6. ¡Solteros!

2204 Palabras
— Buenas noches doctor Montalvo ¿todavía va a continuar trabajando? ¿Quiere que le pida algo de cenar? — Sí Rosy, por favor, pídame la hamburguesa más tóxica que encuentre, muero de hambre y todavía tengo trabajo para toda la noche. — Veo que su investigación va muy avanzada, es un gran honor para mí trabajar con alguien como usted. Tan joven y tan dedicado a la búsqueda de medicamentos, para mejorar la calidad de vida de los pacientes. — Gracias Rosy, es increíble cómo la alimentación repercute de manera tan drástica en la salud. Yo sólo quiero ayudar en lo que está a mi alcance, para eso me estoy formando. — ¿Y entonces por qué pide una hamburguesa tóxica? — Ja, ja, ja, Porque no es malo comer hamburguesas, lo malo es abusar de su consumo, además los que pueden ser perjudiciales son los ingredientes. Sólo cuando los agricultores utilizan fertilizantes químicos que, sin duda pueden llegar a concentrarse en los alimentos. Además, lo de hamburguesa tóxica… es sólo porque así les llama mi novia. Como ensalada con ella todos los días, y cuando estoy solo, me gusta liberarme un poco. — ¡Qué bueno que me lo aclara! Cada vez que dijo “hamburguesa tóxica”, me imaginaba algo así como un veneno de buen aroma y riquísimo sabor; ahora sí, se la pido y me voy. — ¡Gracias Rosy! Descansa. — Igualmente, y no se vaya tan tarde, porque también necesita descansar. César Montalvo, a sus veintinueve años, tenía especialidad de médico nefrólogo. Y además de su consulta privada, era uno de los mejores cirujanos especializados en trasplantes de riñón, gracias a ello, diferentes laboratorios lo buscaban para que colaborara en los protocolos de investigación, y para testear la calidad de diferentes medicamentos. Pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando, y su poco tiempo libre lo dedicaba por completo a Yuridia, su novia, a quién había conocido tres años antes en la boda de un médico compañero del hospital. Desde que lo vio sentado en su mesa con una copa en la mano, Yuridia supo que él era el elegido y tenía que conquistarlo. Era joven, guapo y con un futuro brillante cómo médico, se encargó de averiguar todo de él antes de acercarse. Ella era una mujer hermosa, su cabello n***o resaltaba la delicadeza y el vigor de su esbelta figura. Trabajaba como asistente en un despacho de abogados, y su único objetivo era conseguir un buen partido, para asegurar su futuro. Comenzaron a salir y su relación avanzó muy rápido. Antes del año ella ya se había mudado con él a su departamento, hasta usaba uno de sus autos como propio. César la quería mucho, le confortaba saber que ella respetaba su trabajo, sin hacer drama cada que a él le tocaba hacer guardia o trabajar hasta tarde; al contrario, se mostraba muy comprensiva con la vida tan ocupada del médico. Recibió su tóxica hamburguesa de viernes por la noche y cenó para continuar trabajando. Le avisó a Yuridia que se quedaría en el hospital, debía terminar un informe para el laboratorio, incluso se llevó ropa para ducharse allí, y quedarse a su guardia diurna al día siguiente. Comenzó a trabajar en el informe, estaba concentrado en su trabajo hasta que una voz lo sacó de su concentración. — Vi luz en tu oficina y supuse que estabas trabajando, te traje un café ¿cómo vas con el informe? — ¡Hola Diana! ¡Gracias! Es justo lo que necesitaba, ya me está pegando el cansancio, llevo dos noches durmiendo un máximo de dos horas. — Estoy de guardia nocturna, pero está todo muy tranquilo ¿Quieres que te ayude? En la secundaria llevé mecanografía y soy muy rápida escribiendo, si me dictas podemos terminar más rápido, así aprovechas y duermes un poco. — Sí, gracias, te voy a tomar la palabra así me despejo un poco, o el cansancio me va hacer cometer algún error. — Eso lo dudo mucho, eres demasiado meticuloso y perfeccionista. — Eso es lo que todos dicen, pero soy muy normal. Sé que me equivoco bastante, es sólo que reviso todo cien veces, y más también. — ¿Estás listo para tu ponencia en el congreso universitario? — No, todavía no termino mi presentación, lo haré apenas entregue este informe ¿Tú irás? — A mí no me invitaron, en este hospital la eminencia eres tú. — No digas eso, tú también eres un excelente médico, y tus alumnos en la universidad te admiran. Comenzaron a trabajar, Diana escribía casi igualando la velocidad del dictado de César. Iban a dar las dos de la mañana cuando terminaron y ella regresó a su consultorio. Fueron compañeros en la universidad, ella siempre estuvo enamorada de él, cosa de la que él jamás se percató. Y cuando Cesar comenzó su relación con Yuridia, Diana se dio una oportunidad con alguien más, ahora estaba casada y había adoptado un bebé. César leyó el informe por última vez para asegurarse de que no hubiera errores, recién entonces lo envió al director médico y al laboratorio. Vio la hora faltando veinte minutos para las tres; su guardia comenzaba a las ocho de la mañana, así que pensó que era mejor ir a dormir a su departamento. Dormir cuatro horas en su cama, iba a ser más reparador que quedarse en el incómodo sofá de su consultorio. Pidió un auto de alquiler, no quiso conducir porque temía quedarse dormido al volante. En veinte minutos ya estuvo en su departamento, le extrañó no ver el auto de Yuridia en el estacionamiento, seguramente se había quedado en casa de su madre; lo hacía regularmente cuando él tenía guardia nocturna, para no quedarse sola en casa. Entró y efectivamente ella no estaba, se duchó rápidamente para quitarse el olor a hospital y se acostó a dormir, estaba demasiado cansado. El ruido de la puerta y las risas de Yuridia lo despertaron, parecía que venía acompañada, la voz de un hombre lo puso alerta, después de tres años de relación nunca imaginó que pudiera traicionarlo. Se levantó y se puso el pantalón del pijama, se quedó esperando a que la puerta de la habitación se abriera, no quería darle oportunidad de fingir que no pasaba nada. La puerta se abrió de golpe, la mujer en ropa interior colgada a horcajadas del cuerpo de un hombre musculoso, ya sin camisa ni pantalones, no dejaba lugar a dudas. — ¡Buenos días! — Les dijo para que notaran su presencia. — ¡César! Mi amor…  dijiste que te ibas a quedar en el hospital, esto… no es lo que estás pensado. — ¿Mi amor? ¿No es lo que estoy pensando? Mira Yuridia, ahórrate tus explicaciones, no hay nada qué explicar. César abrió el closet y tomó la ropa de ella, salió de la habitación y desde la puerta de entrada, arrojó la ropa de la mujer al piso. — ¡Lárgate de mi departamento ahora! — ¡Pero César! Mi amor, yo te amo, perdóname, te juro que nunca te he engañado. No sé qué me pasó, bebí demás, pero todavía no ha pasado nada. El hombre se vistió rápidamente y salió corriendo del departamento, sin importarle lo que pasara con su amante. — ¡No me importa si es la primera o la enésima vez, lárgate de mi departamento y de mi vida, no quiero volver a verte! — Pero César, tú sabes que no tengo a dónde ir. — Puedes irte con tu madre o con tu amante, no me importa si tienes que dormir en una banca en el parque, lárgate ya. — Está bien me voy, pero que te quede claro que todo esto es por tu culpa. Porque nunca estás cuando te necesito, porque vives metido en ese hospital y nunca te interesas por mí, ni por lo que estoy haciendo. — ¿Me vas a culpar por haberme puesto los cuernos? Eso es no tener vergüenza, si tanto te molestaba mi trabajo, pudiste decírmelo y terminar conmigo antes de empezar con alguien, y todavía tuviste la desfachatez de traerlo a mi casa. — Ya te dije que nunca lo había hecho, y hoy ni siquiera llegamos a nada, no es para que te pongas así. — ¿Y si yo no hubiera estado? Yo los vi muy dispuestos a que pasara todo, por favor Yuridia, no me quieras ver la cara de pendejo porque no lo soy, lárgate de una vez. La mujer comenzó a caminar hacia la puerta, tomó su ropa que había quedado tirada en el piso y se vistió. — ¡Ah, espera un momento! — se acercó a ella y le quitó su bolso de las manos, sacó su cartera y le sacó las llaves del auto y la tarjeta de crédito que le había dado. — ¡No me puedes hacer esto! merezco llevarme el coche por haber tenido que soportarte tanto tiempo. — No te mereces nada, ahora sí, ya te puedes ir. La tomó del brazo para llevarla hasta afuera y cerró la puerta. — ¡Carajo! — Gritó y entró al baño para tomarse un analgésico. Con la desvelada y el coraje, le había dado un fuerte dolor de cabeza. Se tomó los analgésicos y fue a la cama para quedar profundamente dormido. Cuando despertó se dio cuenta de que lo que había pasado, y no le había dolido en absoluto, de hecho, le había causado una especie de paz mental. A menudo se estresaba cuando ella le pedía que salieran, o que tomara vacaciones y él no podía hacerlo por la demanda de su profesión. Se duchó para despejarse y se fue al hospital a cumplir su guardia. El día se le pasó rápido y terminó su turno sin ningún contratiempo, estaba por irse a casa cuando alguien llamó a la puerta del consultorio. — ¡Adelante! —La puerta se abrió —¿Eduardo? ¿Qué haces en México hermano? ¡Cuánto tiempo sin verte! — Vine a comprar maquinaria para un proyecto de hidroponía en el que estoy trabajando, y aproveché para pasar a saludarte, como sé que vives en el hospital, estaba seguro de que te encontraría aquí. — ¡Genial! Justamente estoy terminando mi guardia y voy de salida ¿Tomamos algo? — ¡Excelente, porque vengo llegando de Álamos, muero de hambre! — Entonces vayamos a comer, yo invito. Eduardo Falcón era el mejor amigo de César, ambos eran originarios de San Luis Potosí, estudiaron juntos el bachillerato y luego viajaron a la ciudad de México. César estudió Medicina y Eduardo Ingeniería en agronomía, especializado en desarrollo sustentable. Él trabajaba asesorando a los gobiernos de diferentes estados en la implementación de proyectos para apoyar a la agricultura. — ¿Estás en Álamos? La última vez me dijiste que estabas en Zacatecas. — Sí, estoy llevando los dos proyectos a la vez y he tenido que viajar mucho. Pero ya vez, esto es lo que me gusta, sobre todo porque estoy ayudando a los campesinos más vulnerables. — ¿Cuánto tiempo vas estar en la ciudad? ¿Dónde te estás hospedando? — Estoy en un hotel a tres cuadras del aeropuerto, sólo estaré dos o tres días. — ¿Por qué no te vienes a mi casa? Así nos echamos un partido, hace mucho tiempo que no jugamos. — Wey, siempre te gano, los videojuegos no son lo tuyo. Además, no quisiera molestar, ya sabes que tu mujer y yo no nos llevamos de lo mejor. — Ex mujer, le acabo de echar a la calle esta madrugada. — ¿En serio? ¡No lo puedo creer! Yo estaba seguro de que ya te había “cazado”. — Afortunadamente me di cuenta a tiempo de que me estaba poniendo los cuernos, la caché con su amante en mi casa. Pero ya no quiero hablar del tema, esa mujer está fuera de mi vida. — No lo puedo creer, por algo nunca me cayó bien, nunca la sentí sincera del todo. Pero bueno demos vuelta a la página, entonces comemos y voy por mi equipaje, va a ser un placer vencerte de nuevo. — No estés tan seguro de eso ¿Y tú? ¿Cómo vas? ¿Sigues con Valeria? — No, eso terminó hace tiempo. No pudo con mi ritmo de vida, y menos cuando le dije que me iba a vivir al campo, me dijo que ella y los pueblos no se llevaban, así que los pueblos y yo la dejamos. — Hermano, nacimos para ser solteros. En dos semanas me voy a un congreso a Cancún, me invitaron a dar una ponencia sobre la importancia de la alimentación para el cuidado renal. — ¿En serio? Yo también voy, daré una charla sobre la importancia de la selección de fertilizantes orgánicos. — Ni hablar, hace mucho que no tomo vacaciones y ese congreso va a ser una buena forma de relajarme del estrés. — Tú y yo juntos en Cancún wey, y rodeados de universitarias, como en los viejos tiempos. — ¡Ya estás hermano! el destino me dejó soltero justo a tiempo.    
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