Capítulo 17

4991 Palabras
  Golpeo con la punta del bolígrafo la pregunta cuatro. Tengo cierta duda y no estoy seguro de cuál es la respuesta correcta. No me acuerdo exactamente de esta parte. Ya he respondido a todos los demás ejercicios menos este y el siete, y me estoy impacientando. De todas formas, aún si los dejara en blanco, estoy seguro de que aprobaría, pues tengo la certeza de haber hecho perfectas las demás preguntas. Es increíble, nunca había hecho tan bien un examen de historia, y todo gracias a Evan, que debe de estar ahora mismo esperándome en el pasillo a que acabe para preguntarme qué tal me ha ido. —Dos minutos— brama el profesor, aburrido, desde su silla. Alzo la vista, respirando hondo, intentando concentrarme. Tengo que hacer un esfuerzo. Sólo me queda un examen más después de este, tengo que aguantar. Cualquier cosa que ponga me ayudará a subir puntos, y una, aunque sea una décima podría salvarme el pellejo— Estoy seguro de que si me concentro conseguiré acordarme. Tengo un vago recuerdo de Evan comentando algo de ello, así que no puedo darme por vencido. Observo por la ventana. Una desafortunada hoja cae de uno de los árboles mientras que sus compañeras brillan, verdes, en la copa; si uno se fija, puede observar cómo pequeñas florecitas están empezando a abrir sus pétalos y saludar al sol, tímidas, preciosas. Me encanta la primavera. ¿Lo había dicho ya? La voz de Evan me llega hasta los oídos, como si la brisa la hubiera transportado desde el pasado hasta mí, haciéndome recordar. Esto genera una descarga eléctrica que hace que corra hacia la pregunta cuatro y empiece a escribir con agilidad. Ya lo tengo, ya recuerdo, ¿cómo he sido tan estúpido para no saberlo? Escribo hasta que me duele la muñeca, y aún con eso continúo también. El esfuerzo merece la pena cuando justo después de escribir la última palabra, el timbre suena. El profesor se levanta con pereza. —Muy bien, entregue el examen. Con un suspiro, me resigno a dejar la siete en blanco, pero feliz. He hecho lo mejor que he podido. He conseguido responder a la cuatro de milagro al final. Estiro mis brazos, sintiéndolos agarrotados de estar tanto rato en la misma posición. Arrastrando un poco los pies, salgo al pasillo. Evan me aborda, con el entrecejo arrugado, ciertamente preocupada. —¿Qué tal te ha ido? —Bien, gracias a ti— sonrío sosegadamente. A mi novia se le iluminan los ojos, feliz, y me devuelve la alegría con un suave y tierno beso. —Voy a clase, ¿vale? Que tengas suerte. ¿Cuál es el próximo examen? —Mates. —Entonces nada de qué preocuparse— contesta alegre, a sabiendas de que en mates no ha hecho prácticamente falta que me ayudase en nada— Te veo luego. Me da otro beso rápido y gira sobre sus talones, encaminándose a su siguiente clase. Ladeo ligeramente la cabeza, ojeando su trasero, sonrío de lado. La verdad es que todavía no me creo que esté con una chica así... Debe de ser una mala broma, quiero decir, ella es... Perfecta, y yo... Soy lo que soy. Soy un monstruo. Por mucho que mi yo anterior haya vuelto, sigo pensando que soy horrible. No como ella... Su caminar, de alguna manera esto me recuerda al coche, y a su padre, y esto a las vacaciones que están por venir. Todavía no le he dicho nada sobre ello, y tengo que hacerlo ya. No está bien demorarlo más, porque no sé si ella tiene algo en mente. En un impulso, me abalanzo y la detengo, cogiéndole de la muñeca. Ella se gira, inquiridora. El cabello deslizándose como suave seda hacía un lado. Sus ojos brillantes clavados en los míos. Me doy cuenta de que es increíble, esta sensación... Cuando te enamoras de alguien, no puedes evitar fijarte en todo, en cualquier tontería; en cómo pone las manos al escribir, en cómo alza el lado izquierdo más que el derecho al sonreír, el cómo frunce suavemente el ceño cuando no entiende... Todas sus expresiones, sus gestos, sus movimientos, su tono de voz... —Luego tengo que hablar contigo de algo— acoté, todavía fijándome en todos los detalles que la envuelven. Parpadea, haciendo que sus pestañas parezcan las alas de una mariposa aleteando. Es hipnotizador. Puedo decir que mi tono serio al haberle hablado la asusta, así que me obligo a poner los pies en la tierra y rápidamente sonreír. —Ah, y.…— me inclino y la beso lenta y pasionalmente, amoldando sus labios, como de costumbre, hasta que ella gime en mi boca con placer, arqueándose contra mí— Esto es un beso como dios manda. Hanna se queda parada dos segundos y sus labios tiemblan en una tímida sonrisa, mirándome con una chispa de amor que me deja clavado en el sitio. Sus ojos me lo dan a entender todo. Da media vuelta sin decir más, y se va. Noto que su paso ha cambiado después del beso, antes iba decidida, con la mente puesta en su siguiente clase, ahora va tranquila, con la mente, con toda seguridad, en mis labios. Sonrío con calma, sabiendo que el beso le ha transmitido que todo va bien, que todo está bien. Inspiro hondo para darme fuerzas. Medio pasillo se ha quedado boquiabierto ante nosotros “Como si me importara”. Me proclamo vencedor de esta lucha por Evan, que les den a los demás. —Señor Andrew— chista el profesor, asomándose fuera del aula— Se acabó el descanso, entre para el siguiente examen. Rascándome la nuca con cansancio, entro ante él y me siento en la misma aburrida y simple silla, listo para encontrarme con mis amigos los números. Sólo este examen y acabaré. Nada más dármelo, hago un vistazo rápido a los ejercicios, comprobando si hay algún difícil reto para mí. En seguida concluyo que no lo hay. Empiezo a escribir sosegadamente, sin prisas ni tensión, sabiendo que los números van a salir solos, no hace falta forzarlos. Con sorpresa me doy cuenta a mitad del segundo ejercicio que no me he fijado en nada de lo que he escrito, lo he hecho todo pensando en otra cosa. Lo reviso por encima y parece correcto. Como he dicho los números salen solos, no tengo de que preocuparme; y si puedo pensar en otras cosas mientras escribo, mejor que mejor, porque puedo seguir pensando en qué hacer con mis problemas de invisibilidad, por ejemplo. El que Evan lo haya aceptado no quiere decir que todo el mundo vaya a hacerlo; aunque con esto no quiero decir que en algún momento haya pensado en decírselo a alguien más. No, gracias. ¿Pero qué hago? No voy a ignorarlo como si no pasara nada. Quizá es algo que también podría hablarlo con Hanna. Quizá a ella se le ocurre alguna otra idea que a mí no. La única que tengo yo es la de beber otra vez tequila, cosa que, siempre he descartado porque es peligroso y no sé qué podría ocurrir. Estoy seguro de que Evan estará de acuerdo conmigo en que no debería de probarlo de nuevo, pero entonces, ¿qué? No puedo vivir toda la vida con esto. No, no puedo. Si al menos tuviera la certeza de que en algún momento se acabará toda esta pesadilla y no tendré que sufrir cada noche esas punzadas y ver como mi cuerpo desaparece, aún si fueran cinco años los que tengo que esperar, los esperaría con gusto. Pero no tengo esa garantía, es más, cada día va a peor. Cada día el tiempo se alarga. Lo sigo apuntando todo en mi libreta y sí, todo sigue subiendo. Tequila... ¿por qué tuve que hacer lo que hice aquel maldito diciembre? Yo y mi estúpida personalidad. Suspiro. Es en ese momento y no en otro en que, ojeando mis números sobre el papel, planos y simples, me viene una tonta idea. ¿Y si no soy el único? Ciertamente fui el único en ir al hospital con un coma etílico, pero ¿y si los demás, después de la resaca, tenían síntomas similares, o otros? No se me ocurrió averiguarlo, no se me ocurrió siquiera pensarlo. Estaba demasiado sorprendido por mis nuevos poderes, que entonces no sabía si me iban a dar felicidad o dolores de cabeza como para pensar en eso. Paso al siguiente ejercicio, ya queda poco. Bueno, durante estas vacaciones volveré a casa, y si no me equivoco mis compañeros estarán en la ciudad, o no. ¿Y si se van por ahí? Mierda. Esa es la diferencia de estudiar en un internado, que tú en vacaciones vuelves a casa, y los estudiantes normales se van de casa. En fin, supongo que podré encontrar a algunos de ellos, no creo que todos se vayan. No sé si podré reunir a los que aquella noche bebieron conmigo, pero al menos tendré que intentarlo. La verdad es que tampoco sabré cómo abordarles. Hace tiempo que no me ven; meses en realidad. Además, ¿qué les digo? “Oye, ¿recuerdas cuando nos emborrachamos y acabé en el hospital? ¿Después de esa noche puedes volverte invisible o cosas raras?” Por supuesto que no. Por otra parte, eso no puede ser lo primero que les diga. Me preguntarán por mi vida en el internado, que qué tal me va, y esas cosas, lo típico de cuando no ves a un amigo desde hace mucho; así que no puedo saltar directamente a la noche del accidente. Todo esto suponiendo desde un buen principio que me respondan. ¿Y si no quieren hablar conmigo de ello? No, no tienen motivos para no querer, ¿no? El único motivo que podrían tener sería el que también les haya pasado algo, y tengan miedo de contárselo a alguien. —¿No quieres revisarlo? Parpadeo, volviendo a la realidad. Al parecer he acabado el examen con veinte minutos de sobras y mi cuerpo se ha movido automáticamente a entregarlo. Confío en mí mismo, así que no me hace falta. —No, está bien. ¿Puedo irme? El profesor mira el examen de arriba abajo, contemplando que está todo hecho, luego, inseguro, asiente. Debe de alucinar un poco. Sabe que soy un alumno que no ha hecho nada desde que entró, y de repente parece hacerlo todo perfecto. Por supuesto, todo se verá a la hora de la corrección del examen. Marcho de clase, regresando mi mente a otra dimensión. Le sigo dando vueltas al tema, intentando pensar con claridad, y no sé qué ocurre exactamente con el tiempo los siguientes minutos, sólo sé que simplemente me siento, ahí, en ese sitio especial y silencioso de la biblioteca donde conocí a Evan. Para lo que a mí son treinta segundos, podrían ser cinco minutos, no estoy seguro, y esto me recuerda al tiempo que hace que conozco a Evan. Me da la impresión de que la vi por primera vez hace siglos y sin embargo apenas fue hace dos semanas. ¿Quién lo diría? Pero es así. Y a pesar de que no le he dicho dónde iba, y por aquí no suele pasar nadie, increíblemente, ella me encuentra. —Te estaba buscando— recrimina. —¿Qué hora es? — pregunto confundido. —Las doce y dieciocho. Eso quiere decir que hace dieciocho minutos que debería de haber entregado el examen, y Evan salido de clase. Llevo más de media hora aquí sin hacer nada. —¿Te he hecho buscar mucho? —No especialmente— confiesa, apartándose para dejarme bajar de la repisa— Si no estabas en clase, y tampoco en tu habitación... No sé, sólo se me ocurrió este lugar donde podrías estar. Sonrío. Hay algo en lo que nadie puede tener razón, y es que dicen que no puedes llegar a conocer una persona en poco tiempo. Ella y yo llevamos 2 semanas juntos, pero nos conocemos bien, como si lleváramos mucho más tiempo. Eso es la prueba que desestabiliza la regla. —¿De qué me querías hablar? — inquiere con cautela. —Ah... Pues es sobre las vacaciones. Se supone que voy a volver a casa esa semana, y no sé, no sé si tenías algo pensado o... ¿Entiendes? Quiero decir... Parezco idiota, pero es que no sé cómo decirle exactamente. Lo que quiero decirle es que, si había hecho planes para los dos, habrá que cancelarlos, aunque no me apetezca hacerlo. —Sí, entiendo— sonríe, para mi tranquilidad— Está bien. Hace mucho que nos ves a tus padres, ¿no? Por mí no te preocupes, volveré también a casa e intentaré ablandar a los míos por si alguna vez los vuelves a ver. Esto me hace reír un poco. Imagino que, en vez de querer matarme, simplemente me mirará mal todo el día. Y sólo eso sería una gran mejora, hay que reconocerlo, claro. —Bueno, quizá algún día de la semana podamos vernos... Habría que verlo en el momento- doy esperanzas. —Yo podría convencer a mi padre de dejarme ir a verte, si a ti te va bien. ¿Ella en mi ciudad? De alguna manera me hace ilusión, y de otra no. No sé qué pensará mi padre, aunque sé que mi madre estaría encantada de tener de nuevo una presencia femenina con la que cotillear cosas sobre mí de pequeño. Mi madre siempre ha cogido mucho cariño a cualquier persona que he llevado a casa de invitado, especialmente a las chicas. —Sí... no estaría mal— comento en voz alta. Ella me ojea, entre curiosa y algo que no sé descifrar, quizá desilusión por mí aparente poca emoción ante el hecho, pero es porque mi mente está muy ocupada pensando en todas las cosas que puedo hacer... Ahora la duda de si mis viejos amigos estarán o se habrán ido de vacaciones me carcome. —Lo siento, hoy estoy un poco distraído— me disculpo, habiendo llegado al fin a los dormitorios masculinos— Voy a subir a buscar algo, ¿me esperas y vamos a comer? Ella asiente y me deja entrar. No se lo ha tomado mal, gracias a dios. Llegado al ascensor. Bostezo, cansado. Supongo que la profesora me dejará reincorporarme a las clases aún si en teoría sigo expulsado, creo que me he comportado bien, y se ablandará, más cuando vea que mis notas han mejorado considerablemente y parezco tomármelo en serio. Así que quizá mañana ya pueda salir del dormitorio. La verdad es que es un gran alivio porque ya me he acabado el libro que cogí de la biblioteca, y no sé qué hacer. Al llegar a mi habitación, Ismael está ahí, con justamente, mi libro de aviación entre las manos. No sé cómo lo ha conseguido, si creo que lo guardé en mi cajón del escritorio. ¿Ha hurgado en mis cosas, o simplemente me olvidé de meterlo dentro del cajón? Si bien durante dos segundos me recorre un ramalazo de ira, luego me calmo. No pasa nada tampoco en que lo descubra. ¿Qué más da? —¿De dónde has sacado esto? — cuestiona— Mío no es. —De la biblioteca, me apetecía leerlo. —Oh... El silencio se palpa mientras cierro la puerta y me quito la camiseta. Voy a cambiarme y a ponerme algo de manga corta. Hoy hace calor, y no tengo ganas de sudar como un pollito. —He oído... hay rumores, de que tú y Evan están saliendo— suelta. Nuestros ojos se encuentran y, por un momento, me recuerda a Axel al principio. Tiene un cierto toque hostil en la mirada que me deja completamente desorientado, pero no desarmado. Endurezco mi expresión. —No son rumores, estamos saliendo. No dice nada. Yo tampoco. Nos seguimos escudriñando. ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué es lo que busca? No se me había pasado por la cabeza hasta ahora que quizá le gusta Evan. Al fin y al cabo, ellos ya se conocían de antes y cuando coincidimos los tres antes del partido de futbol, parecían llevarse bien. Quizá todo ese rollo de camarada era una mentira y simplemente quería que me alejara de ella porque está celoso. Ante esta idea aprieto el puño. —No quiero meterme, pero... La gente no está muy contenta con eso. —¿Y? —Sólo te aviso. ¿Es una amenaza o realmente sólo quiere avisarme? Junto todavía más el entrecejo. Hay algo en el ambiente que no logro entender. Algo muy pesado y asfixiante que amenaza con estrujarme los pulmones y matarme lentamente, algo peor que la tensión. —Sabes que nunca me ha importado la opinión de la gente. —Sabes que sólo digo lo que pienso. Por debajo de su mal humor, por debajo de todo lo que deja mostrar, veo resbalar por la superficie de su piel otro sentimiento: Preocupación, verdadera preocupación. No entiendo por qué. ¿Tanto se preocupa por mi integridad física, o de que me expulsen? Él y yo ni siquiera somos amigos, creo que quedó muy claro desde un buen principio. ¿Qué es lo que pretende exactamente? Necesito hacerle la pregunta, necesito acabar esta conversación ya. —¿Te gusta Hanna? Mi maldita lengua afilada no se detiene. Ninguno de los dos Andrews que he llegado a ser lo haría en estas circunstancias. No voy a dejar que esto se quede en un asunto inconcluso. Si hay que resolver cuentas ahora lo haré con gusto. Él parpadea dos segundos, entre sorprendido y dolido, y esto todavía me desconcierta más. Si no es eso, ¿entonces qué es? No entiendo nada. ¿Por qué tanta ira? —Claro que no. ¿Crees que es eso? ¿Crees que simplemente...? — se detiene, quizá dándose cuenta de algo. Su expresión facial se relaja. —Lo siento, olvídalo, sólo quería prevenirte, pero tienes razón, no sé de qué me preocupo. Puedes valértelas por ti solo. Toma— me lanza el libro directo al pecho y lo cojo, todavía adusto- Mendoza no está en la biblioteca hoy, así que devuélvelo en cuanto puedas, así no vas a tener que dar explicaciones de por qué robaste un libro. Pestañeo, anonadado. —Al fin y al cabo, en la ficha de los préstamos no aparece tu nombre— explica brevemente, comprendiendo mi confusión. Se da media vuelta, cogiendo su cazadora y sale de la habitación. Al abrir la portada y mirar en el interior de la tapa, veo con sorpresa que es verdad, que no tiene mi nombre, y ni siquiera sé por qué me sorprende, si yo mismo sé que no pasé por recepción para que me apuntaran. Y de súbito siento que algo se ha roto, pero no sé el qué. Algo no volverá a ser lo mismo. La mirada de Ismael, profunda como un pozo sin fondo, va a perseguirme largo tiempo. Al recorrerme un inexplicable escalofrío, el libro me resbala de las manos y las páginas vuelan y se abren solas. Parece incluso demoníaco, como si hubiera cobrado vida y me quisiera mandar un mensaje desde el más allá. Doy un paso atrás, asustado, tragando saliva. El dibujo por el que se ha quedado abierto al final, es un avión estrellándose. *** Los siguientes días transcurren con total normalidad. Under Scythe y otros chicos me miran mal cuando nos cruzamos, pero no me dirigen la palabra ni se acercan, no queriendo buscar problemas. Por otro lado, Axel y yo nos saludamos con un golpe de cabeza o alzando las cejas, como viejos colegas, pero no hablamos tampoco. Después de presentarme en el despacho de dirección y aguantar la charla de Marie sobre cuán feliz está de que salga con Hanna, la directora me permitió reincorporarme a las clases, como predije, y hago el mismo aburrido día cada día: Levantarme, prepararme, clases, luego como con Hanna cada día, e incluso algunas veces se nos une Jillian, y después estudio, o tiempo libre, y después a dormir. Algo que echo de menos el poder dormir con Evan, pues entre semanas, con Ismael y Jillian no podemos quedarnos a dormir en la habitación del otro. Por otra parte, Ismael y yo no nos hemos vuelto a dirigir la palabra desde la última vez, y podría jurar que ni siquiera me ha mirado. No he querido preguntarle nada, no quiero saber nada del asunto en realidad. Su hostilidad me sigue persiguiendo todo el día; hostilidad que ni siquiera sé a qué venía. Al final, las notas llegan solas, antes de que me dé cuenta, y todo aprobado. Algunas notas mejores que otras, pero paso limpio. Suspiro. Hanna no puede sentirse más orgullosa, y yo no puedo estar más tranquilo. Mis padres no sufrirán este trimestre. Por otro lado, finalmente, después de un tercer emborrachamiento, descubrimos que Mendoza había cortado con la novia secreta que tenía, y por eso estaba como estaba. Hanna y yo en parte nos sentimos un poco culpables, pero qué demonios, nosotros somos felices. Exacto. El beso siempre que puedo, y reímos y hablamos siempre que nos vemos. Se anima fácilmente a contarme su vida, a contarme las cosas que hacía de pequeña, o lo que le hubiera gustado hacer, y me encanta, cada día me encanta más. Yo en este sentido, soy más reacio a decir nada, pero lo hago, porque es ella, y confío; y ella ríe conmigo, de esa manera que me enamora Supongo que, no hace falta decir que, cuando sigues una rutina, los días te parecen todos iguales, y se pasan lentos y rápidos a la vez. Se pasan lentos si los miras detenidamente día a día, rápidos cuando de repente te observas un día al espejo y te das cuenta de que tienes que hacer la maleta porque de aquí unas horas de nada empiezan las vacaciones, y vuelves a casa. Corro las cortinas al levantarme. Llueve. Lluvia fina y persistente. De aquí un rato se habrá parado, lo sé. Hace unos días mis padres me enviaron un mensaje preguntándome por las notas. El mensaje era bastante seco, pues supongo que estaban sorprendidos de que no me hubieran expulsado aún. Además, cuando les envié una fotocopia, tardaron poco en contestar, y vi claramente que no tenían palabras. No sabían qué decir. ¿Había regresado su hijo, un hijo al que creían muerto? No sabían cómo felicitarme por las notas. En los últimos meses me había comportado de tal manera para ellos que era prácticamente un extraño. A parte de eso, me preguntaban si iba a volver a casa. Esto me hizo gracia. ¿Dónde esperan que vaya, de verdad? Sé que no me he comportado especialmente bien, pero no por eso voy a... No sé. Les envié otro mensaje de afirmación, y ya no hubo más de vuelta. Mejor, tampoco los esperaba. Observo mi habitación. Ismael se ha ido hace quince minutos a desayunar. Mi maleta está abierta en un lado del cuarto, donde ya lo tengo casi todo puesto. Tampoco tengo que llevarme mucho, dado que la mayoría de mis cosas no las traje conmigo al venir aquí. Mi compañero de habitación por su parte, ya ha hecho su maleta y la tiene bien cerrada y preparada al lado del escritorio. Me visto con lentitud. No tengo ganas de ir a desayunar, ciertamente. En estos últimos días también, me he vuelto más adicto todavía a Hanna, y saber que no la voy a ver seguramente durante todas las vacaciones, me genera una especie de vacío desagradable en el estómago que odio. La necesito... Necesito sus labios, y su risa. Cuando he terminado de todo, cojo el libro de aviación. No le hice caso a Ismael y no lo devolví. Me quedé helado con lo que pasó, y sólo pude guardarlo de nuevo en el cajón. Voy a devolverlo antes de irme de vacaciones. No sé si hacen una especie de registro para saber si todo el mundo ha devuelto sus libros, y no quiero arriesgarme a que descubran que yo he robado uno. A estas alturas en las que todo me empieza a ir bien, no sería nada bueno que eso ocurriera. A pesar de todas las vueltas y lugares por los que paso, saludando a compañeros, que son lo más cercano a lo que pueda llamar amigos que he hecho durante los últimos días, lamentable y sorprendentemente, yo y Hanna no coincidimos en ninguna parte. Ni en la biblioteca, ni en los pasillos, ni en la cafetería. Es espeluznante incluso. Sin embargo, Axel y yo nos encontramos varias veces, aunque sólo una de ellas él me ve. Aprovechando que me ha visualizado y ha mostrado una chispa de compresión en sus ojos, me acerco a él. —Ey, ¿no habrás visto a Hanna, hoy? — lo abordo. —Sí, estaba yendo hacía el despacho de dirección antes. Frunzo el ceño. ¿Hacía el despacho de dirección? —Gracias. Sin más dilación, me retiro con rapidez. ¿Para qué iría ella allí? ¿Para hablar con Marie quizás? Mientras doy vueltas por los pasillos, se ve el ambiente de despedida. La gente hablando, los pasillos llenos, gente con maletas, abrazos, algún lloro incluso; amigos hablando de lo que harán y de cuándo quedarán, muchos apresurados porque todavía no han hecho la maleta, muchos otros que ya se han ido, o están ahora yéndose. Las puertas llevan abiertas ya un rato para quien quieras irse, y yo lo tengo todo a punto para largarme, pero tengo que despedirme de Evan antes. Y allí está, en mitad del pasillo contemplando el árbol del patio. Las flores han nacido, tanto en el césped como en el árbol, y el pájaro que colocó su nido allí hace poco, silba con felicidad. Me coloco a su lado, en silencio. Sé que se ha dado cuenta de mi presencia, pero no dice nada. Simplemente observa al pájaro cantar y revolotear feliz por el patio, comiendo. —Es precioso, ¿no crees? - sisea. —Sí, pero no más que tú. Ella ladea la cabeza y me mira al fin, y puedo detectar la ternura y la tristeza en su expresión. Sin necesidad de que me diga que me va a echar de menos, lo entiendo. Yo también. Mucho. Muchísimo. —No alarguemos mucho esto, que, si no, no sé qué pasará— concluyo, agachándome y besándola. Es un beso largo y, aunque profundo, muy suave, como si estuviéramos conociendo los labios del otro, como si fuera la primera vez que lo hacemos, a pesar de que los hemos probado infinitas veces ya. Es como chocolate fundido: Dulce, adictivo... Creo que no viviría sin ella. Al separarme, le susurro un te quiero en el oído, y me voy, no queriendo hacer más dramática de lo que debería ser la despedida. Total, es posible que nos veamos de aquí unos días, y seguiremos hablando por móvil y esas cosas. Supongo que ella también debe de estar lista ya para irse, pero según sé, Mendoza va a irse con ella, pues su padre lo ha invitado a pasar las vacaciones en su casa, pero éste todavía debe de estar haciendo la maleta. Se respira un aire de cambios que, de alguna manera, me hace sentir nostálgico. Sean las vacaciones que sean, siempre es un momento especial, ese en el que recoges todo para irte, y te despides de aquellos con los que llevas conviviendo cierto tiempo. Tan sólo espero no encontrarme a Ismael en la habitación ahora, al ir a coger mis cosas. Y no hace falta más que lo diga, para que suceda. Ahí está él, recogiendo sus cosas igual. Por primera vez en días, su mirada vuela hasta mí. Yo la aparto y voy hasta mi maleta, esperando que no diga nada y pase de mí, como las otras veces. Quiero irme ya, y que mi cabeza sólo pueda pensar en los labios de Hanna, no en el odio de Ismael. Sin embargo, no es así. —¿Ya te has despedido de todos? — empieza. No es de su incumbencia, pero me da igual responder si con eso va a callarse. —Sí. —Yo también...— me ilustra. Con mirada ida, abro el armario y cuelgo lentamente mi cazadora. La “A” grabada en ella. No la volveré a ver en un tiempo. No sé por qué me siento tan nostálgico. La de Ismael ya está colgada en un lado, con su “I”, ahí, bien cosida. Aprieto el puño y me quito la tontería colgándola de golpe y cerrando el armario sin mirar atrás. Cojo mi bolsa. —Que te vaya bien Ismael— digo secamente. Justo cuando estoy a punto de dar el primer paso, él me detiene de un golpe de voz. —Is. Lo observo por encima de mi hombro. —¿Qué? — inquiero, sabiendo lo que ha dicho, pero sin estar muy seguro de lo que quiere decir, necesito que me lo repita claramente. —Que puedes llamarme Is. Me giro por completo. Él no aparta la mirada. No está avergonzado, ni temeroso, ni arrepentido, su rostro es una máscara inexpresiva. Pero su voz no detecta hostilidad, sólo calma. ¿Qué significa todo esto? ¿Va a hacer como si en la última semana no hubiéramos estado sumido todo en un ambiente de tensión? ¿Va a olvidarlo todo? Además, ¿abreviar su nombre? ¿Qué demonios, con este acto de camaradería? ¿Ahora quiere que seamos amigos? —Siento lo del otro día— continua— No era mi intención que pensaras... Bueno, eso. Sólo pensé que ibas a tener problemas otra vez y, teniendo en cuenta que estabas al borde de la expulsión... En fin, al parecer la gente empieza a acostumbrarse a ustedes así que da igual. Lo siento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR