Capítulo 20

4546 Palabras
Mark carcajea sonoramente y genera una llamarada en su palma. Estoy en problemas. Graves problemas. ¿Qué hago? ¿Puedo decir algo para disuadirle? En cuanto balancea la mano en mi dirección, me agacho. La bola de fuego pasa rozando mi cabeza y prende las sábanas de la cama al impactar. Entonces hace algo sorprendente. Su habilidad es algo más que pirotecnia, igual que lo mío es algo más que invisibilidad. Sólo lanza fuego con la derecha, su izquierda la usa para moldear... y para apagar. Lo que hace es apretar rápidamente la mano en un puño, y el fuego se extingue, como si lo hubiera estrangulado hasta la muerte. Trago saliva. Él ojea divertido y extasiado cómo admiro con pavor su habilidad. —Vamos Andrew. Usa tu poder también, ¿no? — ríe, lanzándome otra bola que esquivo a duras penas de nuevo— ¿O es que me has mentido? Maldita sea. ¿Qué demonios hago ahora? No quiero usar mi invisibilidad. Eso es lo que él quiere, y no me da la gana darle ese placer, pero... creo que no tengo otra alternativa si quiero salir de aquí ileso. Sonrío de medio lado, intentado parecer tranquilo. —Tienes un nivel avanzado de pirotecnia, ¿no se te ha ocurrido pensar que yo también puedo tener un nivel avanzado de invisibilidad? Antes de que pueda responder, desaparezco. Siento un pequeño pinchacito en el pecho, pero no tiene nada que ver con el pinchazo de cada noche. Ojea a sus lados, detrás, arriba, delante de nuevo. No me ve, y ríe, ríe de manera tan psicópata que me doy cuenta de cuán desquiciado está. —Vamos... No sé a qué te refieres, enséñamelo. —Con mucho gusto— digo, aunque sé que no puede oírme. —Puedes esconderte, pero no para siempre Andrew... Claro que, si quieres jugar, vamos a jugar— oigo que murmura. Inspiro hondo y, haciendo acopio de valor y fuerzas, hago eso que tan poco me gusta: A travesar cosas, en este caso la pared. La sensación es malditamente escalofriante, pero una vez fuera me siento aliviado y me vuelvo visible enseguida. No quiero alargar ni un segundo más el tiempo de esta noche. Golpeo la puerta por fuera, burlón. —Que te diviertas Mark. Gracias por la charla, ha sido agradable volver a verte... Dicho esto, doy la vuelta sobre mí mismo y marcho, escuchando jurar a mi viejo amigo dentro del cuarto. Qué pérdida de tiempo. ¿Poder? ¿Qué quería hacer exactamente? ¿Robar bancos, asesinar gente? Ha perdido el juicio. Asqueado emprendo mi camino hasta la estación de nuevo. Muy encomiable mi esfuerzo y la ardua búsqueda, pero no han servido para nada. Bueno, tenía que intentarlo. Suspiro. El viaje en tren esta vez es más ajetreado. Hay más ruido y me molesta más de lo normal porque estoy cansado. Todo esto de Mark me ha hecho pensar. Es verdad que he aprendido a atravesar paredes y a volverme invisible con facilidad, pero... ¿He intentado con todas mis fuerzas no convertirme por la noche? Niego con la cabeza, desechando el curso de mis pensamientos, Esa es la parte de la maldición que no puede quitarse, igual que Javier no podía detener las voces, y se saturó. Son ya pasadas las nueve cuando llego a Plymouth. Me duele un poco la cabeza. De camino a casa, me paro, observando las botellas de alcohol del supermercado desde fuera. Necesito un trago. Entonces recuerdo lo que pasó la última vez, cuando Evan me besó habiendo bebido y un cosquilleo me recorre la espina dorsal. Aun así... Evan estaba bebiendo Tequila; ¿y si con los demás licores no sirve? ¿Quiero arriesgarme? Después de lo de Mark, de repente me importa toda una santa mierda. No voy a curarme, voy a enloquecer o a morir, como los demás. Así pues, entro, y si el dependiente me reconoce, no da señales de ello. Me da una bolsa de plástico que considero rechazar, pero la acepto finalmente. Salgo, con la bolsa en la mano izquierda y las dos metidas en los bolsillos. No he dado ni dos pasos que me detengo, alzando la mirada y enamorándola con otras. Ahí están Rachel... y Hanna. Parpadeo, con las cejas alzadas, luego me relajo. No he cometido ningún crimen, pero el hecho de que las dos me hayan encontrado después de haber estado semi-desaparecido todo el día, comprando alcohol, me pone los nervios a flor de piel. Además... ¿Evan? ¿Estoy viendo alucinaciones? ¿Qué hace aquí? ¿Cuándo ha venido? ¿Por qué no me ha dicho nada? Nadie dice nada. ¿Tengo que hablar yo? —¿Cuándo has vuelto? — rompe el hielo mi amiga al fin. —Hace diez minutos. —¿Has conseguido ver a Mark? — sigue Evan. Me la quedo observando sin abrir la boca. Luego ojeo a Rachel. Esas dos han estado hablando, ¿y eso puede significar que Rachel se haya enterado de mi problema? Mierda. No me pinta nada bien esta situación y tengo la sensación de que efectivamente tengo razón, Vuelvo mis ojos a mi novia y la examino buscando respuestas. Su rostro es inexpresivo. No puedo saber qué está pensando. —Sí— respondo al fin. —¿Y? — interrogan prácticamente las dos a la vez, lo que me provoca un escalofrío. Esto de que se hayan coordinado tan bien es peligroso y ciertamente escabroso. Me encojo de hombros, pidiendo que me metan en situación. Quiero decir, ¿qué demonios hace aquí Hanna? No digo que no me alegre de verla, pero… Es una increíble sorpresa. ¿Qué ha ocurrido? ¿De qué han hablado? —Si tú dejas eso— señala con la mirada Rachel con cierto inri mi bolsa— entonces lo haremos. Ruedo los ojos y extiendo el brazo con la bolsa en su dirección. Genial. Esto es ridículo. Tengo visiones futuras de mi linchamiento. Rachel la coge y saca la botella de Ron. —Muy bonito...— comenta socarrona. Evan se lo ha contado. Oh, mierda. Mi novia ante este acto se disgustaría y me suplicaría que deje de hacer el idiota dulcemente, Rachel no. Rachel es de las que me gritaría y me daría un bofetón con tal de que pare; siempre ha tenido mucho carácter, y los años que hace que me conoce, han conseguido que sepa manejarme sin una pizca de miedo. Así pues, mi linchamiento está asegurado, y yo tengo asiento VIP. —¿Ron? — se queja— Te veía más de whisky. —Vaya, lo siento— respondo sarcástico. —Llegas y te vienes a emborrachar, y te olvidas de nosotras... Abre la botella y, de golpe, sin pensar, empina el codo y da un largo trago, lo cual provoca que una sonrisa torcida se me escape. Sí señor, esa es Rachel en su salsa. Cuando recién entramos en la adolescencia y empezamos a ir de fiestas, ella era un poco mandona y correcta, así que nunca la invitaba a ir conmigo a pesar de que nuestros padres sí querían que fuéramos juntos; hasta que un día discutimos. Yo estaba medio bebido, ella me dio un bofetón, me chilló que era un idiota, e hizo lo mismo que ahora, robarme la botella y darle tal trago que me quedé tonto. Ni siquiera recuerdo por qué discutimos, pero compartimos esa botella los dos hasta altas horas en el parque, hablando tranquilamente. Desde aquel día, la invité siempre. Para mí, las relaciones son un entramado de hilos, y si bien ella y yo teníamos una bonita red tejida, había un nudo que nos faltaba por atar, que finalmente con aquel bofetón y el alcohol nació entre nosotros; nos juntamos un poco más. Y si bien sus padres sabían que la liábamos por ahí en fiestas, siempre traía a su hija de vuelta a casa en perfectas condiciones. Sabían que la protegería a toda costa si pasaba algo. De hecho, creo que tanto sus padres como los míos, tenían la teoría de que Rachel y yo acabaríamos saliendo juntos, cosa que nunca ha pasado. Miro a mi novia, saliendo de mi ensoñación del pasado. Evan está muy callada, mirando la botella y luego a mí con expresión lúgubre. —Si vas a emborracharte al menos invítanos— sigue diciendo Rachel alcanzándome la botella con esa sonrisa que siempre me daba cuando bebíamos. Algo no cuadra. Miro el cristal, sin aceptar su oferta. Luego observo a Evan y entonces comprendo, extrañado, que no le ha dicho nada, que estaba equivocado. Rachel le debe de haber contado que he ido a ver a un amigo que se llama Mark, pero no mucho más. O no sé, porque si no, no lo entiendo. Hanna sabe de Mark, pero Rachel no sabe de mi invisibilidad. Esto es un lío. Primero tendrían que haberme puesto en situación. Quiero a Rachel, pero bajo ninguna circunstancia necesita saber mi problema. Está más segura y tranquila sin saberlo, así que agradezco que Evan no haya dicho nada, pero… Necesito hablar con mi novia ya y preguntarle qué ha ocurrido aquí. La ojeo. Su mirada me dice que está muy dolida. Mierda. La he cagado. —No, gracias— rechazo a Rachel mientras miro a mi novia. Doy un paso hacia ella. Tengo que arreglar esto. Mi mejor amiga nos ojea y, comprendiendo que es hora de hacerse el tonto, se aleja unos pasos, bebiendo lo que acabo de comprar. Me alegra que sepa leer entre líneas; tenía un amigo, Ben, que era inoportuno como él sólo y nunca... Bueno, no entendia las indirectas mucho. Poso con delicadeza mis manos en la cintura de Hanna, y ella se muestra esquiva, cruzándose de brazos y apartando la mirada de mí. —Lo siento —aleja su cabeza cuando intento chocar nuestras frentes — Eh, eh — le cojo el mentón y la obligo a mirarme — No sabía que ibas a venir... —¿Por eso ibas a beber, ¿no? - me acusa. Eso ha sido un golpe directo. Ouch. Duele. Me lo merezco. —Me he desquiciado hoy cielo... Lo siento ¿Si?, lo siento... Apoyo finalmente mi frente contra la suya. Este reencuentro no debería de haber sido así. Ella quería darme una sorpresa y la sorpresa se la he dado yo, acompañada de un disgusto. Por eso no me había dicho nada y esta mañana se ha despedido diciendo que tenía que hacer algo importante y no ha vuelto. Soy idiota. No me creo mi desgracia. —Idiota— murmura, y sus ojos se desvían dos segundos a mis labios y luego vuelve a mirarme. Esto me da el empujón que necesitaba. Sin pensármelo más, me dejo caer. Cierra los ojos lentamente y se deja llevar por mi ritmo, lento. Sus labios son suaves contra los míos más secos. Dulces. Sabe a.… sabe a melocotón. Esto me recuerda al zumo de la cafetería del internado y sonrío como un tonto, divertido. Ella sonríe también, contagiada. —¿Qué? —Nada...— niego con la cabeza. Sus orbes azules, bajo la luz de la farola me dejan sin aliento, cristalinos, brillantes. Son como un pequeño lago de agua limpia y refrescante en la que te dejarías llevar por la corriente. —¿Qué tal te ha ido con Mark? — cambia de tema. Hago una mueca, volviendo a la realidad al escuchar ese nombre. —¿Sabes algo de quién es? – justo cuando abre la boca para contestar, la corto con mi índice— Es igual, olvídalo, luego hablamos de eso y te lo cuento todo, ¿vale? Con Rachel aquí no quiero... —Está bien— asiente en seguida. Separándome de Evan un poco, me dirijo a mi amiga. —¡Ray! ¿Vienes? Te acompañamos a casa. En el mismo momento en el que digo Ray, río. Hacía siglos que no usaba su diminutivo, y la verdad no sé por qué. Es más rápido y fácil de pronunciar. Creo que volveré a usarlo, porque total, a ella le gustaba. Rachel le da otro sorbo a la bebida, deja de observar lo interesantes que son las musarañas, y vuelve con nosotros. —¿Qué tal con Mark al final? —Bueno, al hijo de puta le va muy bien. Me ha dicho que vendrá pronto por aquí de visita, para saludar y eso— miento. Me gustaría ni que fuera darle un poco de la verdad, pero la visita fue toda mala, a excepción del principio, el abrazo y todo eso, en el cual pensé que Mark estaba bien incluso y que podríamos solucionarlo juntos. —Oh, guay. Observo de reojo a mi mejor amiga y veo que sigue bebiendo. Eso no es bueno. Tengo que quitarle eso de las manos cuanto antes mejor, o si no va a llegar a casa como una cuba y aún voy a recibir una bronca de sus padres. —Ray...— gruño. —¿Qué? Le arrebato la botella de una vez y la vuelvo a guardar en la bolsa. —Deja de beber, estás empezando a decir incoherencias, y no quiero que tus padres la tomen conmigo. No quiero volver a verlos cabreados. Ella ríe con ganas y después hace un gruñido de queja, conformándose. Ni siquiera hago un esfuerzo por recordar lo que ocurrió cuando pagué la furia de sus padres una buena noche hacía un par de años. Pensé que no me iban a dejar ver a su hija nunca más, ciertamente, pero ya ven. La verdad es que tenían motivos de peso para enfadarse aquella noche. El resto del camino, Rachel camina a mi lado izquierdo mientras a mi lado derecho, cogida de mi mano, va Evan. Hacía tiempo que no iba cogido de la mano de alguien, exceptuando el otro día que le cogí la mano al hermano pequeño de Ray., pero eso no cuenta. Y se siente bien, jodidamente bien. Cálido, y confortante. No sabría cómo explicarlo, pero me encanta, y me doy cuenta de que Evan está conmigo, de que es sólo mía, y no puedo creerlo. Y es entonces cuando me doy cuenta de que me gusta mucho Evan, y no sé desde cuándo. Rachel interrumpe mis pensamientos, poniéndose a contar una anécdota de hace años que recuerda de golpe al ir por la calle. Nunca me imaginé en esta situación: Mi mejor amiga a un lado y mi novia al otro, nosotros callados y ella hablando como descosida. Ray siempre ha tenido un buen aguante al alcohol, puede beber mucho sin acabar muy mal, el problema es que le afecta enseguida, la desinhibe desde el primer trago. Siempre. Así pues, comentamos tonterías de nuestro pasado que, si bien veo que Evan atiende interesada y divertida, le hace sentirse incomoda. Finalmente, dejamos a Rachel en casa, y le dejo el Ron a ella. Mis padres no toman y ni yo ni Evan vamos a hacerlo. Inspiro hondo. Bien, empieza el interrogatorio. —Dime, ¿qué ha pasado? ¿Cuándo has llegado? ¿Qué has hecho? ¿Qué te ha dicho esa loca y cómo te has encontrado con ella? — escupo. Hanna sonríe ante mi retahíla de preguntas. —Llegué a tu casa pasado el mediodía, y estaba ahí Rachel esperándote. —¿En serio? — me sorprendo. —Sí, había acabado lo que tenía que hacer y estaba preocupada por ti, así que a tus padres no les importó acogerla durante unas horas. “Cuando llegué fue muy... incómodo”, a decir verdad. Pensaba que era tu hermana o algo así. Y cuando me presenté como Hanna se lanzó encima de mí; luego me contó que era amiga tuya. -Sí- carcajeo- le hablé un poco de ti ayer. Por eso sabía quién eras. Ella tiene una sonrisilla feliz en el rostro cuando le digo esto que enseguida interiorizo. Supongo que se puso celosa de Rachel; supongo que de hecho hace un rato lo estaba. Ella me conoce muy bien, y está casi siempre conmigo, y puede entrar y salir de mi casa cuando quiera, y conoce a mis padres, de hecho, se llevan muy bien... Todo eso la debió incomodar porque es una libertad tan íntima... Es por eso que el saber que hablo con Rachel de ella, por ahí “presumiendo” de novia, le gusta. Es una sensación agradable, es como si le estuviera diciendo a Rachel “Mira, tú y yo somos muy buenos amigos, pero nada más, es ella quien me enamora y me tiene loco, ya está.” Como si le recordara cuál es su lugar. —Bueno, pues eso, me contó que habías ido a Redruth a ver a un viejo amigo, Mark, que era muy importante para ti o algo así, y que volverías en unas horas, luego estuvimos paseando y hablando de ti de pequeño, y también con tus padres y tal... —Jo—gruño, ciertamente molesto— No es justo. Quería enseñarte yo el pueblo y lo más lógico es que sea yo quien te presente a mis padres... Evan sonríe, entre apenada y divertida. Supongo que ella también lo hubiera preferido así, pero no se le puede hacer nada ya. —¿Y tú día? Mi expresión se endurece. Va a tomarme un largo rato contarle todo paraque lo entienda. Inspiro hondo. ¿Por dónde empiezo? Le recuerdo lo de mi invisibilidad, y lo de mi noche trágica. Le cuento con quién fui a la discoteca, lo que me explicó Rachel cuando llegué ayer... Mi novia no dice nada. Se mantiene en silencio con expresión seria. Cada vez que digo algo fuerte, como el s******o de Javier, inspira hondo o parpadea conmocionada, prueba de que me está escuchando atentamente. Cualquiera se sorprendería. Después de haberme visto volverme invisible, supongo que nada puede resultarle inverosímil ya. Cuando acabo de contar lo de Mark y mi “agradable” charla con él, alza las cejas entre sorprendida e indignada. A continuación, le explico que me atacó con sus bolsas de fuego y me mira de diagonal con un dije de preocupación; como si comprobara que realmente he salido vivo de la habitación y no está viendo alucinaciones. Una vez he terminado de hablar, suspira, pero todavía no comenta nada. Nuestras manos no se han separado ni un momento, y por eso he podido hablar sin trabas, porque me siento unido a ella, me siento bien. Siento que está conmigo, pase lo que pase. Me desanimé con Mark porque al final parecía que podría compartir con alguien mi carga, pero no salió bien. Sin embargo, ahora que está Hanna, no necesito a Mark, y me invade un sentimiento de indiferencia ante lo ocurrido con él. No estoy solo. Tengo a mi novia conmigo. Ella me mira. —Oye, si piensas más en eso, va a estallarte la cabeza, yo... todavía estoy alucinando— se detiene un momento— Te propongo algo. Alzo las cejas. Tiene una sonrisa pícara que me da la sensación de que la conozco desde hace años y esta no es la primera vez que estamos así, compartiendo problemas cómodamente con el otro. —Estamos de vacaciones. ¿Por qué no te olvidas de todo por estos días y.…? — encoge un hombro, sugiriéndome con la mirada. Ella tiene razón, no vale la pena ahora comerme el coco, más cuando ya he visto lo que desquicia pensar en estas cosas. Antes por poco y vuelvo a beber; y a saber qué hubiera ocurrido. Puede que no hubiera pasado nada, y puede que sí. ¿Y si se hubiera agravado todo? ¿Y si me hubiera quedado invisible y no pudiera volver a la normalidad? Trago saliva. Eso habría sido jodido. -Te ayudaré a descubrir lo que está pasando, ¿vale? Pero no ahora. Al menos... deja de preocuparte por unos días. Disfruta de las vacaciones- dice con cierto tono triste- Rachel me ha contado cosas- dice como de pasada, mirando hacia otro lado- De antes del accidente y, parecías tan... —¿Loco? — completo la frase por ella. Sin embargo, no ríe, como esperaba que haría, me observa seria y apenada, con el entrecejo fruncido. Quizá sí he dado en el clavo. Qué demonios, ni quizás ni nada, es verdad. Antes vivía sin preocupaciones, ahora no. Ahora vivo con mi maldición. Acepto la propuesta de Evan. Voy a relajarme por unos días y a disfrutar con mi novia de las vacaciones y que le den a todo. Al llegar a mi casa, mis padres nos saludan felices. Mi madre parece haber rejuvenecido unos cuantos años al saber que tengo novia; y además parece que le gusta Hanna, y mucho. Creo que pensaba que su hijo había muerto. No la culpo, primero le di un susto con el coma, y luego dejé de ser yo. No estudios, no amigos, no novias, no deporte, no risas, no nada. No sabía qué hacer conmigo, pero ha visto que ya he vuelto más o menos a la normalidad de antes, y se ha calmado. —Evan querida— la llama mi madre mientras voy a ayudar a mi padre a poner la mesa para cenar— Ha llamado a tu madre hace un rato, quería hablar contigo, pero le he dicho que todavía no habías vuelto. Llámala después de la cena si quieres. Ella asiente feliz. Mi madre siempre ha sido muy agradable y apacible. No he conocido a nadie a quien no le caiga bien, y es por eso que estoy seguro de que la madre de Evan ha quedado más que encantada con la mía. Sonrío. Por otro lado, creo que nuestros padres también se parecen en ciertos puntos y se llevarían bastante bien si se conocieran. O no, quién sabe. Habría que verlo. Nos sentamos todos a cenar en silencio. Evan exclama con alegría que la comida está deliciosa y mi madre responde con humildad. La verdad es que cocina muy bien. Echaba de menos su comida. Creo que ese fue uno de los motivos por los que mi padre se enamoró de ella. Mi padre es muy corpulento y siempre ha hecho mucho ejercicio, y bueno, la comida que le daban cuando estaba de servicio, no era de lo mejor. Así pues, le gusta comer mucho, y bien. Cuando acabamos de cenar, Hanna sale al porche para poder hablar con su madre. Mi padre está fregando los platos mientras que mi madre prepara un belicoso té para tomarlo mientras ven la tele un rato antes de irse a dormir. Es mi momento. Me acerco con calma hasta mi padre. He estado pensando en el futuro inminente y tengo que consultarlo. —Oye Papá... —Pásame ese plato, ¿quieres? — me interrumpe de golpe. Le acerco lo que me pide y él continua a lo suyo en silencio, fregando. Sé que me está escuchando y espera a que continúe. —Me preguntaba si Evan y yo podríamos dormir juntos. De años de experiencia, he aprendido que mis padres son de los que, si pides las cosas educadamente y las explicas, en el 90% de los casos sales ganando. Pero si las haces como quieres y cuando quieres sin consultar, pensando que está bien, lo más probable es que se enfaden contigo. Por eso, voy por lo seguro. —¿No tienes ganas de dormir en el sofá, ¿eh? — hace una mueca divertida. Sonrío ante la idea. —Pues no— le sigo el juego. Él acaba finalmente de fregar, y se seca las manos con un trapo. Guarda el estropajo y el jabón con calma. Detecto ese brillo divertido en sus ojos todavía, y sé que está de buen humor. —Claro que sí; mientras sólo sea dormir adelante— me hace un guiño. Carcajeo. Mi padre es un as. —Lo prometo. Él asiente y se va a ayudar a su mujer. Bien. Vía libre para esta noche. Realmente no pensaba hacer nada, no estando mis padres en la habitación de al lado, claro. Pero me gusta dormir con ella. Después de la primera vez que lo hicimos, me he sentido bastante incómodo durmiendo solo. Siempre y cuando Hanna no tenga ningún inconveniente, hoy dormiremos juntos de nuevo. Cuando salgo al porche, ella ya se está despidiendo en voz apacible de sus padres. Cuelga justo cuando la cojo por las caderas y pego su espalda contra mi pecho. —¿Todo bien? —Sí— sonríe— Querían saber si había cenado ya y cómo estaba. Asiento y dejo un espacio de tranquilidad entre nuestras palabras. —Podemos dormir juntos hoy si quieres, le he preguntado a mi padre para asegurarme. Ella alza las cejas divertidas y aprieta los labios en una fina sonrisa —Siempre y cuando no hagamos nada más que dormir. Su sonrisa se ensancha irremediablemente y puedo ver sus dientes. Se contiene la risa tonta que le tienta a salir, igual que a mí, porque sabe que he reproducido palabras textuales, además de que, sé que igual que yo, recuerda nuestros besos en el coche de su padre. Nos quedamos así un rato, ojeando el jardín. Sus manos se han posado encima de las mías y con el pulgar me acaricia suavemente. Es entonces cuando recuerdo la hamaca y lo que pensé ayer con Ray. Finalmente me muevo. —Ven. La noche anterior, deseando que ella estuviera y pensando que no la vería en mucho, nunca hubiera imaginado que al día siguiente mismo podría hacer con ella lo que había pensado. Cuando llegamos a la hamaca, veo que ella alza las cejas, entre incrédula y feliz. Después de varios argumentos para convencerla y decirle que sin duda aguantará nuestro peso, se acurruca de lado, a mí derecha. Se queda mirando la luna con paz en la mirada. La hamaca sigue balanceándose suavemente de antes al haber subido nosotros. Yo también ojeo la luna, pero a través de los ojos de mi novia, en un tácito acuerdo mutuo. —¿Qué quieres hacer mañana? — digo al fin. —Lo que quieras, eres tú quien conoce este sitio. Sorpréndeme. Como es cierto, sonrío. ¿Dónde puedo llevarla? Bueno cerca de Plymouth está... En seguida me viene a la cabeza. Sí, puedo llevarla ahí. Es muy bonito. Pero no mañana. Tendría que prepararlo un poco antes. Quizá para pasado mañana o al día siguiente lo tendré listo, mientras tanto tengo que hacer un plan para mañana, pero ¿qué? Bueno, no creo que Rachel le enseñara mucho tampoco. No creo que fueran al puerto, por ejemplo. Eso me trae otra idea bastante atractiva. Está bien, tengo el plan para pasado y para mañana en mi mente y rezo para retenerlos y que no se vayan de ahí. Hay algún que otro pequeño detalle que tengo que aclarar conmigo mismo, pero lo tengo hecho. Sé que le gustará. Esa noche, Hanna duerme acurrucada contra mí y puedo descansar oliendo su aroma y sintiendo su calor a mí lado. Nunca había dormido en esa cama tan bien como lo hago con ella entonces. De hecho, cuando me vuelvo invisible, Evan se queda a mi lado e, increíblemente, sigo sintiendo su calor. Esa noche, no paso frío.
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