Capítulo 7

3067 Palabras
Massimo De Luca «¡No! ¡Hijos, no!» Esto tiene que ser una jodida broma de mal gusto. Esto es solo la mierda de vida que tengo dándome en la cara por razones que todavía no logro conocer. No puede estar pasándome algo así. Leah tiene que estar mintiendo, porque no puede ser posible. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la dejé atrás? Esto tiene que ser una mentira de tamaño abismal. Mis manos tiemblan de rabia y siento mi boca seca. La silla que más cerca me queda de repente me molesta y cuando no puedo lidiar con la furia que estoy sintiendo, ligado con un miedo atroz, la quito del medio y de un tirón la lanzo contra una de las paredes de cristal armado. Se hace mierda la silla y es la imagen que tengo de mí mismo, roto, mientras mi pecho sube y baja con dificultad. «Yo no puedo tener hijos. No los merezco». Lo pienso una y otra vez, lo repito en mi cabeza, como un loco que solo le da vueltas a un ridículo pensamiento. No puedo tenerlos, porque perdí ese derecho hace casi dos años. Cuando mi esposa dejó este mundo con nuestro bebé en su vientre. Cierro mis manos en puños atrapando las cortas hebras de mi pelo y los halo con fuerza, hasta que deba doler. Pero no duele una mierda, no duele lo suficiente. Veo que alguien se acerca, pero mi vista está oscura, con tonos rojos alrededor. No soy persona en este instante y viéndome de fuera, yo mantendría la distancia de mí mismo. —¿Massimo? Es Martina la que habla, se acerca y yo retrocedo por instinto. Ella no tiene nada que ver con esto. —¿¡Esto es el castigo por haber roto mi promesa!? —grito, sin embargo, sin preocuparme de nada más. Miro a los ojos de mi asistente, a quien considero una amiga. Siento la desesperación calar cada uno de mis huesos, esto no se trata de mí y a la vez, es demasiado para soportar. ¿Por qué siento que me falta el aire y que mi pecho duele? —¿¡Tener dos hijos que no merecen a un padre como yo!? ¡¡Un padre que no podrá cuidarlos nunca!! Martina se queda en silencio, pero veo la sorpresa en su expresión. Ya somos dos, entonces. Decirlo en voz alta lo hace parecer más real y no sé si eso me hace bien o me pone peor. Apoyo mis manos sobre la mesa y bajo mi cabeza. No puedo controlarme, todo dentro de mí tiembla. Siento la mirada de Martina, pero a ella le toma tiempo decir algo. —Ve a la oficina. Voy a comunicarle a Dmitri que la siga. —Da media vuelta y no espera que yo confirme lo que acaba de informarme. Sabe que si lo pregunta mi respuesta sería un rotundo no. Y ella es, además de mi asistente, mi encargada de relaciones públicas. Su mente está preparada para ver más allá en este tipo de situaciones, las repercusiones de mis decisiones de mierda. La veo irse, no obstante, y no la detengo. ¿Quiero que Dmitri siga a Leah? ¿Quiero saber si todo eso que dijo es malditamente cierto? ¿Puedo vivir con eso si resulta que no hay nada falso en sus palabras y yo la traté como la mierda?, ¿que tengo dos hijos a los que no conozco? De solo pensar en lo que le dije cierro los ojos y maldigo. Me llevo una mano al pecho cuando el dolor ahí se extiende. Mis pulmones me queman y en algún punto me doy cuenta que es porque necesito respirar. Culpa. Es lo que siento carcomiéndome de la peor forma que haya podido experimentar. Ni siquiera cuando me rendí a los encantos de Leah y la hice mía aun cuando mi esposa y mi hijo no nacido se acostumbraban a la vida bajo tierra. ¿Qué tipo de hombre soy? ¿Tan mierda soy y este es mi puto castigo? Me zafo la corbata mientras salgo del salón de reuniones, el calor que siento en el cuello es devastador. Necesito aire fresco, pero eso significaría salir al exterior y lo menos que quiero ahora es encontrarme de frente con esa bandada de locos queriendo conocer todo sobre mi vida. Tomo rumbo a mi oficina, es mi lugar seguro justo ahora. Dmitri me dijo que Leah había estado hablando con Leroy McAvoy cuando nos encontramos en la mañana y yo tuve que entrar. Eso me impulsó a decir cosas que no debía, pero qué esperar de una mujer que estuvo en mi cama en mi peor etapa, en medio de esos días en los que solo verla me hacía sentir que podía vivir al menos para verla. No es que yo sintiera algo romántico hacia Leah, es que ella fue la razón por la que no hice lo que pretendía cuando llegué a esa casa. Yo quería morir solo. Pero estaba tomándome demasiado tiempo el decidirme. Dicen que quien toma esa decisión no tiene miedo a la muerte, hace lo que deba sin pensarlo dos veces, porque la vida es más aterradora que lo que puede encontrarse del otro lado. Yo no estaba preparado para eso, lo entendí después. Solo estaba vacío, me sentía solo, me sentía incompleto. La primera vez que la toqué sentí algo al fin. Leah se convirtió en una especie de droga adictiva para mi cuerpo. Cuando ella no estaba, cuando no la tocaba, yo no sentía nada. Esa oscuridad seguía latente, ese silencio en mi cuerpo, en mis pensamientos, me mantenían en un limbo. Pero solo entraba a la habitación y todo de mí reaccionaba a ella. ¿De qué manera resistirme a lo que me dio deseos de vivir cuando quería despedirme para siempre de esta vida de mierda? Ahora resulta que existe una gran posibilidad de que Leah haya quedado embarazada y que todo este tiempo haya criado a mis hijos, dos pequeños. No quiero pensar de más, porque recordar la manera en que ella se ve en la actualidad ahora cobra un poco más de sentido. Pero no profundizo en ese pensamiento, porque si Leah está tan necesitada económicamente, al punto de verse como lo hace, la culpa que ya siento se multiplicaría. Voy directo al ventanal que tengo detrás del escritorio cuando entro del todo a mi oficina. Me recuesto al vidrio y el frío contrasta tanto con el calor de mi cuerpo, que casi suspiro solo con el contacto. No sé cómo sentirme. No sé qué pensar o qué hacer. Solo he caído rendido al encanto de Leah en todo este tiempo. No he sido capaz de tocar a una mujer después de ella. Por lo que ella significó en mi peor momento y porque ya sentí demasiada culpa después de aquellos días. Mi vida es una mierda, mi maldición es vivir en esta tierra sin la mujer que consideraba mi vida entera. Las pesadillas me acompañan día y noche, dormido y a veces, hasta despierto. ¿De qué manera acepto ahora esto? ¿De qué manera supero el miedo visceral que siento de solo pensar en mil escenarios a los que todavía no le pongo nombres? —Massimo, Dmitri fue tras la chica —informa Martina en cuanto entra a la oficina. Yo no me muevo de mi lugar en la ventana. Miro la ciudad que me ha acompañado este tiempo. Lejos de todo lo que conocía y amaba, el pensamiento de regresar a New York solo logra estremecerme. No logro superar aún mis fantasmas. Y mis malditas terapias siguen siendo ineficaces. —¿Qué harás, Massimo? —pregunta, yendo directo al grano. Martina nunca me deja caer en mi autocompasión—. Necesitaremos lidiar con la decisión que ella tome. Si decide vender la exclusiva, que creo es lo que hará vistas sus…fachas, estaremos en un problema peor. Mi corazón duele en el momento que la escucho insinuar que Leah tiene más necesidades de las que puedo aceptar. Y así vive con dos niños…que pueden ser mis hijos. Que lo son, si ella se atrevió a venir hasta aquí. No la creo tan tonta como para hacer pasar a dos niños como míos cuando eso puede demostrarse en un laboratorio. —No sé —acepto con un suspiro. El impulso de proteger me alcanza y si son mis hijos, si ella necesita de mi ayuda, no dudaré en darle lo que sea. Pero, eso tiene un alto costo. Un costo que solo puedo pagar yo mismo. «¡Joder! ¿Qué mierda voy a hacer?». —Massimo, esta vez no te voy a hablar como una amiga, porque conozco la historia y ahora mismo solo puedo tratar de contener todo lo que se nos viene encima si esto sale a la luz. Te hablaré como la encargada de tu imagen. Me giro lentamente, sintiendo que no puedo negar este momento, hasta que miro a los ojos de la mujer práctica ante mí. —Voy a contactar con tu abogado. Lo más seguro es que él recomiende una prueba de ADN, así que prepararé eso también a la par. Cuando Dmitri tenga la información que necesitas, deberás ir con ella y tratar de conseguir que no abra la boca. Esa chica evidentemente tiene necesidades y los reporteros acampando en el frente de tu empresa y en el edificio donde resides, son un gran incentivo cuando se trata de dinero para conseguir cualquier trapo sucio. Asiento. Sé que ese es justamente el procedimiento normal, el de cubrir primero mi imagen, hacer lo que sea para evitar el escándalo. Leah y esos…niños, son uno de los más complejos, uno de grandes dimensiones. —Y ahora seré tu amiga. —Abro los ojos y la observo. Su expresión está suavizada—. Es duro seguir adelante cuando se pierde a la persona que pensabas amar para toda la vida, con la que querías compartir tus mejores años, los peores; con quien pretendías formar una familia. No alcanzo siquiera a entender la magnitud del dolor, porque de pensar que puedo perder a Darryl mi alma duele de maneras que no soy capaz de entender. Pero la vida sigue, Massimo. La vida siguió para ti. Esa chica llegó a ti de la manera más sencilla, sin pretenderlo se robó toda esa oscuridad por un tiempo del que te sientes culpable, pero en realidad piensa en esto, ¿hiciste algo malo? ¿Renacer de una manera tan natural es para sentir que cometiste el peor error de todos? ¿Por qué no regresas en el tiempo y revives en tu cabeza todo lo que me contaste esa tarde, cuando bebiste hasta el agua de los floreros? ¿Por qué no logras ver el milagro que tienes delante? Perdiste a tu esposa, no llegaste a conocer a tu bebé, pero, ¿crees realmente que Isabella quería que te quedaras muerto en vida? Cada una de sus palabras me sumerge en un hueco oscuro. En uno del que solo siento que tengo la posibilidad de salir cuando pienso en esos días, justo como Martina recomienda. Porque solo ella, Leah, fue capaz de hacerme sentir chispas en un pecho que se notaba vacío. —Rompí mi promesa —digo y es mi única justificación. Tengo palabra. Mis promesas valen. ¿Qué dice de mí que una mujer que no conocía lograra hacerme sentir vivo cuando solo quería morir y acompañar a mi esposa? Eso me hace un puto infiel. Y odio a los infieles. Los conozco de primera mano y es una mierda lidiar con esas situaciones. —¿Exactamente qué prometiste, Massimo? Cierro los ojos. El dolor me absorbe. No puedo evitarlo. —Prometí que nunca más sería feliz. ------ —Señor De Luca, el lugar no es nada seguro y no… —No me importa si es seguro o no. Llévame —interrumpo a Dmitri, con furia, cuando él pretende hacer una recomendación que no le he pedido. La frustración en su cara es evidente. Sé que si se atreve a decirme esto es porque el lugar tiene un alto nivel de riesgo. Pero eso solo me hace insistir con más fuerza. Me costó demasiado entender mis emociones, creo que aún no logro comprenderlas del todo. Pero lo que sí está claro es que hay algo sucediendo, sobre lo que tengo responsabilidad, y no puedo dejarlo de lado. Si esos dos niños son míos o no, ya tendré tiempo de averiguarlo. Pero lo que no puedo soportar es el saber que Leah vino a mí, tragándose su orgullo, y que yo actué como una mierda de hombre sin pensar más allá de mi egoísmo. —Al menos cámbiese de ropa, señor. No podemos entrar con demasiada seguridad, porque eso sería llamar demasiado la atención. Y no puede usted verse como una recompensa andante, porque eso también sería peor. Miro mi traje Armani y resoplo con fastidio. Doy media vuelta y me dirijo al baño de la oficina, donde guardo algunas camisas de repuesto, ropa menos formal y algunos recambios de todo lo demás por si hiciera falta. —¿Los niños? ¿Los viste? —pregunto mientras me alejo. Dmitri no ha sido muy detallista respecto a la situación. En cuanto me dijo el barrio donde Leah está viviendo no lo dejé hablar más, le exigí ir por ella. No sé qué mierda estoy haciendo, pero la duda, la incertidumbre, no me deja mantenerme alejado. Ya metí la pata una vez, no puedo hacer que eso se vuelva costumbre. —Al salir de aquí ella se dirigió a casa de una amiga, allí recogió a dos niños. Creo que tienen un año, señor, aunque no puedo asegurarle, porque sé muy poco sobre bebés. Fue caminando todo el tiempo hasta que se adentró en esa área peligrosa. Anoche hubo un tiroteo justo en la calle donde está su edificio. Mis manos se quedan congeladas mientras me quito la camisa. Un terror inmenso me recorre, el frío me atraviesa la espalda. —¿Tiroteo? El solo decirlo me pone mal. Pensarlo, es todavía peor. —Sí, señor. Es una zona donde convergen dos bandas. Un territorio neutral, pero que se convierte muchas veces en un campo de batalla, cuando las cosas entre ambas se sale de control. —¡Dios! —jadeo con dificultad, de solo pensar en el miedo de ella. De los niños. La culpa vuelve a golpearme, pero esta vez la envío lejos, necesito estar centrado para hacer lo que deba. Un pensamiento me da vueltas y no lo permito entrar. Si lo hago, estaré perdido. Mis miedos. Mis miedos no pueden repetirse. Me visto lo más rápido que puedo. Cuando salgo del baño Dmitri está con su cara de póquer y su postura combativa. Está en modo protección y no lo culpo. Le estoy pidiendo que me meta en una cueva de lobos. —Vamos. El trayecto hasta las afueras de la ciudad, es largo. Me toma todo mi autocontrol no comenzar a gritar por las ventanillas para que todos los malditos autos se quiten del medio cuando se nos atraviesan. Necesito llegar de una vez. Sé que nos acercamos a nuestro destino cuando Dmitri se tensa en su puesto de conductor. Yo voy a su lado, como nunca lo hago, porque no queremos llamar la atención. Incluso tomamos prestado el auto de un amigo de Dmitri, no es como que mi Bentley o mi BMW puedan entrar aquí y salir intactos. —Está en el mismo primer piso —informa mi seguridad con los dientes apretados. Bajamos del auto sin mirar a nuestro alrededor. En este punto sé que Dmitri vio lo que necesitaba mientras aún estábamos en el auto. El edificio es viejo, no está en buenas condiciones. De solo verlo por fuera puedo imaginar cómo estará por dentro. Y no me equivoco. No puedo mantener más tensa mi mandíbula, mis manos son dos puños cerrados cuando avanzamos por el pasillo y escuchamos gritos, peleas, música y de fondo, el llanto de un niño. «O dos», me digo, cuando Dmitri se detiene delante de una puerta y me hace un gesto para confirmar que aquí es. Mi corazón late fuerte cuando escucho el llanto del otro lado de la puerta. Toma toda mi fuerza poder llamar de una vez. No lo hago rudo, pero escucho claramente cuando, al llamar a la puerta, el llanto se incrementa y ella pide una y otra vez a sus hijos que hagan silencio. No hay ningún tipo de privacidad en este lugar y no necesito preguntar para saber que este llanto que se escucha en todo el pasillo, ha sido motivo de problemas. «¡Dios mío!». —Leah… —la llamo por su nombre, porque entiendo que no abrirá si piensa que es alguien que quiere molestar—. Soy yo, por favor, abre. No se escucha más que llanto por unos segundos, hasta que los pasos de ella acercándose a la puerta llama mi atención. —¿Massimo? —Su voz es suave, interrogativa. Todavía no se atreve a abrir. —Sí, soy yo. Por favor, abre, quiero verte. «Y a mis hijos», pero eso no lo digo. Segundos de silencio de su lado, los niños también se han callado. Luego se escucha algo en la puerta, como si estuviera corriendo un pestillo o una cadena. Y se abre al fin. Aparece ella con su cara hinchada de llorar, la nariz roja y los ojos vidriosos. La ropa que trae puesta está más raída que la que llevaba en la mañana, su pequeña estatura es un recordatorio de lo mucho que me gustaba tenerla abrazada a mí. —¿Qué haces aquí? —pregunta, con su expresión seria, a pesar de que evidentemente no tiene la mejor presencia para enfrentarme. Pero ella nunca ha sido de las que se calla, eso también fue una de las cosas por las que caí en su encanto. —Vine a buscarte. No dudo al decirlo y mientras lo hago, miro por encima de su hombro. A esa pequeña cunita que está pegada a la cama y a su vez, a la pared. Donde dos niños idénticos me devuelven la mirada. Dos niños que hacen que mi corazón deje de palpitar por unos segundos.
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