Massimo De Luca
Una visita de mis padres es lo menos que necesito. En los dos últimos años había logrado mantenerlos lejos de mí, solo teniendo encuentros esporádicos con ellos y evitando a toda costa mis responsabilidades puestas en pausa. Pero eso está por cambiar, aparentemente.
El DL Bank tiene un nuevo proyecto de inversión entre manos. Una inversión bien alejada de su sede principal y con un objetivo claro, al menos para mí: acercarme de nuevo a todo el gigante monstruo empresarial que me espera como herencia.
Mi padre me ofreció un tiempo para mantenerme alejado, pero ya decidió, por lo visto, que mi duelo ha acabado.
—Señor, para la presentación de la siguiente semana, ¿desea incluir algo más? Todas las invitaciones fueron enviadas y confirmadas. El anuncio para el periódico fue redactado y revisado, solo falta su confirmación para enviarlo a última hora de la tarde. El resto de los preparativos, está todo listo.
Asiento a Martina, viéndola desde mi escritorio de roble y agradeciendo su presencia. Después de mi traslado a New Orleans y al establecer mis propios negocios por acá, ella ha sido mi mejor arma, la mejor ayuda.
—Sé que sí, no tengo dudas de tu trabajo hecho a la perfección. ¿Alguna noticia de mis padres? No he hablado con ellos después de que mi padre avisara de que asistirían ambos al lanzamiento oficial.
Martina me mira con algo de pena y niega con la cabeza. El fruncido de su boca me demuestra lo mucho que le cuesta darme la negativa. Ella tiene algunas consideraciones bastante particulares sobre mis padres, solo una vez se atrevió a mencionarlo. Y, aunque yo nunca intenté enmendar lo que dijo, supongo que sabe que ese día se atrevió a ir un paso más allá y que no debía.
Mis padres son un punto aparte en mi vida y nada más. Nadie tiene que opinar sobre eso.
—Bien. Si se ponen en contacto, organiza todo lo referente a su estancia en la casa grande. Me marcho, hazlo tú también. Es tarde y tienes un esposo que cuidar, no quisiera tener que compensar daños en el futuro por culpa de un divorcio y pagarte más de lo que ya ganas.
Martina suelta una carcajada y me señala con su dedo de manicura fina.
—Darryl sabe lo que perdería si se atreve a dejarme. Esperemos que no quiera probar si puede vivir o no sin mí.
Me río de sus palabras mientras termino de recoger mis cosas. Ya es tarde, más de lo que pensaba y pasa, como siempre, que no soy consciente de la hora cuando trabajo.
Y últimamente hay mucho que hacer.
—Después de este lanzamiento deberías tomarte unos días.
Miro a Martina con una ceja levantada.
—¿Esa es tu forma de decirme que necesitas vacaciones?
Ella sonríe y niega. En sus ojos veo lo maternal que es cuando de mí se trata. El motivo principal por el que la contraté desde que llegué a New Orleans, fue precisamente que no me miraba como una cuenta millonaria con patas. Lo mucho que gana se lo merece.
—Creo... —pone énfasis en esa sola palabra—, solo creo, que tengo la suficiente confianza para pedirlas cuando las necesite y confío, en que no me las negarás. Así que no, De Luca, esto es todo sobre ti. Trabajas demasiado.
Resoplo y desestimo sus palabras. Para mí, trabajar es la única manera en que mantengo alejados todos los demonios que me acechan. No es un lugar bonito dentro de mi cabeza cuando no tengo nada que hacer y los recuerdos, junto con la culpa, me golpean.
—Como digas. Vete ya. Nos vemos mañana.
—¿Y si pasas unos días en esa casa que no has visitado más?
En cuanto lo dice, todo dentro de mí se tensa. Ella debió irse cuando se lo pedí la primera vez.
—Martina, estoy tratando mucho ahora mismo de no darte una mala respuesta. Por favor, vete a casa y deja de pensar en las cosas que crees que necesito.
Tenso tanto mi mandíbula que mis dientes duelen. Martina se va y el sonido de sus tacones mientras se aleja me hace suspirar con alivio.
¿Por qué cojones tuve que contarle lo que pasó en esa casa? No debía abrir la maldita boca.
Gruñendo como animal enjaulado, terminó de recoger y salgo de la planta ya vacía. Los pocos que trabajan aquí arriba conmigo hace mucho que se fueron. Solo quedábamos Martina y yo.
Ya en la calle me espera Daniel, con la puerta abierta, listo para partir cuanto antes. Desde que se dieron detalles de la nueva inversión, que los artículos comenzaron a salir en los periódicos y revistas de negocio, los reporteros no me dejan en paz.
Lo peor de todo es que sé que no se trataría de trabajo. Ellos quieren mi vida privada, mi vida personal. Y yo no estoy dispuesto a ofrecer eso así como así.
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Dos días después, el acoso es peor.
Dios, no tenía idea de que alguien marcado solo con la palabra empresario pudiera tener tanta gente detrás queriendo contar su maldita vida.
¿Qué carajos les pasa a toda esa gente?
—Señor, después del artículo de ayer, muchos reporteros se han apostado a las afueras de las oficinas. ¿Quiere que usemos la entrada lateral? Podemos aprovechar hoy al menos, mañana no estoy tan seguro que el factor sorpresa nos ayude.
Daniel hace su recomendación, como siempre.
—Dile a Dmitri que haga la maniobra en la entrada, mientras nosotros accedemos por el lateral.
Indico esa orden para al menos tener una oportunidad. Quedan unos cuantos días hasta el lanzamiento oficial y desde ya, sé que debo buscar otras opciones.
Daniel asiente y se comunica con Dmitri, que viene en el auto detrás de nosotros. Siempre he sido reservado, pero cuando se trata de este tipo de acoso, no se puede ser lo suficientemente cauteloso.
Una fina llovizna cae sobre la ciudad mientras nos trasladamos. Eso quizás me ayude con la llegada.
—Señor, ya estamos por llegar. Voy a dar una vuelta a la manzana para entrar desde el otro lado.
Asiento, sin prestar mucha atención. Solo miro la calle, las aceras vacías por culpa de la lluvia y ese brillo gris que ocupa todo el espacio a nuestro alrededor.
Y por hacer esto, no paso por alto una figura que se mueve cerca de mi edificio. La chica camina de un lado a otro, debajo de la lluvia y tratando de resguardarse en el corto techo que cubre la puerta lateral.
—Señor De Luca, hay una mujer sospechosa esperando en la puerta, ¿seguimos adelante? Puede ser una trampa.
Estoy a punto de decir que sí, maldiciendo por tener que soportar esto, cuando la chica mira en mi dirección y al fin, reconozco ese rostro de ángel.
¿Leah?
—No, detente. Ya me bajo.
El auto frena un segundo antes de prepararme del todo. Casi meto la cabeza en el asiento delante de mí. No espero a que Daniel se baje y abra mi puerta, tampoco el paraguas.
Abro yo mismo y en cuanto pongo un pie fuera, todo dentro de mí se sacude. Ella ya me vio, su boca cae abierta y sus ojos se ven ahora más grandes, en su rostro demasiado delgado.
Un vistazo rápido y en general, me muestra que la mujer ante mí sí es Leah, pero la reconozco solo porque no podría olvidar su cara.
—¿Massimo? —Su voz es un hilillo. Uno que me hace pensar en cuánto tiempo llevará ella ahí.
Sus dientes castañean, su ropa está empapada. El pelo se le pega a la frente y por un momento pienso que parece una vagabunda.
¿Dónde quedó la mujer hermosa, siempre arreglada, coqueta, que conocí hace casi dos años?
Verla así me hace fruncir el ceño con disgusto. ¿De qué se trata esto?
Voy a acercarme cuando escucho un ruido viniendo de la esquina. Los reporteros que estaban acampando en la entrada ahora vienen en tropel y Daniel, como parte de su trabajo, me empuja dentro antes de que lleguen todos esos locos y se lancen sobre mí.
En un segundo estoy por hablar con Leah y preguntarle qué sucede y al siguiente, estoy siendo empujado hacia el interior de mi edificio, donde debería estar a salvo.
Dmitri llega desde el interior en el instante en que se cierran las puertas y no puedo dejar de darle la orden que necesito con urgencia.
—Leah Stewart, ella me estaba esperando fuera. Averigua qué quiere.
La manera en que vestía no se aparta de mi cabeza. Mi cabeza calculadora y mal pensada tiene algunas ideas y cada una de ellas, más loca que la anterior.
Y casi todas giran alrededor de Leah siendo usada como señuelo para atraparme a mí, como fue el primer pensamiento de Daniel.
Dmitri asiente y se aleja. Yo tomo rumbo al ascensor, fingiendo que nada pasa y que podré concentrarme en mi trabajo en cuanto ponga un pie en mi oficina. Pero nada como eso, cuando llega la primera reunión del día, yo no soy capaz de alejar mis pensamientos de la mirada que me dio, de un dureza extrema en esos ojos que antes me miraban con adoración.
No es que quiera recuperar lo que ya fue, pero me hace preguntarme por qué viene a mí, cuáles son sus intenciones y si tiene algo que ver con toda esa horda de gente queriendo saber más sobre mi vida.
—Señor De Luca —llama Martina y yo levanto la cabeza de la agenda delante de mí, donde he estado garabateando cosas con el bolígrafo, en vez de prestar atención a lo que debo.
—¿Sí? —respondo, mirando a mi alrededor.
Es entonces cuando me doy cuenta de lo que pasa, el salón ya está vacío y mi asistente me mira raro porque yo debería estar tomando rumbo a otra reunión.
Gruño por dentro y me levanto de la silla. Pretendo recoger mi agenda, pero me doy cuenta de algo aún peor. La hoja está llena de letras L que ahora me persiguen. Me digo que es mi apellido y que no significa nada más.
Ignoro la mirada perspicaz de Martina y salgo del salón sin decirle una palabra. Me dirijo a mi oficina y me digo que, antes de hacer cualquier otra cosa, necesito respuestas. Tengo que concentrarme y esta incertidumbre no ayuda.
En cuanto estoy solo en mi lugar privado, llamo a Dmitri.
—¿Tienes algo para mí? —pregunto en cuanto él responde.
—Leah Stewart fue interceptada por los reporteros que la vieron acercarse a usted, cuando llegué con ella estaba hablando con Leroy McAvoy y decidí mantenerme al margen para no darle importancia a su presencia delante de ese carroñero.
Me tenso al escuchar que ella estaba hablando con ese tipo. Si hay alguien en esta ciudad enfocado en una sola cosa, es él, conseguir mis trapos sucios al precio que sea.
Y Leah sí que es un trapo sucio que puede usar como le dé la gana. Si por algún motivo ella decide que nuestra historia es digna de una revista, no podré hacer nada para detenerla.
Aunque...ella vino en mi busca. ¿Para qué lo hizo?
Quisiera creer que no tiene malas intenciones.
—¿Dónde está ahora? —Mi voz se escucha más tensa de lo que debería.
—Está sentada en la cafetería del frente. No ha pedido nada, solo está ahí.
Me pregunto si estará esperando a alguien, un reportero, ¿quizás?
Sacudo la cabeza cuando ese pensamiento llega. No puedo pensar lo peor sin saber contexto. Al menos le debo eso.
—Ve con ella y concierta un encuentro. Quiero saber qué busca.
Dmitri titubea del otro lado de la línea. Pero acepta.
—Sí, señor. Enseguida. ¿Hora y lugar?
—En cuanto hables con ella, tráela al edificio.
—Señor, los periodistas siguen en el mismo lugar, la van a reconocer. ¿Puedo hacerle una recomendación?
Me quedo pensando en las mil maldiciones que quiero dirigirles a esos desocupados.
—Sí —gruño una respuesta.
—¿Por qué no la recojo y tienen el encuentro en el auto?
Pienso en eso y no es una mala idea. Solo hay una cosa que me detiene de aceptarlo.
—Puedes...
Se escucha un ruido del otro lado y me callo. La voz de Dmitri es urgente.
—Señor, la señorita Stewart se mueve —exclama y se escucha como si corriera para no perderla de vista—. Sale de la cafetería y se dirige al edificio. ¿Tengo luz verde para actuar?
Quiero decir que sí, pero los reporteros me hacen pensar dos veces en eso. Si alguno ve que mi agente de seguridad va a por Leah, ellos querrán saber por qué.
—No, dale unos minutos para ver qué hace. Ella me estaba esperando. Si entra al edificio eso es mejor que perseguirla por la ciudad mientras me oculto de los lentes de las cámaras.
—Entendido, señor —dice a regañadientes. Reconozco las emociones de Dmitri cuando las cosas se le salen de las manos—. Enviaré uno de mis hombres si ella sube...
—No. Leah Stewart no me haría daño —aseguro y luego me quedo de piedra.
¿Sería así realmente?
La chica que recuerdo era toda ternura, pero la que me miró a los ojos en la mañana se veía...diferente.
—Acaba de entrar al edificio, señor De Luca.
Me recorre un escalofrío. Me levanto de mi silla como si no pudiera soportar estar más tiempo sentado.
—Perfecto, desde aquí me ocupo yo.
Cuelgo la llamada y estoy por salir de mi oficina cuando un teléfono suena en la planta. El de Martina, que ahora me mira raro cuando aparezco a su lado.
—Si es de recepción para informar sobre una visita inesperada, no niegues. Solo diles que llamarás de vuelta.
Su ceño se frunce, pero asiente. Responde y aunque no escucho lo que dicen del otro lado, veo en su expresión que no estaba equivocado.
Es Leah. Ella está pidiendo verme. Se atrevió a entrar aquí por algún motivo que espero conocer pronto.
—Voy a preguntar y devuelvo la llamada. Gracias, Lisa.
Cuelga y me mira con una ceja enarcada.
—Voy a adelantarme y suponer que sabes que una tal Leah Stewart está pidiendo tener una cita contigo, en recepción.
Asiento. No tengo que dar explicaciones, porque Martina no las necesita.
—Ahora dejaremos pasar unos minutos y volverás a llamar, para que la pongan a ella en la línea. Necesito saber qué quiere.