Capítulo 6

2426 Palabras
Leah Stewart Me quedo sin aire de la impresión. Massimo se dirige hacia mí, con expresión seria y andar seguro. Su traje impecable me hace sentir andrajosa, en comparación con mis harapos empapados, mis cabellos pegados a mi cara y mi poca presencia ante tanto lujo. Mi boca se seca, como mismo pasó en la mañana. Verlo ante mí, viéndome con esos ojos de ese color tan extraño y único, me estremece. Sobre todo porque no hay bondad allí, es ese mismo vacío que vi aquella primera vez lo que me devuelve la mirada. Llega hasta donde estoy y sin importarle que alguien más está siendo parte de este encuentro, me mira de frente. —Buenos días. Ya me tienes aquí, en contra de todo lo que debería ser —murmura en tono aburrido y endurecido, como si estuviera haciéndome un favor. Otra vez siento que mi alma se deshace, que los recuerdos se difuminan entre tanta decepción. Mira su reloj y luego a mí, levanta una ceja—. No tengo mucho tiempo. Estoy esperando. Lo miro y trato de encontrar en él a ese hombre que sé que está ahí. Que vi más de una vez, que me enamoró. Pero no encuentro nada. Y aunque no lo esperaba, confirmarlo es demasiado difícil. No puedo hacer esto. No seré capaz de soportar una más. Lo presiento. Niego con la cabeza y doy un paso atrás. —No debí venir aquí —murmuro, tratando de voltear para salir de aquí una vez. Este hombre no hará nada por sus hijos. Eso puedo verlo. Estar aquí lo considera una pérdida de tiempo. No lo culpo, porque sé que es un empresario ocupado. Yo no puedo llevar a la vida de mis hijos la presencia de alguien que no los merece. Pensaba que sí, pero es evidente que no. No, si él insiste en destruir lo que yo llevo guardando todo este tiempo como si fuera un tesoro. Sin embargo, no he dado otro paso cuando su mano rodea mi brazo. Me quema al contacto, a pesar de que no me toca la piel. A pesar de mi ropa mojada. —Ven conmigo, Leah. Estoy hablando en serio cuando digo que no tengo tiempo. Me lleva con él como si yo fuera una muñeca de trapo. No espera a que yo responda, toma lo que quiere y necesita, como siempre. Quiero negarme, hacer resistencia, pero eso solo pondría esto aun más tenso. No quiero armar un escándalo en este salón, con testigos y la prensa esperando fuera con las ganas de sacar decenas de titulares amarillistas. Y después de todo, ya voy a poder hablar con él, ¿no? Aunque no merezca saber la verdad, aunque mi orgullo se sienta cada vez más sucio en el pulcro piso, mis hijos siguen necesitando un lugar donde vivir seguros. —Antes eras más educado —gruño, porque no puedo quedarme callada. Escucho su risa baja y eso logra que una corriente me atraviese la espalda, mientras me lleva al ascensor. —Sin embargo, tú sigues siendo tan impertinente como te recuerdo. En otro momento, quizás eso me hubiera hecho reír, pero hoy solo me duele y me enfurece. Porque sí, yo fui impertinente, yo fui lo que él no esperaba; una empleada que hizo de su trabajo lo que pudo, sin tener en cuenta toda una lista de especificaciones. Y eso lo sacó de paso muchas veces. Antes me sacaba una sonrisa nostálgica, ahora solo me dan ganas de alejarlo de mí para siempre. Nos mete en el ascensor y yo voy hasta el final. Me abrazo a mí misma, tratando de soportar el frío que siento, entre otras cosas, por la ropa mojada. Los espejos que reflejan en cada pared, me hacen sentir incómoda. Me recuerdan que yo no pertenezco aquí. Me hacen ver las diferencias tan evidentes entre él y yo. Su ropa hecha exclusivamente para él por cientos de diseñadores famosos, no tiene rivalidad con mi ropa de segunda mano, comprada en rebaja de rebajas, y gastada hasta lo último, porque vestirme como me gustaba ya no está en los planes. En todos los sentidos él es superior. Yo solo pude ofrecerme a mí misma cuando estuvimos juntos. Le di todo de mí, me abrí a él en más que cuerpo y alma. Le entregué mi corazón, a pesar de tener la certeza que me lo rompería. El ascensor se abre y yo doy un respingo. Metida en mis pensamientos no noté que se detenía, que ya habíamos llegado. Él sale y no mira atrás. Asume que lo seguiré. No está equivocado, pero su muestra indirecta me hace enojar, pero me duele más. Nos lleva por un pasillo y no veo a nadie. No sé si lo hizo, pero no dudaría que hubiera mandado a vaciar la puta planta solo para que no lo vieran conmigo. Sacudo la cabeza cuando mi pecho duele otra vez, con solo tener ese pensamiento. Se detiene frente a una puerta de cristal, en un salón de paredes transparentes e igual cantidad de ventanales. La ciudad se ve maravillosa desde aquí arriba, no puedo evitar quedarme embobada mirando hacia afuera. No me interesa si a él le molesta mi escrutinio. Observar New Orleans desde esta nueva perspectiva es algo para lo que no estaba preparada, pero sinceramente logra calmar mis nervios. Quizás ahora yo piense en la ciudad donde viví un infierno y no todo sea tan malo. —Puedes quedarte de pie si lo deseas, pero eso me obligaría a hacerlo a mí también. ¿Por qué no tomamos asiento? Me obligo a quitar mis ojos de las ventanas y volteo a verlo. Él se ve relajado, o por lo menos es lo que aparenta. Me señala la mesa y me encamino hasta una de las sillas. Tomo asiento y no verifico antes si él pretende ser un caballero. En su lugar, voy al grano. Lo menos que quiero y necesito es que vuelva a recordarme que conmigo aquí solo pierde el tiempo. —Antes te mencioné que te había hecho llamadas y enviado mensajes. Me dijiste que no sabías nada de eso. ¿Es verdad o solo fue una manera sencilla de despacharme? Mi mirada se posa en sus ojos y no la retiro más. Ahora no puedo. Massimo frunce el ceño y también sus labios. No necesito que me responda para saber que no tiene idea en verdad. —Insisto, no sé de qué hablas. ¿Qué querías decirme? ¿Qué decían los mensajes? Me remuevo incómoda en mi asiento. Cruzo mis manos delante de mí, entrelazo mis dedos y los apoyo encima de la mesa. Tomo una profunda respiración que me da fuerzas. —Te llamé muchas veces, te mandé decenas de mensajes. Había dos números en la tarjeta de contacto que me diste. Intenté contactarte a través de ellos, de los dos. Mi último intento fue a través del correo, el que también estaba grabado en la tarjeta. Te conté todo lo que estaba pasando, la razón de que insistiera tanto en contactarte. Te pedí ayuda, pero nunca recibí respuesta. No le digo que al morir mi madre todo mi mundo se vino abajo y que solo saber que estaba embarazada y que debía cuidar de mis bebés, me hizo mantenerme cuerda. No le digo más, porque no creo que siquiera preste atención a lo que digo. —Entiendo qué fue lo que pasó. No puse tu nombre en la lista, por tanto, cada intento de contacto tuyo fue desechado inmediatamente, antes de llegar a mí. Lo siento por eso, cuando te entregué la tarjeta de contacto debí avisar a mi asistente que pusiera tu nombre. Pero entonces ella estaba en New York, ya sabes. Asiento, pero es un gesto robótico. Se siente como si me obligara a hacerlo. Creo que es justo lo que estoy haciendo. Si pensaba que ya él no podía hacerme más daño, me doy cuenta que soy solo una ilusa. Sí que puede. Acaba de hacerlo. Pasé demasiado tiempo esperando respuestas, implorando al cielo que Massimo devolviera mis llamadas y yo pudiera sentir un respiro al menos. Pero resulta que yo no soy importante, no lo fui cuando me dio esa tarjeta, no lo fui como para estar en su maldita lista. Separo mis manos y luego las cierro en puños. Me muerdo el interior de mi mejilla para tratar de concentrarme en ese dolor y no en el que llena ahora mis ojos de lágrimas. —¿Es dinero lo que necesitas? —pregunta de repente y no cabeza se levanta como un resorte. Intento negar, tartamudeo una respuesta negativa, pero me deja tan pasmada que no alcanzo a completar ni una palabra. Siento la mirada de Massimo sobre mí, apenada, viéndome con lástima y compasión. Sus ojos se pasean por mi cuerpo y tengo que tragar el nudo grueso y caliente que se me queda en la garganta. —Te dije que te ayudaría y me gustaría que tomaras esto como una disculpa. Puedo imaginar que las cosas no han ido bien. ¿Cuánto necesitas? Saca su cartera y unos billetes. De esos que no veo nunca, de lo altos que son. —Ten, con esto debes tener... Cuando va a tomar mi mano para entregarme los billetes, reacciono. Retiro mis dedos, como si quemaran los suyos. —No necesito tu dinero, no es eso por lo que estoy aquí —reclamo con voz firme. No puedo permitirle que me humille mucho más. Cada cosa que hace logra empujarme más lejos. —No tengo tiempo para esto, Leah. Toma el jodido dinero y también esta tarjeta —replica con tono molesto, irritado, mientras saca de su cartera pero pedazo de cartón—. Este es mi número personal, puedes llamarme aquí cuando necesites hablar conmigo. Abre mi mano y deja los billetes. Logra hacerlo porque sus palabras vuelven a dejarme momentáneamente pensativa. ¿Número personal? ¿Se podía caer más bajo delante de este tipo? La rabia me llena de repente y lanzo los billetes al medio de la mesa. —¡Deja de hacer eso, Massimo! Ya te dije que no es por dinero que estoy aquí, no soy un puto experimento social —exclamo, más fuerte de lo que pretendo. Él me mira con confusión, primero, luego frunce el ceño. Esa expresión fría y alejada de toda emoción, es visible en su rostro. —¿Todo esto tiene que ver con lo que hay montado fuera? ¿Estás con los reporteros? ¿Es esa tu intención? Que lo insinúe ya es doloroso, que lo crea y sea capaz de decírmelo es aún peor. Muerdo con fuerza mi lengua, hasta que el sabor de la sangre llena mi boca. Mis uñas se encajan en las palmas de mis manos. Respiro profundo, intento controlarme, pero cada vez que pienso que puedo tener una tregua, recibo golpes más fuertes y certeros. Ya eso tiene que acabarse. Vine aquí por una razón, no para andar rogando por atención que, siendo sincera, prefiero lejos de mí. Un sudor frío me recorre la espalda, pero ya está. Es hora. —Voy a ignorar lo que acabas de decir solo por mi salud mental. Y como quieres saber qué carajos hago aquí para poder deshacerte de mí de una vez, pues aquí va. —Tomo una profunda respiración antes de soltar todo a bocajarro—. De todo el sexo que tuvimos en la casa quedé embarazada de gemelos. Tienes dos hijos hermosos que quiero que conozcas. Ellos...ellos... «Necesitan seguridad y protección», digo para mí, no me atrevo a aceptar eso ante él. Su reacción, sin embargo, me dice todo lo que necesito saber. Su cara pálida me muestra el horror que está experimentando. Sus pupilas se dilatan y sus manos, encima de la mesa, se cierran en puños. —¿Qué acabas de decir? —pregunta, con tono bajo, calmado, frío. Demasiado calmado para ser una buena señal. Me obligo a no dejarme intimidar. Por Mateo y por Matias tengo que mantenerme serena. —Que tuve dos hijos, Massimo. Y son tuyos. Niega con la cabeza. Primero suavemente, luego más descoordinado, descontrolado. —No, Leah, no voy a permitir que hagas esto. Dime qué carajos quieres, cuánto dinero te hace falta, y vete de una vez. Se está conteniendo y aún así, suena demasiado duro. La bilis me sube a la garganta. Él no me cree. —No quiero tu dinero. Si por mí fuera te juro que ni estuviera aquí. Esto no es mejor para mí que para ti. —¿Estás haciendo esto para llamar mi atención? ¿Es eso? Cada palabra va directo a mi ego. A mi dignidad. —¿Qué? ¿Cómo te atreves a insinuar eso, Massimo? ¿Alguna vez te di la impresión de querer tu atención de esta manera? Se encoge de hombros, cruel y despiadado. El hombre de negocios está ante mí, el Massimo que me besó en el lago y me hizo el amor a la luz de la luna, se perdió para siempre. —Es lo que haces justo ahora, me parece que es lo que pretendes. Lo que me parece una estupidez es que creas que puedes lograr algo... Me sacudo. Si me hubiera golpeado en la cara con el puño me habría dolido menos. Pestañeo las lágrimas que se acumulan en mis ojos y maldigo la hora en que no puedo decir una palabra. Por rabia, por dolor, por impotencia. —No tienes que ser cruel para demostrar un punto. Mis palabras tocan una fibra sensible para él. Se levanta con un salto que tira su silla al suelo. Es estruendo se escucha a mi alrededor y creo que en todo el piso. —¿¡Qué quieres!? Te estoy dando todo lo que puedo y no tengo obligación ninguna contigo. ¿¡Qué buscas!? Grita descontrolado. Y yo no estoy dispuesta a aceptar esto mucho más. Me levanto, con mis manos cerradas y mirada firme. Lo enfrento. Su pecho sube y baja con dificultad. Su nariz aletea, como un toro furioso que está próximo a perder la cabeza. —Que me creas. Porque tienes dos hijos hermosos, que necesitan tu ayuda. El último intento dr hacerlo entender. Pero mis palabras lo llevan más lejos. —¡Lárgate! ¡Vete de aquí! ¡No te creo! —ruge sus órdenes y yo no dudo. Doy media vuelta y me alejo con lágrimas en mis ojos. Las que él no merece ver.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR