Capítulo 11

4998 Palabras
Mi mundo se tambalea, o quizá es mi visión. Evan está ahí, sentada frente a mí agarrándose la cabeza como si en cualquier momento le fuera a explotar. Mi vista sigue desenfocada y lucho contra las ganas de desvanecerme. Jillian ha bajado las escaleras al fin y se agacha, poniéndose a la altura de su amiga. Su voz suena apagada y lejana, como siempre que estoy en este monstruo, parece que el sonido trate desesperadamente de salir de la maraña de frío, sombras y maldad de este otro mundo en el que me sumo por el Tequila. —¿Estás bien? Madre mía, has bebido demasiado, seguro. Chica, te he dicho que te controlarás, es Tequila, no Fanta naranja. —Lo... Andrew— balbucea Evan incomprensiblemente, como si hiciera un vago intento de llamarme, de pedirme que aparezca y le diga que todo ha sido una broma y la acune hasta que se calme. —Cariño, se te ha ido completamente. Ese hombre te ha comido el tarro. Ven aquí, por dios. Jillian le pasa el brazo por debajo de los hombros y la levanta con esfuerzo. Me recuerda a Evan levantando a Mendoza borracho en el pasillo y, por un momento, siento el impulso de levantarme y ayudarla. Pestañeo. Sigo mareado. Sus voces se han perdido hace un momento, cuando han llegado otra vez a su piso y han cerrado la puerta de las escaleras tras de sí. Ojalá estuviera en la mente de Evan. ¿Qué debe de estar pensando? ¿Me odiará? ¿Me tendrá asco...? No, creo que más posiblemente esté sintiendo otra cosa, y es la que más me acongoja: Me tiene miedo. No podría soportar que ella me tema, y el frío hecho de que sé que lo hace, me deja muerto en el suelo. Ni siquiera entiendo por qué me importa tanto. Está claro que ya es demasiado tarde y Evan me gusta; pero ella será más feliz sin mí, así que me da igual mi dolor. Yo me lo merezco: este dolor, está maldición... Todo. Me separaré de ella, aunque no quiero, por su bien. Me dolerá el no estar con ella, pero ella estará mejor sin mí, así que separarnos es lo mejor, sí. Es curioso, eso lo había pensado antes, pero entonces lo hacía por los dos, para que ninguno de los dos tuviera que sufrir, pero yo ya no puedo ser remediado. Así pues, sólo me queda hacerlo por ella. Para que ella no sufra. Sí, exacto, para que ella no sufra. Yo no me la merezco, ella no puede estar con un monstruo como yo así que, aunque me duela separarme, lo haré. Me alzo con lentitud, agarrándome a lo que veo para no caerme. Entre el dolor ininterrumpido del pecho, y el shock de lo que ha ocurrido... Este mareo me puede. A medida que camino voy recuperando un poco el equilibrio y acelero el paso. Los pensamientos sobre Evan vienen y se van por mí. Me apuñalan y desaparecen, me apuñalan y desaparecen. ¿Qué estará haciendo? ¿Le contará lo sucedido a Jill? ¿Estará bebiendo otra vez? ¿Llorando? ¿Durmiendo? ¿Pensará en mí?... ¿Me tendrá miedo? Lucho contra el intenso impulso de ir con ella y calmarla. He conseguido de alguna manera llegar hasta el baño que hay al lado del aula de informática pequeña y me meto en el último retrete. ¿Desde cuándo tengo estos pensamientos? ¿Cuándo fue que me enamoré de Hanna? Dios mío, es cierto. Me he enamorado de ella. ¿Cuándo...? Miro mi reloj. Han pasado 7 minutos desde que me he vuelto invisible. Trago saliva, con un pensamiento helándome la sangre: ¿Y si me quedo así para siempre? ¿Y si el daño de haber probado Tequila de nuevo es irreparable? Respiro con profundidad, intentando no entrar en pánico. ¿Seré un fantasma que vaga por ahí? ¿Cómo comeré? ¿Cómo... cómo viviré? ¿Podré dormir con este frío en los huesos? Mi mandíbula tiembla sin que me dé cuenta. ¿Al fin ha llegado mi hora? Cierro los parpados con fuerza, queriendo desaparecer definitivamente para dejar de sufrir, para dejar de ahogarme en esta laguna de agonía y desesperación, sin embargo, mis deseos se ven truncados al momento. El pecho me duele menos y siento un cierto calor en mis pies y mis tobillos que se va extendiendo agradablemente. Al abrir los ojos, miedoso, descubro que me estoy volviendo visible de nuevo. Una risa nerviosa se escapa de mis labios y empiezo a respirar más tranquilo. Estoy bien. Soy un paranoico. Simplemente ha sido una reacción de mi cuerpo ante el Tequila, ya está. Me aseguraré de mantenerme alejado de ese líquido y no pasará nada. Cuando parece que he vuelto al 100% y empiezo a entrar en calor, salgo del retrete y lo primero que hago es abrir el grifo para empaparme la cara y despertarme, sentir. Sentir que esto es real y que sigo vivo. ¿Por qué las cosas tenían que acabar así? Todo ha ido tan rápido que estoy perdido. Todo estaba tranquilo, mi vida aquí era aburrida y monótona, confortable en mi paz, hasta que apareció ella; desde entonces no han parado de suceder cosas y cosas y mi vida se ha ido al traste en apenas unos días. Recuerdo el dibujo que hice en la hoja de ejercicios y prácticamente río. Ha estrellado mi avión, Yo tenía razón. Esto nos ha matado a todos. Mido mis pasos hasta el dormitorio. No sé qué debería de hacer a partir de ahora. ¿Preparar las maletas ya para cuando me expulsen? No creo que falte mucho tiempo para eso así que... Suspiro. En vez de ser tan jodidamente sarcástico e imbécil, debería de pensar seriamente con qué hacer con mi vida de ahora en adelante. ¿Dónde voy a ir? Como dije, ya sé que en casa no voy a tener un lugar otra vez. Quizá podría ir a casa de mi tía... Pero hace siglos que no la veo, en realidad. ¿A quién intento engañar? Tendré que apañarme la vida de alguna manera, yo solo. Buscar un trabajo, quizá, con mucha suerte, alquilar un piso barato... Cuando llego a la habitación, Ismael alza las cejas y parece querer decirme algo, pero mi cara no está ni para un saludo, así que se calla, con molestia, y vuelvo a lo suyo, incómodo. ¿Por qué se molesta? Normalmente entiende que él y yo no somos amigos y sigue a lo suyo, no comprendo nada. No comprendo a nadie de este maldito lugar. Me estiro en mi cama y dejo la mente en blanco. Sólo el sonido de Is escribiendo y pasando páginas. Y un segundo. Y dos segundos. Y tres segundos. Un flash que me nubla la vista con un dolor profundo que me acuchilla la pierna. Parpadeo confuso. No sé por qué he sentido eso. Me tiemblan las manos. Huele mal... ¿A qué huele? Lo he olido antes... Es una mezcla de... Aprieto los parpados con fuerza. Esto es malo... Ismael se ha detenido y me está mirando, lo sé, aunque ni siquiera me he girado para comprobarlo. ¿Qué es este olor? Lo he olido antes... ¿Hace poco? Otro pinchazo, está vez en la cadera. Siento como si todo el cuerpo se me estuviera dormido, casi como si estuviera a punto de ir a quirófano y la anestesia general me hubiera matado al cuerpo. Quirófano... Hospital. Exacto. Es ahí. Es ese olor. Alcohol, antisépticos, y otra cosa que no sé qué es. Lo mismo que en el hospital, cuando me desperté del coma aquella vez. Mi mano se precipita hasta mi boca y me alzo como un muelle de la cama y salto de la litera. Corro hasta el baño, con la mirada de mi compañero de cuarto encima. No llego hasta el retrete, y vomito en el umbral de la puerta. Siento como si miles de agujas se ensartaran en mi cuerpo. Es un olor que todavía es peor que el que sentí al despertarme aquella vez. Huele casi como a.… muerte. Un pie me falla y dejo que mi rodilla reciba el impacto contra la moqueta. Me sujeto a medias en el marco de la puerta con las manos. —Ey!, ¿estás bien? — oigo que pregunta Ismael. Cuando veo que ya no voy a echar más, me giro sobre mí mismo, apoyándome en la puerta y me dejo caer al suelo. La garganta me arde y tiene el mismo regusto que el olor de antes y no sé cómo no vuelvo a vomitar. ¿Qué demonios me ocurre? ¿Esto también es cosa del Tequila? ¿Qué maldita sea tiene esa cosa? Si cierro los ojos soy todavía capaz de notar el cuchillazo de mi pierna, así que me la froto con cuidado, queriendo comprobar que todo está en su sitio. Ismael tiene una expresión ilegible en el rostro. Pero parece que está pensando en algo mucho más allá de mi entendimiento, algo que podría desvelarme muchas cosas. El secreto de la vida, incluso. Tengo la impresión de que, si le cuento lo de ser invisible y lo del Tequila, él no se sorprenderá, me dirá que la sabe... ¿Quién sabe si me cuenta una solución? No, definitivamente me dirá que no tengo cura, que ya no soy humano... —Tómate esto y acuéstate— me dice mientras me da una pastilla y el vaso donde guardamos los cepillos de dientes lleno de agua. Ni siquiera sé cuándo se ha levantado— Voy a limpiar esto— al ver que no me muevo, añade, con el ceño fruncido— Vamos, no me hagas levantarte. *** Cuando abro los ojos, todo me resulta tan alieno que me pregunto quién soy. ¿Realmente soy Andrew? Tengo una sensación que me rasca el interior de la piel, queriendo salir, ladrándome que no. Sólo cerrar los ojos dos segundos y volverlos a abrir la sensación se va. Inspiro hondo. La habitación está en silencio y oscura. Recapitulo lo que recuerdo mientras inspecciono el techo con recelo. Bien. Yo besando a Hanna. Hanna dándome Tequila. El Tequila me consume. Huyo. Me sigue. Le cuento mi secreto. Luego... ¿Qué pasaba luego? Ah, sí. Voy a la habitación, creo. Ismael se enfada, aunque no recuerdo por qué. Y... Y.… un olor. Estoy vomitando. Sí, mierda. j***r, vomité antes de llegar al baño y Ismael me dijo que me acostara, es cierto. Mi vista se dirige en dirección al baño y veo que está limpio. Espera un momento. ¿Qué hora es? Mierda. ¿Hoy me he vuelto invisible? ¿Y si Ismael me ha visto? Dios mío. Me levanto sobre saltado y descubro que todavía no son las 12 de la noche. Bien. Miro por encima de mi hombro a Is, durmiendo en su cama apaciblemente, como si nada hubiera ocurrido. Tengo que salir antes de que me transforme. Cojo mi libreta del escritorio y de repente me planteo eso de salir. ¿Qué más da, en el fondo? El único inconveniente sería si me volviera visible delante de él, pero para cuando eso ocurra, él seguirá durmiendo, o eso espero. De todas formas, de aquí unas horas recibiré el aviso de expulsión, así que... él y yo no nos volveremos a ver la cara. Encogiéndome de hombros, me estiro en mi cama de nuevo y me pongo a escribir. Supongo que nunca está de más, esto del estudio. A parte de las tablas donde tengo las estadísticas y todas las fechas y horas apuntadas, tengo en la parte final de la libreta un apartado de notas. Suelo apuntar el día, la hora en la que lo escribo, y mi observación, hoy, hago lo mismo. No apuntaré nada de que me van a expulsar, ni de Hanna mostrándome su sujetador; sólo es un estudio de mi “super poder” nada más, así que explico lo de mi transformación por culpa del beso con Tequila de Evan y dejo en el aire, con un montón de interrogantes tras la frase, que el vómito podría haber sido un efecto secundario, como si tuviera resaca. Justo cuando voy a volver a la otra mitad de la libreta para apuntar los datos de mi desvanecimiento de hoy, siento un pinchazo en el pecho. Mierda. Tendré que seguir luego. Escondo mi libreta y mi bolígrafo debajo de la almohada y dentro de la funda de esta, por precaución, y espero, memorizando mentalmente el minuto en el que me vuelvo imposible a la vista del ser humano. Aparte de dárseme bien las matemáticas, memorizar números me es muy fácil. Supongo que será porque me gustan. Ellos no traicionan. Mientras el frío acaricia sensualmente mi alma y la devora pedacito a pedacito, intento no pensar en nada y dejar que el tiempo pase; éste se mece sosegada y perezosamente por mi consciencia y mi reloj, juguetón, y yo no estoy para juegos. Cuando llega la hora por la que suelo volver a la normalidad, me alarmo. No ocurre nada. ¿Qué demonios pasa? ¿Por qué no me vuelvo visible? Un sudor frío me recorre la espalda. Debe de ser un retraso... Al fin y al cabo, cuando me vuelvo invisible por voluntad durante el día, también tengo un poco más de retraso de lo habitual... Aunque esta vez ha sido involuntario. Después de tres minutos empiezo a ponerme nervioso de verdad. Tres minutos es mucho tiempo. Mucho. ¿Por qué no vuelvo a la normalidad ya? Pensaba que serían treinta segundos o un minuto como mucho, pero, ¿tres? Luego son cuatro, luego cinco... Cuando sobrepasan los seis ni siquiera noto a mi corazón latir. Parece que el pánico me ha comido las entrañas y ya ni siquiera puedo sentir ninguna emoción, nada, como un trozo de hojalata. Nunca antes me he atrasado más de 5 minutos. Nunca. Sin embargo, la cordura golpea de nuevo en mi puerta cuando siento de nuevo ese dolor punzante y veo que el calor vuelvo a mi cuerpo. ¿Ya está? ¿Y esto? Han sido... Poco más de ocho minutos. Trago saliva. Es el tiempo exacto en el que he estado antes invisible. Dios mío, ¿me he atrasado todo lo que he estado antes invisible? Eso no me había ocurrido antes. Es horrible. Ocho minutos es demasiado tiempo. Con agilidad saco la libreta y escribo los datos de los dos desvanecimientos. Luego vuelvo a la parte de las anotaciones y me apunto, subrayándolo bien, que he aumentado los 8 minutos de mi anterior “ida”. Luego lo guardo todo de nuevo y me meto bajo las sábanas, intentando alejar el mal sabor de boca del vomito de hace unas horas. Intentando cerrar los ojos y dormir un rato más... Sólo un rato más. *** Gris. Esa es la primera palabra que me viene a la mente cuando me vuelvo a despertar después de que haya amanecido. Son las diez. ¿Ya se ha ido Ismael? Echo un vistazo a la litera de abajo y averiguo que sí. Estaba tan dormido que no me he enterado. Me paso una mano por la cara con gesto cansado. Viernes. Parpadeo. Hay una última cosa que quiero ver antes de irme de aquí, sólo una. Una a la que envidio: El pájaro. Sin prisas, me afeito, me ducho, me visto... Cojo mi cazadora, pero no me la pongo. Los pasillos están silenciosos, y el contraste de la tierna calma que hay a pesar de lo alocado de mi vida, me infunde una paz e inquietud interiores por igual, que es absorbente. Me siento solo en el mundo. Al pararme frente al árbol, hay un inquietante silencio. ¿Dónde está el pájaro? Frunzo el ceño. Parece que últimamente todo está en mi contra y nadie quiere que consiga lo que deseo. Una fresca brisa me recuerda que no llevo la chaqueta puesta, y mi cabello se mece con suavidad. Este frío no es nada comparado con lo que suelo pasar por las noches, pero durante la noche, aunque pase frío, nunca me he resfriado; he llegado a la conclusión de que es un frío psicológico, como un efecto secundario de todo ello. Pero esto no es el mundo sombrío de cada noche, y sí me puedo resfriar, así que me paso mis brazos por la chaqueta, aunque no me la abrocho. Con un suspiro rendido, doy media vuelta y marcha de nuevo para la habitación. Supongo que hasta el pájaro me debe de tener miedo. Sí, debe de ser eso. Al fin y al cabo, la naturaleza es sabia, debe de haber presentido que me acercaba y se ha escondido y callado. Un rictus amargo en mi rostro se queda esculpido hasta que llego de nuevo al cuarto. Me acerco a la ventana y observo el intercambio de clase, aburrido. Qué raro que no haya venido ya alguien a pedirme que desaloje el lugar. Supongo que la directora estará ocupada. Hoy es el último día de exámenes, así que todavía está todo el mundo yendo de arriba para abajo y estresado. Mi vista se encuentra con un marco encima de la mesa y lo giro para que me observen un montón de ojos distintos. Es la foto que se hizo al iniciar el curso. Ahí está Hanna, en la primera fila, de cuclillas, con el brazo de Jillian por detrás de sus hombros, las dos riéndose, y realmente se las ve radiantes, parece un ángel. Luego, parpadeo un poco sorprendido al ver que Ismael está casi al lado: En la segunda fila, medio agachado, inclinándose hacia delante. Las gafas resbaladas por el puente de la nariz. Su cabello castaño claro, como café con leche, está rebelde, como casi siempre. Ismael siempre ha tenido un cabello crispado; no lo podrías llamar rizado, porque no lo es, pero... Por otra parte, me siento raro al verlo con sus gafas negras. Las usa diariamente, pero sólo para clases, o cuando estudia, durante el resto del día va sin ellas, no las necesita. Ciertamente le hacen parecer muy sofisticado e inteligente. Esto trae consigo un recuerdo de Hanna en nuestra primera clase y mi mano se baja con brusquedad, estampando el marco hacía abajo, dejando la instantánea de cara a la mesa. No quiero ver esa foto. No quiero recordar eso. No quiero recordarla a ella. Me duele tan sólo pensar su nombre. Nada más verla ya supe que no iba a conllevar más que problemas... Mujeres. Siempre pasa lo mismo. Nos vuelven locos y acaban ocurriendo tragedias. Ya se sabe, no se me da bien la historia, pero soy consciente que alguna que otra guerra se ha librado por una mujer... Malditas. ¿Qué demonios tienen? Son molestas, hacen lo que quieren, como quieren, y cuando quieren, provocan y no se atienen a las consecuencias, son insoportables bastantes veces... Es una gran y perfecta definición de Evan. Es como un dolor de muelas. Le repetí mil veces que no se acercara a mí y nada, obstinada como una mula, fue a por mí. Y sin embargo... y sin embargo no... Alguien llama a la puerta. Parpadeo confuso. ¿Qué hora es? ¿Quién es? Luego me calmo y suelto una risita. No sé por qué me pongo así. Debe de ser quien viene a pedirme que me vaya ya. Me alzo de la cama. En algún momento he acabado por irme a dormir otra vez. Miro el reloj de reojo y veo que son las 9. Aturdido, me doy cuenta de que parezco una marmota, no he hecho más que dormir en todo el día. Supongo que el estrés de estos días, desde que apareció Hanna, han querido que sacara sueño de donde no había. El estómago me gruñe. No he desayunado, ni comido. No me extraña. Al abrir la puerta, es Ismael. Mantenemos una pequeña conversación de apenas unas palabras. Bueno, es viernes, justo finalizada la semana de exámenes, creo que todos han salido apresurados y pisándose los unos a los otros en cuanto han podido. Ismael coge sus cosas, me mira dos segundos, como si quisiera decirme algo por lo de ayer, y desiste en seguida. —No la envuelvas mucho— dice simplemente. Asiento con lentitud como un hijo regañado, y él se va. Paseo por la habitación, inquieto. Nadie ha venido a decirme que desaloje el garito. Algo anda mal. Algo anda bastante mal... Otro interrogante es Axel. ¿Por qué no se ha presentado ya para partirme la cara? Algo muy extraño está ocurriendo aquí. Incomprensiblemente nervioso, me subo a mi cama y me pongo a leer. Eso me relajará. Imaginaré que vuelo. Y como estoy en las nubes, nunca más bien dicho, no me percato sino hasta la segunda vez, de cuando llaman a la puerta. Me quedo completamente paralizado al encontrar a Hanna al otro lado de la puerta al abrir. Está un poco pálida. Y frunce el ceño ligeramente. —Hola— dice en un gruñido. Le cuesta si quiera hacer ese esfuerzo. Pasa por mi lado sin más y deja sus cosas en el escritorio. ¿Qué...? ¿Qué? ¿Qué hace? ¿¡Qué demonios hace!? Siento como si tuviera un verdadero nudo en la tráquea y no me llega el aire a los pulmones. —¿Qué...? ¿Qué haces aquí? Ella se gira insegura y se encoje ligeramente de hombros, como dándome a entender que lo de siempre, que es normal que ella esté ahí. Algo no me cuadra en esto. —Me comentó Ismael que tenías los exámenes el martes y pensé en ayudarte ahora que he acabado los míos... Sé que es tarde, pero... No tengo sueño. Me he quedado antes dormida un rato, después de clases. ¿Qué carajo le pasa a esta chica por la cabeza? Ahora sí que se ha vuelto loca. Mi mirada la está poniendo realmente nerviosa, como si estuviera leyendo mis pensamientos. —¿Cuánto bebiste anoche? — aventuro. Esto parece hacerla saltar en el sitio y se remueve incómoda. Bingo, he acertado. De todas formas, ay sea que ha olvidado lo de ayer por el alcohol o por el shock, debería ciertamente de recordar cómo se medió desnudó delante de mí, no hay duda. Y sé con seguridad que lo recuerda porque si no, no se pondría nerviosa ante mi reacción. Traga saliva. —¿Qué es lo que recuerdas? ¿Recuerdas nuestra última clase? Ella asiente lentamente, jugueteando con el anillo que lleva puesto en la mano izquierda. —¿Y lo qué pasó después, en las escaleras? Ella respira profundamente, como si se obligara a hacerlo para no ahogarse. La mandíbula le tiembla apenas dos segundos y luego la aprieta para que no se mueva más. Me mira con perplejidad y completa incomprensión. Las manos le traicionan también y un leve temblor se apodera de ellas. —...S.…Sí... creo que sí— balbucea. Está bien, se acabaron los jueguecitos. La verdad es que ya estoy cansado. Voy a hacer que se vaya ahora mismo. Fin. Voy a ir a matar, y si le hago daño, me va a dar igual. Luego me torturaré por ello, pero siento que lo necesito, que me merezco esa tortura —¿Y qué pasó Evan? Cuéntame— chisto cruelmente. Me acerco con lentitud, como un paciente depredador acechando, rodeando a su presa, acorralándola para poder devorarla después. Mi rostro es tan falto de expresión, que todo su cuerpo empieza a temblar, no sólo las manos. —Yo... bueno... —¿Qué, pasó, Hanna? — recalco cada palabra, plantándome delante de ella igual que hice aquel día en la salida de la biblioteca, intimidándola. —Viniste a mi cuarto... —¿Sí...? —Y me devolviste mi bolso...— se para, no quiere continuar. —¿Y qué hiciste? Dímelo. —Yo... ¿te besé? Seguramente se ha autoconvencido de que todo lo de las escaleras había sido un sueño o gran parte de ello se había debido al alcohol, así que pensó que venir a verme era lo correcto ya que nada de lo sucedido sería cierto, o tan grave como realmente fue, lo que no se espera es que cuando acabe de relatar lo que sucedió, lo que ella vio, no se lo voy a negar ni la voy a mirar como si estuviera loca, porque todo lo que diga será verdad. —¿Y..? — la animo dándole la razón, para que continúe. —No sé... te enfadaste, y me empujaste. Tiraste la botella... No sabe dónde mirar, pero lo que sí que tiene claro es dónde no mirar, y es a mí. No se atreve. Casi puedo escuchar el fuerte y descompasado latido de su corazón, casi puedo decir que un sudor frío le recorre la espalda ahora mismo. Desde que ha entrado, ha empalidecido bastante. —Y luego, ¿qué? — presiono con voz dura. —Te fuiste corriendo... y te seguí. Su respiración sigue siendo pesada, empieza a darse cuenta de que no le estoy negando nada, de que es cierto, de que nada fue un sueño, de que soy un monstruo y de que acaba de entrar en la guarida de la bestia, sola e indefensa. —¿Y qué paso entonces Hanna? — no responde, insisto apretando la mandíbula con rabia— ¿Qué pasó Evan? Vamos. Ella se encoge de hombros como si le hubiera recorrido un escalofrío, levanta la barbilla a trompicones y apenas se atreve a mirarme a los ojos. Mi gelidez hace que su lengua le pese al pronunciar las siguientes palabras. —Desa...desapareciste. Muy suavemente voy alzando una comisura del labio, formando una grotesca mueca de locura y risa. La observo, disfrutando apenas una micro milésima de segundo el escalofrío que le vuelve a recorrer la espalda. —¿Y bien? ¿Qué haces aquí? — dejo que mi mueca muera y frunzo el ceño, iracundo— ¿Nunca entiendes nada verdad? Creo que ayer ya fue lo definitivo para que te alejaras de mí, y sin embargo te presentas aquí... Después además de haber conseguido que me vayan a expulsar de aquí. Intenta abrir la boca para decir algo, pero aprieto la mandíbula y mis puños cerrados con fuerza la hacen callar. ¿Sabes qué va a ser de mí? Si mi vida ya era una jodida mierda antes, ahora será peor. Había decidido estudiar, al menos para cumplir mi sueño de volar. Tú no te lo creíste, pero realmente me gusta la aviación, ¿sabes? Pero no, ahora ya no. Me expulsarán de aquí, y al volver mi padre me echará fuera de casa con toda seguridad. Me han expulsado demasiadas veces ya, esta era mi última oportunidad. Ya tenía suficiente viviendo odiándome como para que llegaras tú y me lo desbarataras todo. Sé que mis ojos y mi tono ahora mismo podrían envenenar a cualquiera, ahogarlo con el odio que desprenden, pero toda esta ira no es más que todo lo que he estado guardando este tiempo para mí mismo; lo que ocurre es que Hanna la ha liberado, así que lamentablemente ahora no puedo pararlo y la va a tener que enfrentar ella. Hanna choca con el borde de la ventana y es entonces cuando me doy cuenta de que he estado avanzando y haciendo que ella retrocediera, cohibida. En ese momento parezco reaccionar. Doy un paso atrás y me echo a un lado. —Sal de aquí Hanna, antes de que te hiera más. Te lo dije, soy una bestia, y nadie quiere domar a las bestias. Vete. Ella relaja un poco los músculos al ver que mi ira se ha esfumado, se ha guardado en algún rincón de mi cofre secreto bajo llave, y que la común apatía ha salido a flote de nuevo. Parece que está pensando a mucha velocidad, muchas cosas. —No... —tartamudea— Deja que me quede. Estoy tan malditamente cansado de todo esto, de relajarme, tensarme, relajarme, y tensarme, que simplemente la observo como si se le hubiera ido la cordura y me encojo de hombros. No tengo ganas de discutir más. —Haz lo que te venga en gana, ya no sé qué decirte. Pero quien avisa no es traidor. Me subo a mi litera y me estiro. Ella no se mueve. Sigue respirando profundamente y temblando. Con lentitud, se calma e, indecisa, se sienta en la silla del escritorio. El silencio se mece, adormecido entre las inquietas agujas del reloj. —Entonces...— rompe con voz serena la pausa— ¿Puedes volverte invisible? Ladeo la cabeza y la observo. —Sí...— respondo brevemente. Ella se recoloca encima del asiento. No debe de ser nada cómodo, supongo, pero no puedo ofrecerle la cama de Ismael, porque no es mía obviamente, y la mía.... No es una buena idea, principalmente porque la estoy usando yo. —¿Cómo...? ¿Cómo pasó? ¿Cuándo te diste cuenta de que..., o ya lo tienes desde siempre? No tengo ganas de explicárselo, pero tengo que hacerlo. Siento que tengo que hacerlo, y de alguna manera necesito hacerlo. Así que, con la boca seca, apaciblemente, empiezo a hablar. Ella me escucha, muda. No me interrumpe ni da muestras de hacerlo ni siquiera cuando, increíblemente, se me rompe la voz y casi lloro. Es la primera vez que se lo cuento a alguien, y es mucho más difícil y liberador de lo que había creído. Cuando acabo, inspira hondo y ojea el reloj. Las 10:47. —Lo siento— murmura— Lo siento... Luego se recoloca de nuevo en la silla. Se siente mal por todo, y no se atreve a acercarse a mí. No está en su derecho después de todo lo sucedido, no puede. Intuye que me ha abrumado y tiene que dejarme ahora espacio, que, si la necesito, yo la llamaré.
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