El helado viento soplaba sobre el cuerpo casi congelado del chico. Lentamente iba abriendo los ojos, sintiendo el fuerte dolor en su cabeza. Su cuerpo estaba totalmente entumecido debido al frio. Se encontraba tirado sobre una gruesa capa de nieve. Poco a poco fue intentando mover los dedos de sus manos, los cuales ya parecían estar de color azul por la hipotermia.
“¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?”
Esa y más preguntas inundaban la mente de este mientras intentaba sentarse y divisar el entorno en el que se encontraba. Enormes y empinadas montañas cubiertas en su totalidad de una gruesa capa blanca de nieve ocupaban el enorme paisaje helado del lugar. Un cielo abarrotado de nubes blancas, adornado con un fuerte viento helado. Jaen intentó ponerse de pie pero sus pies estaban congelados. Aun llevaba puesto el uniforme escolar, el cual no era exactamente un buen abrigo. Cayó de rodillas sobre el suelo lleno de nieve, recordando lo ocurrido antes de despertar en dicho entorno.
–¡Mamá! ¡Mamá! –Gritaba sin detenerse su voz aguda. La fuerte tormenta nevada se llevaba la voz de un lado a otro. Su mandíbula se agitaba fuertemente debido al brutal frio que arrastraba consigo múltiples copos de nieve.
–¡Mama! Por favor… responde… –Seguía diciendo entre sollozos. Una helada lágrima comenzaba a deslizarse por su mejilla derecha. El fuerte sonido de la ventisca aturdía los oídos de este e impedía que escuchara alguna otra cosa. La madre no respondía… estaba solo en aquel enorme y helado entorno, sufriendo hipotermia debido al tiempo que había durado tirado en ese lugar.
Haciendo uso de sus codos y rodillas comenzó a moverse gateando, intentando avanzar en el enorme pico de la montaña donde estaba. No se distinguía nada a lo lejos. Todo se veía borroso… solo nieve moviéndose con el viento. El pánico iba dibujado en su rostro como el blanco adornaba el paisaje.
De un momento a otro comenzó a oír el sonido de pasos aproximándose hacia él. Esforzándose cada vez más, llevo su vista hasta dónde provenía el sonido de los pasos. Sus labios azules expresaron una sonrisa por la ilusión de que fuera su madre.
–¿Mamá? ¿Eres tú? –Una silueta se mostraba tras la fuerte tempestad nevada que opacaba la vista–. ¿Mamá?
La figura continuaba dando pasos hacia Jaen. Poco a poco el chico pudo distinguir lo que en realidad se aproximaba hacia él. “Eso” tenía una altura de dos metros aproximadamente, un par de puntas sobresalían de sus hombros, brazos sumamente delgados, sobre su cabeza iba lo que parecía un yelmo oscuro. Mientras más se acercaba pudo distinguir su cadavérico rostro. Iba sujeta entre sus manos un hacha desgastada y rota en partes.
Al ver semejante monstruo, Jaen comenzó a moverse hacia el lado opuesto, gateando lo más rápido que podía y soportando el enorme dolor que le producía moverse rápidamente con las articulaciones casi congeladas.
–¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude! –Decía el chico moviendo sus helados labios sin detenerse. Estos se partían resecos, sangrando y ardiendo por cada intento de grito que hacía. El gélido viento golpeaba su cara disminuyendo cada vez más su temperatura corporal. El frio aliento salía de su boca mientras su agitada respiración se hacía cada vez más difícil. El cuerpo de Jaen dejaba de responder entumeciéndose totalmente y haciendo que el chico cayera sobre la nieve sin poder escapar del monstruo que se acercaba a él sin detenerse.
Antes de que el pelimarrón se percatara, el guerrero esquelético estaba casi sobre él. El monstruo levantó el hacha, mirando a Jaen con sus vacías cuencas. Un pequeño destello rojo brilló en sus ojos, como si estuviera moviéndose por órdenes de alguna fuerza mayor. Con ambos agujeros fijos en Jaen abalanzó el hacha hacia este, apuntando a su cuello.
“Desarmado, débil, herido, solo, congelado, a punto de morir… ¿Cómo pude llegar a esto? Mis amigos… Mamá…”
Jaen cerró sus ojos, aguardando el golpe final que acabaría con su vida…
Un impacto que nunca llegó. El fuerte sonido de dos metales chocando entre sí llenó sus oídos. Abrió sus ojos lentamente, mirando que entre él y el monstruo se interponía una silueta más baja que aquella criatura. Un sujeto de apariencia masculina que sostenía una espada con sus manos, la cual detuvo totalmente el hacha. El hombre llevaba un abrigo de piel de oso. Los dorados cabellos de este se movían con el viento. Jaen no lograba ver su rostro porque el chico permanecía de espalda. Durante un momento, la preocupación en su corazón desapareció, soltando un resoplido por su boca. ¡Se había salvado de morir…! al menos por ahora.
El monstruo levantó su hacha por segunda vez con movimientos lentos y torpes, lanzando un segundo ataque dirigido al abdomen del hombre rubio. De un salto veloz, este se encontraba detrás del cadavérico ser. Su aspecto podía ser horrendo y atemorizante, pero carecía de velocidad.
Finalmente Jaen divisó el perfilado rostro del chico que le había salvado la vida. Los ojos de este eran afilados y de color azul claro. En toda su cara había extrañas marcas celestes que parecían tatuajes que brillaban con constancia. Sus orejas no parecían comunes, eran más largas que las de un humano normal. De un momento a otro, puntas de hielo se formaron alrededor del monstruo y cruzaron a este por todas partes.
–Infelices guerreros oscuros… –Musitó el rubio con repulsión.
Jaen se sintió aliviado de ver a alguien más a su lado pero la hipotermia no lo dejaba estar consciente de los sucesos que ocurrían. Perdió la conciencia antes de que el mismo se diera cuenta.
–¡Hey…! ¡Chico…! –Los gritos del sujeto que le había salvado se hicieron presentes, pero la conciencia de Jaen ya había decidido marcharse.
***
–No podemos tener a un humano corriente con nosotros, Mike. –Voz gruesa, firme y con un claro atisbo de elegancia–. Sabes muy bien que somos diferentes a ellos. Los humanos nunca han entendido la existencia de otras razas.
–Yo pienso que no deberías ser tan dogmático a la hora de tomar estas decisiones, padre –La voz del rubio no difería del mayor.
–¡Sabes tan bien como yo que en tiempos pasados humanos han venido a nuestras tierras y posteriormente han intentado cazarnos!
–¿Y por uno pagaran todos? ¡El chico estaba casi muerto en las colinas nevadas glaciares!
–¿Qué diablos hacia un humano en nuestro territorio?
–No lo sé. Quizás se perdió… –El tono de mofa repentinamente apareció pintando la voz del menor.
–No juegues conmigo, Michael.
–Quien me está mintiendo eres tú. –Esta vez fue Michael quien hizo que su padre abriera los ojos con sorpresa–. ¡Sé muy bien la razón por la cual no quieres permitir la estadía de un humano!
–¡¿De qué demonios estás hablando, Michael Ryder?!
–¡Conozco la situación, padre! –El rubio entrecerró los ojos mirando fijamente a su progenitor–. Una de las gemas…
–¡CÁLLATE! ¡Es un secreto aun! No podemos dejar que nadie se entere de lo que ha ocurrido. Si eso pasara… sería un escándalo y perderíamos el control de las diferentes razas.
–Ha sido un humano, ¿no es así?
–Los rumores indican que así es. –Respondió por fin, derrotado frente a las estrategias de su hijo–. No podemos permitirnos confiar en los humanos ahora, Mike. –Siempre era llamado por el diminutivo de su nombre. Michael no podía decir que le gustaba, pero tampoco le daba importancia a como fuera que se refirieran a él–. Por favor entiende esto. Compórtate esta vez como el príncipe de los Frinx que eres y actúa por el bien de las razas.
–Yo lo mantendré vigilado. –Mike esta vez alzó una ceja desafiando a su padre con su nueva decisión–. Un humano sin control alguno sobre cualquiera de las gemas es inofensivo.
–¿Y qué me garantiza que lograras detener su sed de poder? –Allí estaba de nuevo el rey depositando su confianza en las extrañas estrategias de su unigénito–. Todos son iguales.
–Te doy mi palabra, padre.
Un suspiro salió de la imponente silueta del padre de Mike. Un hombre alto, fornido, con un cabello de color ocre y con algunos destellos blancos entre estos. Sus ojos azules eran idénticos a los de su hijo pero estos reflejaban autoridad. Llevaba puestos los atuendos reales. Además traía consigo una capa de color azul rey, adornada con pequeños zafiros en el borde que arrastraba por el suelo. Sobre su cabeza mantenía la corona real, la cual llevaba gemas de color azul celeste. En su mano derecha sostenía el cetro, este irradiaba brillo por el enorme zafiro celeste que llevaba en su punta superior.
El rey descansaba en su ostentoso trono de cristal moviendo sus dedos en forma de inconformidad. Una enorme sala que emanaba un color azul. Las paredes de cristal adornadas con bordes hechos de plata y oro, con enormes ventanales que dejaban ver un gran reino, estas iban cubiertas de hermosas cortinas azul oscuro estampadas con fibras de oro creando hermosos matices. Esculturas hechas de hielo adornaban las esquinas del enorme salón del trono. Una gran alfombra azul rey que hacia juego con las cortinas se encontraba en el suelo, brillando a la vista por sus estampados dorados.
El monarca llevó su vista de nuevo a su hijo:
–¿Tu palabra? –Bufó negando con la cabeza–. ¿La palabra de Michael Ryder?
–No. La palabra de tu hijo. El príncipe de los Frinx.
–Está bien. –Accedió por fin el rey soltando un suspiro con un rostro de derrota–. ¡Pero si algo extraño ocurre en mi reino, el humano será el primero al que acusaré!