Frinx (Parte II)

2117 Palabras
    Poco a poco los ambarinos ojos de Jaen comenzaron a abrirse. Su cuerpo se sentía más cálido ahora. Las pupilas de este se movieron por todo el lugar observando con detenimiento aquella enorme habitación de cristal. Parecía estar en uno de esos castillos de los cuentos de hadas que aparecían en la televisión y fue inevitable para el chico recordar aquella película animada llamada “Frozen” la cual había visto con su madre…       –Mamá… –Musitó intentando sentarse en la hermosa cama de madera donde descansaba.       El sonido de la puerta de la habitación al abrirse le hizo sobresaltarse y, de inmediato se mostró frente a él la misma figura masculina que lo había salvado, pero esta vez llevaba ropa mucho más elegante: un traje de color azul decorado con flores de Liz de color dorado.       –Veo que has despertado. –Los afilados ojos del chico se fijaron directamente en él–. ¿Estás bien?       –Depende de lo que implique para ti el concepto de la palabra “bien”. –Jaen seguía adolorido por el gélido frío al que su cuerpo se había enfrentado.       –Estuviste a punto de morir de hipotermia. –Reconoció el príncipe.     –Estuve a punto de morir de hipotermia, asesinado por una cosa que no conozco y fui absorbido por un huracán. –Dicho de esa manera la historia de cómo Jaen había llegado allí sonaba como toda una película de ficción–. Sin mencionar que no sé dónde estoy.      –Estas en las enormes montañas gélidas. –Mike parecía expresarse con paciencia ya que sabía perfectamente que su invitado se encontraba en una situación bastante complicada.       –¿Y eso es…?       –Ciudad de Hielo, o, como la llamamos, Icy City. –El rubio se acercó a Jaen, sentándose en una silla al lado de la cama.       –¿Cómo demonios llegué aquí? –La frustración comenzaba a apoderarse de Jaen–. ¿Y qué diablos es Icy City exactamente?       –Me temo que aún no tengo respuesta a la primera de tus preguntas. –Mike intentaba conseguir las palabras adecuadas para darse a entender–. Respecto a nuestra ciudad, es el hogar de muchas criaturas como yo.       –Lo último que recuerdo fue que mis amigos, mi madre y yo fuimos tragados por un tornado. –Jaen sentía punzadas en su cabeza al intentar aclarar todo.       –¡Así que la leyenda es cierta! –Comprendió el Frinx rápidamente.       –¿Leyenda?       –Una vieja leyenda que habla de que los humanos pueden entrar a nuestro mundo dentro del ojo de algunos huracanes. –Su voz era reflexiva–. Sin embargo no se puede determinar su origen.       –¿Quieres decir que mi madre y mis amigos están vivos? –El brillo se apoderó de los ojos del chico.       –Quizás sí. –Respondió Mike sin dar mucha importancia a aquello. Seguía reflexionando en la manera en que Jaen había llegado allí–. En algún lugar de nuestro mundo, tal vez, ¿a quién le importa?       –¡A mí! ¡Debo conseguirlos! –Jaen intentó levantarse rápidamente de la cama, pero fue detenido por un fuerte dolor en la cabeza.       –No estás en condiciones de andar por tu cuenta, humano. –Le reprendió el príncipe.       –Tengo nombre, ¿sabes? –De cierta manera parecía ofensivo el ser llamado “humano” –. Soy Jaen.       –¡Oh! Es cierto. He olvidado presentarme. –La cortesía parecía ser algo que el rubio no había heredado–. Soy Michael Ryder. Príncipe de los Frinx.       –¿De los que? –Sonaba a nombre de galleta y Jaen tenía hambre.       –Como podrás ver, soy diferente a ti. Somos una r**a distinta. Nos llamamos Frinx.       –Ahora me dirás que las hadas, los vampiros y los centauros son reales… –Sí, el humano seguía sintiéndose dentro de una película de ficción.       –¿Por qué los humanos no aceptan la existencia de otras criaturas?       –Porque así nos han enseñado. –Reconoció el humano un poco avergonzado. Sentía que acababa de decir algo muy grosero–. Lo siento. No fue mi intención ofenderte. Además, te debo unas gracias. Me salvaste la vida.          –No te preocupes, eso no ha sido nada. –Mike restó importancia rápidamente con un ademán–. Solo ha sido un simple y débil guerrero oscuro.       –Aun no termino de entender del todo lo que ha pasado.       –Los humanos no son bien vistos en nuestras tierras. –Respondió el rubio aun sabiendo que no debía haber dicho eso–. He convencido a mi padre para mantenerte aquí, ya que él quería matarte. La condición ha sido que permanezcas bajo mi custodia.       –¡Vaya! –Jaen palideció. ¿Apenas llegaba y ya deseaban matarlo?–. Ya entiendo. Está bien. Pero… mi madre y mis amigos…       –Puede que, si mejoras pronto, te ayude con eso. –Mike se levantó de la silla y se acercó a uno de los ventanales–. Los humanos me agradan… Pero nos han causado mucho daño. De hecho lo siguen haciendo.       –¿A qué te refieres? –La curiosidad se apoderó del rostro de Jaen.       –Me temo que no puedo contarte más.       –¿Tan malo ha sido? –Mike giró el rostro hacia el lado opuesto de Jaen. El chico de inmediato quiso cambiar la pregunta que había hecho, pero era tarde–. Lo último que vi, antes de quedar inconsciente fueron unas puntas heladas brotar del suelo y eliminar aquel monstruo que me quería matar. ¿Qué ha sido eso?       –¿Te refieres a esto?       Mike abrió su mano derecha, saliendo de su palma lo que parecían pequeños copos de nieve brillantes. En un abrir y cerrar de ojos estos se convirtieron en cinco enormes puntas de hielo que rodeaban al príncipe, listas para a****r. Jaen no tenía palabras para expresar ante tal acto. ¿Ahora se suponía que los superhéroes eran reales? De inmediato Mike hizo que estas desaparecieran de la vista del chico, convirtiéndose en hielo que cayó sobre la alfombra del suelo.       –¿Cómo… cómo has hecho eso? –El pelimarrón estaba atónito. Su lengua se trababa frente a tal sorpresa.       –Ustedes, los humanos, aún tienen mucho que aprender. –Se burló Michael negando con la cabeza.       –¿Y tú me puedes enseñar a hacer eso? –Jaen de inmediato sintió como el príncipe le fulminó con la mirada. Parecía que había hecho una pregunta equivocada.       –No. No te confundas, humano. –Severo, firme y enfadado–. Te he salvado la vida y estoy dispuesto a mantenerte así, pero eso no quiere decir que sea tu amigo o que esté dispuesto a enseñarte nuestros secretos. –Mike caminó hacia la puerta, ignorando la mueca de burla que hacía Jaen con su rostro mientras este se negaba–. No salgas de la habitación. Es una orden. Volveré más tarde. En la mesa te he dejado algo de comer y en el armario hay ropa adecuada para que te quites esos harapos sucios que traes. –El chico salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.       Lentamente Jaen se fue levantando de la cama, colocando sus pies descalzos en el helado suelo de madera pulida que parecía ser un espejo enorme que cubría la habitación entera. La chimenea encendida en una de las paredes no bastaba para calentarla todo el lugar. ¡Esa sola recamara era incluso más grande que toda su casa entera!       El pelimarrón comenzó a andar, recorriendo aquel basto lugar con sus ojos de la misma manera como un niño curioso mira a todos lados para conocer el mundo. Al observar a través de los vidrios de los ventanales pudo ver montañas cubiertas de nieve. En las más próximas al palacio se podían divisar hermosas casas hechas de hielo. Plazas, mercados, vehículos… muchos seres iguales a Mike. ¡Una ciudad entera de hielo plasmada en las montañas nevadas! Jaen seguía sintiéndose confundido. ¿Cómo era posible que un huracán lo trajera a un lugar con seres inhumanos? ¿De dónde diablos salía un mundo como el que estaba frente a sus ojos? ¿Era acaso un tipo de universo paralelo? Tenía muchísimas preguntas danzando de acá para allá en lo profundo de su cabeza y lo único que podía hacer ahora era esperar con confianza a que Michael en algún momento las respondiera.       –Mamá, Mei, Hide, Mary… –Musitó el pelimarrón con los ojos fijos en la enorme ciudad que estaba frente a él–. Por favor… no mueran. Juro que los conseguiré a todos y nuestra vida volverá a ser como antes.       Incluso si parecía un sueño que jamás tendría lugar, deseaba intentarlo. Si él estaba vivo después de haber pasado por tanto, esperar y confiar en que sus amigos y su madre lo estuvieran podía ser algo que entraba en las posibilidades.                                                                                           ***     El príncipe se colocó la corona que lo hacía ver como tal para entrar y ver a su padre por segunda vez en la mañana. Mike no solía visitarle tan seguido, de hecho lo hacía un par de veces por semana, pero las circunstancias le motivaban a romper ese patrón. Los enormes portones de madera de cedro se abrieron hacia adentro, permitiéndole el acceso al salón del trono, donde permanecía el rey.       –¿De nuevo por aquí? –El mayor dejó salir un bufido al ver a su hijo–. No es usual que me visites dos veces en una mañana a menos que intentes conseguir algo.       –Siempre me dijiste que la leyenda del “ojo del huracán” era solo eso, una leyenda. –Mike le incriminaba con la mirada. Odiaba que le mintieran y justo ahora acababa de descubrir dos falacias dichas por su padre, o era lo que suponía–.  ¡Pero no lo es!       –¡Por favor Michael! ¿¡Ahora de donde sacas semejante tontería!? –El monarca rodó los ojos antes de soltar un suspiro bastante audible.       –El humano ha llegado a nuestro mundo mediante el ojo del huracán…       –¿Qué? –Incluso para el mayor resultaba algo desconocido.       –¡Lo que estoy diciendo! –Mike mantenía los ojos entrecerrados, analizando cada gesto de su padre con el fin de descubrir si este mentía o no.       El rey, Peter, se levantó de su trono, dejando unos cuantos papeles sobre la mesa que permanecía al lado de aquella silla real, junto a la pluma con la que los firmaba. Caminó a zancadas hasta su hijo, quien tenía una mirada segura en su rostro hacia él.       –Los Dioses han mantenido protegido nuestro mundo… –comenzó de forma reflexiva sin dejar de mirar a su hijo– y ahora comienzan a entrar humanos a diestra y siniestra… –Tragó saliva y no tardó en morder su labio–. ¿Estás seguro de eso?       –Es lo que él me ha dicho. Pero pienso que pudieras interrogarlo tú mismo. –Mike frunció el ceño–. Sin torturas, solo una charla pacífica.       –No pienso rebajarme a hablar con un mísero humano. –El orgullo de Peter se palpaba tan solo con verle al rostro.       –Él no es el único que ha llegado a nuestro mundo. –El rey inhaló cerrando los ojos.       –Por Bóreas… ¿Qué estás diciendo?       –Dijo que su madre y sus amigos también entraron en el huracán que los trajo aquí. –Cada respuesta de Mike parecía ser una puñalada a Peter, quien intentaba procesar la avalancha de información detrás de una pantalla de indiferencia.       –¿Y es que acaso eso es mi problema?       –Quiere buscarlos… –Añadió Mike con rostro dudoso esperando el grito de su padre.       –¿Se supone que ahora me dirás que deseas ir con él? –El rey comenzó a masajear sus sienes. –¿Planeas llevártelo de campamento? ¿Ser su guía explorador? ¡Por favor, Michael!           –Sé muy bien por lo que debe estar pasando… –En ocasiones Mike solo deseaba tomar una roca y lanzarla a la cabeza de su padre. Era un sujeto extremadamente obtuso y testarudo–. Mi madre…       –¡No quiero hablar de eso! –La mirada enfadada del rey se lanzó sobre Mike–. Ya tienes veintiún años. ¡Eres libre de hacer lo que quieras! Solo que… ten cuidado con los secretos que revelas.       Tras hacer una reverencia el joven príncipe salió de la vista su padre.
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