CAPÍTULO TREINTA Y TRES El interior del vestíbulo era sobrio y moderno, y me pregunté si me recibiría otra Mabel. Detrás del mostrador había un hombre treintañero de piel morena que levantó la mirada del ordenador cuando me acerqué. El blanco impoluto de su camisa hacía un bonito contraste con su piel y resaltaba las uñas arregladas que se apartaron a regañadientes del teclado. —Buenos días —dijo con acento de Oxford y unos dientes brillantes que, noté, estaban fascinantemente torcidos. Cuando le dije mi nombre sacó una llave y me pidió que lo siguiera por el pasillo que se abría en un gran patio interior octogonal. Al entrar, la luz del sol estalló desde detrás de una nube como un foco que señalara nuestra llegada. El patio era una extensión del edificio georgiano original, cuya fachada

