Massimo De Luca
En mi cabeza hay demasiadas cosas justo ahora, recuerdos de palabras dichas, acciones y omisiones que he cometido. Momentos vividos que se hacen presentes, con más fuerza, justo ahora.
Hay mucho que yo debo analizar, cosas que debo pensar con detenimiento. Hay demasiadas emociones que tengo que gestionar justo en este momento.
No creo que yo sea consciente de todo lo que está revolucionándose en mi interior, emociones que crecen cada vez más y que en sí mismas, se contradicen entre ellas.
Pero hay algo que tiene más fuerza que todo, que por más que quiera mantener al margen, soy incapaz de controlar; que, en este instante, sería imposible hacerlo.
Y es la placidez inmediata que siento cuando veo a estos dos niños mirándome con curiosidad, con ternura, con esa mirada tan pura, una como nunca había visto antes.
Antes, horas atrás, pensar en tener un hijo era como una falta a todo lo que prometí en aquel cementerio, sentía que la estaba traicionando.
No solo al haber estado con otra persona, sino, como si eso fuera poco, saber que tengo dos hijos que no pude formar con ella. La familia que le prometí y que hice con otra mujer, hace que el dolor sea mucho más profundo.
Me sentí roto, desesperado y abrumado, porque a pesar de querer huir, largarme lejos y olvidarme de todo, no pude evitarlo. Así como ahora, que a pesar de mis reservas, mis dos hijos me sacan una sonrisa genuina, estos dos pequeños logran sacudir mi interior como si un terremoto tuviera lugar dentro de mí.
Me hacen sentir una paz interna y a la vez un terrible miedo, porque aunque no los esperaba, aunque han sido una gran sorpresa, quiero ser el mejor padre para ellos. Quiero hacer las cosas bien, quiero darles la mejor vida posible y me da miedo equivocarme.
Ellos han llegado a remover todo dentro de mí, al igual como lo hizo su madre, en cuanto su mano tocó la mía por casualidad aquella vez.
—Ve recogiendo lo que consideres necesario y que podamos llevarnos hoy, no quiero que estés más en este lugar, ni un segundo. Tenemos que salir de aquí cuanto antes —digo, sin mirarla, toda mi atención está en los bebés delante de mí.
Porque me han dado una sonrisa maravillosa, dejándome aún más embobado de lo que estaba antes.
Escucho un carraspeo que me hace dudar y cuando me giro, la veo a ella con sus mejillas sonrosadas y un ligero temblor en sus labios, haciendo que mis sentidos se pongan en alerta, porque algo dentro de mí me dice que la cosa no va muy bien.
Frunzo el ceño, pero no digo nada, prefiero guardarme mis palabras para tratar de, alguna forma, llevar la fiesta en paz. Sus ojos se ven vidriosos y no estoy seguro si está emocionada o se siente mal; y eso comienza a preocuparme un poco.
Algo me dice que es lo segundo y si no me acerco a ella y toco su frente, es porque no creo que me permita acercarme demasiado para poder hacerlo. Y no quiero que me rechace justo ahora, no cuando estamos en medio de este momento. Su rechazo o mi acercamiento, podría poner las cosas más tensas y es lo que menos deseo.
—¿A dónde nos vas a llevar? —pregunta con un suspiro.
Me da un poco de paz que ella esté tranquila, que no ponga resistencia a mi petición, que no muestre ese orgullo suyo que tantas canas verdes me sacó en el pasado; al menos puedo respirar tranquilo por ese lado.
Sé que lo hace por los niños, la entiendo, los está poniendo como prioridad y sé que eso habla muy bien de ella como madre. Yo, en su lugar, estaría desesperado también si tuviera que vivir aquí y aceptaría esa propuesta en pro al bienestar de los niños, a pesar de todas sus reservas.
Yo reconozco que fui un cabrón de mierda cuando la traté tan mal esta mañana y eso no me lo voy a perdonar, ni ahora ni nunca. Porque ella no merece ese tipo de trato, porque no es culpable de todo lo que hay en mi cabeza y en mi corazón, no es culpable de mis promesas rotas y de todo lo que tengo guardado.
Ella solo acudió a mí porque tenía la desesperación de una madre que no tiene para darle una vida digna a sus hijos por el momento y si soy sincero conmigo mismo, tengo que aceptar que siempre trató de no exponerme a mí, a mi imagen, que cuidó mi reputación, cuando yo de terco quería que ella hablara de lo que necesitaba delante de cualquiera. Leah siempre fue prudente a pesar de todo.
—Por el momento, vamos a mi casa, creo que es más seguro que quedarnos aquí.
Sus ojos se abren como platos y yo finjo que no vi eso, vuelvo a mirar a mis dos niños. Imagino que estará repitiendo la frase en su mente, porque sí, nos vamos a mi casa y si ella se opone, no pienso moverme de aquí hasta que ella dé su brazo a torcer.
Los niños vuelven a sonreír y yo les devuelvo el gesto, quisiera cargarlos y arrullarlos hasta que se queden dormidos, pero no creo que deba hacerlo en este instante, hay cosas por hacer antes de dedicarme a eso. Lo primero es sacarlos de aquí, ellos necesitan estar en un lugar seguro y esto es cualquier cosa, menos eso.
—Massimo, no quiero que malinterpretes mis palabras, pero la verdad es que yo no quiero vivir contigo. Te busqué porque necesitaba ayuda económica principalmente y porque mis hijos, dentro de todo, merecen crecer con su padre presente, es su derecho, uno que jamás les negaría a ellos para que me lo reprochen en el futuro. Uno que a pesar de todo, jamás te negaría a ti tampoco. No quiero que creas que pretendo vivir a costa de ellos ni mucho menos, yo…con un lugar mejor donde estar, me conformo. No necesitamos lujos tampoco, solo quiero que ellos estén bien.
Cierro los ojos al sentir esa urgencia en su voz que hace que se me forme un nudo en la garganta. Tan solo imaginar todo lo que ha tenido que pasar para que deje su orgullo a un lado y venga hasta a mí para pedir ayuda, una que a fin de cuentas es mi obligación, porque estos niños son tanto míos como de ella.
Siento en sus palabras la manifestación de su independencia, de su propia valía. Sé que ella se negará a todo lo que tenga que ver con nosotros conviviendo en un mismo lugar, pero ya tomé una decisión, solo debo convencerla de que es lo correcto. Por el bien de los niños, sobre todo, esa debe ser nuestra prioridad.
Ella y yo somos un caso diferente que después resolveremos.
—Eso podemos verlo mañana o en cualquier momento que quieras hablarlo, pero justo ahora quiero que salgas de aquí lo más pronto posible, Leah, por favor, escúchame —declaro, sin atreverme a dar otro vistazo a este cuarto destrozado y lleno, incluso, de humedad.
La primera impresión fue una que no voy a poder olvidar nunca y no quiero imaginar lo que fue la vida de ellos desde que llegaron, es tan injusto y todo es mi maldita culpa.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí? —Trago en seco el nudo en mi garganta cuando pregunto, torturándome a mí mismo, porque sé que su respuesta dolerá, pero necesito saberla.
Leah, que se movió para buscar una bolsa y guardar lo imprescindible de los niños, se queda tranquila por un segundo. Me mira con expresión desolada, pero luego, rápidamente, pone una máscara llena de seriedad en su rostro.
—Solo dos noches, pero eso ha sido suficiente para traumarme y saber que no podía estar más tiempo aquí —lo acepta y no creo que se haya dado cuenta siquiera, simplemente habla desde el corazón. Tiene su mirada perdida y me pregunto si ella habrá escuchado sobre el tiroteo que me comentó Dmitri, si estará recordando todo lo que pasó—. Nos desalojaron del lugar donde estábamos antes, sin ningún tipo de consideración. Las quejas de los vecinos por el llanto de los niños en la noche, hicieron que el casero me sacara de allí, no los soportaban, nadie se puso a pensar siquiera que solo era una madre con sus dos pequeños.
Lo suelta todo y sigue recogiendo las pocas cosas que va reuniendo. En sus movimientos veo la rabia que siente. Y ya no puedo controlarme más.
Voy a por ella. La rodeo por detrás con mis brazos y toda Leah se tensa. Cierro mis ojos en cuanto su olor natural llena mis fosas nasales. Me complace sentirla después de tanto tiempo, ese salto en mi estómago y el golpeteo fuerte en mi pecho, regresan para recordarme cómo se siente tenerla a mi lado.
—Lo siento —repito, sintiendo en serio que debo hacerlo. Y no me disculpo solo por lo que pasó en la mañana.
Ella niega. No se aleja, pero tampoco se deja caer contra mí.
—No es tu culpa —intenta minimizar todo esto y aunque me hace sonreír su intento, niego yo.
—Sí lo fue. Tú siempre serás mejor que yo, Leah. Yo supe verlo y aun así me fui, dejándote atrás. No sabes cuánto me costó hacerlo, pero a la larga….era lo mejor.
Me trago el suspiro de resignación que quiero soltar. Ella es todo lo que quise y de repente, me di cuenta de lo que estaba haciendo. Iba a terminar haciéndole daño sin apenas darme cuenta, por eso me alejé. Pero todo resultó mucho peor.
Ella terminó sola con mis dos hijos, en un lugar de mierda y sobreviviendo a duras penas.
—¿Por qué era lo mejor? —Su voz se escucha rota, desecha.
Meto mi cabeza en el hueco de su cuello, respiro profundo cuando siento que necesito grabar esta fragancia otra vez en mis sentidos.
—Porque yo te haré daño aunque no lo pretenda, princesa. Quedé roto y no creo que pueda reparar estas partes de mí que están dañadas.
«Aunque por unos maravillosos días me haya sentido completo a tu lado».