Capítulo 4

1334 Palabras
CAPÍTULO CUATRO Mientras hacía la maleta llegó Madeleine con artículos de viaje, que desparramó sobre la mesa de comedor: almohadas hinchables, antifaces, botellas, bálsamo labial… —Regalos —declaró—, de uno de mis clientes. —¿Puedes irte sin problemas? —James puede llevar el negocio con los ojos cerrados. Madeleine había montado su empresa de paisajismo de tal modo que ya contaba con empleados. —Seguramente me quede obsoleta —añadió. —Lo dudo —dije, y así lo creía. Mi hermana era el genio creativo y de negocio detrás de Gorgeous Gardens. —Y… —colocó los objetos de la mesa sin prestar atención—. No te he preguntado qué has averiguado acerca de Cos. —No mucho. —Le conté lo poco que sabía. Rebuscó en su bolso hasta sacar un cuaderno que agitó ante mí. —¿Qué es eso? —Se lo cogí. —Los frutos de mi investigación. Notó la sorpresa en mi cara. —Bueno —respondió al ver mi ceja arqueada—, no creí que estuvieras en condiciones de hacerlo y… —Tú sí —me reí, agradecida de que mi hermana fuera tan previsiblemente impredecible. Se abrió la puerta del baño. Madeleine se paró, formando una imponente silueta en el marco de la puerta. —Salgamos de aquí —dijo, pero no pude ver el movimiento de sus labios y la frase resultaba extrañamente inquietante. Obediente, bajé de la litera y me vestí. Probamos suerte con la hostil tripulación y con otros pasajeros. Los motores redujeron el ruido y el ferri aminoró el ritmo. Desde las ventanas de una sala semivacía de la cubierta superior pudimos ver un borrón de luces de islas. La voz de los altavoces crujió que estábamos llegando a Kálimnos. Fisgoneando en la oscuridad al tiempo que el ferri acercaba su popa al muelle, pudimos ver un viejo fuerte teñido de color ámbar por las luces que apenas iluminaban el puerto. Solo unos doce pasajeros desembarcaron y fueron engullidos por la noche al final del muelle. —Ya falta poco —murmuré para mí y para Madeleine. No respondió. Cuando por fin embarcamos en el avión a Grecia solté un suspiro de alivio. Las despedidas no eran mi punto fuerte, y me había irritado la repentina muestra de afecto de mi madre. De camino a Singapur, Madeleine estaba excitada. Cuando salimos hacia Atenas, estaba extenuada. Compartía su entusiasmo por dejar Melbourne, y mi vida en realidad, pero también me sentía como si estuviera huyendo. Siempre había estado orgullosa de mi capacidad para completar cualquier cosa que hubiera empezado e ir un poco más allá. Mi padre, aunque siempre me animaba y se sentía orgulloso de mí, había, de la forma más diplomática, sugerido que me tomara las cosas con más calma. —Has logrado tanto, Dana. ¿Qué más necesitas? Agradecía su preocupación, pero nunca tuve la sensación de llegar a poder exigirme demasiado. Disfrutaba con el reto de aprender más, especialmente acerca de mi profesión, y disfrutaba con el éxito. Yéndome, me sentí como si admitiera la derrota y me pregunté si tendría que haberme quedado, para enfrentarme a quienes me criticaban y reanudar mi trabajo. Sin embargo, en algún punto del camino perdí la predisposición a hacerlo. En aquel largo vuelo mis pensamientos divagaron hasta el día que cambió mi vida, del mismo modo que lo habían hecho casi cada minuto de cada día durante meses. Mientras Madeleine dormía, traté de alejarlos, pero eso requería una energía agotadora. Una y otra vez había repasado lo ocurrido aquel día, buscando algo que podía haber pasado por alto (alguna señal clara de mi culpabilidad o, y odio admitirlo, de la de otra persona), pero no podía encontrar nada y los hechos se habían distorsionado con el tiempo. Todo lo que pasó aquel día parecía un error, casi siniestro, pero era un sentimiento surgido en retrospectiva. Había atendido mis consultas y un parto; había asistido otros dos, uno con complicaciones y el otro de un bebé muy prematuro. Después de catorce horas sin parar, estaba cansada. Justo cuando me disponía a irme a casa, Bonnie, una de mis pacientes, ingresó por Urgencias con una abundante hemorragia. A pesar de estar muy acostumbrada a ver sangre, esta vez me impactó, y durante las semanas siguientes fluyó como un arroyo de plasma con coágulos oscuros y maléficos que teñía mis sueños. Recuerdo cómo solté el bolso, y cómo me enfurecí por la frustración cuando los guantes de goma se enrollaban en mi mano mientras intentaba ponérmelos a toda prisa; y recuerdo al marido de Bonnie, pálido de terror. Bonnie precisaba una cesárea de urgencia, pero los anestesistas estaban ocupados con otros casos igual de urgentes. No tuve más remedio que ponerle yo misma la anestesia, pero no pude introducirle el tubo en la garganta. El recuerdo de cómo se ahogaba intentando respirar me persiguió durante los días posteriores. A partir de ahí, todo se vuelve confuso a causa del tiempo y el shock. En los sueños que tuve después, presionaba el tubo cada vez más en su garganta. En algunos de esos sueños, los ojos de Bonnie observaban a los míos con una atención desconcertante; en otros, me suplicaban que le salvara la vida. Según lo que dicen todos, actué con prontitud y capacidad (ese fue el veredicto, basado en los testimonios de quienes habían estado presentes) pero yo no estaba convencida. Bonnie murió por asfixia y poco después nació su hija. Me recosté en el asiento, sintiendo crecer en el pecho la desesperación de costumbre. Las técnicas de respiración profunda solo conseguían empujarla al fondo de mis entrañas. Busqué a tientas el bolso que había guardado bajo el asiento y saqué parte del material que Madeleine había reunido para investigar: dos libros pequeños y algunas páginas con anotaciones que había tomado de otros libros de mayor tamaño de la biblioteca. Abrí uno de los libros, un tratado con una selección de escritos de Hipócrates, y ojeé sus páginas. La introducción era académica y tediosa, pero las páginas siguientes contenían una colección de cartas y discursos que se le atribuían. En el lado izquierdo de cada doble página el texto estaba escrito en griego (griego antiguo, deduje) y la traducción al inglés estaba en el derecho. La parte inicial, según leí, se trataba de una súplica de los habitantes de Abdera a Hipócrates para que sanase a su venerado Demócrito, porque temían que se estuviese volviendo loco. Pero Hipócrates sospechaba que Demócrito mostraba signos de alcanzar una inmensa sabiduría, cuyos síntomas eran interpretados como locura. Me pregunté si mis propios síntomas durante los últimos meses se corresponderían con algún estado de desequilibrio mental. Continué leyendo cómo Hipócrates narraba un sueño: «Creí ver al mismo Asclepio… acompañado por serpientes. Me giré y vi a una mujer alta y hermosa con trenzas en el pelo… “Te ruego, mujer excelente, ¿quién eres y cómo debemos llamarte?”». Me quedé atónita. Aunque empleando un estilo de lenguaje particular, la mujer del sueño de Hipócrates se parecía a la del mío. Releí el fragmento para convencerme de que estaba siendo fantasiosa, de que me había aferrado a uno o dos elementos, la serpiente y la mujer, que podían aparecer representados en los sueños de millones de personas. Cuanto más leía, más me afectaba. Saqué de mi bolso la carta de Cos y la dejé sobre la bandeja que tenía delante. Recorrí lentamente con el dedo la versión en griego del sueño de Hipócrates, comparando minuciosamente los caracteres griegos con los de la página de la nota. Los identifiqué en la Carta 15. Madeleine se movió y abrió los ojos, espabilándose al ver la carta y el libro abierto. —¿Has encontrado algo? —Mmm… —calmé la respiración—. Echa un vistazo a esto. Le conté mi sueño y lo que había encontrado en el libro. Se sentó, entusiasmada pero no sorprendida. Para ella, nada era una coincidencia. —¿Qué partes del sueño se corresponden con las cartas griegas? —dijo, moviéndose en el asiento. Leí en voz alta la traducción previa: «¿Y cómo debo llamarte?». Y estaban las tres palabras de la nota: «”Verdad”, dijo ella». Me temblaba la mano y Madeleine puso la suya encima del mismo modo que había hecho cuando llegó la primera carta de odio antes de que me exculparan.
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