Tefa, descubro, es alguien como la ayudante personal de Hanna.
Me trae ropa que, si bien a simple vista podría haber dicho que me iría pequeña, me cabe a la perfección. No sé de dónde la ha sacado, pero no pregunto, en vez de eso le inquiero por su relación con la familia, educadamente, sin querer sonar entrometido. Es entonces cuando me lo dice: ha sido la encargada de Evan desde que nació, algo así como su niñera, y suena raro porque en las pelis la niñera suele ser muy vieja ya, pero esta mujer debe de rondar los 40.
Me aprieto el puente de la nariz. He sufrido horrores para lavarme la cabeza con la reciente herida de las escaleras en la cabeza. Parece que hayan pasado siglos, pero fue ayer que me caí. Así pues, cuando Tefa me pregunta qué me ocurre le pido una aspirina para el dolor de cabeza. Ella me la trae sin rechistar y yo acabo de ponerme la camisa para ir a comer. Tengo la sensación de que no será una comida agradable, será tensa e incómoda.
Me quedo largos segundos mirándome en el espejo, girando la cabeza para poder observar precariamente mi herida. Bueno, supongo que empieza a curarse solita. Marie hizo un muy buen trabajo con el vendaje el otro día. Entonces, de repente, una voz me saca de mi ensoñación. Ojeo por el espejo a Hanna asomándose por la puerta.
—¿Cómo la tienes? ¿Te duele? ¿Quieres una aspirina o.…? — se acerca cuidadosamente.
—No, está bien, Tefa ya me ha dado una, y ya estoy mejor.
Hanna se ha enfundado en una vieja sudadera gris con su correspondiente capucha que parece irle un par de tallas más grandes y unos tejanos parecidos a los que llevaba, sólo que más elegantes, junto con unas deportivas iguales que las de antes, sólo que, de otro color, esta vez son rojas. ¿Le gustan las Converse uh? Le gusta el gris... En un impulso desvío mi vista hasta sus pechos y me pregunto si también se habrá puesto el sujetador a juego...
Ella se revuelve, incomoda. No sé cuántos segundos he estado mirándola, pero los suficientes para que se dé cuenta y se muerda una esquina del labio con disimulo.
—Bueno entonces... ¿Vamos? — intenta despistar.
—Sí, vamos.
Da media vuelta sobre sus talones, inspirando hondo, preparada para dar un paso fuera del baño, pero me adelanto.
—Gracias, por cierto, me lo he pasado muy bien; una pena que no estabas, lo hubiéramos pasado mejor— le susurro provocativamente pasando por su lado, recordando su frase antes de dejarme plantado en el pasillo.
Ella se estremece visiblemente y se queda quieta, viéndome marchar. Sé que debe de estar maldiciéndome en su interior, pero se lo tiene bien merecido. Ella calienta a la bestia, ella se burla de la bestia, pues ahora le toca la venganza a la bestia... Y todavía no he acabado... En cuanto ella y yo volvamos a estar a solas se arrepentirá por juguetear así. Si juegas con fuego te quemas, y voy a hacer que ella arda, que arda por mí.
Al poco se ha calmado y la tengo a mi lado bajando las escaleras y olvidando lo sucedido.
—Bueno, mi padre seguramente empezará una conversación. Intenta no ser grosero— me pide, y me pregunto si le habrá pedido lo mismo a él— En serio quiero que se lleven bien...
Hago una mueca, no estando muy seguro de nada. Bueno... Lo intentaré, lo intentaré, siempre y cuando él no me provoque demasiado.
Y antes de darme cuenta, nos hemos sentado todos en la mesa. A mi izquierda a poco más de medio metro, en el cabezal de la mesa, está su padre, justo a su izquierda su madre, que al fin me han presentado como la señora que había visto antes, y enfrente de mí Hanna. Evan quería que me sentara a su lado, pero su padre ha insistido en que me sentara con él. A mi derecha se extiende la mesa dos o tres asientos más.
Y para cuando terminamos de decidir dónde sentarnos, el primer plato había llegado. Todos empezamos a comer. Está bueno. Su padre alza la mirada dos segundos hasta mí.
—Y dime Andrew— interrumpe el sonoro silencio— ¿Vas a clase con mi hija?
Ahí estamos.
—Sí, en algunas materias, como matemáticas.
Creo que lo he hecho bien, me he explicado y no he denotado nerviosismo respondiendo monosílabos. Me siento presionado porque sé que Evan quiere que me lleve bien con su padre, y no sé si eso va a ser posible.
—¿Te gustan las matemáticas?
—Sí, mucho, son precisas, no engañan.
—¿Y se te dan bien...?
—Bueno...— titubeo.
—Sí— se mete Evan firmemente— Mucho.
Padre e hija se miran. No puedo leerles las expresiones, hablan en su propio idioma, aprendido de años conociéndose, yo soy ajeno a esta comunicación.
—Vaya, entonces... ¿Eres muy bueno?
Evan cambia su “idioma” y me ojea fijamente. Ahora ya puedo entender lo que me dice, es una advertencia. ¿Advertencia de qué? ¿De qué le siga la corriente? Voy a ser precavido con mi respuesta.
—Ciertamente es la asignatura que mejor me va— miento a medias, pues es la asignatura que mejor me podría ir, si me aplicase, cosa que ahora empezaré a hacer.
—Oh, y... ¿Tienes alguna que te cojee? — ataca.
Parece que está buscando mi punto débil, mis defectos ¿uh? ¿Así que va a ir contra mí, así que esto era sólo el calentamiento? Mi novia lo observa con el ceño suavemente fruncido, quizá sabiendo lo que hace, ella lo debe de conocer mejor que yo. Sin embargo, este la ve de reojo, pero no le devuelve el gesto.
—Sí, lamentablemente no soy perfecto. Historia me cuesta un poco, pero su hija me está ayudando a mejorar eso.
De alguna manera el nerviosismo se me está quitando, el hecho de que quiera molestarme y picarme para provocarme eso mismo y ver algo malo o vergonzoso de mí, me está tranquilizando. Me está poniendo a prueba, y me gustan los retos. No es que no le guste, pero tampoco lo hago, simplemente no me conoce.
—Oh, vaya, ¿en serio? — le echa un vistazo a la aludida. Deja una pausa— Bueno, dejemos los estudios a un lado. Cuéntame de tu vida— eso puede ser problemático, va a ir a directo— Evan me ha dicho que nunca sales del internado, ¿cómo es eso?
Ahí está, primera pregunta un tanto entrometida.
—Papá...— gruñe entre dientes Evan al fin.
—No, está bien, es la verdad. Verá, mi casa está un tanto lejos, así que el viaje no vale la pena. Entre el dinero y el tiempo...— respondo calmadamente.
—Oh claro, vaya, ¿tu familia no goza de mucha liquidez entonces?
—Papá— dice más firmemente, un tanto sorprendida por la brusquedad de él.
Yo, ignoro a mi novia, no la observo, me concentro en la desafiante pero desasosegada mirada de su padre, como si diera la impresión de que todo va bien, cuando me está atacando hoscamente.
—No— sigo, ni corto ni perezoso— Hacen lo que pueden para pagarme una buena educación así que no hay dinero para más.
El padre de Evan asiente, ligeramente reflexivo. Su hija tiene una expresión dura en el rostro mientras que su madre mira incómoda a su plato, avergonzada pero curiosa ante la situación. Hay un largo instante de silencio. Aprovecho para pensar sobre mi pasado. Recuerdo mi primera novia. Recuerdo tener otra comida familiar, aunque aquella vez fue una cena. Estaba muy nervioso ciertamente, las manos me sudaban y el pulso me temblaba un poco. A decir verdad, el padre de ella era peor todavía que el de Hanna, tenía pinta de nazi cabreado, y hablaba tan calmada y pausadamente que parecía que estaba amenazándote, que en cualquier momento iba a saltar, alargando los brazos y cerrando los dedos alrededor de tu cuello. Sin embargo, no fue ni por asomo como aparentaba. Fue eternamente amable, y eso al principio fue incluso más inquietante para mí.
Recuerdo que después de varias cenas y comidas con su familia me di cuenta de que esa era la personalidad de su padre, que no trataba de amenazarme ni matarme, y, de hecho, cuando estaba así, quería decir que andaba de buen humor; fue un día cuando había un gran importante partido de futbol en la tele y se jodió la señal cuando realmente lo vi enfadado, y comprendí que mi persona nunca había sido enfoque de sus recelos o ira. Dio miedo de verdad aquel día, pues su futbol era sagrado; y eso era otro de los motivos por los que le caía bien, porque practicaba futbol.
Al padre de Hanna no sé si le gustará el futbol. No lo voy a mencionar si me pregunta, más cuando, aunque me gusté, lo dejé. El partido que hice en el campus no fue nada, no debería de haber existido en realidad.
—Y bueno.... ¿qué tal mi hija? ¿Crees que está buena? — espeta.
Ya no sabe cómo hacer que reaccione ante sus palabras, es increíble. Lo único bueno es que no soy el mismo chico inocente e inexperimentado en casa de Mary aquel 3 de agosto. Gozo de unos cuantos años más y de mucha más sangre fría, no sé si decir que afortunadamente o desafortunadamente, pero lo hago. Evan, por su parte, se sonroja violentamente y golpea la mesa de súbito.
—¡Papá!
Su padre me sostiene la mirada. Yo simplemente sonrío con picardía. Ve que no puede picarme con los estudios ni con temas de dinero y ahora salta a una pregunta comprometedora e importante sobre su hija. Se equivoca si cree que mi respuesta no va a ser directa. Lo siento por Hanna, pero voy a seguirle el juego a su padre, a menos que me haga la pregunta tabú que no creo que haga de momento... Quizá cuando llegue el postre...
—Sí, claro que sí.
—¡Andrew! — le tiembla la voz de vergüenza, incrédula por mi comportamiento.
—Pero— sigo sin hacer caso— no creo que necesite que un mocoso cualquiera venga y se lo diga para saberlo. Ya lo debe de saber, es su hija...
Los dos seguimos taladrándonos con la mirada. Sé que debe de estar alucinando conmigo y mis respuestas. No tuve el placer de conocer a Samuel, pero sé que debía de tener agallas igual que yo, sólo que las utilizaba de otra manera. Yo respondo con descaro, estoy seguro que Samuel era de los que responden con astucia y educación, yo soy más bruto. Lo siento dos segundos por Evan, que nos dirige la vista a uno y al otro alternativamente, sin saber qué hacer.
—Mamá...— suplica en un siseo finalmente.
Su madre, que había estado observando la situación, parecía estar esperando a que la llamara para actuar. La mira con compasión y posa su mano sobre la de su marido, para que se relaje. Coge el turno de palabra.
—Pareces un buen chico... Estoy seguro de que Evan vio eso de ti enseguida, al contrario que mi marido. Perdónale, es un poco protector. Es su única hija, al fin y al cabo, su pequeña, como le gusta llamarla...
Él gruñe en respuesta, pero no dice nada más. Un punto para mí, he ganado la batalla, pero no la guerra, no pongo eso en duda.
—Y cuéntanos, ¿cómo se conocen? ¿En clase de matemáticas quizá? — empieza la mujer.
—No, en la biblioteca con Danny— añade Evan, agradecida de que su madre hablé— Y lo vi fuera, almorzando, fue inesperado...
¿Danny? Dios mío, ¿se refiere a Mendoza?
—¡Danny! ¿Qué tal le va? La semana que viene tiene que venir para esa barbacoa— se anima su padre— Díselo de mi parte; y no acepto un no por respuesta.
Su madre ríe y Evan dibuja una suave sonrisa. El ambiente se ha relajado considerablemente, y su padre parece haber dejado de tener la mira en mí. Me alegro del cambio súbito de tema, la verdad, porque, aunque esté tranquilo la cabeza ha empezado a incordiarme un poco, a pesar del analgésico.
—Por cierto— dice la mujer— ¿Qué le pasó a Daniel la anterior semana? No me ha quedado claro todavía...
—Cierto, ¿qué hizo ese burro? ¿Cómo que se emborrachó?
—Sí, no me ha querido decir por qué, pero me llamó, así que fui. Me dejó preocupada, y lo encontré en la biblioteca todo bebido, así que tuve que llevarlo a su dormitorio.
—¿Tú sola? — se horroriza su madre.
—No, me ayudó Andrew— me sonríe.
—¿Pero no está prohibido salir de los dormitorios de noche? — me mira, agudo, ofensivo de nuevo y quizá olvidando que su hija precisamente también estaba rompiendo las reglas.
Evan rueda los ojos.
—Cariño— le increpa su mujer— ¿Qué más da?
—Me llamó su hija, por eso salí— miento.
Evan me mira de reojo, pero no abre la boca para reprochar nada.
—¿Le llamaste?
Asiente, cubriéndome.
—¿Por qué no llamaste a Axel? — se mosquea su padre.
Ugh, Axel... Evan inspira profundamente y hace una mueca con los labios. Yo también hubiera hecho lo mismo si no fuera porque sé que si lo hago yo, me echan de la casa en el acto.
—¿Te has peleado con Axel cariño? — inquiere amigablemente su madre.
Evan juguetea con el tenedor en el plato, todavía reacia a pronunciar palabra, y con una cara rancia, casi como si hubiera probado limón. Sus padres se miran entre ellos.
—Está bien, no pasa nada. Luego si quieres hablamos de eso.
Mi novia no tiene pinta de tener ganas de hablar de ello, pero hace otra mueca y asiente. Su padre parece mosqueado por todo esto. ¿Tan bien le cae el rottweiler? No lo entiendo. ¿Qué demonios le ven?
El segundo plato llega. Me da la impresión de que su padre está todavía consiguiendo más puntos en mi contra. Debe de creer que Evan y Axel se han peleado por mi culpa, cosa que es cierta, pero me hubiera metido yo en medio o no, habrían acabado peleándose tarde o temprano, porque Evan ya estaba harta de él. Sin embargo, su padre cree que están hechos el uno para el otro, o quién sabe, y el hecho de que yo me haya metido en medio y por eso se hayan separado, quiere decir que soy una mala influencia, una mala persona, Satanás.
No, definitivamente su padre y yo no nos llevaremos nada bien, no si empezamos así y las cosas siguen a más. Al menos no ha hecho todavía la pregunta magistral. Quizá no está tan desquiciado conmigo. Si lo estuviera supongo que me la haría, sin importarle su hija. En definitiva, no me fío ni un gramo, así que hasta que no haya pasado el postre y pueda levantarme de esta mesa, no estaré seguro.
—¿Y cuánto tiempo llevan conociendose? Evan nunca había hablado de ti...— vuelve su padre.
Saltamos y volvemos tan aleatoriamente de tema de conversación que me siento ligeramente confundido.
—Oh, es cierto— añade su madre— El pasado curso no estabas en el internado, ¿no? Y no recuerdo verte en la foto de inicio de curso que nos trajo Hanna.
Mi novia y yo nos miramos dos segundos fijamente.
—Me cambié de instituto a mitad de curso.
—¿Y eso?
Su padre me taladra con los ojos. Parece que ha encontrado al fin mi punto débil, o al menos una razón más para argumentar que soy el mismísimo diablo y no debería de estar con su hija. Está claro que lo de Axel le ha dolido mucho. Medito en si contarle la verdad, o alguna mentira. Si miento se acabará descubriendo, pero no sé qué hacer.
—Me expulsaron— me sincero.
Su madre me mira parpadeante, con cierto susto. Su padre sonríe con un brillo maligno de superioridad en la mirada, como proclamando que lo sabía, que él es el vencedor de esta guerra. Evan inspira profunda pero silenciosamente, sin embargo, su cara no demuestra ninguna reprimenda.
—¿Te expulsaron?
—Sí, me metí en una pelea, por defender a alguien.
Me retiran el segundo plato de la mesa. Ya llega el postre, ya queda poco.
—¿Por defender a alguien o por atacarle?
—Cariño...— le llama su mujer, en nombre de Evan.
—¿Eres del tipo atacante?
—Sí— respondo sin preámbulos, y Evan me mata con la mirada, como si me pidiera que por favor no le siga el juego a su padre.
Justo cuando el plato del postre se posiciona frente a todos nosotros, estalla lo que imaginé: La pregunta. Sale sola, de por sí, y los insultos también, sin pensárselos mucho. Todas estas cosas, cuando estás influenciado por los sentimientos siempre salen
—¿Ya te has tirado a mi hija, ¿no? Maldito violador.
Su madre jadea horrorizada. Mis dientes chirrían.
—¡¡Papá!!— chilla.
—¿¡Y si lo he hecho qué!?
De alguna manera su ira me ha venido a dar una visita, y no puedo controlar mi lengua, sin embargo, Hanna sigue mirando fijamente a su padre.
—¿¡Pero ¿¡cómo se te ocurre!? ¿Qué demonios te ocurre papá? Es que no entiendo por qué te comportas así. Es mi novio. MI novio. No el tuyo, ni el de mamá, ni el de ese estúpido de Axel, que es un infantil, para que lo sepas. ¡Qué me haya peleado con él no tiene nada que ver con Andrew, si eso es lo que estabas pensando! ¡Maldita sea! — hace una pausa, en la que también me mira a mí, cabreada— No sé por qué hemos venido aquí, tendríamos que habernos quedado en el internado... Sí, exacto, ya que no van a comportarse ninguno de los dos bien, se acabó. Voy a recoger nuestras cosas y nos vamos de vuelta al internado ahora mismo. Gracias por la comida.
Se alza de la silla de golpe, tirando la servilleta de mala manera encima de la mesa. Su madre abre la boca, pero no le salen las palabras, parece asustada, quiere hacer algo para calmar a su hija, pero no sabe el qué.
—Mario se ha ido a comprar algo que le he pedido, así que no va a volver hasta las 5— recrimina su padre con el ceño fruncido, entre furioso y sorprendido.
—¡Pues llámale y dile que venga! Es el chofer, se supone que está para transportar gente, no para hacer recados de la compra. Mientras tanto, no quiero que ustedes dos se acerquen a menos de 5 metros.
—¡Está es mi casa! — brama su padre.
—Y lo pienso llevar a mi cuarto, así que ni se te ocurra molestar.
—¿¡Para qué!? ¿¡Para qué te manosee suciamente encima del capó como cuando estabas limpiando MI coche!?
Hanna se sonroja violentamente. La mano, cerrada en un puño, le tiembla por la fuerza que utiliza al cerrarla. Su mandíbula se abre, no dando crédito a lo que escucha. Oh, mierda. Así que nos había visto... Quiero intervenir, pero tengo la impresión de que la enrollaré más.
—¿¡Cómo te atreves...!?
—Espera cariño, podemos hablarlo...— le suplica su madre intentando calmarla.
—¡No, basta, se acabó! — sentencia.
Rodea la mesa, y me coge bruscamente del brazo, tirando de mí lejos. Desliza su mano y la junta con la mía. Me guía con decisión fuera de la sala ante la atenta mirada de todos los demás comensales, y al llegar al segundo piso, nos paramos en su cuarto. Me sostiene la puerta para que pase dentro. La expresión en su rostro no es nada simpática. Entro, un poco indeciso, y ella cierra tras de mí.
—¿Qué demonios ha sido eso? — explota.
No digo nada, sólo me limito a ojear su mirada agria hacia mi persona. Me encojo de hombros. No ha sido culpa mía, su padre me ha provocado, él ha empezado.
—No, nada de eso— replica enfadada, leyéndome el pensamiento— Ya sé que él también ha puesto de su parte— reconoce— pero te he dicho que... ¿Por qué son tan idiotas dios mío? ¡Malditos hombres! ¿¡Por qué no la miden y acaban siendo idiotas!? Porque en el fondo todo se resume a eso, ¿no? A ver quién tiene la picha más larga.
Hace aspavientos con las manos, muecas con la boca, y alza y junta el entrecejo a medida que escupe enrabiada las palabras. Da vueltas por la habitación como un gato enfadado. Está ciertamente desquiciada.
—¡Igual que el imbécil de Axel, que se piensa que tiene que demostrarme que le mide 25cm o algo así! ¡Me tienen harta con sus peleas de machitos! — la voz le va bajando de tono, y parece que se deprime más a cada segundo que pasa.
—Ssshhh, sshhh— me acerco— Está bien cariño.
Ella me mira durante ciertos segundos. ¿Qué demonios acabo de decir? Bueno es mi novia, así que está bien, pero apenas acabamos de empezar a salir, y desde que me conoce que no soy muy afectivo, pero este es el antiguo Andrew y el apelativo cariñoso me ha salido como si fuera lo más natural del mundo... Cuando mis brazos la rodean, ella se deja atrapar y suspira placenteramente, cerrando los ojos. Supongo que ella decide dejar el tema de mi creciente ñoñería para más tarde. Nos quedamos así largo rato, en silencio. Tampoco se queja ni hace el indicio de que la situación le moleste, así que no me aparto. Es tan pequeña entre mis brazos... Mi tigresa cabezota... pero perfecta.
Sonrío durante dos segundos ante este pensamiento, pero luego me doy cuenta otra vez de que mi mundo se está volviendo de color rosa y suspiro en silencio. Soy un maldito dominado. Esta mujer me puede.
—Oye...— empiezo.
—¿Mm?
—Yo la tengo más grande que Axel, ¿eh?
Ella suelta el aire de golpe, y sus hombros saltan. Se detiene unas milésimas de segundo y luego estalla en risas y, separándose de mí, me golpea cariñosamente el hombro.
—¿Eres idiota? — ríe.
La risa se me contagia. Ella da unos pasos atrás, como si se alejara de mí y de mi contagiosa estupidez y yo la sigo hasta que choca con la pared y se queda ahí, como si me esperara, aunque tampoco estoy tan lejos de ella. Suavemente poso mis manos en su cintura y mi frente sobre su frente.
—Eres un idiota— repite, esta vez afirmando.
—Lo sé, pero te has reído.
Ella niega lentamente con la cabeza, divertida, como si yo no tuviera remedio, y es que no lo tengo, no en lo referente a ella. Ya me he dado cuenta de que no puedo luchar contra ella. La única manera de vencer a la tentación es cayendo en ella, así que voy a dejarme arrastrar por ella, aún si me lleva al maldito infierno.
Acerco mi rostro, lentamente, acortando la pequeña distancia entre nuestros labios. Cuando creo que ya no queda nada, posa sus dedos índice y corazón encima de los míos y hace una ligera presión, indicando que me retire. Lo hago, reticente y confundido.
—Mi padre va a subir a ver qué hacemos Andrew, aunque le haya dicho que no lo haga, y creo que te matará si te ve si quiera mirándome los labios.
La verdad es que su padre me importa un rábano, y ella lo sabe. ¿No quiere que la bese en los labios? Muy bien. Se creerá que no puedo hacerlo en otra parte... Aprovechando que todavía tiene sus dedos encima, la beso. Ella, sorprendida, los retira un poco, pero la atrapo con mi mano para que no huya. La sigo besando, bajando por su dedo índice, luego por la palma, hasta llegar a la muñeca. Ella inspira hondo y parpadea, pero no me quita el ojo de encima. Yo sigo. Subo por el pulgar al dorso de la mano y, cuando alcanzo los nudillos, en el corazón, justo en la separación de cada dedo, saco la lengua y sustituyo los besos por lametones.
Evan expira temblorosamente y cierra los ojos dos segundos. Deslizo mi lengua por todo el dedo, sinuosamente jugueteando con él. Mi novia traga saliva y le tiembla el pulso cuando descargo un suave mordisco en la yema del dedo. Entonces, mi lado pervertido y cursi se mezclan y, como un maldito imbécil, dibujo corazones en su palma con la lengua. Para cuando acabo, su mano se sacude suavemente y se muerde el labio inferior con fuerza. Pestañea, intentando calmarse.
—Te ha acabado gustando el juego, ¿eh? — pronuncia.
Inmediatamente sé de qué está hablando: Ella y yo, fuera de la biblioteca, cuando le espeté que no debería de intentar domar a la bestia.
—Me gustas tú— contesto.
No sé qué demonios me ocurre. El viejo Andrew ha salido a flote alegremente, como una pastilla en plena efervescencia, y no puedo detenerlo. Hanna se pone roja y me mira cada vez de manera más tierna y doblegable, como si cada letra que saliera de mi garganta la fundiera.
—Que cursi soy— siseo avergonzado.
Es entonces cuando se acerca y, rodeándome el cuello, me besa lenta y pasionalmente, saludando a mi lengua como lo ha hecho ella antes con su mano.
—Y tú a mí— responde— Y no es cursi Andrew, no eres cursi— se relame los labios— A mí me encanta.
Después, se separa de mí y me atrae hacia el sofá con un movimiento de mano. Es mejor que cambiemos de tema y nos olvidemos de esto, si viene su padre, aunque ciertamente me importe un rábano su opinión, temo por mi integridad física. De todas formas, Hanna todavía guarda esperanzas de que me lleve bien con él, increíblemente, y ese es otro de los motivos por los que mejor separarnos.
No me cabe duda de que es de una familia con dinero porque el hecho de que tenga en su habitación un sofá y una pequeña televisión de plasma, sin contar ya el maravilloso baño, y la grande y cómoda cama, etc... Desde luego no puede quejarse.
—¿Quieres ver una película? — inquiere mientras abre el armario bajo la mesita donde se postra la tele.
—Bueno... No estará mal para matar el tiempo.
Ella se para un momento y me mira. Estoy seguro que está reconsiderando su opinión acerca de irnos al internado de nuevo y no quedarnos en casa de su padre, y probablemente recuerda la pelea de nuevo, y se da cuenta de que su decisión es la correcta. No me cabe duda de que esta no será la última vez que venga a esta casa. Puede que mi primera estancia no haya salido muy bien, pero no quiere decir que no vuelva. Hanna quiere ir poco a poco introduciéndome en su familia. La verdad, no entiendo cuál es su maldito interés. Mientras estemos juntos y felices, ¿qué más le da la opinión de los demás? No tengo ganas de lidiar con su padre más veces. ¿Por qué me tortura así?
—Lo siento...— murmura.
Entonces percibo mi hostilidad. Sabe que sé lo que estaba pensando, y ella ha adivinado mi enfado respecto a sus motivos.
—No, está bien...
—No, no lo está— dice, y se sienta a mi lado, con un ligero miedo, como si le fuera yo a gritar por sentarse a mi lado— Te he obligado a hacer algo que no querías.
Me quedo en silencio. No puedo negárselo y hacerla feliz, sería mentirla, y sabe perfectamente que es verdad, o sea que si la miento se enfadará aún más.
—Soy muy egoísta— proclama, y después de meditar dos segundos, suspira— No te obligaré más si no quieres.
Genial. He conseguido que se sienta mal, ¿y encima que sea yo el culpable por no cumplir sus deseos o algo así? No la entiendo. No entiendo a las mujeres, ¿qué le ocurre? ¿Cómo se siente? Qué frustración, quiero que me lo diga, sea lo que sea, si es que hay algo. Tiene que haber algo. Necesito entender su punto de vista. Quizá realmente soy yo el que está equivocado... Me estoy estresando, no sé lo que digo.
—¿Pero por qué querías presentármelos? Acabamos de empezar a... Quiero decir, no creo que...
—Yo sólo quería que se lleven bien— gimotea, sus ojos llorosos— Yo no quería hacer sentir a nadie mal. Te quiero, y los quiero, son mis padres. Creo que es normal que alguien desee que dos personas a las que quiere se lleven bien. Me gustaría un día verte hablar y reír con mi padre y comentar algún partido de futbol los dos, que se acerque mi padre y me diga que tengo un novio maravilloso, que te caiga bien mi padre, que... que...
—Ssshhh...