—No me quiero ir. — susurro él. —Pues entonces quédate conmigo un rato más, podemos hablar de lo que sea. — propuso ella. Unos minutos después así fue, se fueron juntos a la casa de ella y duraron toda la noche hablando mientras se abrazaban y reían, fue un momento mágico para los dos. En algún punto de la madrugada les venció el sueño, quedándose profundamente dormidos. Temprano por la mañana sonó el teléfono de Eduardo. — ¿Hola? – preguntó al auricular del teléfono entre bostezos. —Hijo ¿Dónde estás? ¡Dijiste que ibas a regresar a casa a las diez de la noche y nunca apareciste, no sabes lo preocupada que estoy! – grito su madre al otro lado del celular. —Lo siento mamá perdí la noción del tiempo y me quedé dormido. — se disculpó el muchacho. —Debes regresar a casa ¡ahora mismo! Ade

