Leah Stewart
Me cuesta mucho mantener la atención en lo que debo mientras las palabras de Jewel dan vueltas y vueltas en mi cabeza. ¿Vender la exclusiva? ¿Chantajear a Massimo con hacer tal cosa?
De solo pensarlo un temblor nervioso se asienta en mi estómago.
Cuando supe que estaba embarazada lo llamé, envié mensajes y por más que traté de contactarlo, nunca devolvió mis llamadas. La tarjeta de contacto que me dio tenía dos números y un correo, insistí a través de cada uno, pero no funcionó.
Solo cuando estuve desesperada, después de ver morir a mi madre, me atreví a escribir un correo en el que le expliqué la situación. Estaba embarazada y debía largarme de la casa donde había vivido toda mi vida, porque las facturas de hospital de mi madre debían ser pagadas y lo único que tenía era esa casa. Esperé respuesta por semanas. Por todo un mes. Hasta que en el segundo mes entendí la indirecta.
Él no quería saber nada de mí ni de mis hijos.
Hacer lo que Jewel me pide no sería tan descabellado si yo no fuera una estúpida. Si yo no pensara siempre en los demás antes de pensar en mí misma. Massimo De Luca es conocido en New Orleans y posiblemente en toda la Louisiana, sus negocios son todo un imperio. Cualquier cosa referente a su vida privada es comida para los hambrientos en el mundo de los chismes y la farándula. Pero yo no puedo pensar siquiera en hacer semejante aberración.
Quiera o no, él es el padre de mis hijos. Y llegar a su vida por las malas no es algo que me vayan a agradecer mis pequeños cuando crezcan. No necesito más odio en mi vida y sé que eso me ganaría si lo abordo de esa manera.
Sacudo mi cabeza alejando la imagen de un Massimo furioso. Fui testigo una vez de lo que su carácter es cuando pierde la cordura. No me hace falta agregar más drama a mi ya compleja vida. Quizás yo esté pasando la peor de las situaciones, pero no voy a caer tan bajo. Y mucho menos voy a salir a buscarlo, ni para decirle que voy a vender la exclusiva y menos, para pedirle su caridad.
Mis pequeños son mi responsabilidad, no suya.
Dejarlos en casa de Jewel fue complejo para mí, pero necesito buscar trabajo y un nuevo lugar. Puedo comprar un periódico y revisar la sección de ofertas laborales, quizás allí encuentre algo que me pueda ayudar un poco.
Me acerco a la zona comercial, no me atrevo a mirar mi atuendo porque eso me haría pensar dos veces el entrar a algún local para pedir trabajo. Lo menos que quiero es que me miren de arriba abajo y juzguen mi imagen. Sobre todo si lo que llevo puesto es lo mejor que tengo en mi reducido vestidor por estos días.
Hace casi un año mis necesidades dejaron de ser prioridad.
Veo a pocos metros un stand con las revistas y los periódicos del día. Me acerco con paso seguro y saludo al señor mayor que acomoda algunas cosas dentro de su puesto.
Paso mi mirada sobre todo lo que hay, hasta que mis ojos se detienen en la foto de un hombre que reconozco a la perfección. Uno que hace doler mi corazón.
«Massimo», susurro en mi cabeza.
No puedo despegar la mirada de la imagen ante mí. Tan imponente como lo recuerdo, vestido con su traje de diseño que dejó atrás mientras se relajaba en esa casa donde lo conocí. Sus ojos observan a la cámara y siento como si fuera capaz de ver directo a mi alma, como si fuera capaz de decirme sin palabras que es inalcanzable y que no quiere saber nada de mí. Cruzado de brazos y recostado con soltura a un escritorio detrás de él, la noticia menciona un evento a nivel empresarial que mejorará no sé cuántas cosas con su implementación.
Cosas que no entiendo, pero que manifiestan lo poderoso que es y su patrimonio, si una inversión es capaz de mover tantas cosas en una ciudad tan próspera.
Lo miro y los rostros de mis bebés se compaginan con la foto. Son muy parecidos a él, es obvio que son sus hijos.
¿Me creería si fuera con él y le planteara que tiene dos pequeños que son su copia?
Sacudo mi cabeza cuando todo lo que eso puede desencadenar se reproduce en mi cabeza. No puedo confiar en un hombre que ignoró mis llamadas y mensajes, no puedo confiar en uno que dejó de lado mi última petición de ayuda.
—¿Lo va a llevar, señorita? —pregunta el agradable señor y yo levanto la cabeza, avergonzada.
Ni siquiera he verificado que tenga una sección de lo que busco. Tampoco me di cuenta de que había tomado el periódico del stand.
—¿En este puedo encontrar una sección de ofertas laborales? —Le muestro lo que tengo en la mano y él asiente.
Me dice el precio y yo saco de mi cartera algunas monedas que me quedaron después de la mudanza. Lo único bueno del desalojo, fue que el casero tuvo que devolverme mi dinero y con la ayuda de los servicios sociales, no me quedé tan pelada como había estado hasta ese día.
Me alejo del stand con el periódico en mano. Intento no pensar en que llevo conmigo la foto del hombre que cambió todo en mi vida cuando hizo acto de presencia.
La mañana se me va de lugar en lugar. Paso por todos los locales que puedo en el barrio francés y en las calles aledañas, dejo el contacto de Jewel en los que lo aceptan y me alejo de otros que no están buscando nuevos empleados con mi cabeza en alto, como si no me sintiera decepcionada.
Recién al mediodía me siento en el banco de un pequeño parque y busco la sección del periódico donde quizás encuentre algo bueno y que pague lo suficiente para poder irme de ese lugar. Saco el lápiz que llevo en el bolso y mientras reviso las opciones, resoplo un poco, porque no encuentro nada que pueda hacer. Marco algunos, pero al acabar la lista, no tengo muchas esperanzas.
Retomo mi camino hasta casa de Jewel para recoger a mis niños. Mañana será un nuevo día y podré buscar en otros lugares de la ciudad.
Cerca de una hora después, estoy llamando a la puerta del apartamento de Jewel y cuando esta se abre, aparece un hombre que no conozco, pero mi amiga se ve muy nerviosa cuando se da cuenta que soy yo la que llama.
—Leah, volviste tan pronto —exclama, mirando de mí al hombre con evidente tormento.
Levanto una ceja, pero no digo nada. Quizás sea un nuevo amante y la avergüenza que yo llegue cuando él va de salida. Si hubiera sabido que tenía una cita con él, no hubiera traído a mis gemelos.
—¿Usted es Leah Stewart? —pregunta el hombre y yo demoro unos segundos en entender lo que está pasando.
Frunzo el ceño, miro de Jewel al hombre.
—Sí —digo, pero dudo en hacerlo.
Él me sonríe y extiende una mano como saludo.
—Un gusto, señorita Stewart. Espero pronto poder hacer negocios con usted. —Se gira y mira a mi amiga—. Espero su respuesta. Quedamos en contacto.
Jewel asiente un poco pálida y falta poco para que lance al hombre por las escaleras que quedan frente a la puerta. La miro sabiendo que algo oculta, pero no pregunto nada en la presencia de su invitado. No me dio buena espina lo que me dijo, pero no soy una entrometida, tampoco una persona irracional.
Cuando al fin nos quedamos solas, ella entra a la casa. Yo la sigo.
—Los peques están dormidos ahora, jugaron toda la mañana con Sabrina y luego de almorzar, mi mamá los pudo dormir.
Lo suelta todo como si hablara de carretilla. Me da la espalda y se aleja hasta la barra de la cocina para prepararse un vaso de agua, sin dejar de temblar sus manos.
Cierro la puerta y avanzo hasta lo que hace las veces de salón. Una taza de café está sobre la mesilla y no necesito preguntar para saber que el invitado estuvo buen rato por aquí.
Se hace el silencio, solo se rompe con el sonido del cristal contra la encimera y luego el agua siendo vertida. Pero de repente, un ruido sordo y el desastre.
El vaso echo añicos y una maldición al estilo camionero saliendo de ella.
Yo no me inmuto. Jewel oculta algo y ya no tengo dudas de que tiene que ver conmigo.
—Jewel, ¿qué está pasando? —pregunto con cautela.
Ella apoya sus manos sobre la encimera con frustración, cierra sus ojos y suelta todo el aire contenido.
Cuando levanta la cabeza, me mira.
—Lo siento. Lo hice por ti.
Escucharla, a pesar de que ya esperaba algo así, logra estremecerme. Un miedo helado me atraviesa y solo puedo quedarme sin respiración, no soy capaz de decir palabra alguna, de reclamar algo. Estoy demasiado asustada como para poder preguntar a qué se refiere.
—Leah, tienes dos hijos que necesitan de ti y apenas logras mantenerlos a ellos. Necesitas que su padre se haga presente y yo puedo...ese hombre... —señala la puerta que ahora está cerrada, como si la presencia del hombre siguiera aquí—, ese hombre es Leroy McAvoy. El columnista de una importante revista de chismes. Él está dispuesto a contar tu historia, soltar la exclusiva y pagarte muy bien por ello.
La boca se me seca y la cabeza me da vueltas. Sabía que esto estaba mal, que no debía decir su nombre.
—Me imagino que ya no necesita muchos detalles de mi parte, ¿no? Solo los más escabrosos, los de índole...¿privada? —murmuro irónica, con tono molesto.
No puedo creer que ella me haya hecho esto. Cómo se atrevió, aún sabiendo que le dije que no quería hacer nada de eso.
Massimo De Luca me dejó claro lo que fui en su vida, no voy a llegar a él rogando que me dé una segunda mirada. Tuvo su oportunidad para elegir y la elección, no fue la que yo esperaba.
—Leah...
Viene a mi encuentro, con expresión de lástima, como si mirarme le doliera en el alma. No estoy segura que eso ahora sea real. Le agradezco que me cuide a mis niños, pero pensé que ella era alguien en quien podía confiar.
No fue así.
—Gracias por la ayuda, Jewel, pero mi respuesta es no. No tienes idea de lo que acabas de hacer. Mis hijos no fueron bien recibidos, eso no cambiará con unos cuantos miles que durarán, ¿qué? ¿Unos pocos meses? —Niego con la cabeza y suspiro. Froto mis ojos con mis dedos para no mirar a la cara de quien creí que era mi amiga—. Por favor, ¿puedo pasar a recoger a los niños? Ya debo irme.
Ella abre la boca dispuesta a decir algo, pero no lo hace. Asiente y se quita del medio. Señala la habitación donde los pequeños duermen ahora.
Paso por su lado y me dirijo a despertar a mis bebés.
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Lo siento, Leah, puedes mañana traer a Mateo y a Matias si así lo necesitas. Aquí voy a estar y puedes ir en busca de trabajo...
Las palabras de Jewel antes de salir de su casa me hacen pensar que, en realidad, lo que ella hizo me pareció una traición. Agradezco el gesto, la intención de ayudarme, pero no era la manera y ella quiso pasar por encima de mí. De lo que yo decidí.
Lo que resulta difícil para mí, porque de verdad confiaba en ella y esto me hace sentir demasiado mal.
Empujo el cochecito con mis pequeños con menos energía de la que tenía en la mañana. Ya estoy por doblar la esquina y tomar al rumbo al edificio, cuando suena una detonación a la distancia. Y todo se vuelve un caos.
Gente corre por todos lados para ponerse a resguardo y los disparos comienzan a escucharse cada vez más con cada segundo que pasa.
Grito e intento regresar sobre mis pasos, temblando y tratando de cubrir a mis hijos de la mejor forma que logro encontrar.
La desesperación me llena mientras los gritos asustados de mis hijos se escuchan y temo tanto correr con el cochecito, que me pego a la pared lo más que puedo mientras los saco a ambos y los cargo como puedo. Me alejo corriendo aunque los brazos me queman de cargar el peso de los dos. Lágrimas caen de mis ojos, ruedan por mis mejillas, porque el miedo que siento es incomparable con algo que haya experimentado jamás.
Me meto al primer edificio que encuentro y me escondo en el hueco bajo las escaleras. Abrazo a mis pequeños y muerdo fuerte el interior de mi mejilla, hasta que siento el sabor de la sangre en mi boca. Cierro los ojos y arrullo a mis hijos, cantando bajito y casi en susurros, para que el ruido de fuera se sienta menos fuerte. Para que ellos no teman y se queden tranquilos.
Lloro y lloro sintiendo culpa. Una que me lacera el pecho y no me deja respirar. Solo me mantengo consciente porque dos niños dependen de mí totalmente.
No sé cuántas veces canto la misma canción, no sé siquiera cuándo cesa el ruido. Mi cara se siente pegajosa, los pelos que se escaparon de mi coleta se pegan a mi frente. Mateo y Matias se mantienen tranquilos. No sé siquiera cómo es eso posible.
Al fin me incorporo y vuelvo a cargarlos. El silencio se siente fuera, pero los latidos fuertes de mi corazón ahogan todo.
Y aquí, en un oscuro hueco bajo las escaleras, tomo una decisión.
No voy a vender la historia de Massimo, pero no puedo seguir pretendiendo que puedo con todo.
Tengo que buscarlo. Tengo que pedirle su ayuda.