Capítulo 12

4988 Palabras
A penas unos minutos después, el ciclo empieza: Un pinchazo muy fuerte me azota el pecho. Gruño. Ella, que estaba medio adormilada, se estimula de pronto. —¿Qué pasa? — inquiere ligeramente asustada. —Son las once, empiezo a desaparecer. —¿Te duele? —Sí, un pinchazo en el corazón. Se me pasará, y a las doce me dará otro... Cuando desaparezca. Hanna asiente, respirando con inquietud. Me parece que todavía no está preparada para volver a verme desaparecer. Me parece, en realidad, que todavía no se lo cree, que le debo de estar tomando el pelo y que realmente todo fue producto del alcohol, pero muy pronto descubrirá que no. No me quita el ojo de encima, así que me permito mirarla también. Dejamos que nuestros ojos intimen en silencio. Es como si, al mirarnos, no existiera nada más en esa habitación. Cuando veo que traga saliva y parpadea un par de veces, comprendo que empieza a dejar de verme. —Vete Evan, por favor. Soy un monstruo. Voy a ser expulsado pronto... Aunque esos estudiantes no cuenten que te vieron, Axel sabe lo que pasó en nuestra última clase, me matará tarde o temprano, y mi expediente no puede permitirse otra mancha. Cuchillazo. Adiós. Evan se alza de la silla de un respingo y pasa saliva, tragando con audible dificultad. —¿Andrew? ¿Por qué siempre se empeña en llamarme? No puedo responderle, no puedo tocarla. Y siento como el frío me envuelve y me deja tiritando en la cama. Ella mira para todos lados, sin saber qué hacer. Otra vez está pensando en muchas cosas. Soy consciente de que tenía yo razón, ella no me creía en absoluto, pero ahora que lo ha visto sin estar bebida, me cree. Debe de creer que está soñando. ¿Qué hace? ¿Huye? Debería. Ni siquiera tendría que haber venido esta noche... Entonces veo en sus ojos una chispa de decisión que se va prendiendo y culmina en una llama. Luego aviva esa llama negando con la cabeza y respirando profundamente dos veces. —No sé si... No sé si me oyes, supongo que sí. Yo... no creo que seas un monstruo Andrew, lo que pasó... Fue un accidente. Comprendo el por qué no has ido al médico, primero te tomarían por loco, y luego experimentarían contigo, te estudiarían... Debe de ser una carga muy grande para haberla llevado todo este tiempo en silencio...— casi empieza a hablar más para sí que para mí, y al darse cuenta retoma el principio de la frase— No creo que seas un monstruo así que, no me voy a ir. Voy a quedarme, te guste o no. Y no creo que puedas hacer nada para impedírmelo. Y llegadas las 6 de la mañana, Evan se despierta perezosamente con los primeros rayos de sol acariciando su rostro. Observa extrañada la calidez de estar bajo unas sábanas y se alza sobresaltada, apoyando sus codos tras de sí para levantar medio cuerpo. Como no podía subirla hasta mi cama, la he arropado en la de Ismael. Estoy sentado en el marco de la ventana, observándola. Nos quedamos largos segundos ojeándonos sin mediar palabra hasta que, admirando su dulce cara de dormida y sus cabellos despeinados, sabiendo que no he dormido en toda la noche porque me he quedado mirándola mientras dormía, me doy cuenta de que yo ya no tengo salvación, así que sólo queda que ella decida. —¿Me tienes miedo, Evan? ... —Vamos Andrew. Andrew, mírame. La voz se oye lejana. Me pitan los oídos. Es como estar bajo el agua. Suena apurada, como si necesitara terriblemente que le hiciese caso. Al poco, una imagen dispareja y desenfocada aparece ante mí. Creo distinguir a Hanna, pero no estoy seguro. Es peor que la imagen que te muestra un espejo roto. —Vamos...— me da unos cachetes en la mejilla— No te duermas... Siéntate. Sus manos hacen presión sobre mis hombros y me caigo de culo encima de lo que quizás, es una silla. Parpadeo, intentando aclarar la visión. ¿Dónde estoy? ¿Qué ocurre? No... No entiendo nada. Lo último que recuerdo es a mí y a Hanna en mi habitación, el sábado por la mañana, preguntándole si me tenía miedo. —Por favor Andrew, colabora un poquito— me apremia. Tiene el ceño fruncido con preocupación y se mueve con agilidad como si el tiempo no le sobrara en absoluto. Mi cabeza da vueltas, me encuentro mareado. No sé qué cara más obtusa debo tener, pero Evan no se fija en ella. Reconozco un baño. El modelo es el mismo que el de todos los dormitorios del internado, así que podría estar en el mío... o no. Eso quiere decir que no estoy sentado en una silla, si no en el retrete. Cojo aire y observo a Evan abrir el armario con espejo que hay collado en la pared encima de la toalla para secarse las manos. No, no es mi baño, no reconozco las cosas que hay guardadas dentro. Cierro los ojos e intento recordar algo, cualquier cosa. Por el ruido, puedo deducir que Evan sigue a lo suyo, sacando cosas del armario. —Levanta la cabeza— me pide con ternura, posicionándose a mí lado y me guía con las manos. —Aagghh...— gruño. Arde. El labio me arde. Me lo debo de haber partido. ¿Me he peleado con alguien o algo así? —Lo siento, pero tengo que curarte. Luego coge y me limpia algo de la nariz. A penas, con mi mareo y mi distorsionada visión veo que es sangre. —Espero que no te la hayas roto...—dice distraídamente, negando con la cabeza con cansancio— ¿No te duele mucho, ¿no? Jillian se asoma por la puerta, increíblemente molesta y nerviosa, pero seria. —Dense prisa, vamos. Puedo conseguiros unos minutos más, pero no mucho. Hanna se gira con expresión parecida y le ruega con la mirada que ayude en lo que pueda. No sé qué narices está ocurriendo, pero parece seria la cosa. Su amiga asiente solemnemente, y se va corriendo. Hanna sigue a lo suyo, y justo cuando se está dando la vuelta para tirar el papel manchado, decido que necesito saber ya lo que ocurre o al menos ponerla al tanto de mi situación, y el agarro del brazo. Ciertamente eso es algo que no entiendo, en las películas, ya sea por a o por b, cuando alguien pierde la memoria, siempre se lo calla, y eso sólo acaba conllevando muchos problemas que podrían ahorrarse diciendo la verdad, así pues, no pienso callármelo. —Andrew...— me regaña, si voy a decir algo que sea rápido. —No...—digo con dificultad— Creo que tienes un problema más grande que el tiempo ahora mismo. —¿Qué? —No entiendo nada, no recuerdo lo ocurrido, ni dónde estamos. Me he olvidado. Ella me mira y mil pensamientos recorren su cabeza ágilmente. —¿Hablas en serio? —¿Por qué iba a mentir? Se suelta de mi agarre, inspirando hondo, y sigue sacando y guardando cosas en el armario y en los cajones con decisión mientras empieza a hablar, de espaldas a mí. —j***r, debe de ser el golpe. Te has dado un madrazo digna de vídeo de YouTube, por un momento he pensado que...— lo deja en el aire, y no hace falta que continúe, lo entiendo: Muerto— Bueno está bien, no nos queda mucho tiempo, ¿qué es lo último que recuerdas? —Tú y yo, en mi habitación, el... sábado. j***r, ni siquiera sé si hemos cambiado de día o no, maldita sea. —No, no hemos cambiado, seguimos en sábado. Sigue, ¿cuándo exactamente, ¿qué hacíamos? —Por la mañana, acababas de despertarte... —Madre mía— ladra después de un par de juramentos— Te has olvidado de muchas cosas. Bueno, han pasado muchas cosas en el día de hoy...—añade más para sí que para mí. Suspira— Vale a ver... Toma, coge. Aguántamelo. Au... No era consciente hasta ahora del chichón en mi cabeza. Debo de haberme dado un buen golpe, sí. Con manos temblorosas sujeto la bolsa de hielo que me ha dado mientras ella me mira la herida. —Estás sangrando todavía, maldición— dice con cierta nota de pánico. El verla tan nerviosa despierta algo en mi interior: Un instinto que creía tener olvidado. Tengo que calmarla. —Estoy bien, tranquila— le sonrío con pereza. La pasividad de mi sonrisa parece adormecer su inquietud, pero todavía se la ve apurada y asustada. —Voy a limpiarte esto, mientras te iré contando lo sucedido, ¿ok? Va a dolerte... —De acuerdo, no te preocupes, tú haz... Se pone delante de mí y agacho la cabeza para que tenga más fácil acceso a la herida. —Verás.... voy a ser breve: Tu habitación, me desperté sobresaltada, no sabía dónde estaba, al fin y al cabo, sólo recordaba nuestra conversación antes de que desaparecieses. Te vi en la ventana. Me mirabas e, increíblemente...— se permite aminorar su habla, embelesada por algo que le viene a la mente— te veías genial— vuelve a su ritmo apresurado— Me preguntaste si te tenía miedo y la verdad es que al principio no entendía bien lo que querías decir así que... Inspira. Abre la boca, pero no le salen las palabras. Me contempla con las mejillas arreboladas por la calidez de la somnolencia y de las sábanas. Es hermosa. Se relame los labios e intenta hablar de nuevo. —¿A qué te refieres? — dice con la voz ronca. Trago saliva. Sería tan fácil acercarme ahora y besarla, y acostarme sobre ella, y sé que ella no me detendría; o sí. Ahora ya sabe mi secreto, puede que ahora no quiera relacionarse con alguien como yo...pero fue ella la que decidió quedarse aquí esta noche. No, quizá sólo fue para hablar conmigo, por curiosidad, quién sabe, hay mil motivos posibles y otros tantos que ni me imagino y no tiene por qué ser el que le guste. Aun así eso no quita el hecho de que a mí sí. Me encojo de hombros. —Ahora ya has visto la clase de persona que soy. Ahí tienes la puerta— hago un gesto con la cabeza, señalándola— Puedes irte. Hanna sigue mi mirada y, luego de ojear la madera, vuelve hasta mí y niega lentamente, como si estuviese confundida por mis palabras, como si les supieran a los más raros vocablos sacados del diccionario nunca. —¿Por qué iba a querer irme? No... —Evan— la corto— Soy un monstruo. Cada noche mi tiempo en ese maldito estado... de invisibilidad, aumenta. Un día, dejaré de existir, a este paso. Seré un fantasma que vague por este mundo y al que todo el mundo dará por desaparecido, cuando estaré justo ahí; y me acabarán dando por muerto. Bueno, obviamente acabaré muriéndome de hambre, o algo así, quiero decir... Nunca he probado a comer nada, pero no puedo tocar nada... Quizá rozarlo, de una manera casi etérea, pero...— comento al aire recordando el momento en la habitación de Hanna. Entonces callo abruptamente. Ella me tiene asco. Lo había olvidado. No sé qué hace todavía aquí maldita sea. No entiendo a esta chica. —No, claro que no. Se destapa, huyendo de la protección de las sábanas, y se acerca descalza por el frío suelo. Una vez enfrente de mí, me tenso. ¿Qué hace? Con cautela, alarga el brazo hasta mí. Las yemas de sus dedos rozan inseguras mi mejilla. Se deslizan hasta justo debajo del lóbulo de mi oreja, y luego, deja que su palma se acomode a mi mejilla. Luego, más relajada, hace lo mismo con su otra mano en mi otra mejilla, enmarcándome el rostro entre su suave piel. Se relame los labios. Me observa embelesada por algo que no logro discernir. Sus ojos están encadenados en los míos y no parece tener la intención de intentar liberarse. —Claro que no...— sisea con delicadeza. Y antes de que me dé cuenta, sé que la estoy mirando de la misma forma, y no estoy muy seguro de quién controla a quién con su encanto. Se va acercando lentamente, yo lo hago también. Si ha decidido quedarse... ¿qué más da por qué se haya quedado? Simplemente, se ha quedado. Y sus labios están... muy cerca... Aspiro aire fuertemente, enseñando los dientes, con lo que parezco un gato enfurruñado al que has tocado sin permiso, o al que le has robado la comida, sólo me falta enseñar las uñas y que se me ponga el pelo de punta. Ella se detiene. —Lo siento... —Está bien— digo intentando no prestar atención al creciente dolor de cabeza. Parpadeo un poco confuso. No he escuchado nada de lo que me ha dicho, ha empezado a hablar y me ha venido un flash de lo que ocurrió, pero supongo que el dolor de la herida me ha devuelto a la realidad. —¿Qué me has dicho? Bueno da igual, sigue hablando, he tenido un flash y he recordado algo de la habitación... Aunque no todo. Sólo hasta que te acercabas y.… parecía que íbamos a besarnos. Ella detiene dos segundos lo que está haciendo y noto que su pecho se hincha al recibir una gran llegada de aire a los pulmones, luego lo deja ir lentamente. ¿Nos besamos y lo está recordando? Si es así odio en lo más profundo de mi alma no acordarme... —No, no nos besamos... Antes de que lo hiciéramos llamaron a la puerta. Casi como si me hubieran golpeado a mí, mis hombros saltan y se rompe algo entre ella y yo. Sus manos, al igual que mis hombros, se apartan rápidamente y se gira asustada. Alguien ha golpeado la puerta. ¿Quién es? ¿Alguien que al fin viene a desalojarme del garito, o simplemente Axel, al fin, para partirme la cara por todo lo sucedido? No sé, cada opción es más posible que la anterior, así que podría ser cualquiera, o quizá son los dos en uno: Axel que viene a desalojarme... Con el corazón en un puño, aparto a Evan y la obligo a quedarse a un lado. Cuando voy a abrir la puerta, me doy la vuelta y le ordeno firmemente con la mirada que se esconda en el baño. Ella, insegura, asiente y cierra la puerta tras de sí. Luego, abro yo la del pasillo. Jillian. —¿Está Evan aquí? No ha vuelto esta noche a la habitación... Dime que está aquí por dios. Me debato seriamente en si decirle la verdad o no. Es su amiga, y compañera de cuarto y... Desde luego se preocupa por ella, además, siempre parecía que intentaba que estuviéramos juntos así que tampoco creo que ponga el grito en el cielo si le digo que ha pasado la noche aquí. Sólo he aprendido, en este lugar, a confiar en Hanna y un poco en Marie, y quizá empiezo ligeramente a fiarme de Ismael, pero Jill no está en mi lista. Finalmente, me hago a un lado significativamente y ella entra apresurada y la llama, al no encontrarla con la mirada. Evan sale del baño extrañada y la morena, al verla, se abalanza encima y la abraza. Desde luego estaba preocupada. Cierro con agilidad la puerta. He vuelto. El flash se ha detenido tan pronto como Hanna ha parado de hablar y se ha separado de mí para tirar los papeles ensangrentados. Vuelve a mí y guía mi mano para que coloque la bolsa de hielo encima. La mandíbula me tiembla y suelto apenas un gemido adolorido y trémulo al sentir el frío atacando. Ella se muerde el labio inferior, como si fuera la de la herida, como si le doliera de verdad. —Bueno, luego Jillian— continúa hablando— Me echó la bronca por haber desaparecido sin avisarla y todo eso. No pregunto nada sobre si dijo algo de nosotros pasando la noche juntos. Tampoco hay tiempo que perder ahora, así que no creo que me respondiera si se lo pregunto, me diría que me calle y escuche como he estado haciendo hasta ahora. —Bueno, estuvimos hablando un rato y nos inventamos algo porque no quisiste contarle a Jillian lo de... Bueno, es igual, comprendo que no la conoces y eso, y que, yo sabiéndolo debe de ser suficiente. Alzo la vista y la miro, cansado. Ya hablaremos más tarde de eso, o nunca. Quiero hacer como si no pasase nada, como si fuera todo normal. Quiero que me trate como ha hecho hasta ahora, y yo traeré de nuevo al viejo Andrew y... Es verdad, ella nunca ha visto al viejo Andrew, ¿por qué quiere estar conmigo? Quiero decir... ¿le gusto...no? Pero a ella nunca ha visto mi antiguo yo, el de antes del “accidente”. ¿Y si ya no le parezco interesante después? Maldita sea, ¿por qué siempre aparecen tantas dudas e inseguridades, a cada cual más dolorosa que la anterior? Esta chica se ha metido en mi mente y no parece querer salir de ella. Cuando Evan empieza a hablar de nuevo de lo que ha sucedido, olvido mi línea de pensamientos y me concentro. No sé cuánto rato ha pasado desde que se ha ido Jillian, pero no nos debe de quedar mucho tiempo, tengo que ponerme al día ya. —Nos dejaste en la habitación solas. Te pedimos algo para beber, así que te ofreciste voluntario para ir a comprar a la cafetería y... No sé qué demonios me ocurre. No entiendo mi comportamiento. ¿Hanna se queda conmigo unas horas y me dice que no soy un monstruo y me ofrezco para comprarle bebidas, cual pagafantas? El viejo Andrew quiere volver y de la peor forma posible. Me rasco la nunca, yendo apaciblemente por el pasillo. Después de lo de ayer y todo, por una vez más que rompa las reglas y salga de los dormitorios, ¿qué más da? —Y al idiota ese le partió la cara— resonó, y sus risas hicieron un divertido coro. —Normal pana, ¿a quién se le ocurre decirle que se folló a su novia, cuando le saca un par de cabezas y encima hace boxeo? Otro montón de risas. Acaban de bajar del ascensor, y tengo un mal presentimiento. Sus voces las he escuchado hace poco, y no porque haya ido a clases... Eso sólo quiere decir una cosa, que ya sé dónde los escuché. Me detengo en seco cuando sus ojos se encuentran conmigo. Ellos dejan morir las sonrisas y la diversión y hacen muecas, fruncen el ceño con desagrado, y se observan entre ellos. El que está al frente, que parece ser el que estaba contando la historia divertida, quizá el “cabecilla”, por así llamarlo, me mira de hito en hito y escupe en el suelo con desdén. Son los chicos que vieron salir a Evan de mi habitación sin camiseta, no me cabe duda. En silencio doy un rodeo, esquivando el escupitajo de la moqueta y me encamino a las escaleras. Siempre acabo cogiendo las escaleras, desgraciadamente. Ya sea por Axel, por Hanna, por unos tipos con los que no quiero pasar ni un minuto más... No sé, pero a este paso me pondré en forma. —Eh— gruñe el que ha escupido, habiéndome seguido con la mirada— No me ignores imbécil. Le lanzo una ojeada por encima de mi hombro y luego lo enfrento de cara. Está bien, creo que esto no va a ser tan fácil como imaginaba. —¿Qué quieres Undersize? — bromeo. No sé su nombre, pero soy consciente de que por aquí lo apodan Under Scythe, queriendo decir algo de que mejor no te metas con él porque te corta a pedacitos. No te acerques a la guadaña: Corta; así que aprovechando que se pronuncian parecido, puede darle a ese insulto el significado que quiera: Que es cortito de mente, o que la tiene pequeña... Con el que se vea más identificado, no especificaré. Él cierra el puño con fuerza y me enseña los dientes. Junta tanto las cejas que parece que tenga una en vez de dos. Sus amigos parecen incrédulos. —¿Qué has dicho idiota? —¿Qué demonios se ha creído? Antes de que nadie tenga tiempo de parpadear de nuevo, se abalanza y me agarra del cuello de la camiseta y consigue que me ponga de puntillas un par de centímetros. Mi fría y opaca mirada es impenetrable, ni siquiera su cólera puede llegar a hacerle cosquillas. —Vamos, ¿qué vas a hacer, pegarme? — susurro desafiante. Sus dedos aumentan la presión alrededor de la tela y, controlándose, intenta no responder a mis ofensivos comentarios. —¿Qué mierda le hiciste a Hanna el otro día? Alzo una ceja, sarcástico. —¿No es obvio? Una calculada sonrisa petulante se borda en mis labios. Una sonrisa que aprendí a hacerme a mí mismo ante el espejo, odiándome cada día más, y que ahora puedo descargar con toda mi amargura. —Me la tiré— espeto. No me esperaba menos que un puñetazo. Impacto contra la pared del impulso. Me ha partido el labio el muy retrasado. Últimamente lo único que hago es provocar y recibir, pero eso no quiere decir que no sepa pegar de vuelta. Como se acerque otra vez dos jodidos milímetros yo también voy a presentarle mi maldito puño. —Maldito cerdo...— grita. Se acabó. Me tiro a un lado lo suficientemente rápido como para que él acabe golpeando la pared. A traición le doy un puntazo de pie en la espinilla. Él gime y se encoge sobre sí mismo. Gancho derecho. Oigo un fuerte c***k, pero no tengo ni idea de si le he descolocado la mandíbula o no. Mi mano se queja del golpe, pero creo que es consciente que el dolor del otro es más grave y no me molesta mucho, agradecida supongo. Mi oponente cae de espaldas al suelo y grita adolorido. Sus dos amigos gruñen y se vuelven hacia mí, para nada acobardados. Me llevo un buen derechazo de uno de ellos que me desestabiliza. Caigo encima del otro, el cual me pasa los brazos por debajo de los hombros y me sujeta. Su amigo sonríe con superioridad y, esta vez, me aporrea el estómago. Me doblo hacía delante, tosiendo. j***r. Undersize, o Under Scythe, se levanta al fin, con los ojos lloroso e inyectados en sangre y clava con fuerza su codo en mi espalda de un golpe seco. Con un gruñido de dolor caigo de bruces al suelo. Mi nariz está goteando. Me cuesta respirar. Tomando venganza, me patea el estómago, allí donde su amigo me ha dado justo antes de que él se alzara. Otra. —¡Andrew! Hanna y Jillian han salido al pasillo al escuchar el ruido y la primera viene corriendo hasta nosotros, dispuesta a parar la bronca, con los ojos lagrimosos. Under Scythe manda a sus colegas hasta allí. Era de esperarse. ¿qué tan tonta es? No la van a dejar acercarse. La agarran cuando ella intenta golpearlos para pasar. Evan no tiene ni la mitad de la fuerza que ellos, no conseguirá nada. Intenta ponerse de puntillas y mirar por encima de ellos al suelo, donde estoy yo, tirado. Antes de que la tercera patada vuele en mi dirección, decido aprovechar el despiste y me hago con su pierna. Le propino un buen golpe en la rodilla, y él flaquea, aturdido. Giro sobre mí, y le descargo un talonazo que lo tira de culo al suelo. Evan se queda sin respiración cuando rodeo su pierna con las mías y, de un impulso, me levanto y me abalanzo en su dirección, doblándole la pierna. Él chilla y se retuerce, pero lo agarro con furia. —¡Vas a dejarme en paz! ¿¡Te ha quedado claro poco m*****o!?— chillo. Sus amigos, Jillian, y Hanna, observan la escena completamente mudos e inmóviles. Under Scythe lanza una patada con su pierna libre en mi dirección, pero falla. El dolor enturbia sus habilidades. Le doblo un poco más la pierna a modo de castigo y él chilla de nuevo, esta vez más fuerte. —¿¡Te ha quedado claro!?— exijo nuevamente. Al ver que no responde, duro como él sólo con su indoblegable orgullo, me inclino a penas dos milímetros más. —¡¡Está bien, está bien, está bien, está bien mierda!!— suplica agonizando— ¡Mi pierna! Se  le suelto de golpe y el lloriquea, frotándose la parte afectada. Me levante, tambaleante. Me paso el dorso de la mano por debajo de la nariz, con cuidado, y me limpio la sangre. Inspiro con molestia y miro a mis otros dos agresores. Ellos alzan un poco las manos en señal de paz y pasan rápido por mi lado para ayudar a levantar a su amigo. Ojeo con furia cómo se alejan hacia alguna habitación perdida al fondo del pasillo. No sé qué par de ojos desprende más rabia, si los suyos, o los míos. Mis hombros se sacuden con una risita admirada. —Me acuerdo, sí... No sé cómo diablos hice eso, la verdad. Nunca he hecho ningún tipo de arte marcial ni de defensa personal, sólo alguna pelea callejera de nada— explico, recolocándome el hielo. Evan está desinfectándome el labio Con expresión turbia mientras me cuenta lo sucedido. —No lo sé, pero me asustaste. Pensé que ibas a romperle algo... No sé, quiero decir...— tartamudea. —Sí, está bien. Me pasé un poco, pero te guste o no creo que actué bien. Me hubieran pegado una paliza y lo sabes. —Sí, lo sé...— me da la razón, apenada. Se vuelve a separar de mí, como si pudiera notar lo violento que puedo llegar a ser. Otra vez siento que me quedo sin aire al pensar que me tiene miedo. Un tipo que se vuelve invisible que va peleándose por ahí y torciendo piernas sin vacilación a matones como si fueran plastilina no creo que sea algo de lo que alegrarse. Creo que a cada segundo que pasa conmigo, más ganas tiene de separarse de mí. Lo que no entiende y quizá nunca voy a poder hacerle entender, es que a ella nunca le haría daño. Nunca seré capaz de tocarle un pelo. Si bien las primeras veces le hice daño en la muñeca... Bueno, ella quiso que lo hiciera, y, de hecho, entonces no estaba enamorado tampoco. Hanna vuelve con maquillaje. —¿Y eso? No soy gay, ¿sabías? Aparta— gruño con una mueca. —No seas imbécil, no se trata sólo de curarte, se trata de tapar tus heridas para que no se noten. —¿Por qué? Voy a ser expulsado de todas formas así que... —Andrew— me corta, dura— No me has dejado acabar la historia, así que cállate y deja los labios quietos que voy a intentar tapar eso, no sé cómo... Con un suspiro cansado entre abro la boca y dejo que sus dedos me rocen. No sé si debe advertir mi brillo de excitación en la mirada, pero si lo hace, no abre la boca excepto para continuar el relato. —Después de una breve conversación decidimos ir a los dormitorios femeninos. Los masculinos no eran seguros. Menos si se corría la voz de que habías tumbado a Under Scythe, claro. Así que nos pusimos de camino... Tú gruñiste algo de mala suerte y que no querías ir en ascensor, así que te fuiste por las escaleras. En los dormitorios femeninos te emperraste en lo mismo... En las escaleras nunca me he encontrado con nadie, pero ese desgraciado de ascensor siempre trae malas noticias o malas consecuencias, puedes llamarme paranoico, o exagerado, o lo que queráis, me la pela, no pienso subirme en ninguno. —¡Evan! Un escalofrío recorre mi espalda. Esto no puede estar pasando, realmente... Mierda. Un iracundo Axel se acerca de dos zancadas antes de que pueda cruzar la puerta de las escaleras y ellas la del ascensor, ya que Jillian había convencido a su amiga de no seguirme e ir por la máquina. Hanna, en un auto reflejo me mira. Axel sigue su mirada y se detiene en seco. El tiempo parece detenerse. Él la mira, ella lo mira, él me mira, la vuelve a mirar. Su mandíbula tiembla de ira e, inspirando hondo, se dirige detrás de mí, que, como si nada, he decidido emprender mi marcha escaleras arriba. Oigo a Hanna soltar un gemido de miedo y abalanzarse sobre la puerta del ascensor, que se estaba cerrando, aunque no sé si realmente hizo retroceder el avance de las puertas o no. Para cuando llega al pie de las escaleras Axel ya me ha atizado un golpe. ¿Qué mierda les pasa hoy a todos? ¿Podrían repartirse en vez de venir todos juntitos? No, los problemas siempre vienen de la mano, en avalancha. —¡Axel! — grita furiosa y con cierto tono de pánico. Un irónico pensamiento me pasa por la mente: ¿Tiene miedo de que me haga daño, o de que yo le haga daño? Ja... Qué cosas. Él sigue soltándome una retahíla de palabras a lo que ni presto atención, oigo mencionar lo de Under Scythe creo, pero en general son insultos hacia mi persona. Todo ocurre muy rápido. Sólo sé que Hanna lo agarra del antebrazo y le pide que se detenga. Él se libera bruscamente del agarre, dándole un golpe sin querer en la barbilla.
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