Elizabeth Morgan. Estaba completamente enojada mientras me dejaba caer en el sillón del departamento de Alex. Federico comía papitas como si fuera el fin del mundo, con las piernas sobre la mesa de centro. —Es tu tercera bolsa, pareces una vaca, Federico —le dije rodando los ojos. —Yo jamás engordo, nena. Solo son los músculos —me respondió con su tono arrogante de siempre, como si eso justificara su adicción a la sal y al aceite. Bufé, mirando alrededor. Esa casa me crispaba los nervios, pero lo que más me molestaba no era el desorden, ni el olor a comida rápida… era ella. Agustina. Estaba en la esquina, sentada como una reina, pintándose las uñas como si fuera una Kardashian en su día libre. —Agustina, ¿podrías traerme un café? —le pedí con un tono neutro, aunque por dentro me herv

