Capítulo 16

4983 Palabras
La rodeo con mis brazos y le acaricio la cabeza. La aprieto contra mí con fuerza, como si tuviera miedo de que se fuera en cualquier momento. Entiendo cómo se siente, puedo hacerme una idea, yo lo veo de otro modo. Yo seguramente me sentiría igual o parecido. Para que mis padres se sintieran orgullosos de mí, de haber escogido a alguien increíble; y también por los malos rollos. Para mi padre siempre lo hago todo mal, al menos desde el accidente, y siempre hay peleas. Que por una vez no se pelee por algo que yo he escogido, con Hanna... —Cálmate, estás alterada, luego cuando lleguemos al internado, en mi habitación lo hablamos, ¿vale? No quiero hablarlo aquí, pero no te preocupes. Mientras se seca las lágrimas saca las películas. Me pregunta qué quiero ver. La oigo, aunque no la escucho en absoluto, mi mente está pensando en el maldito postre... Era melocotón, tan adictivo como ella, cabe recordar. Para cuando llegamos al internado, ya es de noche. Hanna bosteza, cansada., así que me ofrezco a llevar su pequeña bolsa de mano a pesar de sus protestas. La llevaré a su cuarto lo más pronto que pueda para que descanse. Cuando ve que me dirijo hacia los dormitorios femeninos, me detiene cogiendo una punta de la manga de mi camiseta. Me giro. Ella observa el suelo con un suave sonrojo en sus mejillas. —Vamos a tu cuarto hoy— pide tímidamente. Es increíble como en poco tiempo de repente no es tan valiente. Supongo que ha visto que yo también sé atacar, y sabe que, si se mete en la guarida del lobo, este puede estar hambriento y no va a detenerse. Sin embargo, no tengo la intención de hacer nada esta noche, sólo dormir, necesita descansar. Le sonrío con ternura y damos media vuelta. Intento inspirar hondo. Desde que hemos subido al coche que la cabeza ha empezado a darme vuelta de nuevo. El dolor ya no es de la herida, que está curándose bien, si no por el golpe. No he tenido unos días muy tranquilos desde la caída, y no dejo descansar a mi cuerpo. Quizá tenga una leve conmoción cerebral, debería de ir con más cuidado. Maldigo interiormente. Mañana es el último día antes de los exámenes. Me pregunto si lo haré bien. Supongo que sí, nunca he sido estúpido, y Evan me ha estado ayudando mucho durante nuestra semana de estudio, pero hace varios días que no repasamos, y tengo un cierto temor de que se me olvide todo. Seguramente, en cuanto les lleguen las notas a mis padres me enviaran una carta o un mail o algo así, para felicitarme, o para pedirme explicación, quién sabe. Después de una semana, son las vacaciones antes del último trimestre escolar. Una semana y media en la que volveré a casa, y no creo que sea negociable. No lo he hablado con Evan todavía, quizá debería de sacar el tema mañana. —¿Andrew? ¿Dónde vas? Por ahí no es. Parpadeo, percatándome de que está en lo cierto. Demonios. Estoy un poco mareado. Maldita cabeza. —¿Estás bien? Se te ve un poco pálido desde antes de bajar del coche. —Bueno… me duele un poco la cabeza. —¿Por qué no lo has dicho antes? Vamos. Sin embargo, Ismael no tiene guardado ningún analgésico en el armario del baño. Supongo que gastó la caja conmigo la última vez… Espera, ¿qué última vez? Creo que me pasó algo… Aprieto los ojos y hago un esfuerzo por recordar. Cierto, es verdad, creo… creo que vomité, no estoy del todo seguro. No me acuerdo de qué ocurrió. Evan suspira, empezando a decir que va a ir a su cuarto a buscar. —No— la corto— En serio, está bien, se me pasará solo. —No seas idiota— gruñe, y suspira de nuevo— Si no quieres la pastilla está bien, pero déjame ir a por una bolsa de hielo al menos. —Pero no me he dado ningún golpe. —Que te calles. Vuelven las viejas costumbres de no hacerme caso. Como es imposible discutir con ella, no lo hago, simplemente me siento en mi habitación a esperar a que vuelva. En un impulso me levanto y abro la ventana. Quizá un poco de aire me vaya bien. Ojeo la luz de los silentes pasillos, al de las farolas fuera, hoy está nuboso y no se ve la luna. Auguro que mañana lloverá. En lo que me parecen a penas dos minutos, Hanna ya ha regresado. Me da una bolsa de plástico con 4 cubitos dentro, cerrada. Me pide que espere, que me va a buscar un papel con el que cubrirlo, pues es demasiado brusco colocarlo así encima de la piel. Opino que todo esto es una pérdida de tiempo. Yo no quería hielo. En el camino desde fuera de la nevera hasta mi habitación, se han derretido un poco, y veo el agua acumularse en una esquina de la bolsa. Agua… Una visión de Evan mojada, encima del coche, me golpea como un ladrillo y trago saliva con dificultad. Cuando vuelve Evan con el papel de baño, hace una mueca, mirando en mi dirección. —Hace frío, ¿por qué has abierto la ventana? Agh— se queja, cerrándola. —No, oye…— replico— No hace frío. —Claro que sí. Esa boquita suya respondona de nuevo… Esa manía de llevarme la contraria siempre. De vez en cuando podría hacerme caso, ¿no? Abro la bolsa de plástico mientras ella está cerrando los topes superiores para asegurar la ventana. Tomo un hielo entre mis dedos. ¿Frío? El pensamiento está generando muchas ideas en mi cabeza. Me vienen flashes de Evan mojada, enfado porque nunca me hace caso y ha insistido en cerrar la ventana y en traerme una bolsa de hielo que no necesito. Yo no lo quiero… ¿Lo quiere ella? En ese momento, Evan termina al fin, corriendo las cortinas para que no entre mañana el amanecer y nos despierte. Ahora estamos completamente a oscuras a excepción de la tenue r*****a de luz que dejan pasar las cortinas. En un impulso, alargo mi mano hacia donde recuerdo que está su cuerpo y agarro a mi novia por el antebrazo. Ella parpadea en la oscuridad, sin verme muy bien. Dejo la bolsa de hielos encima del escritorio, rezando en alguna remota parte interior de mí que no se estropee por la humedad, porque si no Ismael me matará. Entonces, rozo el hielo con su mejilla. —¡Ahh! — gime ella sorprendida, saltando en el sitio— ¿Andrew? —Eso es frío… Eso es frío— repito. La cojo de la cintura y la levanto. Ella suelta un grito, sobrecogida. Apartando la bolsa de hielos a un lado, la siento encima de la madera. Ahora su cabeza está a mi altura, un poco más arriba; me debe de sacar unos 10 centímetros. Paso el hielo por si quijada. Ella tiembla y le cojo con fuerza la cintura, pero no protesta. No sabe cuáles son mis intenciones, pero me permite hacer. El hielo deja un rastro húmedo a su paso. Helado. Me acerco y, con mi lengua, resigo el agua que ha dejado. Evan intenta decir algo, pero apenas es un sonido incoherente que muere en su garganta. Frío. Caliente. Una humedad fría, una humedad caliente. Hago que retire la cabeza hacía atrás. Su sedoso cabello le resbala desde el hombro y queda colgando detrás de ella. Dejo bajar el hielo por su barbilla, deslizándose por su cuello. Ella se sacude, aguantando el frío, y aprieta la mandíbula para no tiritar. Traga saliva, y puedo notar como pasa bajo su piel. Me detengo justo a la altura de la clavícula, donde terminan los dos huesos, dejando ahí el hielo. A los pocos segundos, sé que debe de dolerle del frío, pero no me preocupo. Hago el mismo proceso con mi lengua, bajando por la barbilla. Ella no está segura de sí destensar la mandíbula por al fin recibir calor, o de apretarla porque su cuello está congelándose. Su respiración se ha agitado considerablemente desde que he empezado cabe destacar, a mí se me ha vuelto más pesada, y el corazón me retumba tan fuerte que casi puedo notar los latidos en la yema de los dedos. Retiro el hielo al llegar. Al haber estado ahí varios segundos se ha derretido más de lo normal. Chupo con suavidad y masajeo la zona con la lengua, en círculos, despertándola. Hanna al fin abre la boca con un trémulo suspiro, pero sigue sin pronunciar palabra. Sé que el contraste la está matando, y eso es lo que quiere. Torturarla un poco…, sensualmente. —Tenías que cerrar la ventana… ¿Empiezas a entender el concepto de frío y calor? Ella no responde, pero jadea un poco. —No me importa realmente lo de la ventana, pero es que es siempre. Desde que nos conocimos, ¿recuerdas? Nunca me haces caso— desabrocho el primer botón de su camisa, y continúo con el siguiente— Sólo una vez lo hiciste, en el partido de fútbol, y aun así te enfadaste al principio— ella no habla, sólo observa mis dedos moviéndose, entre temerosa y expectante— No pretendo que me digas sí a todo pero… Algunas cosas las digo por tu bien. Deslizo el agua congelada hacía abajo con cierta templanza, resigo las copas de sus pechos, y acabo ubicando el hielo justo en el medio de los dos, con ayuda del sujetador. Ella tirita. —Ssshhh... Aguanta— siseo. Espero, ojeando cómo tiembla. Es incluso masoquista. Es jodidamente… Evan aprieta el agarre en mi cintura. Suelta pequeños y descompasados jadeos. No sólo está sin camisa, si no soportando el hielo, y sin embargo cuando observo sus mejillas, están de un tono carmín, ardientes. Me inclino y me meto el hielo en la boca, luego lamo toda el agua que ha dejado, viendo como Evan deja de temblar de nuevo, y entonces la beso. Gime en mis labios, quejándose. Su interior está ardiendo, el hielo, casi fundido ya, entre nuestras lenguas. Lentamente el agua se calienta, se fusiona con nuestra saliva; se funde rápidamente, más de lo que hubiera tardado si se lo deslizaba por el cuerpo. Mi novia está dirigiendo sus brazos a mi cuello para atraerme y continuar besándome, así que enseguida que se funde el hielo me separo, dejándola parada y confundida. Cojo otro hielo de la bolsa. —¿Qué…? Ella cede a que la empuje y la estire encima de la mesa. Coloco el hielo, que se ha estado deshaciendo sólo dentro de la bolsa y ya es bastante pequeño, en su ombligo. A Hanna le saltan los hombros, y aprieta nuevamente los dientes. La observo dos segundos. Es tan bella… Tan perfecta… Ni siquiera sé por qué me está dejando hacerle esto, soy muy perverso, y ella, otra vez, me está demostrando lo que entendí nada más verla en el pasillo de la biblioteca: Parece inocente, y en ciertos aspectos debe de serlo, pero en realidad, es una tigresa. Mientras el hielo se disuelve, me dedico a besar su estómago, suavemente, casi un roce etéreo, como el toque de mariposas. Ella sacude la cabeza a un lado, luego al otro igual de bruscamente, controlando el impulso de su cuerpo de quitar el hielo, de moverse. Cuando está a punto de acabar deshecho de nuevo, lo cojo, y lo derrito en mi boca, luego, repitiendo la operación, lamo el agua que ha dejado. El mismo proceso. Calor por frío. Frío por calor. Pero no me esperaba descubrir uno de los puntos débiles de Evan. En cuanto mi lengua se mete en su ombligo, ella salta y se retuerce, gimiendo. Sus manos aprietan el borde de la mesa. Lo vuelvo a hacer. Gruñe, clavando las uñas. Parece que su ombligo es su punto débil. Me encanta, me gusta averiguar cosas de ella, pero me doy cuenta que esto empieza a irse un poco de las manos. —¿Quieres que pare? — pregunto. Ella está muda. Sé que está debatiendo mentalmente. Por una parte, le gusta, por otra la tortura. Dicen que hay una fina línea entre el dolor y el placer, claro que esto apenas es nada, pero sé que comprende la sensación. Entonces la veo: Tan pequeña y frágil, pero a la vez no. Como cuando me desafió en las escaleras, como cuando me provocó en la salida de la biblioteca, como cuando me tiró el cubo de jabón encima. Es como un buchón maltés. Sí, ese es el tipo de perro que es Hanna. Blanca, pura, adorable, pequeña, pero matona. Sonrío, divertido ante esta línea de pensamientos. La levanto y, besándola suavemente le echo mi cazadora encima. Me observa, desorientada. —Está bien, casi olvido que estabas cansada. Necesitas dormir. Cámbiate o lo que sea y duerme, voy a tirar esto y luego te acompaño. Cojo la bolsa de hielos y me dirijo a la puerta. Ella me coge de la camiseta por detrás, llamándome. Abre los labios para decir algo, y veo en sus ojos que es muy importante, un brillo diferente. Sin embargo, el sonido no sale, y, apenada y sorprendida va cerrando la boca. Le sonrío y le doy un suave beso en la mejilla, como si le restara importancia. —Anda a dormir, ¿sí? Ahora voy contigo. Ella asiente, y deja que me vaya. Al salir inspiro hondo y me intento calmar, exaltado aún. Cuando vuelvo y la abrazo debajo de las sábanas, ya está dormida. *** El internado por la mañana, es una sorpresa. Al parecer la mitad de los estudiantes ha vuelto de su fin de semana. Muchos dicen que, para mantener la costumbre, otros porque no tenían nada que hacer en sus casas si eran los únicos que tenían fiesta, otros, los pocos despistados, se habían olvidado. Evan y yo, al contrario que todos, hemos vuelto porque no queríamos estar más tiempo fuera. Ismael no ha regresado que yo sepa, pero Jillian en teoría sí. Mientras acompaño a Evan a su habitación, una agradable charla se instala entre nosotros. Evan no dice nada de ayer, y yo tampoco. No es como si hubiera mucho que decir, somos novios, es normal. La gente que nos ve, y murmura. Siempre ha habido estos rumores, pero cada vez se nos ve más apegados, y empiezan a cambiar. Si al principio decían que el chico malo intimidaba a la chica buena, ahora deben de decir que la chica buena y el chico malo se llevan incluso, para su gusto, demasiado bien. No me importa. Pronto lo sabrán. Pronto se enterarán de que Evan y yo estamos saliendo. El móvil de Evan suena mientras entramos en los dormitorios femeninos. Es Mendoza, según veo en la pantalla del aparato. Ella coge. Habla poco. Enseguida frunce el ceño y suspira, entre preocupada y molesta. Tiene cara de no saber qué hacer y de cansancio. —Está bien, cállate… ¡Que te calles he dicho! — brama al fin— Ahora mismo voy, ¿de acuerdo? No cojas esa botella de nuevo, ¿entendido? Bien, pobre de ti que no me hagas caso. —¿Mendoza? —Sí, se ha vuelto a emborrachar. Ni si quiera sé si ha entendido algo de lo que le he dicho. —Pero si son las nueve de la mañana, dios. —Sí, bueno… Nos mantenemos relativamente callados el poco tramo de pasillos hasta su habitación. Supongo que después de lo ocurrido ayer, lo único que quería hoy era tener un día tranquilo, y ahora tiene que cargar a Mendoza. Pero es no es todo, nada más abrir la puerta: ¡Sorpresa! Jillian y el rottweiler. Los dos parpadeamos. Axel me mira sin ninguna expresión. Evan alza una ceja y se queda ojeando a su amigo duramente, como si desaprobara su aparición. Jill, por su parte, está envuelta en una simple toalla y el pelo empapado, suelto y goteando, acabada de salir de la ducha. —¿Qué hace él aquí? — se dirige a su compañera de cuarto, ignorándole. ¿Vamos a tener una densa conversación a las nueve de la mañana? Dios… Jillian se encoge de hombros. —Quiere hablar contigo. —Pues lo siento, pero tengo que ir a hacer un recado, y no sé cuánto voy a tardar— gruñe. Después de lo de su padre y la llamada de Mendoza medio borracho de nuevo, Evan no tiene ganas de lidiar con Axel también, lo comprendo. ¿Dónde se ha ido el día tranquilo que tanto ansiaba? —Está bien, puedo esperar a que vuelvas. Ella no dice nada, ni siquiera le mira, como si no le escuchara, deja sus cosas al lado de la puerta y se gira hacía mí, cambiando la expresión a una de ternura. Se pone un poco de puntillas y me besa lentamente. Parece que esta sea su dulce venganza. Mujeres, qué retorcidas. Lo hace porque sabe que a Axel le saca de quicio. —¿Me esperas tú también? — me susurra separándose— Y te ayudo a repasar lo último para los exámenes. Asiento. Me da un fugaz beso en la punta de la nariz y se despide de Jillian con un guiño y un beso volado. Supongo que para ellos ya debe de ser evidente que hay algo entre nosotros, pero ninguno comenta nada al respecto. Cierra la puerta y nos quedamos los tres ahí parados. Jillian inspira hondo, con los brazos cruzados en el pecho. Es realmente bonita, pero ella y yo no cuajaríamos, tiene una personalidad que no cuadra con la mía. —Está bien par de inútiles… Como pueden ver me estaba arreglando, así que con gusto los echaría fuera de la habitación, pero ciertamente no es recomendable porque no me fío de ustedes y Hanna me ha confiado la responsabilidad de vigilaros así que…— sonríe maliciosamente— Les parezca bien o no, van a quedarse aquí encerraditos hasta que yo acabe. Quizá así puedan afrontar sus problemas civilizadamente, porque si oigo pelea entraré con mi spray de pimienta y, créanme que no les gustará. Portazo. No me lo puedo creer. Evan lejos, Axel rabioso conmigo, y Jillian nos encierra en el baño. Genial. Sin embargo, Axel, sin dirigirme ni una mirada, se sienta en retrete. Me quedo de pie, incómodo, inmóvil, sin saber qué hacer. No quiero sentarme por si le entra un ataque, tengo que estar preparado para defenderme o algo. Esta situación es muy espeluznante. Repico el zapato contra el suelo y me meto las manos en los bolsillos. Me observo en el reflejo del espejo. —Puedes sentarte— dice al fin Axel— No tengo ganas de pelear hoy. Su tono cansado, dejando arrastrar las silabas, me demuestra que no miente. Todavía con un cierto recelo, me acerco y me siento a menos de medio metro de él, recostado en la pared de su izquierda. Las baldosas están frías, pero no me inmuto. En eso estoy mientras Axel busca algo en su chaqueta. Al fin, lo saca. Alzo una ceja, incrédulo al verlo. ¿En serio? Él me mira de reojo. —¿Qué? — inquiere bruscamente y luego expira— Lo necesito. María. Abre la bolsa y saca un fino papel de fumar y un filtro. Habilidosamente lo rellena con unos calculados miligramos a su gusto de la sustancia y lo cierra de un lametón. Me mira. —¿Quieres? Tengo otro filtro. —Si me metes en la fechoría seré tan culpable como tú, ¿no? Él gruñe. —Intentaba ser amable, no era ninguna estrategia. Qué mal pensado… Aunque lo entiendo — hace una pausa— ¿Quieres o no? Considero la oferta. No me vendría mal. Hace mucho que no fumo. ¿Cuándo fue la última vez? Oh, lo recuerdo, sí. Fue después del partido de las semifinales. Fue un partido duro, perdimos, pero no estábamos decaídos. Hicimos lo que pudimos, jugamos bien, pero el otro equipo era mejor, sin duda, se merecían la victoria. Así que después de la presión de las últimas semanas de entrenamiento, todos queríamos relajarnos, y de alguna manera acabamos todos sentados en un lugar de los vestidores, a escondidas, tomando turnos para dar una calada. Obviamente no era habitual. No, siendo deportistas, de hecho, hubo un par que dijeron que no querían y se fueron para casa. Me encojo de hombros y hago una mueca de confirmación. Él me pasa el papel, la bolsa y el filtro. —No le pongas mucho. Coloca bastante, y si te pillan… No quiero que se te vaya la lengua. —No te conozco, está bien. Está confiando en mí. Me ha ofrecido droga. Creo que ha sacado de verdad la bandera blanca, increíblemente. ¿A qué se deberá este cambio drástico? Enciende el suyo cuando yo acabo de liarme el mío, se levanta y abre la ventana. Expirando el humo. —Oh…— gruñe extasiado. Se inclina hacia mí y enciende el mío amigablemente. Inspiro hondo. Hacía tanto que no fumaba, que enseguida toso, echando el humo. No me sorprende. Axel, por su parte, suelta una carcajada. —No me digas que es tu primera vez. —No, pero hacía tiempo que no fumaba— me aclaro la garganta. Vuelvo a aspirar, esta vez sin tantos problemas al echar el aire. De aquí unas caladas respiraré con normalidad, lo sé. A la tercera, alzo la cabeza y, con la boca, lo suelto lentamente, formando unos perfectos círculos grises. Me alegra no haberme olvidado de hacer esto, me costó un poco que me saliera las primeras veces. Axel sonríe y le da otra calada a su porro. —Oh, Dios. Yo no sé hacerlo, siempre quise, pero, me dijeron que hay que tener el talento. Los dos nos miramos dos segundos y soltamos unas pequeñas risas. Seguimos fumando en silencio. Me empiezo a sentir tranquilo, como flotando. Es cierto que coloca rápido. Axel observa su porro como si fuera la primera vez que lo ve. No sé si ya empiezo a alucinar o es que él también empieza a estar colocado, pero tiene las pupilas un poco más dilatadas de lo normal. —Siento lo de las escaleras y todo…— espeta. —Está bien, yo también te dije que no quería nada de Evan y míranos ahora. —¿Están saliendo no? Me alegro por ella, ¿sabes? Desde mi hermano que no sale con nadie. —¿Te alegras? Si casi me matas. Los dos nos ojeamos y compartimos una risa descontrolada. —Es cierto— reconoce— Lo siento, me sobré. —Tranquilo, me lo merezco, por idiota. Los dos sonreímos, drogados, sin duda. —¿Evan está muy enfadada conmigo? La risa se me escapa entre los dientes. —Ayer dijo que está harta de nuestras peleas de machitos. Ah sí, y dijo algo de que eras un imbécil que intentaba demostrar que tenía una polla quilométrica. —¿Quilométrica? —De veinticinco centímetros dijo. —¿Veinticinco? ¿Es eso posible? — apenas se contiene la risa. —No lo creo. Ninguno de los dos aguanta y carcajeamos, como hacía tiempo que no lo hacía. No sé qué demonios debe de pensar Jillian, escuchándonos desde fuera, pero lo debe de alucinar. Yo también, la verdad. Quiero aprovechar ahora que estamos colocados y él está de buen humor para ser yo un poco. ¿Ser yo? ¿Quién soy yo? Medito, dando una larga calada. Sí, ahora soy yo. El viejo Andrew ya ha vuelto. Hanna lo ha traído de vuelta. Puede que ahora tenga problemas de invisibilidad, pero soy yo, de nuevo. Este pensamiento me anima, mucho. He vuelto, y con ganas de arrasar. Quizá me apunte al equipo de futbol de nuevo. —¿Cuánto te mide? — suelto. —¿Y a ti qué te importa? —Seguro que la tengo más grande— presumo, picándolo. —Diecisiete— proclama en seguida, orgulloso. —Dieciocho. —Sí, claro. Volvemos a reír como hienas. Ciertamente los dos hemos mentido, como niños de parvulario. Evan tiene cierto punto de razón. Si resulta que la tenemos iguales, pues bueno, estará bien, pero si después de haber dicho lo que he dicho resulta que la tengo más pequeña, una parte de mi dignidad se irá conmigo, suerte que la droga me ayuda a superarlo. —Trece…— confiesa. —Catorce— sonrío satisfecho, todo ha salido bien. —Qué hijo de puta— gruñe, e irremediablemente volvemos a reír. —¿Sabes? La media de los británicos creo que está en los trece y algo— comento, aunque seguramente ya lo sabe. —Soy irlandés, aunque no lo parezca. —Oh, entonces creo que era doce. Estás por encima de la media. Carcajea agradablemente. Parecemos idiotas, y sé que debe de saberlo, pero ahora mismo estamos sin preocupaciones. —¿Cómo recuerdas esas mierdas? Lo miré una vez, pero ya no me acuerdo. Me encojo de hombros, como si fuera natural. —Los que las tienen más grandes son los negros, como todo el mundo sabe, y las más pequeñas los asiáticos, como todo el mundo sabe también. —j***r, quizá Evan no se equivoque y sólo nos importe el tamaño— reímos— ¿Y después de los negros? Que eso es ya sabido. —Ni puta idea la verdad, no me acuerdo. Creo que latinos… Sí, creo que los ecuatorianos y los colombianos, no recuerdo bien. —Bah— sacude la mano— Era predecible también. j***r Andrew…, ¿qué hacemos hablando de pollas? ¿Eres gay? —Que te jodan. Y reímos, y reímos otra vez con ganas. Nuestros porros están ya por la mitad. Todo parece ir de maravilla. Me alegro de estar conversando con el rottweiler, no seremos amigos nunca, lo sé, pero al menos podemos llegar a una especie de respeto y paz mutua. Justo entonces, mis pensamientos se detienen, cuando Jillian abre la puerta de golpe y nos ojea de arriba abajo. —Será posible… Míralos. Los inútiles no eran tan inútiles. Se abalanza sobre nosotros y le arrebata el porro a Axel, a pesar de sus protestas. Lo apaga, tirándolo a continuación por la ventana. Luego me quita el mío y, para sorpresa nuestra, le da una larga y profunda calada que hace que nos quedemos pasmados al percatarnos de que no es la primera ni la última vez que fuma. —Bah, ¿por qué con filtro? De toda la vida se usa cartón… Justo cuando lo dice me doy cuenta verdaderamente. No es como si no lo hubiera notado antes, y me había parecido un poco raro, pero, en fin, no es que sea ilegal fumarlo con filtro. —¿Si no te gusta para qué lo fumas? A mí me gusta más con filtro, lo siento— recrimina Axel. Jillian hace ver como que no lo ha escuchado y repite la operación, apagándolo y tirándolo. —Pongan ambientador o algo, no quiero ningún problema. Imbéciles. No causen más que dolor de cabeza. Si los atrapan yo no quiero saber nada. —Claro, claro. Dicho esto, se vuelve a la habitación y oímos cómo recoge cosas. Nos mantenemos mirando más allá del baño, a la habitación, sin verla, pero imaginando lo que hace. Nos hemos quedado conformes ya con lo que hemos fumado, está bien, no pasa nada. —¿No crees que está buena? —Sí— reconozco y me alzo del suelo con ciertas dificultades— Pero quédatela. Yo tengo a Evan, y no tengo planeado cambiarla. Abro el grifo y me lavo la cara con agua helada, intentado despertarme un poco. No creo que a Hanna le vaya a hacer mucha gracia que me haya drogado, pero lo necesitaba. Me seco mientras Axel me imita, lavándose la cara igual. No va a ayudar mucho, pero algo es algo. Me doy un par de suaves bofetadas, tengo que estar lucido para cuando vuelva, o al menos intentarlo. Entonces ocurre algo muy raro. Y no lo entiendo, no sé si es el efecto de la m*******a, y estoy perdiendo el sentido de la realidad, alucinando, pero tengo la sensación de que es real, de que es un recuerdo, algo que viví. Soy yo en una fiesta. No sé cuándo. Me veo en la barra, alguien a mi lado, un amigo. Me golpeaba el antebrazo. —Mira esa— señaló, con una voz que me resulta familiar— No deja de mirarte. —¿No es la hermana pequeña de…? —Sí, eso creo. Y es lo único que recuerdo. Su suave y provocadora mirada, moviéndose al ritmo de la música de forma tan sensual que podría tener en ese mismo momento a todos los chicos de la discoteca observándola detenidamente, pero ella sólo estaba bailando mirándome a mí de reojo. Tan solo tenía que dar veinte pasos, y podría saber su nombre… Su nombre. —¿A qué demonios huele aquí? Doy un respingo. Me he quedado embobado mirándome al espejo, imaginando, o recordando, no estoy seguro, y Evan ha vuelto. Nos observa a Axel y a mí alternativamente con el ceño fruncido. —m*******a— le susurra audiblemente Jillian pasando por su lado, con una sonrisa maliciosa en nuestra dirección, saboreando la delicia de saber que nos caerá bronca. —¿¡Qué!? Mi novia nos mira con las cejas alzadas y suspira. Definitivamente no se esperaba que yo también la sorprendiera hoy con más problemas, pero ya no tiene fuerzas para enfadarse, para malogro de Jill. —Está bien, salgan— señala la habitación— Van a sentarse ahí quietecitos hasta que se les pasen los efectos de esa mierda. Malditos idiotas— murmura finalmente.
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