Capítulo 19

4989 Palabras
Es entonces cuando vuelvo a la realidad. Rachel está nerviosa y molesta por mi silencio, mirando a su hermano jugar. No le gusta hablar de esto, y después de obligarla no digo nada, es normal que esté así. Además, la tenía preocupada. Pensó que me habría ocurrido algo como a los demás. Seguramente ni siquiera se atrevió a pisar mi casa después de lo ocurrido con Jesús. Tengo que ser yo. Tengo que actuar como siempre para que no piense que yo también tengo algo. Me relajo, apartando cualquier pensamiento sobre lo que me ha dicho dificultosamente. Sonrío y le acaricio la mejilla como recuerdo que lo hice años atrás la noche que cortó son su ex. —Olvidemos toda esta conversación, ¿vale? ¿Quieres ir a cenar a mi casa? Mi madre estaría encantada de tenerte por mi casa de nuevo. Ella suelta el aire, más tranquila. —Me encantaría, pero tengo que llevar al peque a casa— mira a su hermano, tirándose por el tobogán. —Está bien, no hay prisa, te puedo acompañar. —¿Estás seguro? —Claro, mientras tus padres te dejen... Te aseguro que a mi madre le encantará la sorpresa. —Oh, por supuesto que me dejarán, de hecho, tienes razón, acompáñame. Mis padres también se alegrarán de verte. —Ajá. Veo cómo recoge sus cosas y llama a su hermano para irse ya. Mientras la miro, pienso en Evan. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Pensará en mí? Observo mi móvil. No me ha llamado y no tengo ningún mensaje suyo tampoco. ¿Quizá se ha enfadado porque no lo he hecho yo? Frunzo el ceño. Quiero hablar con ella... Sorprendido me doy cuenta de que tengo unas ganas locas de besarla, de escucharla si quiera... La necesito. Sobre todo, después de todo lo que ha pasado hoy: Arrancar hierbas, ver a mi ex, ver a Rachel, noticias bomba sobre mi ex grupo de amigos... Necesito desconectar. Hundir mi mano en su cabello y meter mi lengua en su boca, y probarla... Rachel, habiendo conseguido al fin convencer a su hermano, se acercan cogidos de la mano. —¿Vamos? Nada más mirarla, le arrebato la bolsa de la compra que lleva, para que no vaya cargada. Me sonríe. —Mira— le dice a su hermano— ¿Sabes quién es este chico tan guapo? El pequeño me ojea con la boca abierta, la baba prácticamente cayéndosele por la comisura del labio. Niega. —Pues él a ti sí, jugaba mucho contigo cuando eras más pequeñito, y ha ayudado a Rachel en muchas cositas— le dice dulcemente. —Gracias chico guapo— murmura. Rachel arruga la nariz y los labios, conmovida. —Ese es mi hermanito. Mira, vamos a caminar juntitos a casa, cógele de la mano. Y en el camino de ida, mientras escucho la conversación banal de los dos hermanos, me doy cuenta de que parecemos una familia. Una adorable familia, y una punzada me recorre. Sólo me viene un nombre a la cabeza y es el de Evan. Trago saliva. Dios mío. ¿Qué me ha hecho esa mujer? —¿Y bien? ¿Quién es ella? Parpadeo y miro a Rachel caminar a mi lado. Estamos en dirección a mi casa, después de dejar a su hermano y de una agradable charla con sus padres. Hemos estado callados por un rato, hasta su misteriosa y súbita pregunta. Frunzo el ceño. —¿Qué? —Oh, vamos...— rueda los ojos. —¿Cómo lo sabes? Rachel sonríe dulcemente como si fuera evidente. Su entrecejo arrugado. —Has mirado varias veces el móvil y puesto esa cara de enamorado tonto que conozco. Gruño. ¿Tanto se me ve? ¿Tan evidente soy? Me rasco la nuca. No puedo evitar que la sonrisa de Evan me venga a la mente, y siento cómo respiro con lentitud; su voz confesándome que le gusta el color gris; esos labios que tanto me gusta cómo saben... —Hanna— siseo. Rachel sonríe sosegadamente. —Bonito nombre... —Sí. Si bien creo que mencionará que a ella también le recuerda a un ángel no lo dice, aun así yo lo sigo pensando. Un ángel que vino a extender sus alas y acunarme, a mí, la maldad en persona, con ellas. Ella y yo siempre hemos sido tan diferentes... A pesar de volver a ser el Andrew de siempre, la “oscuridad”, por así llamarlo, sigue dentro de mí. Esa terrorífica maldición. Mi mácula. ¿Por qué? El n***o siempre gana al blanco. Se lo come, lo devora sin remordimientos. Un ramalazo de miedo me recorre. Son mis antiguos sentimientos y pensamientos, el nuevo yo que formé después del accidente, y antiguo Andrew ahora que lo estoy dejando atrás, que vuelve a mí como una potente bola queriendo derrumbar los bolos de la pista. —¿Y bien? ¿Le has pedido ya salir? La pregunta me toma por sorpresa, al haber estado en mis pensamientos. Otra vez se estaba cumpliendo: La oscuridad vence a la luz. Mis malos pensamientos estaban acabando con la confianza que había cogido de estar con Evan. —Bueno, sí. Mi mejor amiga cambia la expresión. —¿Entonces? ¿Por qué esa cara? Definitivamente no puedo ocultarle nada a esta mujer. —No, es que... La he visto esta mañana antes de irme del internado, pero... La echo de menos y... No me ha llamado ni enviado ningún mensaje y... No sé— intento explicarme. Nada más decirlo me doy cuenta de que parezco una adolescente de catorce años y gruño para mí mismo. Rachel me mira con cierta compasión. —¿Le has dicho algo y no te ha respondido? —¿Eh? No... —¿Entonces la has llamado y no te ha cogido? — frunce el ceño. ¿Eh? No me gusta el camino que está tomando esta conversación. —Tampoco— respondo sinceramente. —¡Andrew! —Ay, ¿qué? No grites. —Llámala ahora mismo. ¡Pero bueno! O al menos envíale un mensaje— intento abrir la boca para replicar, pero Rachel siempre ha sido de las que cuando coge la carrerilla y el hilo de su frase, no lo suelta hasta que ya no puede más— Te quejas de que no te ha dicho nada, pero tú tampoco lo has hecho. Si tantas ganas tienes de hablar con ella, podrías haberlo hecho. Si están saliendo es obvio que queráis hablar el uno con el otro. ¿Qué tienes, cinco años? ¿Dónde está el Andrew que yo conozco? ¡Tú eras siempre el de la iniciativa! Llegados este punto, ya no puedo callarme. —¡Oye! Ella también tiene móvil, ¿sabes? Ella también es mi novia, no tengo por qué ser yo el primero que lo haga. Y sí es cierto que antes era yo siempre el primero, pero ¿y qué si ahora no quiero hacerlo, ¿eh? — me trabo de golpe ante mis propias palabras. —Es cierto, pero si vas con esa filosofía, ¿también esperaras que sea tu pareja quien te pida matrimonio? Suena muy feminista por mi parte, pero quizá deberías de...— sigue ella. Mi mente se ha quedado en blanco. Ya no la oigo. ¿Cambiar? ¿Yo quiero cambiar? Es verdad. ¿Por qué no la he llamado yo primero? ¿Por qué llamaba yo antes siempre? ¿Por qué tomaba yo siempre la iniciativa? Exacto: Porque no tenía miedo. Ahora lo tengo. Tengo miedo de hacerle daño, de perderla, de mí. Y ella no me ha llamado por lo mismo. Es lógico pensar que después de todo lo ocurrido ella no vaya a dar el primer paso, más después de mi obtusa respuesta a su sugerencia de venir a visitarme en vacaciones. No tiene confianza, quiere darme espacio. Si yo le demuestro que quiero que se acerque entonces sé que ella se acercara, pero si no lo hago... “Evan... ¿Qué estás haciendo ahora mismo? ¿Estás pensando en mí? ¿Te he hecho daño? ¿Te sientes mal porque no te haya llamado? ¿Debería de llamarte ahora mismo? Quiero hacerlo, quiero hacerlo. No quiero que creas que me estoy alejando de ti de nuevo, porque no quiero y sé que eso te dolería y yo...” —¿No es muy tarde para que la llame ya? — corto la retahíla de palabras que Rachel estaba soltando y a las cuales no he prestado atención. Ella parece parpadear ante la súbita interrupción, pero ve mi cara, apremiante y desesperada, y se concentra en mí. —Nunca es tarde para estar con la persona a quien quieres— dice finalmente y sus palabras me abofetean. Saco el móvil y aprieto el botón sin pensar. Si hago eso dudaré; mis pensamientos empezarán a buscar excusas, como que ya es tarde, como que debe de estar a punto de ir a cenar, o cenando, y luego se irá a dormir y... —¿Sí? ¿Andrew? El eco de su voz sale desde el otro lado del auricular y de repente me siento estúpido. No era tan difícil. Sólo tenía que pulsar un botón y ella estaría ahí, y yo... —Hola— digo escuetamente, sin palabras. Ella se queda en silencio. Desde luego no esperaba que la llamara. No ahora. Rachel me está mirando fijamente, ejerciéndome la presión de decir algo, pero no es por eso por lo que consigo despegar los labios. —Siento llamarte tan tarde, pero...— empiezo— Yo... quería oír tu voz. Oigo a Hanna inspirar, pero no suelta el aire. Como si le hubiera dicho algo que la ha sobrecogido. Rachel pone los ojos en blanco con una sonrisa, y sabe inmediatamente igual que yo que, si Evan estaba enfadada, gracias a mis palabras ya no lo está. —Está bien— distingo una sonrisa tímida en sus labios mientras lo dice— Yo también quería hablar contigo. Pero no sabía a qué hora llegarías ni si ibas a tener tiempo, con lo de desempacar y eso... Y bueno...— intenta disculparse. En ese momento me siento todavía más idiota. No le he dicho ni siquiera dónde vivo. Ni siquiera sabe cuánto he tardado en llegar. —No, tranquila, eso es culpa mía, no te dije nada— hago una pausa— ¿Qué tal? ¿Tú padre sigue mosqueado conmigo? Mi novia suspira audiblemente. —Supongo que sí, pero como está Mendoza por aquí su humor es considerablemente bueno. Son grandes amigos, ya sabes. Asiento con un sonidito. Nos quedamos un momento en silencio. —¿Y tú? — cuestiona finalmente. —Plymouth. —Vaya— me la imagino alzando las cejas— En el otro extremo. —Sí, al lado de la playa... ¿Has estado aquí alguna vez? Ella niega. —Te gustaría. —Querrás decir que me gustará...— me corrige tentativamente. La sonrisa acude a mis labios y no puedo detenerla. Sólo imaginarla aquí conmigo soy jodidamente feliz. Me rasco la nuca. —Sí. Y al instante sé que ella también está sonriendo. —¡Evan! — oigo a Mendoza gritar de fondo— Ven abajo ya, vamos a empezar sin ti al final, por Dios. —¡Voy! — grita a su interlocutor, y luego vuelve conmigo— Tengo que irme. Vamos a jugar a cartas, ¿puedes creerlo? En fin— suspira— ¿Quieres seguir hablando por w******p? —Claro... Hay un silencio dudoso durante unos largos segundos. —Te quiero— murmura cauta. —Yo también- sonrío- ¿Hasta ahora? —Sí, hasta ahora. Y dicho esto, cuelga. Me regaño a mí mismo. Esa despedida ha sido pésima. La próxima vez no dudaré ni una milésima. En esto que ya hemos llegado a mi casa, así que intento mantener mi cabeza alejada de Hanna, a pesar de que seguiré hablando con ella por escrito, y concentrarme en mis padres y en mi mejor amiga. *** Sentados en las escaleras del porche compartimos las galletas de chocolate. Me pregunto cuántas veces habremos hecho esto, pero no le encuentro una cifra, en vez de eso, siento vibrar el móvil de nuevo, así que Rachel me aguanta la bolsa amablemente. Un w******p de Hanna otra vez. Sólo ver su nombre sonrío. “Estoy intentando convencer a mi padre para que me deje ir a Plymouth... Si quieres claro” dice. En seguida le respondo que me encantaría. Ella es igual de rápida en volver a escribir. “Bueno, mañana batallaré entonces, ahora me voy ya a dormir, que es tarde. Tú también deberías cielo”. El apelativo cariñoso me hace tragar saliva y se me aprieta el corazón. ¿Por qué es tan...? Dios, me encanta. “De aquí un rato” me excuso, mirando de reojo los números blancos de la pantalla y viendo que ya son pasadas las 23 horas. “Buenas noches, descansa” añado. Durante unos segundos no dice nada. Veo que escribe algo y luego lo borra, dos veces. Finalmente responde: “Tú también”. Se desconecta. No sé por qué, pero entiendo al instante que esa sonrisa es un poco triste, está dolida, y sé por qué. Aun así, lo que digo a continuación no lo digo por eso, sino porque yo quiero. “Te quiero”. Ella vuelve a conectarse, pero no dice nada, los treinta segundos que tarda en responder me saben amargos “Yo también” El hecho de que finalmente me tire un beso me hace sonreír sabiendo que está bien y ponerle un corazón. Vuelvo a guardar el móvil, consciente de que ella se ha ido ya a dormir y no hablaremos hasta mañana. Rachel me mira divertida. —¿Qué? — gruño. —Me encanta tu sonrisita tonta— se burla. —Que te den. Ella ríe y me inclina las galletas para que coja otra. Al ir a hacerlo, recuerdo algo. Sonrío. Me alzo. Mi mejor amiga enarca una ceja en mi dirección, inquisitiva. Yo le pido que venga. La última vez que estuvo en mi casa y nos quedamos en el porche comiendo me dijo que era incómoda la posición, que quería estirarse. De alguna manera acabé prometiéndole que buscaría un mejor sitio para estirarnos en el jardín, y de alguna otra manera los dos reímos entonces diciendo que una hamaca sería genial. Bien, pues hablé con mi padre esta mañana, y bueno... —¿Qué? ¿Te vale? Ella mira la tela colgada con la ayuda de dos de las ramas del árbol y niega con la cabeza con una carcajada. —Andrew, Andrew, Andrew, no puedo creerlo. Eres increíble. —Te dije que soy un hombre de palabra. Me inclino y la abordo, cogiéndola de la cintura y levantándola. Ella grita, sorprendida. Me alegra seguir en forma y poder levantarla tan simplemente, aunque si bien es cierto, nunca ha sido muy pesada. También me alegra seguir en estos términos con ella. La hago sentarse con cuidado para no volcar la hamaca. Ella se estira cómodamente. Cabemos los dos claro, si se pusiera ella encima de mí, pero no vamos a hacer eso. Sería muy de pareja, y ella y yo no estamos saliendo. Eso sería algo que haría con Evan... Me encantaría que estuviera aquí. Esta vez acepto la galleta que me ofrece Rachel y la como sin ganas mirando al cielo. Se ven bastantes estrellas. Más de las que verías en una verdadera ciudad, pero no más de las que se ven en el internado. Como está rodeado de bosque y por la noche mantienen las mínimas luces, se pueden apreciar más que aquí. Hay una luna decreciente, a punto de desaparecer, y eso también ayuda a que haya menos luz. —Necesito que me ayudes. Ladeo la cabeza para ver brillar sus ojos azules en la oscuridad en mi dirección. —¿Qué pasa? —Quiero que me ayudes a encontrar a Mark. Ella se sienta en la hamaca, respirando profundamente. —Necesito saber si él está bien. Era mi amigo. Ya no puedo hablar ni con Javier ni con Richard, así que... Rachel mira más allá de mi rostro, a la luna, y accede en un susurro. —¿Te acompaño a casa? Las chicas guapas no deben ir solas por la calle a estas horas. Ella se relaja con una risa y se baja de la hamaca de un salto. Siempre ha sido muy atleta. De camino a su casa hablamos del pasado, de las tonterías que hacíamos de pequeños. Recuerdo aquella fiesta de final de curso en la que caminamos hasta su casa igual que ahora, Yo estaba medio borracho, y ella acababa de cortar con su novio, así que estaba ida. Él había sido pillado magreándose con otra chica en el baño de la discoteca, así que obviamente, Rachel no esperó para irse con él a casa, me buscó a mí y me pidió que me fuera con ella. Recuerdo que al final de la calle había una pareja dándose el lote. Entonces nosotros todavía éramos bastantes inmaduros, y reímos en susurros como niños escondiendo un secreto. Ante este recuerdo sonrío. —Mañana... paso a primera hora por tu casa y nos ponemos manos a la obra, ¿vale? Asiento agradecido. Encontrar a Mark, sé que solucionará muchos problemas, muchas dudas e interrogantes y ciertamente me sentiré más tranquilo de no ser el único. Humanos, siempre con el temor de estar solos y ser diferentes. Suspiro viendo a Rachel entrar en su casa. Me pregunto cómo lo haremos para buscar a Mark, hay muchas maneras, pero... Tan débiles... Esa noche, creo que sueño con unos tristes ojos grises que me imploran por algo que todavía no logro entender. Al despertarme, me percato de que no cerré la persiana y el sol inunda la habitación, molestando a mis ojos. Los pájaros cantan fuera, felices. Inmediatamente pienso en Evan y en lo que me gustaría que estuviera conmigo y busco adormilado el móvil en la mesilla. Abro el w******p, parpadeando para aclarar mi visión. “Buenos días” Todavía no creo que se haya despertado, seguramente, pero quiero que al despertar lo lea. Siento un mareo subir desde mi estómago, y algo me impulsa a poner un corazón y abandonar de nuevo el móvil, pero esta vez en la sábana, dispuesto a vestirme. En un rato llegará Rachel. Hoy va a ser un largo día. *** Toda la mañana se nos va investigando. Buscando en f*******: de amigos de amigos, llamando a gente y preguntando, ojeando la guía, siguiendo el pequeño rastro de miguitas de pan que ha dejado Mark a su paso. Finalmente, descubrimos que se mudó a Redruth, y buscando en la guía encontramos seis personas que coinciden con su apellido. Emocionados, Rachel y yo nos dividimos la tarea de llamar cada uno a tres. Sin embargo, cuando mi mejor amiga ya va por el tercero, yo sigo con el primero. Me ha tocado un hombre de avanzada edad que lleva solo demasiado tiempo y tiene muchas ganas de hablar, y no sé qué decirle para acabar la conversación. Mientras hago una mueca de cansancio e intento mostrar cierto interés por lo que me cuenta, Rachel cuelga con cara de decepción y al mirarme en seguida cambia su expresión por una divertida. Alza las cejas hacia mis números. Con los labios, gesticulando, le pido que por favor vaya llamando ella, y con una sonrisilla empieza a marcar el segundo de mi lista. Pienso en Hanna, ¿qué estará haciendo? Hablé con ella justo antes de ponerme a investigar con Rachel, después me dijo que tenía que hacer algo y se fue. Si bien me aseguró que me hablaría cuando terminara, todavía no tengo noticias suyas y me tiene mirando el móvil de reojo cada cinco minutos. La echo de menos, y sólo ha pasado un día. Salto repentinamente cuando Rachel me coge del brazo. La observo, no me está mirando, sigue al teléfono, escuchando y asintiendo, pero claramente comprendo que lo ha encontrado. Suelta varias palabras sueltas y se levanta apresuradamente, cogiendo papel y esfero, y apunta algo. Luego con una cálida sonrisa se despide y cuelga. —¿Y bien? — reclamo. —Es él Andrew, estaba hablando con su madre. Se ha sorprendido mucho al decirle quién estaba buscando a su hijo. Supongo que después de tanto tiempo... Asiento. Es normal. Entonces me percato de que el hombre sigue chismorreando él solo al otro lado del aparato y decido que, sintiéndolo mucho, voy a cortar la línea. Espetando una rápida disculpa, no dejándole así tiempo para contestar, aprieto el botón para colgar y suspiro al fin, libre. —¿Vamos? — ojeo a Rachel, ella se mueve inquieta en su sitio, con el papel de la dirección en mano. —Oh, sobre eso...— titubea— Me gustaría ir Andrew, pero... —Me temo que tendrás que ir solo porque... —Está bien, tranquila— a corto en seguida. De todas formas, esto es mejor para mí. Así no tendré que esconderme para hablar con Mark del problema en cuestión— Ya has hecho mucho. Te estoy tremendamente agradecido. Por algo que, cuando comprendo, me conmueve, me abraza. Tiene miedo. Después de Javier y Ricky, lo entiendo. —Estaré bien, tranquila; cuando anochezca ya estaré aquí de nuevo, ¿vale? Ella asiente, y deja que me marche a hablar con mis padres sobre mi “excursión”. Después de convencerles, parto de Plymouth en tren. Redruth está a poco más de hora y media desde mi estación, así que tengo un largo viaje. El silencio en la cabina me adormece. El relativo silencio, claro: Sólo el tren traqueteando por las vías. En mi vagón, somos apenas 6 personas: Una pareja de avanzada edad; un adolescente un poco menor que yo, concentrado en su música; una madre leyendo un libro con su hija dormida a su lado, y yo. Entrecierro los ojos tentativamente y ellos acaban de cerrarse solos. Pienso en Hanna, la primera vez que pude besarla realmente, encima del capó del coche. Es preciosa. La veo allí, mojada... Trago saliva, relamiéndome los labios. La deseo, pero a saber cuándo consigue venir. Finalmente me duermo imaginándome cómo la podría estar acariciando y abrazando y besando si no fuera por la distancia. Para cuando abro los ojos, adormilado todavía, hay 5 personas más en el tren, y la niña está despierta y correteando, haciendo ruido. Se nos han unido tres adolescentes que ríen y hablan de algún cotilleo, un hombre trajeado que teclea en su móvil, y un chaval que parece sacarme unos tantos años y mira aburrido de pie, por la ventana. Supongo que no tiene que bajar muy lejos. Milagrosamente, mi parada es en 10 minutos., lo que significa que me he despertado justo a tiempo. Encontrar la dirección me resulta un tanto complicado, pero en cuanto llamo y mi amigo me recibe, no puedo más que sentirme liberado. Durante los dos segundos que me observa confundido, sin reconocerme, aprovecho para apreciar que tiene unas desfavorecedoras ojeras y hace dos días que no se afeita. Parece más débil y frágil que como yo lo recordaba: Ancho y fuerte, potente. Ahora, si bien sigue igual, tiene todo el cuerpo más cansado; ha dejado de hacer ejercicio, claramente. Parece incluso enfermo. —¿Andrew? ¿eres tú? — sonrío ante su tono— Dios mío. Antes de que pueda reaccionar me abraza, apretándome dos segundos, y luego me deja ir. —j***r, ¿qué... qué haces aquí? Pensé que... —Sí, lo sé... Lo sé demasiado bien. En serio, me alegro de verte, pero tenemos que hablar de eso. Supongo que puedes imaginarte de qué. Él inspira hondo, con aire derrotado, y todavía se le ve más enfermo que antes. Se hace a un lado. —Pasa. Iremos a mi cuarto. Tiene un cuarto muy desordenado: la cama sin hacer, alguna pieza de ropa por el suelo, una revista porno tirada en una esquina, la ventana está medio abierta y la persiana bajada, pero dejando dos dedos de obertura, dejando entrar un poco de aire y luz. En cuanto cierra tras de sí, dejo de mirar de hito en hito su claustrofóbica habitación y me giro para enfrentarlo. —¿Cuándo volviste? Mark siempre fue rápido para relacionar conceptos. —Ayer, estoy de vacaciones. —¿Quién te lo contó? —Rachel. —Ah, claro... la rubia— dice mirando a un punto perdido del suelo— ¿Qué te dijo exactamente? —Javier, telepatía. Richard, amnepatía— en ver su rostro impávido ante lo dicho, decido no dar rodeos— ¿Qué tienes tú? —¿Y tú? — me aborda. —He preguntado yo primero. Algo no me está gustando del rumbo que está tomando esta conversación. El débil y derrotado Mark que me ha recibido abajo, alegre de verme, ha cambiado nada más entrar en la habitación. Se le sigue viendo mal en aspecto, pero se le ve una chispa en los ojos, avispada, cauta. ¿Qué está pasando? Suspira, como si yo no tuviera remedio. Extiende la mano hacia delante y de la palma hace nacer una pequeña llama. —Pirotecnia...— murmuro. Él me está observando de reojo, y puedo ver cómo la llama brilla en sus ojos con toque malicioso. —Es preciosa, ¿no crees? Al principio no supe apreciarla, tenía envidia de Javier y Richard. Sus poderes eran más impresionantes, pero una vez aprendes a controlar a esta pequeña... Pasa su otra mano por encima y las mueve como si amasase una pelota y la llama pasa a convertirse en una bola de fuego del tamaño de una pelota de tenis entre sí. Luego las juntas de golpe, dando una palmada. Mi pensamiento es pararle porque se quemará, pero obviamente no. La llama se convierte en un poco de humo que enseguida se desvanece. Mi rostro no registra ninguna emoción. —Tu turno. Me quedo en silencio evaluando a mi amigo. Algo no está bien. Tengo que ir con cuidado. —Invisibilidad. Mark agranda los ojos con una sonrisa. —¡Woah! Increíble. No esperaba menos de Andrew, el gran bebedor. Alucinante. Hago una mueca. —No, no es increíble. Es una pesadilla, y no creo que tus llamitas lo sean tampoco. —¿Pero ¿qué dices Andrew? — frunce el ceño, entre incrédulo y emocionado— ¿No lo ves? Todavía tenemos una oportunidad. Si esos estúpidos de Javier y de Ricky no la hubieran cagado sería perfecto. ¿Invisibilidad? Tú serías nuestro infiltrador. ¿Telepatía? Nuestro buscador de información ¿Amnepatía? Nuestro seguro por si nos pillan, nuestro borrador de huellas en otras palabras. ¿Pirotecnia? Soy un buen guardaespaldas— se encoge de hombros como si fuera obvio— Pero los muy idiotas la cagaron... Pensé que tú también y por eso empecé a entrenar solo, fuera de Plymouth. —No sabes lo que dices— espeto. Se ha vuelto loco— El único motivo por el cual he venido es para buscar juntos una solución para este problema. —¿Solución? ¿Problema? — suelta una larga carcajada— No hay remedio si no hay enfermedad Andrew, lo que tenemos, es un don. ¿Don? Lo sabía. El poder lo ha corrompido, ya no piensa con claridad. ¿Se da cuenta de lo que está diciendo si quiera? Dios mío. Parpadeo intentado asimilar lo que está ocurriendo. —¿Un don? Yo lo veo más como una maldición, y estoy seguro que Javier y Richard también lo vieron así. —No, Richard era igual que yo, pero su ambición lo destruyó. Quiso más de lo que podía controlar. Le pidió demasiado a su poder, cuando todavía no había aprendido a usarlo. —Me da igual. Si no vas a ayudarme está bien, buscaré a los otros dos Ellos seguramente reirán que esto tiene que acabar— gruño y hago el amago de retirarme. Él ladea la cabeza y me mira inquieto, recordando algo. —¿Los otros dos? Andrew... eres un genio. Me había olvidado de ellos. ¿Quiénes eran? ¿Recuerdas sus nombres? Eran amigos del estúpido de Javier, ¿no? Si el muy marica no se hubiera ahorcado podríamos encontrarlos fácilmente. Bueno, es igual, tú y yo uniendo fuerzas los hallaremos rápido. ¿Qué poderes tendrán ellos? Quizá incluso son mejores que la amnepatía y la telepatía. Su falta de tacto al hablar de Javier, y su rudeza y determinación me hacen pestañear, alucinado. Este ya no es Mark, Mark murió esa noche, igual que yo lo hice, pero yo he conseguido revivir gracias a Evan. —No Mark— lo corto— No me has entendido. No sé qué quieres exactamente, pero desde luego no lo mismo que yo. Me largo. Nada más dar un paso para salir, su mano se planta en mi pecho. —No, vamos Andrew. No puedes ser así ¿Lo has pensado bien? Tenemos el poder. Nadie podría pararnos... —Déjame pasar— le pido escuetamente. Él suspira, viendo al fin que no puede convencerme. Tengo que salir de la guarida de este loco pirómano. Este es otro de los efectos de todo esto, lo que demuestra que es una maldición. Javier fue conducido al s******o, Richard fue tan avaricioso que su propia mierda lo consumió, y Mark se ha vuelto loco, se ha obsesionado. Yo, por mi parte, estoy destinado a desaparecer para siempre. —Está bien— acepta, tan fácilmente que me huele a gato encerrado— No me dejas otro remedio— añade, y tenso los músculos— Te demostraré de qué estoy hablando. Extiende la mano hacia el pomo de la puerta y ojeo cómo derrite el mango. No puedo huir. Genial. —Hijo de puta.
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