– ¡Mamá! ¡Mamá! –gritaba sin detenerse una voz aguda de un chico, la fuerte tormenta nevada se llevaba la voz de un lado a otro. Su mandíbula se agitaba fuertemente debido al brutal frío que arrastraba consigo múltiples copos de nieve.
– ¡Mama! Por favor… responde… –seguía diciendo entre sollozos. Una helada lágrima comenzaba a deslizarse por su mejilla derecha. Hace tan solo unos minutos su vida era la común, aburrida y rutinaria vida de un adolescente citadino…
***
– ¡¿Qué?! ¿De nuevo comeremos coliflor? Sabes que odio la coliflor mamá –reprochaba el joven de mediana estatura. Su cabello de color café tostado se deslizaba por su frente en ondas. Con los ambarinos ojos observaba el plato servido en la mesa mientras su madre, Anabelle, continuaba colocando sus alimentos. Movía de un lado a otro los vegetales con el tenedor mientras hacia una mueca de desagrado.
–Y tú sabes que, por ahora, es lo que tenemos para consumir, Jaen.
El chico dejó salir un suspiro por su boca mientras elevaba la vista hacia su madre, quien se dirigía al refrigerador en busca de la pequeña jarra con jugo. Jaen era el hijo único de Anabelle. Una pequeña familia de escasos recursos, la cual se alimentaba con el poco salario que ganaba la madre en los dos humildes y muy agotadores empleos.
–Lo siento mamá. Es solo que…
–No importa Jaen. Me conformo con que dejes el plato reluciente –la sonrisa de su madre se hizo presente al mirarle.
Anabelle se acercó a la mesa y sirvió el jugo en los dos vasos de cristal que aguardaban vacíos junto a los platos de cada uno. Esta se sentó frente a su hijo para comenzar a comer juntos, como de costumbre. Ambos se tomaron de la mano para dar gracias por la comida. Luego de esto estaban listos para ingerir los pocos alimentos que había logrado preparar Anabelle con los escasos ingredientes que poseía.
–Oye mamá –hablo Jaen con comida en la boca, alternando el masticar con el hablar–. Mei me ha prestado un libro sobre mitología. Ella dice que habla de extraños monstruos. Me decía que estaba aquella mujer con cabellos de serpiente… Me… Mi…
–Medusa –dijo Anabelle completando la frase de su hijo
– ¡Si Medusa! –el joven parecía satisfecho–. Y dime, todos esos extraños seres mitológicos… ¿existieron en algún momento?
– ¿Cómo te sentirías si tuvieses frente a ti a un enorme centauro? –inquirió la madre tomando un trozo de vegetal con su tenedor y llevándolo a su boca.
–Comenzaría a gritar y correría como loco, creo… –con tan solo imaginárselo Jaen sintió temor.
A Anabelle se le hizo difícil el evitar reírse ante la espontanea respuesta de Jaen, dejando ver su pulcra y casi perfecta dentadura y apareciendo en su rostro un par de líneas que separaban su boca de sus mejillas. A los lados de sus ojos celestes aparecieron también múltiples arrugas. La mirada de esta se movió hasta su hijo mientras tomaba una servilleta y comenzaba a limpiar su boca al haber terminado la cena.
–Por razones como esa es que no existen semejantes criaturas Jaen.
–Pienso que el mundo fuera más divertido si existieran criaturas extrañas –Jaen bufó.
–Y yo pienso que es hora de ir a dormir, pequeño soñador.
–Hablo en serio mamá –Si, allí estaba el típico tono de fastidio cuando debía ir dormir.
– ¿Y crees que yo estoy de broma? –Su madre alzó una ceja levantándose rumbo a la cocina–. Mira la hora. Son casi las 10 pm y mañana tienes escuela. Debes ir a dormir…
Sin terminar su frase, Anabelle sintió como su mundo dio un par de vueltas frente a ella y sus fuerzas menguaron considerablemente. La mujer rápidamente se sujetó del lavaplatos para evitar desplomarse en el suelo. Pudo ver sus arrugadas y desgastadas manos sostenerse, apretando los largos y delgados dedos con fuerza. Tener dos trabajos durante el día y no descansar pasaba factura.
– ¡MAMÁ! –Jaen se levantó rápidamente de la silla para sujetar a su madre por un brazo–. ¿Estas bien? ¿Qué te ocurre?
–No es nada Jaen –Anabelle respiraba con dificultad y movía sus pálidos labios para hablarle a su hijo–. Solo necesito descansar. Eso es todo.
–Entonces vamos. Te ayudare a subir a la habitación.
Ambos caminaron hacia la habitación de Anabelle, esta iba apoyada del hombro de su hijo mientras pasaban a través de la casi vacía sala de la casa. Solo estaba llena por un polvoriento mueble de color escarlata y una mesita pequeña de tres patas en una esquina sobre la cual descansaba un viejo y deteriorado jarrón con unas marchitas rosas que en un tiempo fueron tan rojas como la sangre, pero que ahora eran color marrón. Las paredes decoloradas tenían un tono grisáceo, perdiendo totalmente el color en algunos puntos, los cuales parecían manchas. Las filtraciones deterioraban la casa. El suelo de madera se encontraba opaco, pero limpio.
Al llegar a la habitación, Anabelle se fue a la cama. Jaen se dirigió a su recamara sin dejar de preocuparse por su madre. Siempre había sido una fuerte y vigorosa mujer, pero desde la muerte de su padre (hacía un año) había tenido que trabajar más horas en un día, ocupando en su totalidad el espacio del “descanso”.
Luego de llegar a su recamara se dejó caer sobre la cama. En la pared se veían algunos posters de series anime, las cuales eran las favoritas de Jaen. El techo estaba adornado con viejas calcomanías de astros celestes. Sobre la mesita de noche descansaba el libro del que Jaen había hablado con su madre mientras cenaban. Aunque se sentía ansioso y con curiosidad de lo que aguardaban las páginas de este, sus parpados estaban pesados y se cerraban solos. Sin siquiera percatarse, Jaen se sumió en los brazos de Morfeo.
***
–Jaen –la delicada voz de Anabelle acariciaba los oídos del dormido castaño–. Jaen despierta que llegarás tarde a la escuela. El desayuno está servido en la mesa. Te quiero.
El chico se sentó en la cama mientras sentía la luz solar que entraba por la ventana y le daba en la cara. Con sus manos frotó sus ojos para luego comenzar a ubicarse totalmente en el entorno en el que se encontraba.
El pelimarrón se levantó a lavarse los dientes y a tomar una ducha. Como de costumbre el desayuno estaba servido en la mesa. Un par de sándwiches tostados con jugo de sandía lo aguardaban en el comedor. Anabelle comenzaba a trabajar desde muy temprano y regresaba a casa cuando ya el sol se había puesto.
Mientras Jaen comía rápidamente escuchó el timbre sonar.
– ¡Ya voy! –Gritó acomodando velozmente sus despeinados cabellos oscuros. Al llegar a la puerta, pudo ver por la mirilla de esta que se trataba de una chica rubia, en buena forma y con ojos azules fijos en su celular. Llevaba puesta una camisa de botones de color blanco y una falda de color azul marino. El uniforme escolar. Sostenía un bolso de mano de rojo con lunares negros, donde tenía sus libros de la escuela. Era Mei, su mejor amiga.
– ¡Hola Mei! –saludó un poco preocupado.
– ¡Hey Jaen! –la voz indiferente de la chica evidenciaba su forma de ser–. ¿Estás listo para irnos?
– ¡Sí! Ya casi estoy –mordió su labio ligeramente– Solo me falta…
–Te falta todo. No puedes ocultar el hecho de que de nuevo te has quedado dormido –Mei le recriminaba con la mirada.
–No es eso. Es que… –Ah, excusas, excusas y más excusas–. He tenido un problema y…
– ¡Vamos ya deja de mentir! El único problema que has tenido son las sabanas pegadas a tu cuerpo por más tiempo del debido –ver a Mei con el ceño fruncido generaba un poco de miedo, Jaen lo reconocía–. Ahora ve a terminar de vestirte que ya es tarde.
–Si, en cinco minutos estoy de vuelta.
Mei cerró la puerta tras de sí mientras veía como Jaen subía las escaleras corriendo y tropezando con las mismas. Suspiró negando con la cabeza. Probablemente el chico nunca tendría remedio. Detallaba las gastadas paredes de la casa acercándose a las rosas que yacían en el jarrón viejo y deteriorado. Tomó una de estas con delicadeza con un rostro pensativo. “La vida de las plantas es similar a la de todo ser vivo. Todos vamos a un mismo rumbo. Si tan solo viviéramos por más tiempo…” pensó. Se dejó caer luego en el sofá que estaba en la sala y rebusco en su bolso, sacando de este su carterita de maquillajes para hacer algunos retoques finales mientras Jaen bajaba.
Al cabo de unos minutos (veinticinco aproximadamente) Jaen regresó a la sala. Su cabello iba peinado y brillante, dejando ver algunos destellos marrones claros. Llevaba puesta su clásica camisa blanca y un pantalón azul marino. Su bolso lo llevaba colgado de un solo hombro.
–Y se suponía que solo tardarías cinco minutos ¿no es así? –Mei estaba disgustada.
–Lo siento, es que…
–Ya deja de hablar y vayámonos. Llegaremos tarde.
Mei terminó de aplicar su labial vinotinto y guardó de nuevo todo su equipo de maquillaje. Se levantó del sofá y camino hasta la puerta. Al salir ambos de la casa comenzaron a caminar en dirección a la escuela. Fue en ese momento cuando un fuerte viento sopló. Los enormes nubarrones de color gris oscuro comenzaron a cubrir el cielo de forma inmediata. El fuerte sonido de los truenos se oía, atemorizando a todas las personas cercanas. Estos rápidamente se preparaban con sus respectivos paraguas, impermeables, entre otras cosas.
– ¡Demonios! ¡Lo que faltaba! Ahora va a llover– reclamó Mei mirando al cielo.
–Esta mañana no parecía haber nubes de lluvia ¿o sí?
–El calentamiento global genera que el clima parezca una ruleta rusa. Yo no traigo paraguas en mi bolso –la rubio chasqueó su lengua–. Si no corremos nos vamos a mojar.
–Bien. ¡Rápido!
Ambos comenzaron a correr rápidamente para llegar al instituto antes de que la lluvia los alcanzara. El cielo cada vez se llenaba más de oscuros nubarrones que parecían que estuvieran a punto de estallar. Fuertes vientos empujaban todo a su paso, llevándose pañuelos, sombreros, gafas y muchos accesorios que no podían sujetar bien sus dueños. Los árboles se sacudían fuertemente como si el aire los quisiera arrancar de raíz. Era un ventarrón fuera de lo común.
El cabello de Mei que iba sujetado por una cola de color n***o se soltó, llevándose el viento consigo dicho artículo. Sus rubios mechones dieron con su cara y se movían con fuerza hacia el norte.
– ¡Mi cola! –La chica se detuvo para intentar tomarla antes de que esta se fuera pero fue muy tarde–. ¡El viento se ha llevado mi cola!
Su voz apenas se podía oír entre el estruendo causado por las corrientes de aire.
–Mei, esto no es una lluvia común. Se aproxima una tormenta –el fuerte sonido de las corrientes de viento obligaba a Jaen a gritar para poder ser oído–. Creo que deberíamos regresar y refugiarnos. Es peligroso ir por la calle así.
– ¡Pero tenemos examen de historia!
–Y si seguimos seremos historia. Así no podremos llegar al instituto. ¡Es muy riesgoso!
– ¡Rayos!- dijo Mei dejando salir un suspiro de molestia ligada con aceptación –Tienes razón. Así no podemos seguir.
–Vamos a casa. Allí esperaremos a que…
– ¡Hey! ¡Chicos! –Voces nuevas llegaron a sus oídos.
Mei y Jaen voltearon sus rostros al lugar de donde provenía la voz que parecía llamarlos a ellos. Corrían hacia ambos un par de chicos agitando sus manos para hacer que estos los vieran. Los cabellos azabaches del chico se movían fuertemente por el viento. Ella sujetaba su falda mientras corría para que esta no se levantara. Como algo asombroso traía aun su rojizo cabello amarrado en una trenza. Sus gafas estaban sostenidas con su otra mano.
– ¿Mary? ¿Hide? –Mei alzó una ceja.
–Creía que ya estaban en el instituto –dijo Mary al llegar hasta ellos
–Alguien se tardó más de lo debido –la rubia lanzo una mirada acusadora hacia Jaen, a lo que este se encogió de hombros.
–El punto es que se avecina una fuerte tormenta. Es extraño ver este tipo de fenómenos aquí –interrumpió Hide.
–Es cierto. Vayamos a mi casa. Creo que allí podemos refugiarnos hasta que esto pase.
Los cuatro adolescentes emprendieron su camino hacia la casa de Jaen, corriendo con dificultad en contra del viento y observando los deslumbrantes y enceguecedores relámpagos y rayos que el cielo n***o reflejaba.
Finalmente llegaron sanos a su destino. Jaen abrió la puerta rápidamente a lo que todos entraron. Gotas de lluvia comenzaron a caer del abarrotado cielo. Una tras otra. En menos de un instante un inmenso aguacero se oía en las afueras de la casa.
Un ruido se oyó en la cocina, lo cual le fue muy extraño a Jaen debido a que no debía haber nadie en casa a las ocho de la mañana. Mientras sus amigos observaban el aguacero desde la ventana, el chico se dirigió a la cocina, lugar en el cual vislumbró la silueta de una mujer de cabellos marrones.
– ¿Mamá? –el pelimarrón parecía extrañado.
– ¡Jaen! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no estás en el instituto?
–Íbamos en camino pero comenzaron a soplar fuertes vientos que anunciaban el fuerte aguacero –explicó el joven señalando hacia la ventana de la cocina–. Decidimos volver antes de que fuera peor.
–Debo admitir que estaba algo preocupada –soltó un suspiro de alivio–. No esperaba un fenómeno como este después de ver un cielo celeste antes de irme.
–Pero… mamá… ¿no deberías estar en el trabajo?
Los ojos de Anabelle se cerraron demostrando cierta tristeza y preocupación. Sus labios se redujeron a una fina línea.
–Han hecho una reducción de personal en la fábrica. Me despidieron Jaen.
***
El sol comenzaba a ponerse. La avenida parecía un rio debido al agua que pasaba por esta. La fuerte tormenta había hecho de las suyas. Finalmente, cuando esta cesó, los chicos (Mei, Mary y Hide) pudieron regresar a casa. El rojizo cielo iluminado por los débiles rayos del sol dejaba ver ya los pequeños puntos brillantes que dominaban la noche.
Anabelle se había ido ya a su otro empleo. Jaen seguía preocupado por la salud de su madre ya que últimamente sus ojeras habían aumentado en color y amplitud. No era común ver así a esta mujer. Por otra parte se podía ver en el rostro de ella la preocupación por haber perdido uno de los dos empleos que poseía. Era necesario, de forma urgente (para ella) conseguir otro empleo.
Jaen veía la televisión pero su mente seguía ocupada en buscar una solución al problema económico de su familia. A sus escasos dieciséis años tenía que intentar ayudar a su madre con el sustento de la casa. “Buscaré un empleo de medio tiempo” fue lo que se le vino a la cabeza. Parecía ser una idea descabellada, pero amaba a su madre y no soportaba verla en ese estado. Eso implicaría más esfuerzo de su parte, pero tenía que hacerlo.
Por fin llegó la hora en la que su madre regresaba del empleo. El reloj marcaba las siete de la noche (diecinueve horas) y Jaen había preparado la cena para darle una sorpresa a su madre. Un par de emparedados con una taza de chocolate caliente aguardaban en la mesa. El chico parecía impaciente por la llegada de su madre ya que eran los momentos que él parecía disfrutar más en el día. Siempre había sido muy apegado a su madre.
Media hora había pasado y Anabelle aún no llegaba a la casa. Jaen revisaba su celular una y otra vez pero no había mensaje alguno en este. El “tic tac” del reloj seguía sonando con cada eterno segundo que transcurría en la solitaria casa. Finalmente sonó el timbre de la puerta.
– ¡Mamá! –gritó Jaen emocionado corriendo a la puerta, olvidando el hecho de que su madre tenía llaves de esta. Rápidamente quitó el seguro y abrió la puerta–. Ma… ¿Mei?
–Al parecer no te agrada mucho verme de nuevo en tu casa ¿verdad? –Los ojos de la chica permanecía fijos en el celular mientras hablaba.
–No es eso. Sabes que eres mi mejor amiga –Jaen rascó su nuca–. Es solo que ya casi son las ocho (veinte) y mi mamá aún no ha regresado del trabajo.
–Ya veo… ¿no es normal que llegue a casa tarde? –por fin levantó su mirada.
–Sale de la empresa a las seis treinta de la tarde (dieciocho treinta). Ya debería estar aquí. Nunca ha llegado luego de las siete.
–Cielos. Ahora entiendo por qué esa cara larga.
–Creo que debería salir a buscarla… –Si, aquí estaban las ideas desquiciadas de Jaen.
– ¿Y a donde iras exactamente? No me parece buena idea que recorras solo las calles de la ciudad a estas horas.
–Es mi madre, Mei. Me preocupa el hecho de que le haya ocurrido algo.
Mei ignoró sus últimas palabras ya que había sacado su celular buscando en su listín de contactos el de su madre.
– ¿Hola?
– ¿Mamá?
–Sí, Mei. ¿Qué ocurre?
–La madre de Jaen aún no regresa a casa. Jaen está muy preocupado y quiere salir a buscarla. Lo acompañaré así que llegaré algo tarde a casa.
–Tengan mucho cuidado
Mei cortó la llamada y llevo su mirada usual de indiferencia hacia Jaen
–Bien, ahora tú me dirás donde se supone que la buscaremos –añadió la chica guardando el móvil.
– ¿En serio me acompañaras?
– ¿Crees que gastaría llamadas de mi celular si solo fuera una broma? –Mei bufó señalando luego su reloj–. Tic tac. El tiempo corre Jaen
–Vale, vale. Creo que deberíamos ir a la compañía donde mi madre trabaja.
Mei metió sus manos en los bolsillos de su pulcra chamarra de cuero n***o por el frio de la noche que se sentía en el ambiente. Jaen rápidamente subió a su habitación para buscar la suya. Regreso con su usual bermuda de jean y una camiseta negra. Sobre esta llevaba puesta la chamarra de color café. Salió de la casa cerrando la puerta con llave.
Los dos chicos se adentraron en las oscuras calles, donde las farolas tenían escasas luces en función. La mayoría de estas tenía los focos quemados. Mei observaba el rostro preocupado de su amigo recordando en parte las palabras de hace un momento, las cuales hizo parecer indiferentes pero, en realidad, habían llegado a su corazón: “eres mi mejor amiga”
Esta levantó su brazo derecho y lo llevó a la espalda de Jaen en forma de un abrazo, lo cual fue sumamente inesperado para él ya que Mei odiaba todo tipo de muestras de afecto o aprecio. Aun recordaba el día que intento saludarla con un beso en su mejilla… el moretón en su ojo derecho tardó dos semanas en curarse. Pero ahora era ella quien se acercaba para darle un abrazo a él.
–No te preocupes. Encontraremos a tu madre –una extraña calidez aparecía en las palabras de Mei–. Estoy segura de que se encuentra bien –una sonrisa inusual se marcó en su rostro.
Aunque lo intentara, Jaen no podía quitar de su rostro el marcado gesto de preocupación. Si había algo que descompusiera su vida, era el hecho de perder a su madre.
Finalmente llegaron a la compañía donde Anabelle trabajaba. El alto edificio se veía totalmente oscuro. La puerta de vidrio no se abría, lo cual indicaba que ya estaba cerrada. Los vidrios de las ventanas de los pisos superiores carecían de luz interna. Sin lugar a dudas estaba totalmente vacía.
–No está aquí. Era el lugar donde…
Antes de culminar su frase el celular comenzó a sonar. Al sacarlo de su bolsillo pudo ver quien era. Anabelle. Respondió sin dudarlo.
– ¡Mamá!
– ¿Dónde te has metido Jaen? Acabo de llegar a casa y me preocupé demasiado al ver que no estabas aquí.
–Voy de regreso a casa. Allí te explico.
Un suspiro de alivio salió de la boca de Jaen mientras cortaba la llamada.
***
– ¡¿Dices que saliste hacia la compañía caminando por las solitarias y oscuras calles porque yo aún no regresaba?! ¿Estás loco?
–Lo siento, mamá
Anabelle frotó su frente observando el rostro apenado de su hijo. Un suspiro brotó de su nariz mientras se acercaba a su hijo. Al llegar a él se acercó y lo cubrió en un fuerte abrazo.
–Gracias por preocuparte, pero no puedes arriesgar tu vida y la de Mei por algo de lo que no estás seguro. Lo que ocurrió fue que me sentí mareada y pasé por la clínica para hacerme unos exámenes.
Luego de la charla ambos cenaron y se fueron a la cama.
***
A la mañana siguiente Anabelle entró a la habitación de su hijo y lo despertó para ir a la escuela. El chico realizó su rutina matutina y bajó al comedor. Allí estaba su madre.
–Aquí está tu desayuno Jaen.
–Gracias mamá.
–Al parecer hoy lloverá de nuevo.
El cielo de nuevo se veía abarrotado de nubes de color gris. Aunado a esto el viento de nuevo soplaba fuertemente. El timbre sonó y Anabelle se dirigió a la puerta
–Mei, Mary, Hide –saludó la mayor.
–Hola, señora Anabelle. ¿Jaen está listo para irnos?- Respondió Hide
– ¡Sí! –Habló el chico tomando su mochila y saliendo de la casa –Vuelvo luego mamá.
–Dense prisa. Al parecer hoy lloverá tan fuerte como ayer.
–Hasta luego, mamá de Jaen- se despidieron los cuatro chicos mientras emprendían su camino al instituto.
Todos iban conversando entre ellos. Mei relatando los sucesos ocurridos la noche anterior: La búsqueda sinsentido de Anabelle. Fue en ese momento cuando, por segunda vez, el fuerte viento comenzó a soplar.
– ¡¿De nuevo hoy viviremos la misma historia de ayer?!- preguntó Mei algo enfadada
–Al parecer…
–Pues no pienso regresar como hicimos ayer. Llegaremos al instituto aunque sea empapados.
–Lo que tú digas –dijo Hide revisando el clima según su celular mientras seguían caminando en contra del fuerte viento–. Emm… chicos…
– ¿Ahora que, Hide? –Soltó Mei irritada.
–Miren esto –el pelinegro mostró el celular frente a los chicos.
Se esperaba para hoy una tormenta incluso más fuerte que la anterior. Sin embargo los climatólogos concordaban en que estas tormentas no eran normales. Parecía un extraño fenómeno. De un momento a otro el viento se intensificó aún más, arrancando el celular de la mano de Hide y llevándoselo consigo.
– ¡NO!
La corriente de aire era tan fuerte que comenzaba a mover de posición los vehículos que permanecían estacionados. El rostro de los cuatro chicos reflejó miedo.
– ¡Jaen! ¡Mei! ¡Hide! ¡Mary! –Gritaba la voz de Anabelle, quien se movía con dificultad a través del fuerte viento–. No pueden seguir así. Esto será incluso peor que ayer.
De inmediato comenzaron a caer las incontables gotas de lluvia. Rayos, truenos y centellas marcaban el oscuro cielo.
– ¡Tenemos que regresar! –gritó Mei con desesperación.
–Volvamos a casa antes de que… ¡ay no! –Jaen miraba con pánico hacia el frente. Todos miraron en la misma dirección y sus rostros pasaron a reflejar horror. Las personas de alrededor corrían desesperados en dirección contraria–. To… tornado –musitó el chico dando pasos atrás y tomando con una mano a su madre y con la otra a Mei las haló para comenzar a correr–. ¡CORRAN!
El enorme torbellino se tragaba todo lo que se cruzaba en su camino: carros, camiones, arboles, trozos de casas e incluso personas. Todos corrían desesperados huyendo de aquel fenómeno climatológico que se movía rápidamente en dirección a ellos. Antes de que se pudieran percatar, el tornado se encontraba a pocos pasos de ellos. Los cinco iban sujetos de manos. Hide, quien iba un poco antes que los demás, comenzó a sentir como sus pies se alejaban del suelo, elevándose en dirección a la enorme masa de viento que absorbía todo a su paso.
– ¡Auxilio!
– ¡Hide! –Mei sujetó con más fuerza la mano del chico mientras sentía como era halado por el tornado–. ¡No te sueltes Hide!
Mei comenzó a elevarse también al igual que Hide. El rostro de espanto no se apartaba de ninguno. Una roca pequeña se aproximaba a toda velocidad sin que ninguno lo notara. Esta golpeó con fuerza la muñeca de Jaen haciendo que, accidentalmente, debido al fuerte dolor que el golpe le causo, soltara la mano de Mei. Los ojos de la chica se abrieron como platos con horror y cierto enfado en estos. El enorme remolino atrajo a los dos chicos hacia él, soltando estos un grito de espanto.
– ¡Jaen! ¡Eres un idiota! –fueron las últimas palabras de Mei antes de ser tragados por el tornado.
– ¡MEI! –gritó con impotencia Jaen sin dejar de correr. Ahora de los cinco solo quedaban tres de ellos. Una lagrima de tristeza y decepción consigo mismo recorrió la mejilla del chico mientras venían a su mente los recuerdos de su amiga. El momento en que esta lo había abrazado y hecho sentir confianza. En menos de veinticuatro horas, había perdido a esa chica. Salió de sus pensamientos al oír otro grito cercano a él.
– ¡Aaah! ¡No! ¡No! ¡No! –Mary comenzaba a elevarse al igual que los otros chicos hacia la masa giratoria de viento que se aproximaba cada vez más hacia ellos.
– ¡Mary! –Anabelle sujetó con fuerza la muñeca de Mary. Era como si esta mantuviera asido un cometa que el viento se lo llevaba
– ¡No te sueltes! –La mujer miraba con preocupación a su hijo, quien intentaba correr lo más rápido posible halando consigo a su madre, dejando su máxima fuerza en este intento. Se podían ver sus ojos color ámbar drenando lágrimas sin detenerse, intentando escapar de lo inevitable. Anabelle sabía que por mucho que corrieran no podrían escapar todos de ser atrapados por el huracán. Incluso comenzaba a cuestionarse el hecho de que siquiera alguno de ellos lograra escapar de esto, pero debía intentarlo.
– Jaen… te quiero
La mujer mayor soltó la mano de su hijo, dejando que su persecución terminara con la derrota de ellas dos. Ambas fueron absorbidas por su perseguidor.
Jaen se giró, deteniéndose en seco al ver que su madre se había soltado de su mano. Su rostro no reflejaba expresión alguna, el shock no lo dejaba. En ese momento toda su vida pasó por su mente, los recuerdos vividos, su mayor temor acababa de hacerse realidad. Había perdido a su madre… ¿Qué sentido tenía vivir solo, sin amigos, sin padres?
Sin oponer resistencia alguna y con lágrimas fluyendo de sus ojos como cascadas interminables, Jaen se dejó absorber por el huracán que se alzaba frente a él. Una enorme masa de viento giratoria era lo que veía, autos girando… en ese momento sintió un fuerte golpe en su cabeza, dejándolo totalmente inconsciente en aquel torbellino.