Tuve que revisar el celular para saber a dónde tenía que ir. Había veces que se me olvidaba; no recordaba lapsos de tiempo y, cuando me daba cuenta, estaba confundido, sin entender qué era lo que estaba haciendo. Por fortuna, el mayordomo conocía todo de mí y sabía cada detalle de lo que hacía y a dónde iba. Le pidió a mi chófer que me llevara al destino: una pequeña reunión. En todo el camino, no dejé de pensar en ella. Estaba viendo por la ventana del auto, pensándola con una sonrisa. No me había percatado de la mirada desde el retrovisor, que mi chófer me veía de vez en cuando. —¿Se encuentra bien, señor? ¿Necesita algo?— No entendía su pregunta, pero se escuchaba nervioso. Estaba bien, no me sentía mal, ¿por qué lo preguntaba? —Sí, estoy bien, gracias por preguntar. No necesito nada

