Su respiración era cada vez más irregular y pesada. Se me hacía eterno el tiempo; parecía un idiota estorbando. Dejé de masajear sus hombros, me levanté para enrollarme las mangas de mi camisa y me puse al lado de la bañera, llevando mis manos a su barriga y dándole caricias a su alrededor, llevando el agua a ella. —Un poco más, aguanta un poco más... ya mandé a mis hombres por el doctor— Abría sus piernas, dejando ver todo de ella. Lo vi, pero no tenía intenciones sucias, y menos en este momento. Sus manos se sujetaron a las orillas de la bañera, apretando con cada contracción. No emitía ni un ruido, más que quejidos ahogados. Me desesperaba, y más al ver sangre en el agua saliendo de su intimidad. No me daba asco; más bien, me estaba asustando. No tenía idea del porqué le estaba pasand

