser una herida muy grave, si me dan el consentimiento puedo intentar extraer la bala—comenta el doctor. —¿Sin quirófano ni anestesia?—pregunto alarmada. —Puedo ponerle algo de anestesia local y un trago de alcohol para extirpar la bala—contesta el doctor. Abro los ojos y la boca, la sorpresa no cabe en mi cuerpo, esto parece ser una práctica de medicina antigua, antes de que existieran los equipos de este siglo, pero estamos desesperados y no sabemos qué hacer. —Puedo hacerlo, controlaré el sangrado, sacaré la bala, suturo la herida y continuamos medicándole, incluso con mis dedos siento la bala, no está profunda, pero no puedo hacer nada si no me dan permiso—el médico insiste. He llamado a diferentes hospitales, nadie puede estar aquí en cuestiones de minutos. Bomberos, fuerza militar, nadie puede actuar tan rápido por lo retirado que estamos, además no tenemos influencias para moverlas entre personas de alta relevancia social.  Sólo queda una persona por llamar, alguien a quien no quisiera molestar, mi padre, Luis Viccini, adinerado por herencia de sus padres. No es el hombre más fiel pero siempre cuida de nosotras. Tiene buen estatus social, aunque algunas cosas no las compra el dinero. Yo quiero hacer todo de manera independiente, sin solicitarle ayuda, pero le llamaré, si no está con su amante en la Bahamas, seguro podrá enviarnos su avión privado y socorrer a Fernando. —¡Ring! ¡Ring!—suena el teléfono y mi flamante padre no contesta. —¡Ring! ¡Ring!—insisto sin tener éxito. Decido llamar a mi madre, Margarita Viccini, siempre cuidando su figura y apariencia física. Las joyas caras, spas, tiendas de marca y saber los chismes de farándula son sus oficios. Mi padre le consciente todo, aunque son personas con muchos asuntos por resolver, no es el mejor matrimonio del mundo, pero han tratado de mantenernos unidos como familia. Si ella no está con su instructor de yoga, seguro contesta el teléfono y puede ayudarme a localizar a mi padre o instruir para que llegue la ayuda aquí. —¡Ring! ¡Ring!— otra persona que no contesta. No es de extrañarse, hace un tiempo no frecuento mucho mi familia, me siento muy diferente a ellos y su forma de pensar, incluso de mi hermana menor Laura me he sentido así, pero desde que se enamoró de Rodrigo ha cambiado bastante. Dejar a tras a Yeison, su tormentoso y mal influyente ex, ha sido su mejor decisión. Esa chica es joven y muy bella, seguro le irá mejor con el hermano del Rio menor. Ojalá yo pueda tener la oportunidad de intentarlo con el hermano mayor. ¡Ay, mi Fernando! Necesito otra oportunidad para luchar por ti. No puede ser que nuestra historia termine así, antes de comenzar un amor como lo mereces. Miro a Eva del Rio, madre de Fernando. La mujer más dulce, buena, noble y de mejor sazón en la cocina está destrozada, no llora sangre porque no brota de sus ojos la amargura que siente y en su lugar sale un mar de lágrimas. Carlos del Rio, su esposo y padre de Fernando se pasea de un lado a otro, justo esta semana ha estado muy mal de salud e incluso hemos quedado en ir a la ciudad la próxima semana para buscarle ayuda. Verle tan angustiado por su hijo me parte el alma. —¡Ericka! Debemos decidir, no tenemos mucho tiempo ¿Has logrado comunicarte con alguien?—pregunta Rodrigo, ver a su hermano así le ha cambiado el semblante. Hace unos minutos sólo tenía ojos para el amor de su vida, mi hermana y ahora parece que su alma está rota. —No quiero ser yo quien tome esta difícil decisión, pero nadie me contesta. Nuestra mejor opción es lo que pueda hacer el doctor—entre lágrimas explico. Todos vemos las condiciones en este lugar, un piso de tierra, paredes sin pintura, no hay sillas para sentarnos, acostumbran a ver a los pacientes en sus casas con situaciones sencillas como gripe o dolores menores, pero es nuestra única opción. —Señores, no tengo los equipos, pero estudié en la ciudad, donde mismo estudiaron la mayoría de los doctores, confíen en mí—con esas palabras terminamos de aceptar la única opción. El doctor y la enfermera pasan una cortina cubriendo la camilla donde está Fernando y solo escuchamos lo que hacen. —María, pásame el bisturí y la botella de vodka—solicita el doctor a la enfermera. —Enseguida—contesta María. Después de eso entre ellos están murmurando y siguen trabajando, no sabemos que está pasando con exactitud, sólo vemos dos siluetas de personas tras la cortina, trabajando sobre un hombre acostado en una cama, pero mi corazón no quiere latir con una velocidad regular, no sé cómo sigue en mi pecho, quizás le mantiene la esperanza de que todo salga bien. —¡Ring! ¡Ring!—suena mi teléfono. —¿Sí?—contesto a penas con lo que me queda de voz. —Hija ¿Pasó algo? Veo tu llamada y me extraña, no acostumbras a llamar, siempre prefieres escribir—mi padre me contacta. —Si, te llamaba, pero ya es demasiado tarde para recibir tu ayuda—contesto. —Disculpa, estaba ocupado, no vi el teléfono, pero ¡Cuéntame! ¿Cómo te ayudo? Nunca es tan tarde—insiste. —Es Fernando, le dispararon y quería que mandarás tu avión privado para sacarlo de este pueblo a la ciudad, a un hospital, pero ya están haciendo con él lo que pueden—respondo y rompo en llanto. —¿Cómo qué lo que pueden? ¿Qué paso? ¿Quién le disparó? ¿Están tu y Laura bien?—hace muchas preguntas. —Ahora no tengo cabeza para tantas preguntas, no sabemos nada, sólo que están tratando de sacar la bala—respondo. —Estoy fuera de la ciudad, pero enviaré el avión, sólo dime dónde están y si puedes envíame su ubicación— —Te dije que ya es demasiado tarde, me tengo que ir— —No, espera, nunca es tarde, déjame ayudarte— —Gracias papá, hablamos más tarde, ya no sé dónde estoy parada—contesto y finalizo la llamada. —Ericka ¿Con quién hablabas? ¿Era mamá?—pregunta Laura. —No, era nuestro padre—le informo. —¿Vendrá por Fernando?—pregunta. —No Laurita, ya es muy tarde. Roguemos que el doctor tenga razón y pueda salvarle la vida—entre lágrimas contesto. Mi hermana me abraza y me acompaña en mi dolor. Observo a Mónica muy callada, alejada del grupo. No ha salido una lágrima de sus ojos, pero no para de rezar. Supongo que todos procesamos como podemos lo ocurrido. Se acerca el doctor y todos nos apercibimos. —Tengo buenas noticias—dice. —¿Sí?—pregunto, todos estamos muy atentos. —La operación fue un éxito. Como creí, la bala entro a su pecho, pero a lo mejor por la distancia no tuvo mucha profundidad, logramos extirparla, la tengo para que la lleven con la policía, por si de algo sirve investigar este evento— Celebramos de alegría, nos volvió el alma al cuerpo, en lo personal mi corazón volvió a latir como es debido. Nos abrazamos y celebramos. —¿Y cuándo podemos verle doc?—pregunta Carlos. —Le hemos puesto algunos medicamentos para calmar su dolor, ahora mismo pediré calmantes más fuertes. La verdad es que no sufrió mucho, pero no sé si notaron un golpe en su cabeza. Ahorita veremos cuando despierte, pero antes de dormir, no me reconoció— —¿Golpe en su cabeza doctor? No vimos sangre—Rodrigo pregunta. —No hay sangre, a lo mejor se cayó y se golpeó, pero en el instante no lo notaron. Tiene una hinchazón en la cabeza, aun no parece ser grave, al rato veremos si los recuerda a ustedes ya que hace años que no frecuentamos tanto vernos— Pasan unos minutos y estamos ansiosos por ver a Fernando. —Ya podemos pasar a verlo, ha despertado—informa el doctor. Nos acercamos con cautela para no molestarle por su condición. —Fernando hijo querido—Eva le saluda. —¿Madre?—pregunta. —Si soy yo, has de estar confundido por lo que ha pasado— —¡Fernando, estás bien!—Mónica exclama. —Hermano, estoy aquí—Rodrigo le informa. —¿Rodrigo eres tú? ¿Mónica? ¿Dónde estoy? ¿Por qué no estamos en la hacienda?—pregunta desorientado. —Has tenido un accidente, pero te pondrás bien y regresaras a casa—le contesto. —Quiero ir a casa. Madre ¿Quién es la mujer que los acompaña?—pregunta —Ella es Ericka ¿No la recuerdas?—
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR