Capítulo 8

2015 Palabras
Leah Stewart Repito la frase en mi mente, tratando de buscar el error en ella, porque me parece irreal. Pienso que quizá mi mente me está jugando una mala pasada o que ya he perdido la cordura y he cruzado esa línea en la que ahora me encuentro viendo y oyendo alucinaciones. Pero no… no son locuras mías. Él está aquí y lo que ha dicho me ha tomado desprevenida. —¿Qué acabas de decir? —pregunto, cuando el nudo de sorpresa que se forma en mi garganta baja al fin y encuentro mi voz nuevamente para poder expresar un poco de lo que hay en mi desordenada cabeza. La mano que sostiene la puerta no puede estar más tensa y espero que no sea tan evidente, mis nudillos están blancos y me duelen los dedos de tanto presionarlos. Y aunque intento relajarlos un poco al ser consciente, me es imposible. No me pasa por alto la mirada de Massimo por encima de mi hombro a mis pequeños, que están en la cuna. Quisiera ver qué hay más allá de esa mirada, poder leer sus pensamientos mientras los ve, pero no puedo hacerlo. Tampoco me pasa desapercibido el hombre que está detrás de él, quien asumo debe ser parte de su equipo de seguridad; pero noto que es el mismo que en la mañana me retuvo en la puerta. —¿Puedo pasar? —rehúye mi pregunta y hace la suya, presionando un poco y poniendo más tensa la situación. Yo quiero negarme, eso que debería hacer porque lo menos que quiero es tenerlo aquí en este pedazo de cuchitril, que vea en la condición en la que vivimos y mucho menos, después de su humillación de esta mañana. No puedo permitir que él me mire con una lástima que no quiero ni necesito, no de él, eso es lo que menos quiero de su parte. Además de que ya me cuesta demasiado verlo con buenos ojos por sus acciones. Pero debo calmarme, debo tragarme el maldito orgullo, porque a fin de cuentas esto no se trata de mí, de lo que siento, de lo que pienso y de todo lo que pasó entre nosotros. Esto se trata de mis hijos, que son suyos también, de su bienestar y que merecen tener una vida normal; una vida con al menos lo básico para poder vivir tranquilos y crecer sanos. Y eso es algo que, actualmente, yo no puedo ofrecerles. Suelto un suspiro en el que dejo salir todo el cúmulo de sentimientos que tengo ahora y abro más la puerta, porque no tengo alguna otra opción. Massimo da un paso adelante para entrar, pero luego se gira para decirle algo a su acompañante, que no alcanzo a escuchar. Este asiente sin decir nada y se va, dejándonos solos. Yo me quito del medio cuando él avanza y cierra la puerta detrás de sí. Sus ojos siguen desviándose hacia Mateo y Matías, los mira con dulzura y a la vez con un poco de recelo, incluso, con curiosidad, puedo notar que tiene muchas preguntas en su mente. Sé que su cabeza debe ser una completa locura justo ahora y no es para menos. No lo juzgo por eso, no podría hacerlo, sería demasiado injusto de mi parte. Si estuviera en su posición, me costaría aceptar de primera impresión que tengo dos hijos y que debo asumir responsabilidad sobre ellos. Porque sí, es cierto, no es una noticia fácil de asimilar y entiendo que él no lo esperaba, pero así sucedieron las cosas y aunque sé que es difícil, hay que enfrentarlas. Pero lo que sí estoy cien por ciento segura de que no haría, es juzgar sin conocer todas las bases, sin saber todo antes de acusar o pensar mal de una persona. Y es lo que más me duele a mí, lo que hace que, incluso, me hierva la sangre de solo pensarlo, el motivo por el que mi rostro debe ser un desastre rojo e inflamado ahora y por el que quisiera gritarle que se largue de aquí, que no lo necesito, cuando la realidad es otra. «Él pensó que yo estaba siendo parte de un juego de manipulación, él pensó lo peor de mí, sin darme el beneficio de la duda», me repito, para recordarme que Massimo no tiene una buena opinión de mí, que para él soy lo peor, soy una arribista y nada más. Después de todo, no estuve en su dichosa lista. Nunca me consideró como alguien importante en su vida ni creí que lo haga en el futuro. —¿Cómo se llaman? —No se acerca a ellos, pero los mira con fascinación, detallando cada parte que puede observar de ellos. Y no necesito que me diga nada para darme cuenta de que él ve lo mismo que yo. Sus mismas facciones, la forma de su nariz, sus labios, su mentón, demostrando que son sus mini copias. Si él quisiera negarlos, al verlos, se tendría que tragar sus palabras, porque ellos tienen los genes de su padre. Yo he tenido que vivir todo este tiempo mirando a la cara a dos pequeños que no me permiten olvidar el recuerdo de su padre ausente, que me lo recuerdan, incluso, con algunos gestos que hacen aún siendo tan pequeños. —Mateo y Matias —respondo en un tono de voz bajo, pero firme, esperando su reacción. Él voltea a verme, sorprendido, siendo la reacción que esperaba. Yo siento que mis mejillas se encienden con vergüenza, me es inevitable, porque sé que lo he tomado con la guardia baja. Esos son los nombres de sus abuelos, nombres que son especiales para él. ¿Cómo lo sé? Pues sencillo, porque él me contó de su vida más de lo que recuerda, me habló de su familia, de algunos sueños y metas que tiene, algunos retazos que le le apetecía darme en su momento, mientras que yo disfrutaba escucharlo metida en sus brazos, mientras veíamos el hermoso lago frente a la casa. Sus abuelos, cada uno por un lado de su familia, fueron su pilar en momentos claves de su vida, aún recuerdo la expresión en su rostro cuando hablaba de ellos. Yo lo grabé en mi mente mucho más porque vi el amor en sus ojos cuando los mencionaba, lo relajado de su expresión mientras hablaba de su niñez en Italia, luego de sus viajes constantes para visitar a su familia. A través de él sentí que podía saber, al menos, lo que significaba tener una familia. Yo solo tuve a mi madre, a nadie más y oírlo, fue como si de cierta forma me ayudara a imaginar cómo hubiese sido mi familia. Los ojos de Massimo queman estando fijos en los míos, pasan los segundos y él no deja de mirarme. El aire se llena, de repente, de una estática que hace erizar cada vello de mi cuerpo, impidiéndome incluso, respirar con facilidad. Si él está recordando o no las veces en que me contó momentos felices de su vida, no lo sé, solo sé que no puedo seguir mirándolo mientras él me ve de esa forma. —Siento mucho lo de esta mañana —dice de repente, ahora sorprendiendome a mí—. Me tomó desprevenido todo y no ayudó que fuera del edificio tuviera una docena de reporteros acampando, esperando para saber cualquier minúscula cosa de mi vida para tergiversarla a su conveniencia. No debí actuar como lo hice. Lamento haberte gritado que te fueras, estaba un poco….descontrolado, lo siento. Yo vuelvo a mirar otra vez a sus ojos mientras habla y hay sinceridad allí, pero también hay algo más. Algo que no quiero descubrir de qué se trata. Querer buscar de más no es lo que debo hacer. Mi cabeza duele y también todo el cuerpo, no le doy una respuesta, no puedo, porque mi garganta está seca. Soy consciente de ello cuando Massimo no dice nada más y da un paso en dirección a los niños, viéndolos a ellos con una mirada llena de ilusión. Es como si de repente fuera consciente del verdadero cansancio que siento, como si todo el peso que he cargado durante este tiempo se asentara y todo el cansancio que he estado ignorando, se hiciera presente con más fuerza. Mojarme hoy en la mañana no fue una buena idea, mantenerme con la ropa empapada fue aún peor de lo que pensaba. Sé que no debí hacerlo y no quiero que esto traiga consecuencias desfavorables para mí. Pero la verdad es que ya me siento como si hubiera pescado un resfriado y eso no es una buena noticia. Me molesto conmigo misma por ser tan imprudente, pero en su momento no pensé que tuviera otra opción. Desde que tengo a mis pequeños me aterra enfermarme, porque yo soy la que está para ellos siempre y necesitan de mi cuidado constantemente. Además que cualquier cosa que yo tenga, pudiera contagiarlos a ellos y lo menos que quiero es que se enfermen por mi culpa. Me aterra pensar en la idea de que si me enfermo, puedo llegar al punto de perder fuerzas y de que si yo me tiro a morir en una cama porque no puedo más, no tengo quien me cuide a mis bebés. E imaginar que ellos también se enfermen por eso, me da terror. Eso, sin contar que no tengo dinero para asistir a un hospital decente. La culpa se hace presente en mi pecho, no he pensado bien las cosas. Y es que cada acción tiene una consecuencia. Debo pensar en que ahora las consecuencias de mis actos no me afectan solo a mí, sino a ellos también. Me abrazo a mí misma cuando me viene un escalofrío, desde mi posición puedo detallar cómo Mateo y Matias observan a Massimo con exquisita atención. Están embobados, viendo al hombre que se les acerca y no haciendo nada que me dé la impresión de que pueden asustarse, solo se quedan detallando cada parte de su rostro, como si él los hubiera hechizado, tal y como hizo conmigo en su momento. «¿Será que lo intuyen? ¿Es eso posible?». Me cuestiono a mí misma. Llega a la cuna, se acerca lo más que puede a ellos. Extiende su mano y sin pensarlo dos veces, la coloca en la cabecita de Mateo. Mi hijo suelta una carcajada alegre que hace que mi corazón lata rápido. Matias le sigue. Y Massimo…Massimo sonríe como si el mundo le hubiese sido entregado a sus pies. De forma instantánea, una sonrisa también se forma en mis labios y ese nudo que tenía en la garganta vuelve a aparecer. «¿Tan difícil era que todo sucediera así desde el principio?». Trago grueso y respiro profundo para contener las lágrimas que pican en mis ojos y quieren ser derramadas. Quizás no debería entusiasmarme al ver estas escenas, debería ser más fuerte, recordar por lo que pasé, recordarme todo y no ser la tonta que llora en este momento. Pero ver la sonrisa de mis hijos y saber que Massimo está aquí por una razón, hace que sea inevitable y aunque yo quiera negarme a mí misma que no lo necesito, la verdad es que sí lo hago. Él es el único que puede sacarnos de aquí, que puede darles a sus hijos una verdadera vida, lejos de todas las carencias que tenemos actualmente. Yo no necesito nada para mí, con que él esté dispuesto a cubrir las necesidades de los niños, yo estaré bien. Lo único que me atrevería a pedir sería un lugar donde vivir, porque este edificio, este vecindario, no es el lugar donde mis hijos deberían crecer. Pienso que podría hablar de eso ahora. Él dijo que vino a buscarme, así que supongo que pretende sacarnos de aquí, pero tampoco quiero romper el momento privado que él está teniendo con sus hijos. Un momento que hace que mis ojos se llenen de lágrimas. No puedo evitarlo, porque a pesar de todo, este encuentro era en todo lo que soñaba para mis pequeños.
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