CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO En medio de la tranquilidad mi mente volvió a Agnodice. Realidad o ficción, me había afectado, aunque no estaba segura de cómo o por qué. Busqué mentalmente la cara de la doctora Lorenzo por su parecido con mi mujer mística. Aunque podía racionalizar las similitudes (el pelo claro y los rasgos aguileños eran rasgos en común), no podía afirmar con certeza instintiva que se trataba de la misma persona. Pero no entendía qué podía significar. Admitía que quizás algo restringía mi visión. Había montones de angustias internas para restringirla: la muerte de Bonnie, la marcha de Julian, una carrera suspendida en el aire. Si indagaba más a fondo, podría encontrar más: una relación enrevesada con mi madre, el miedo a la infertilidad por el paso del tiempo y, cuando lo adm

