Leah Stewart
El temblor de mi cuerpo no logro determinar si es por la lluvia que me cayó encima y me caló hasta los huesos o por los nervios que sentía y aún persisten.
Mi ropa está empapada y mientras dejo que pase el tiempo sentada en la cafetería del frente del edificio que vine a visitar, pienso en lo ridícula que me veo presentándome así ante él. No sé siquiera por qué me dio por esperar en ese lugar. Pero estar en el frente, entre todos esos reporteros que solo quieren noticias, no era algo que se sintiera bien. Sentarme a la espera en el salón interior tampoco es que fuera posible, mis fachas harían al de seguridad mirarme raro. No es que hubiera esperado que Massimo llegara por el costado del edificio, tampoco. Eso fue toda una sorpresa.
Lo que pasó después, quizás, también forme parte de estos temblores que no me dejan en paz.
Leroy McAvoy me vio. Fue uno de los primeros en presentarse y ver que Massimo estuvo a punto de hablar conmigo, antes de que lo empujaran dentro del edificio.
Las palabras de ese loco me siguen dando vueltas en la cabeza. No dejaba de hacer preguntas. Y lo peor de todo fue no poder responder ninguna, ni siquiera con una negativa, porque no estoy segura de lo que le habrá contado Jewel. El silencio es la mejor opción, porque una palabra puede empeorarlo todo, confirmar lo que sea que ese hombre pretende hacer.
Miro a mi alrededor y suspiro con fuerza. Mis manos rodean el vaso de agua que pedí cuando entré, solo para no verme más extraña de lo que por sí ya es el estar aquí. Cierro mis ojos y espero que mi cuerpo se relaje un poco. El temblor sigue ahí, acechando.
Miro al frente, a través de la amplia ventana de cristal, y la inmensidad de lo que es suyo me devuelve la mirada. Imponente y diferente a mí. Muy diferente.
Sabía en lo que me metía cuando caí en sus brazos, que su mundo y el mío no eran nada similares y eso, algún día iba a forzar una brecha entre él y yo. Lo sabía y aun así, me dejé llevar por mi fascinación.
Ver a Massimo en aquella casa fue impactante. La manera en que nos conocimos, conmigo entrando de sopetón en la habitación donde él me esperaba, luego de caer al suelo vergonzosamente, es algo que no podré olvidar nunca. Porque el estirado hombre que tenía enfrente, aun con su ceño fruncido y su mirada vacía, fue a mi encuentro y me ofreció una mano.
Una mano que, al tocarla, me hizo sentir fuegos artificiales por todo el cuerpo.
«¿De qué manera se supera eso?».
No es que el resto de la historia sea bonita siempre, porque en realidad fue todo lo contrario. Pero cada segundo que tuvimos, que nos miramos a los ojos, que hablamos y él me ladró órdenes tan estiradas como él, es parte de nosotros. Es parte de mí y de lo que guardo con celo en mi corazón. No importa que el final fuera inesperado, que el resultado haya sido catastrófico, si nos guiamos por las necesidades que tengo hoy y el motivo por el que estoy aquí. No importa nada, porque Massimo estuvo en mi vida y eso no se puede borrar.
Él, junto con una hermosa sonrisa que no esperaba recibir, pero que me entregó en más de ocasión. Aunque él pensara que yo no lo veía, varias veces vi su boca estirarse con una sonrisa que no podía evitar. Mi corazón aleteaba cada vez.
—Señorita, ¿va a pedir algo? —La voz de la camarera me llega desde un costado y doy un salto en la silla por la sorpresa. Levanto la mirada y su expresión es de fastidio—. Si no va a consumir más que… —mira el vaso y el labio se le levanta— agua, debo pedirle que se retire.
Me quedo unos segundos de más mirando a la chica. Afuera está lloviendo y aun así, ella me pide que me vaya. No la culpo, sin embargo.
Asiento y luego niego. Imagino que ella entiende el orden de mis respuestas. Me voy a ir y no, no voy a consumir nada.
«No puedo permitírmelo». Me digo interiormente. Aunque lo más seguro es que ella haya llegado a ese misma conclusión, vista la mirada que me dirige, como si algo oliera mal a mi alrededor.
Sé que mi imagen no es la mejor. Mi ropa al menos está limpia y yo me adecenté lo más que pude. Pero estoy lejos de ser una cliente habitual de este lugar. Si la ubicación no es suficiente muestra del nivel, la mirada de la empleada es suficiente para dejarme claro que no pertenezco aquí.
Engurruño mis dedos dentro de las zapatillas, como si así pudiera ocultar lo desgastado en ellas. Por más ilógico que eso sea, el impulso es el de protegerme a como sea.
—Ya me voy, muchas gracias por permitirme la estancia —logro decir mientras me incorporo.
Y no levanto la mirada hasta que salgo de la cafetería.
Ni siquiera cuando cruzo la calle con decisión y me dirijo a las puertas amplias y rotatorias de la entrada. No sé qué estoy haciendo, pero ya basta de pensar en todo. Necesito hablar con Massimo, porque no puedo regresar esta noche a ese edificio repleto de locos. Mateo y Matias están menos irritables, pero eso no está en su naturaleza; no sé cómo reaccionen mis vecinos cuando tengan otra noche como la anterior. No puedo exponerlos a ellos.
Debo tragarme mi orgullo y entrar, pedir una cita con él y avanzar con la frente en alto, para que nadie crea que puede ridiculizarme.
Un hombre me mira en cuanto entro al edificio, observa mi ropa con expresión críptica y mi impulso de encogerme en el lugar debo contenerlo.
«Estoy aquí por un motivo, ellos no pueden intimidarme. No puedo darles ese poder o mis hijos pagarán las consecuencias».
Saludo con educación cuando paso por su lado y voy directamente a la mesa de información. Y cuando digo mesa, no es una sencilla con superficie de cartón. Es un inmenso mostrador, de madera preciosa y ornamentado con no sé cuántas otras cosas caras, con una chica hermosa del otro lado, vestida impecablemente.
Ella no alza la mirada cuando me detengo delante. Sigue tecleando algo en su computadora.
Solo cuando carraspeo y saludo, ella levanta la mirada y sus ojos se posan en mi rostro. Una ceja perfectamente peinada se enarca, al mirar mis fachas.
El que esté mojada no ayuda a mi intento de pasar desapercibida en este lugar.
—¿Se le ofrece algo? —La sonrisa en sus labios es forzada, evidentemente.
Asiento y levanto mi barbilla mientras le respondo. La única manera en que me tomarán en serio, es si ven que no dudo.
—Me gustaría ver a Massimo De Luca.
La ceja que antes estaba alzada, ahora casi se une con la línea de su cabello.
—¿Massimo De Luca? —repite, solo para confirmar que no estoy diciendo un nombre que no es. La burla en su expresión es evidente. Yo asiento—. ¿Tiene usted cita?
—No, pero estoy segura que él aceptará una cita de carácter urgente. Dígale que Leah Stewart necesita verlo.
La chica suelta una risita que me demuestra que no está de acuerdo conmigo y lo acompaña de otro vistazo a mi presencia. Ahora sí es evidente que lo hace con ganas de “ponerme en mi lugar”.
—Solo para que sepas. No tengo línea directa con el jefe, debo antes contactar con mi superior. —Me sonríe con aversión—. Veremos si estás en la lista.
Toma el teléfono, todavía divertida, y marca algunos números que no puedo ver. Me deja pensando en lo que acaba de decir. ¿Qué lista es esa?
La atienden rápido y escucho la forma burlona en que informa lo que sucede. No me pasa por alto el tono, irónico y mordaz.
Escucha lo que le dicen y levanta la mirada una fracción de segundo antes de fruncir el ceño. Afirma a lo que sea que le dicen y de solo ver su cara, pienso que no son malas noticias las que tiene para mí. De ser lo contrario, su cara estaría repleta de felicidad.
Cuelga el teléfono y lo que demora en darme un respuesta, el corazón me late a mil por hora. Me sostengo a la barra delante de mí, para no caerme; las piernas me tiemblan y ese frío que sentía antes, pero se había aplacado, regresa.
Los dientes me castañean y aprieto la mandíbula para tratar de ocultarlo.
—Toma asiento, me darán una respuesta en cuanto hablen con el jefe.
Su ceño fruncido es suficiente información. No está conforme con esa decisión.
Sin embargo, yo suspiro de alivio. Recupero mi respiración, por al menos unos segundos, hasta que le den respuesta. Para ser el primer paso, es un buen comienzo.
—Gracias —susurro y me alejo de ella, para sentarme en uno de los asientos que antes me indicó.
Voy un paso a la vez solo porque me aterra caerme en medio del salón y su brillante piso de mármol. Me siento casi en el borde del sofá y evito mirar a mi alrededor como si nunca hubiera visto tanto lujo junto. Sé que Massimo es millonario, dueño de demasiadas empresas, más de las que imagino; pero sigue siendo algo que no relaciono con él. Porque además de sus gustos egocéntricos en aquella casa, nada más me mostró una cara de él que no me inspirara, me conquistara.
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando el teléfono suena y todo dentro de mí se congela, a la espera de una respuesta. No miro en dirección a la mujer del mostrador, porque no quiero que note mi desesperación, me quedo mirando mis zapatos como si fueran el único objetivo de mi atención.
—Señorita Stewart —llama por mi nombre y ahora sí, la miro—. Por favor, tome esta llamada.
¿Una llamada? ¿Es eso lo que él me va a ofrecer?
«Al menos es algo», intento convencerme.
A pesar de que no es mi idea decirle que tiene dos hijos a través del teléfono y delante de alguien que tiene toda su atención puesta en mí. Y no con buena intención.
Acepto el teléfono y no es posible ocultar el temblor de mi mano. Lo llevo a mi oreja sintiendo que no voy a escuchar nada, porque los latidos furiosos de mi corazón se escuchan en mis oídos.
—¿Sí? —respondo, con mi voz en un hilo.
Cierro los ojos y quiero darme de bruces contra una pared para ver si reacciono.
«Estoy aquí para conseguir una vida decente para mis hijos, esto tiene que resultar».
—¿Leah? —La voz de Massimo, esa que recuerdo y que en ocasiones sueño, se escucha por el auricular.
Mi piel se eriza como si lo tuviera enfrente, como si pudiera ver ante mí el movimiento de sus labios al hablar. Suena…normal. Un tono modulado, tranquilo.
Nada que ver con la mía, espantada y nada firme.
—¿Massimo? —Sé que es él, esto me hace parecer más estúpida.
Pero quizás dé la vibra de que no esperaba escucharlo a él.
—Lo siento por lo de antes, es una locura estos días. ¿Necesitas algo? ¿Algún tipo de ayuda? Tengo algo importante que hacer en unos minutos y no cuento con mucho tiempo.
Un golpe directo hubiese sido menos doloroso. Qué piensa que quiero, ¿caridad?
Me lleno de fuerzas antes de que corte la llamada. Necesito retener su atención el mayor tiempo posible.
—De hecho, sí. Necesito algo de ti, pero…—miro a la mujer delante de mí, atenta a todo lo que digo sin ningún disimulo—, no creo que sea buena idea hablarlo por teléfono. ¿Recuerdas esos mensajes y correos que te mandé? Está relacionado con eso.
Es la única manera que encuentro de mencionar el tema sin decir mucho más.
—Eh…no. No recuerdo nada de eso.
Escucharlo me deja de piedra. A qué se refiere con que no recuerda. ¿No le prestó atención o nunca llegó a él todo lo que le envié?
Y al parecer me quedo en silencio más tiempo del que debo, porque él vuelve a la carga.
—Ya debo irme, Leah, soy un hombre ocupado. ¿Puedes decirme de qué se trata? Entiendo que estés desesperada si viniste hasta aquí hoy, quizás puedo ayudarte.
El tono seco de su voz se siente como si un cuchillo caliente me atravesara, mucho más esas palabras que suenan a compasión impuesta. No esperaba que él se mostrara contento de verme, pero esto es demasiado humillante.
No obstante, por mis hijos, me trago mi orgullo y voy a por la última súplica. No puedo hacer mucho si él se niega a mis peticiones.
—Debes ayudarme, pero tenemos que tener esta conversación frente a frente —suena a ruego cuando lo digo.
No miro al frente, a la mujer de la que siento su risita burlona, para no perder la fuerza de voluntad.
—Eso no podrá ser —dice él, después de unos segundos en silencio, en los que mi aliento queda retenido en mis pulmones, a la espera.
—Si no fuera importante no estaría aquí. Si no estuviera desesperada, no me habría presentado ante ti. Ni estuviera casi humillándome para obtener unos minutos de tu preciado tiempo.
Las lágrimas ahora queman en mis ojos. Me duele decir todo esto delante de esa arpía que se divierte a mi costa. Me duele suplicar al hombre que amé y que me regaló sin saberlo a mis dos más grandes tesoros.
Es en ellos que pienso mientras mi dignidad cae al suelo y es pisoteada por Massimo De Luca.
—Sabes que no puedo perder mi tiempo y odio las intrigas. Habla de una vez o se acaba tu oportunidad.
¿Oportunidad? ¿Es eso lo que cree que me está dando?
Yo le estoy dando la oportunidad de conocer a sus hermosos hijos, a los dos pequeños que son mi mundo y quisiera mantener para mí sola. Es él quien debería rogar, después de tanto, pero soy yo la que está en la posición menos privilegiada.
Si tuviera millones y poco tiempo para mí misma, quizás pensara como él. Quizás ya no tuviera corazón.
—Esto no se trata de oportunidad. No estoy aquí para pedir a tus pies que me prestes atención. Estoy aquí para darte a ti una oportunidad. Pero, está bien, ya entendí. No te molesto más.
Corto la llamada sintiendo que con ese gesto acabo de tirarlo todo por la borda. Pero si antes estaba dispuesta a darlo todo por mis hijos, ahora con mayor convicción sé que así será. No importa si su padre no es capaz de formar parte de sus vidas, yo tengo que ser suficiente ahora y siempre.
Me alejo del mostrador sin decir una palabra. El teléfono vuelve a sonar, pero no presto atención a nada más. Sin embargo, escucho que me llaman una vez más.
—Señorita Stewart.
Miro atrás y la chica mantiene el auricular en alto, diciéndome sin palabras que él está al teléfono otra vez. Pretendo negar, pero lo pienso mejor.
«Por mis pequeños», me digo, para darme fuerzas.
Regreso sobre mis pasos y pretendo replicar, cuando lo que escucho del otro lado me deja clavada en el lugar.
—Señorita Stewart, por favor, espere en el salón.
Es una orden, pero no es Massimo quien la da. Es una mujer.
Y no sé por qué me indigna tanto, pero si antes estaba dolida, desesperada y traspasada, ahora me siento furiosa. Corto la llamada otra vez y pretendo irme, pero al acercarme a la puerta, el hombre de seguridad de antes, que tampoco me ha quitado los ojos de encima, se interpone entre la salida y yo. Niega con la cabeza.
Me detengo en seco, intento replicar. Él se lleva una mano a la oreja, como si estuviera recibiendo órdenes a través de un auricular. Yo espero lo que parece una eternidad. Hasta que él no se quite del medio no podré salir de este lugar.
Pero de pronto él señala con su barbilla por encima de mi hombro.
Yo volteo y entonces, lo veo.
A Massimo De Luca saliendo del ascensor.