Aplacando un poco su rabia, me coge de la mano y la lleva hasta su pecho. Hincho mis pulmones de oxígeno y me quedo muy quieto. Ahora ya sí que mi mirada cae en la tentación de mirar. Su respiración está agitada, coge aire, saca aire. El gris de su sujetador me deja clavado. Mi mano siente un hormigueo y unas órdenes de mi corazón que le dicen que haga lo suyo. Que moldee sin temor lo que se le ha ofrecido, pero la razón lo frena bruscamente. Mi otra mano está temblando por el esfuerzo de voluntad, por la tensión en mi cuerpo.
A cada segundo que pasa, el rostro de Hanna se descompone más. No puede hacerme caer en ella. Estoy ganando. Solloza un momento, aunque todavía ninguna lágrima cruza su rostro.
—¿Por qué? — demanda en un susurro y aprieta más las piernas a mi alrededor.
Entonces me mira fijamente a los ojos. Sé que perfectamente puede notar que al menos, excitado estoy. Mucho. Me suelta de la mano lentamente, sintiéndose abrumada por mi voluntad de hierro. Mi mano se mantiene ahí unos segundos, posada en su pecho, pero en seguida, muy paulatinamente la voy retirando con costoso esfuerzo. Si se piensa que ahora mismo no quiero devorarla, es que está muy equivocada, pero sé que no lo piensa.
—Hanna, por favor— pronuncio con la voz ronca, apenas pudiendo decir nada más.
Mi vista sigue fija en su sujetador de encaje que tan bien le queda. Lentamente se levanta, poniéndose en pie, y mira a mis pantalones, comprobando que lo que sentía no era ninguna trola. Luego vuelve a mis ojos con una inusitada calma. Niega con la cabeza.
—No sé por qué haces esto, pero... No pienso alejarme de ti. Lo siento. Pues como tú has dicho, me entran rabietas de niña de cinco años cuando me encapricho con algo.
Dicho esto, suspira muy suavemente mientras mira a algún punto fijo de la habitación. Mis músculos se van destensando gradualmente y empiezo a poder respirar con normalidad.
—Sea lo que sea— me dice con la mandíbula apretada, con una decisión en la mirada que ha nacido en apenas unos segundos— voy a descubrir qué es lo que te retiene y lo voy a hacer mil pedazos— casi escupe las dos últimas palabras.
Después, da media vuelta, abre la puerta de la habitación, y se va.
Me siento entumecido, aunque no física si no mentalmente. Oigo de fondo a Hanna caminar por el pasillo. Ha dejado la puerta abierta y se consigue apreciar a unos chicos hablando y riendo. De repente callan. Parpadeo, percatándome que Evan ha salido de mi habitación con camiseta en mano y probablemente no se la ha puesto de nuevo.
—¿Y ustedes que miran? — oigo que gruñe.
Lo próximo es el ruido de la puerta de las escaleras al abrir y cerrarse, y los chicos reanudan su marcha, aunque esta vez, considerablemente más callados y anonadados. La puerta del armario se abre y Axel sale con una expresión inescrutable. Me mira y, aunque no lo estoy observando si quiera pues sigo inmóvil en el suelo, puedo notar el desprecio en el aire. Sin cruzar palabra, gira sobre sus talones y cierra la puerta de la habitación tras de sí al marcharse.
¿Qué significa eso? ¿Le ha parecido aceptable o no? ¿Qué se supone que debería de haber hecho? Hanna se me ha tirado encima así que he tenido que usar la táctica de la indiferencia más que la del asco, principalmente porque la del asco no hubiera funcionado. Se veía claramente que asco, no era lo que me provocaba precisamente.
Cierro los ojos y dejo que pase el tiempo. No me atrevo a moverme, consciente de todo lo que ha ocurrido. Hanna no se va a separar de mí, más bien al contrario, le he dado más ánimos para seguir acercándose. ¿Cómo funciona la mente de esta mujer? Quizá si no le hubiera correspondido al beso, nada de esto hubiera sucedido. Pero demonios, me ha sorprendido y la sensación era tan... He tardado unos segundos en hacer reaccionar a mi parte racional, así que mi otra mitad ha hecho lo que le ha dado la gana mientras.
No sé qué demonios ha pensado Axel. Quiero decir, sé que ha entre abierto la puerta del armario y lo ha visto todo. ¿Por qué no me ha partido la cara? No sólo le he hecho daño a Evan, si no que la he besado, le he tocado los pechos y visto en sujetador, y encima en vez de conseguir que se aleje de mí, he logrado que quiera acercarse más. ¿Acaso tiene algún sentido? No mucho, pero Axel no ha tomado medidas al respecto. Simplemente me ha mirado en silencio y se ha ido. Increíble. Ya no sé qué es lo que más me sorprende, si Axel siendo aparentemente indiferente ante lo ocurrido o Hanna reaccionando de manera completamente opuesta a lo esperado. Yo ya no entiendo nada, ni a nadie en este maldito sitio, porque esa es otra, luego está Jillian animándome a que vaya tras Evan, cuando no le caigo bien, y Ismael advirtiéndome sobre que no me acerque a ella y luego contradiciéndose con lo que hace.
Suspiro. La puerta se abre y Ismael está ahí mirándome con el ceño fruncido. Cierra tras de sí en un incómodo silencio y deja sus cosas en el escritorio y encima de su cama. Luego apoya su cadera en el borde de la mesa y se cruza de brazos y piernas, observando el techo con fijeza. Está claro que las noticias vuelan y tiene un discurso para mí. Suspira.
Entonces me viene un pensamiento que me hiela la sangre: Se acabó. Mi decisión de estudiar se ha ido al traste. Todo esto llegará a oídos de la directora y, obviamente, seré expulsado. Voy a volver a casa.
Me imagino la cara de mi padre al recibirme en el umbral de la puerta de casa. Mi padre siempre ha tenido una cara aterradora, de esos de mafioso o policía fronterizo. Se plantará frente a la puerta, de brazos cruzados, bloqueando la entrada. Nos miraremos fijamente a los ojos. Él observará mi maleta y luego mi rostro, sin ninguna expresión. Entonces se oirá a mi madre débilmente detrás y mi padre se apartará para que pueda verme. Colocará la yema de los dedos en los labios y me mirará con preocupación y desesperación. Pero a partir de aquí será diferente de las otras veces. Normalmente mi madre viene a mí corriendo y me abraza, me pregunta si estoy bien, dándome un beso, me lleva dentro y me prepara algo para tomar. Mientras yo como, ella va a deshacer mi maleta. Mi madre nunca pregunta, es mi padre el que, mientras ella deshace el equipaje, como si no se quisiera enterar de nada, siempre me grita con esa potente voz que hace eco a su estatura.
Sin embargo, estoy seguro de que esta vez, la mirada de mi madre será todavía más dolorida, y mi padre, antes de que ella corra a mí para abrazarme, la detendrá y le dirá que no se meta, que vuelva dentro de casa. Ella obedecerá con lágrimas en sus ojos y cerrará tras de sí la puerta. Mi padre bajará del porche y con una ira en los ojos, pateará mi maleta y la tirará al suelo en silencio. Yo, con todo mi orgullo y enfado al saber que me va a echar de casa, le miraré altivo y le plantaré cara. No habrá gritos, ni puños volando, créanme. Conozco a mi padre. Él simplemente se quedará ahí, de pie, taladrándome con esa mirada intimidadora que resistiré hasta que me deje sólo. Me dirá lo que tenga que decir, y punto.
El nudo de aprensión que me estaba cerrando la boca del estómago, empieza a subir rápidamente con un notable y desagradable cosquilleo hasta que llega a mis labios. Una carcajada sale disparada sin que yo la controle.
Ismael, con el rostro completamente anonadado, parpadea. Piensa que estoy loco, seguramente; la verdad es que yo también lo pienso, así que no lo culpo. En seguida su expresión se torna ligeramente preocupada pues sé que puede notar la perfecta y delirante ironía en mi risotada. Sacude la cabeza como si no entendiera nada y veo que intenta retomar el hilo de pensamientos que estaba llevando a cabo antes de que lo interrumpiera.
—Me... ha pedido la directora que te diga que se te repetirán los exámenes la semana que viene, entre el martes y el miércoles. Ah, y que pobre de ti que no te comportes.
Mi mueca de naciente locura desaparece de mi rostro tan pronto acaba. ¿Qué? No lo entiendo. Quizá todavía no se ha enterado de los rumores... Sí, debe de ser eso. En cuanto se entere estaré expulsado indefinidamente. Pero entonces, hay algo que no me cuadra, ¿Ismael estaba con esa expresión grave por lo de los exámenes? No se ha enterado de lo de Evan.
—¿Algo más? — pregunto cauteloso.
Él me mira y se encoge de hombros, ahora intrigado.
—No sé, me gustaría saber de qué reías y por qué estás en el suelo, pero no es de mi incumbencia, por eso no he preguntado, así que no. Supongo que nada más.
—Tenías cara de querer decir algo más cuando has entrado— respondo receloso.
Él hace una mueca con los labios y se rasca la nuca, pensativo.
—No, simplemente es que me ha sorprendido tu decisión esta de estudiar y eso... No sé. Sin ofender.
Una vez se da cuenta de que no voy a decir nada más, suspira cansado y se mete en el baño. Entonces... ¿Ya está? ¿Y los rumores de Evan saliendo de mi habitación sin camiseta? ¿Y las historias que debería de contar Axel, completamente tergiversadas, para que pareciera que yo la había atacado y todo el mundo me quisiera matar? Oh bueno, está bien, supongo que todavía es demasiado pronto. Mañana al despertarme todo habrá sucedido.
Ismael sale del baño con un bostezo y estira los brazos. Se le ve cansado. Mira la mesa y suspira con un gruñido al ver sus libros. Supongo que tiene que seguir repasando. Yo, si bien no estoy estirado, sigo sentado en el suelo.
—Oye Ismael— le llamo la atención— ¿La directora te ha dicho algo sobre mi expulsión?
Él frunce el ceño e intenta recordar algo sobre eso. Tengo la impresión de que no, de que obviamente, sigo expulsado, pero si Ismael no es capaz de responderme con certeza y tengo una excusa para salir de aquí, aunque sea para ir a preguntarle a la directora... Aunque bien mirado, si voy a preguntarle eso, quedaré como un interesado. No, mejor no.
Sacudo la mano con un gruñido antes de que Ismael diga nada más. Él comprende que da igual y, encogiéndose de hombros, se sienta en el escritorio para estudiar. Estoy entrando en el baño cuando alguien llama a la puerta con rabia. Ismael y yo compartimos una mirada. Me toca a mí. Da igual, no pasa nada. De alguna manera creo que es algún puñetazo que le apetece venir en mi dirección, no me extrañaría. Quizá los rumores ya están difundidos.
Sin embargo, al abrir la puerta, el rostro de Jillian me recibe.
—Hola— espeta con poca amabilidad.
—¿Hola?
—¿Qué demonios le has hecho a Evan? — inquiere indignada.
Puedo notar como Ismael se gira y nos está mirando, intrigado al respecto. Jillian, que parece oírlo, mira por encima de mi hombro y parpadea con sorpresa, y por un momento pienso que no quiere hablar de esto frente a Ismael, genial, me puedo deshacer de este interrogatorio negándome a salir. Bueno, tampoco es que pueda salir... Pero es todo un error, ella no se sorprende por Ismael.
—Eh.
Sigo lo que señala encima de la mesa, al lado de Ed. El bolso de Evan está ahí puesto. Genial.
—Se lo ha dejado— obvio.
—Ya veo...
—Si lo quiere vendrá a buscarlo...
—Claro que lo quiere, no seas idiota. Tiene ahí sus cosas.
Considerando el hecho de que no quiero volver a ver a Evan y el de que Jillian tiene razón, aprovechando que está aquí...
Me adentro hasta el escritorio, lo cojo, y se lo tiendo a Jill una vez de vuelta en la puerta.
—Entonces mejor dáselo tú— concluyo.
Ella lo mira y luego a mí, frunciendo el ceño ante un recuerdo.
—No no, escúchame, no me cambies de tema— se indigna. Me recuerda al otro día cuando se pensó que yo le había quitado el control aún sin intentarlo y quizá se sienta igual ahora— No sé qué demonios ha pasado, pero Evan está alterada. No está normal. Y sé que es culpa tuya. Lo sé. No me pongas cara de no haber roto un plato— dice, como para provocarme a rechistar, pero mi inexpresiva cara hace que parpadee— Quien calla otorga...— añade en un murmuro confuso.
Se está sintiendo otra vez inferior. Está sintiendo que le he arrebatado el control completo de la situación, lo noto en su mirada. Supongo que está acostumbrada a que todo le salga como ella cree o espera, pero yo no soy predecible para su cerebro. Esperaba que me hiciera el tonto, pero mi sorda respuesta, chilla: “Sí, yo lo he hecho, ¿no me digas? Ya lo sé, ¿y? ¿He de sorprenderme?”, y eso la ha desconcertado y la está enfureciendo.
Después de un grito más que estoy seguro han oído en alguna habitación de las del pasillo, se va enfurecida de nuevo. Yo sigo estático frente a la puerta con la mirada de Ismael encima de mí, y la mano tendida con el bolso en mano. ¿Nada puede salir mejor hoy? ¿En serio?
Me debato largos y tediosos segundos con mi propia mente, plantado ahí en el umbral. ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? Cierro la puerta y me siento en la cama de Ismael con el bolso entre las manos. Pasan inciertos minutos, hasta que, en silencio, me levanto con un gruñido y salgo en dirección de los dormitorios femeninos. No debería de salir, pero en fin...
Al llegar al fondo del pasillo me tenso. Axel y otro chico, el cual debe de ser su compañero de habitación, están ahí esperando al ascensor. Trago saliva cuando su vista se posa encima de mí con una fría rabia. Tuerzo una sonrisa, sabiendo que los dos estamos recordando cómo Evan me ha besado, y las palabras que él mismo pronunció la última vez que intenté entrar en el ascensor a la vez que él. Así pues, giro sobre mis talones y bajo sin dudas por las escaleras. Sé que tengo que hablar con Axel, pronto. Si no lo busco yo, él me buscará, pero habrá que hacerlo; supongo que no me ha dicho nada todavía porque está pensando delicadamente lo qué va a hacer conmigo. De todas formas, estoy acabado. No depende sólo de él. Esos chicos correrán los rumores pronto y me expulsarán.
Me detengo en el sitio, entre escalera y escalera, de repente empalideciendo al darme cuenta de la verdad. Es cierto, ¿qué más dará? ¿Qué más dará que salga de la habitación y me pillen? Estoy destinado a ser expulsado ya. Mis hombros bailan arriba y abajo en una risa interior burlona e irónica, casi loca, como antes. Voy a ser un vagabundo.
A paso lento y tranquilo voy bajando lo que me queda de tramo. Durante mi camino hasta el dormitorio de las chicas, muchos rostros me miran y susurran. Saben que estoy expulsado así que: ¿Por qué estoy aquí? Ya me da igual. Ya todos me dan igual. Algo se está rompiendo en mi interior: No podré alcanzar mi sueño. Ahora que ya lo había decidido, ahora que me había percatado de la única cosa que deseo, me ha sido arrebatada.
Aprieto el bolso entre mis dedos hasta que mis nudillos palidecen. Que le jodan a todo el mundo; que le jodan a esos imbéciles de amigos y a esa estúpida competición de bebedores que hicimos; que le jodan a mi maldito orgullo. La impotencia es un corrosivo que me meto en el organismo cada vez que respiro y doy un paso hasta el dormitorio de Hanna. En mi mente grabado a fuego el nº de su habitación: 189. Es increíble como, sólo me lo dijo una vez y se me quedó sin necesidad de más. Realmente Hanna es la única persona que me ha llegado a “tocar” desde el accidente. Es la única que me ha “alcanzado”.
En el ascensor, hay una chica que se ve obligada a subir conmigo y me mira de reojo cuidadosamente, con el ceño fruncido, casi sin respirar por miedo a que la muerda o algo así. Ella se baja un piso antes que yo, y no se lo piensa ni dos segundos para abandonar el receptáculo en cuanto oye el pitido de las puertas al abrirse. Por mi parte, sin inmutarme si quiera, sigo hasta el siguiente y camino por el pasillo buscando la puerta. Se oye una tenue música de alguna habitación, pero nada alarmante. En cuanto me paro en frente de la 189, me percato de que la música viene justamente de la habitación de al lado, pero es igual, no es relevante. Llamo a la puerta con fuerza y espero pacientemente. Al momento siguiente Evan la abre con una mirada ida y las mejillas con un tono rojizo sospechoso, al igual que los ojos. Al verme, parpadea y da un paso para atrás, completamente aturdida.
—¿Qué...? — pronuncia pesadamente.
Frunzo el ceño, algo no va bien. Arrugo la nariz y aspiro. Huele a alcohol.
—¿Has bebido? — inquiero estupefacto.
—Noo... yo no...— pero su lengua medio dormida al pronunciar la delata.
A pesar de eso parece bastante cuerda. Si le propusiera un ejercicio matemático estoy seguro que lo resolvería, con alguna que otra dificultad, pero lo haría.
—¡Aahh! — se escucha un grito desesperado de Jillian— Mierda de camiseta de verdad. Creo que voy a ir con esta mancha, ¿qué más da? Somos todo chicas.
Mi concentración se dirige a la habitación de al lado durante dos milésimas. Así que van ahí, ¿eh? Y están bebiendo... No se supone que todo esto esté permitido, pero... Tampoco me importa. Le daré el bolso y me iré de aquí por donde he venido.
—En fin...— sigue hablando Jill desde el baño, seguramente sin haberse percatado de que he llegado— Tú no te preocupes cariño. Ahora acabo, nos vamos, y te olvidas de lo que sea que te haya hecho ese idiota entre vaso y vaso, ¿ok?
Ella abre los ojos un poco, mira en dirección a Jillian y me vuelve a mirar a mí, rezando como para que no lo haya oído, pero sí lo he hecho.
—¿Qué quieres? — inquiere al fin Evan, quitándole plomo al asunto.
—He venido a devolverte esto. Lo has dejado en el escritorio antes— se lo tiendo. Ella prácticamente me lo arrebata de las manos— ¿No crees que es un poco pronto para beber?
No me encuentro cómodo. El alcohol es mi archienemigo. A penas estoy intentado respirar. No quiero que nada de esa sustancia me llegue. Nada. Sea cerveza, chupito, cava, champán, o vinagre con soja, me da igual.
Ella se encoge de hombros y noto que en la mano que tiene escondida detrás en la espalda asoma la boca de una botella. Se la ve cansada y decaída. Quizá mi rechazo y mi comentario sí que la hirieron más de lo que creo. No podré estar seguro nunca. Ésta, seguramente, será la última vez que la vaya a ver.
—Oye...— pronuncio lentamente. No quería decir esto, pero tengo que hacerlo— Me van a expulsar muy pronto, por los rumores de lo que ha pasado hoy, así que será la última vez que nos veamos seguramente.
Ella se pone ligeramente más recta y pestañea. Niega con la cabeza y aparta la cabeza hacia atrás, aturdida de nuevo.
—¿Qué? ¿Cómo...?
Sonrío de lado.
—No me digas que no te lo esperabas. Es normal, si sales de mi habitación en sujetador y cabreada— casi río con verdadera gracia.
No menciono lo de Axel, porque no hace falta que lo sepa, pero él no hacerlo hace que piense que la entera culpa es suya y veo que palidece un poco y la mandíbula le tiembla.
—Oh mierda...— murmura— Es verdad... j***r. No, yo no quería. No te vayas. Por favor. Yo...
Si bien puede razonar y me entiende, el diálogo no se le da muy bien, como pueden comprobar. Me mira a los ojos ciertos segundos y, por no sé cuál razón, se abalanza y me besa. Por dos segundos permito la invasión de su lengua. Al fin y al cabo, ¿qué puedo perder ya? Mi beso de despedida... Aunque suene muy egoísta y parezca un cerdo porque sé que esto le hará daño después al recordarlo, voy a serlo por última vez. Sin embargo, repelido como un imán de la misma polaridad, me aparto bruscamente con el sabor amargo del alcohol quemándome la boca. No puede ser.
Ella me mira confusa y con un dolor en la mirada por no entender qué sucede. ¿Por qué por una vez no puedo aceptarla si sé que me atrae? Mi respiración está agitada y mis ojos abiertos con pánico. Ese sabor... Ese maldito familiar sabor...
—¿¡Qué mierda estás bebiendo!?— pregunto, entrando en pánico.
Rudamente la cojo del brazo y de un tirón la obligo a que me enseñe la botella.
Tequila.
Un cuchillo se abre paso entre mis entrañas. No es posible. No es posible. No es posible. Una sensación parecida al vomito me recorre la boca del estómago y sube como la espuma hasta alcanzar la garganta, pero no vomito nada sólido, sólo consigo sacar un grito estrangulado. Una punzada de dolor me azota el pecho, igual que cuando por las noches al volverme invisible.
Ella no sabe qué hacer, sigue con la botella en la mano, aunque ya sin esconderla y me mira con preocupación e indignación, quizá pensando que le tomo el pelo.
—¿Qué? ¿Qué pasa? — dice molesta.
Da un paso hacia mí e intento huir. Tropiezo y me caigo de espaldas al suelo. Ella se agacha, confusa todavía, y acerca la mano con la botella en mi dirección, preguntándome si estoy bien.
—¡No! — le golpeó la mano en un acto reflejo.
El sonido de la cachetada resuena en el pasillo, acompañado de la botella al caer sobre la moqueta y el líquido saliendo sin piedad por la boca de vidrio. La moqueta de un claro color terroso, se torna oscura a medida que va absorbiendo los restos de nuestra pelea.
—¿¡Cómo se te ocurre!? Darme a probar esa mierda...— chillo— ¿Estás loca?
Hanna me mira aterrada, sin comprenderme en absoluto. “Es sólo una botella” debe de pensar “Es sólo alcohol” ... “Es sólo Tequila” Pero no, no es “sólo” Tequila. Es la mierda que me mató, la que me transformó en este monstruo.
Mi mano se precipita hasta mi boca y mi nariz, no queriendo oler ni correr el riesgo de que me vuelva a besar. El regusto sigue en mi boca y me da asco. Otro pinchazo me deja paralizado a penas una milésima de segundo y, al verme los pies, los veo translucidos. Dios mío. Dios mío. Tengo que salir de aquí. ¿Cómo es posible? Ni siquiera lo he probado directamente. Sólo ha sido el gusto de su saliva. Yo no...
Estoy hiperventilando. Tengo que calmarme. Tengo que irme de aquí ya, antes de que... Antes de que Evan...
Hanna ha seguido la dirección de mi mirada y, con el rostro impasible, me observa los translucidos zapatos. Aprieta fuertemente los ojos durante apenas tres segundos y vuelve a mirarlos. Luego dirige sus orbes hasta los míos y demanda una explicación. Mi mano tiembla. La voz de Jillian suena desde dentro, pidiendo una disculpa por tardar, o yo qué sé.
—Yo...— tartamudeo— Me tengo que ir, yo no...
Me alzo patosamente y camino con agilidad lejos de allí. “Muy plausible Andrew, muy plausible” Me regaño. La puerta del cuarto se abre del todo y una preocupada Jillian se asoma e inquiere a Evan qué está haciendo. Ella, no haciendo caso se levanta y, dejando atrás a su amiga y el alcohol, me sigue.
—¡Espera!
No lo entiende, no lo entiende, no lo entiende.
—¡Vete! No me sigas.
—No, Andrew por favor, espera.
Abro de un empujón la puerta de las escaleras y corro como alma que lleva el diablo, arriesgando el caerme en cualquier momento escaleras abajo y partirme la crisma. Pero me da igual. Tampoco voy a vivir una buena vida a partir de ahora, ¿así que quizá sería mejor que me muriera? Todo el mundo me odia, incluso yo, ¿así que por qué existir, bien pensando...?
Justo en ese momento oigo un gemido de pánico y Evan resbala. Me detengo bruscamente. ¿Está loca? ¿Cómo se le ocurre intentar igualar mi ritmo por las escaleras cuando está bebida y, seguramente, empezando a entrar en un estado de shock? Con agilidad impulsiva que no sé de dónde saco, me abalanzo y la sujeto para que no caiga al suelo y sí en mis brazos. La dejo en el suelo, firmemente y la separo un poco de mí para inspeccionar que se encuentre bien. Ella retrocede, cada vez más asustada.
—No lo entiendo, ¿qué te ocurre? Yo no... Debo de estar bebida, ¿no? Es un efecto secundario del Tequila o algo.
Río con ironía ante sus palabras tan ciertas e inciertas a la vez.
—Lo mío sí, tú no tienes nada— murmuro.
—¿Eh?
Decido que da igual, contárselo ya. Ya no me importa nada. Me encojo de hombros y extiendo los brazos a los lados, enseñándole mi cuerpo casi invisible ya.
—¿Sabes por qué no quiero tener un super poder? Porque ya tengo uno, aunque yo lo prefiero llamar, maldición. Una terrible maldición.
Su mandíbula tiembla. Se agarra a la barandilla para no caerse, sus pies apenas la están sosteniendo, y me gustaría estrecharla entre mis brazos y devolverla arriba, arroparla, y calmarla, besarla... Pero no puedo, ni ahora, ni nunca.
—¿Ahora entiendes por qué no tenías que acercarte a mí Evan? Soy un monstruo. Una bestia. Y no quería hacerte daño. Pero has insistido, y me has dado a probar de esa cosa...
Ella niega con la cabeza como si no entendiera el dolor y la ira en mis palabras ni nada de lo que sucede. Me resigno, no voy a explicar más.
—Da igual, ya es demasiado tarde...
La puerta de las escaleras se abre dos pisos por encima y se oye la voz de Jillian asomándose al hueco de la escalera.
—¿¡Evan!? ¿Qué demonios ocurre?
Hanna dirige su mirada hacia arriba apenas 3 segundos, y para cuando la vuelve a bajar ávidamente, todavía con el miedo incrustado en sus pupilas: Ya no existo. Mira a derecha y a izquierda. Yo me apoyo en la pared y me dejo resbalar, al igual que mis amargas lágrimas silenciosas por mis mejillas. Me duele mucho el pecho todavía. No debería de haber probado esa cosa. Supongo que el dolor remitirá cuando vuelva a la normalidad.
Lo último que veo antes de cerrar los ojos con fuerza es a Evan temblando como un flan y parpadeando incrédula. Su voz temblorosa haciendo eco a su aspecto.
—¿...A....An...Andrew? — suelta al vacío con voz estrangulada y sus pies la traicionan y cae de culo al suelo.