Capítulo 10

2658 Palabras
Leah Stewart «Princesa…». Repito la palabra en mi mente una y otra vez mientras finjo que no tiene importancia lo que él acaba de decir, aunque la verdad es que con sus palabras ha logrado remover todo lo que hay dentro de mí y que he tratado de contener. Una vez más, ese maldito nudo en la garganta se hace presente, pero esta vez por un motivo distitno. Es inevitable para mí preguntarme qué hubiese pasado si las cosas se hubieran dado de una forma diferente entre nosotros. Si el embarazo y el nacimiento de mis pequeños, en vez de estar envuelto en preocupaciones, estaría lleno de hermosos recuerdos a su lado. Sé que está roto, él me lo ha hecho saber una y otra vez, pero quisiera ser lo suficientemente fuerte e importante en su vida para que él tuviera la fuerza de voluntad para tratar de sanar esas viejas heridas. Soy una tonta tratando de pensar en todo esto, aunque sus palabras parecen sinceras, eso no lo pongo en duda, pero no dejan de doler, cada una de ellas. No sé si es buena idea aceptar ir a su casa con él, pero tiene razón, no puedo pasar una noche más aquí, exponiendo a los niños, necesito pensar en su bienestar y en lo que les conviene a ellos. Termino de recoger lo necesario y aviso que estamos listos. Cuando doy un paso siento el cuerpo más débil de lo normal y él se ofrece a tomar a los niños en brazos después de echarme una mirada. Al principio, Mateo se resiente un poco, buscando mi atención y queriendo que sea yo quien lo cargue, pero él sabe arrullarlo y de inmediato se calma. Cómo puede, toma a Matías también y ambos salimos del lugar. Abro la puerta del auto y me sorprendo al ver en la parte trasera dos sillitas para bebés, mi mirada viaja hacia él, sorprendida, porque ha venido preparado. Intentamos dejarlos y por más que hacemos de todo, no dejan de llorar porque me prefieren a mí. No dejando otra opción que desmontar las sillas y dejarlas en la maleta y yo sentarme con ellos sobre mi regazo. —Conduciremos con cuidado —me avisa él y yo asiento. Reparo a mi alrededor y suelto un suspiro al ver que solo un bolso llevo con las cosas que pueden necesitar mis hijos. Conforme pasan los minutos me siento peor y ya no creo que sea solamente el haber llorado demasiado. Realmente me siento enferma. Escalofríos me recorren de pies a cabeza. A pesar de la calefacción del auto y que mis dos niños van encima de mí, no dejo de temblar. Una somnolencia anormal me controla y se me está dificultando demasiado el poder mantener los ojos abiertos. Comienzo a sentir el peso del día, de mis decisiones y para cuando pienso en lo que puede ser, entiendo que debo tener fiebre. Es lo único que podría hacer a mi cuerpo sentirse así de debilitado. —Massimo —susurro su nombre cuando los ojos me pesan demasiado, la garganta me quema de tan seca que la tengo. Un poco de agua no estaría mal. Al instante siento sus ojos sobre mí. Me observa desde su lugar en el asiento delantero. Antes le pedí que lo hiciera, a pesar de que él estaba deseando venir con nosotros en la parte trasera. Ahora puede que me esté arrepintiendo de eso. —Creo...creo que tengo fiebre —logro decirlo, pero mi voz se escucha baja. Alcanzo a ver el momento en que el miedo obstruye sus emociones. No sé por qué, pero el terror en sus ojos es abrumador. El auto se detiene y busco fuerzas de donde no las tengo para poder sobreponerme a este estado que no me deja actuar como debo. La puerta se abre y entra él, pone su mano en mi frente y no necesito que me confirme para saber, sé que tengo fiebre. —Dmitri, apúrate un poco más, tenemos que llegar ya. La orden en su voz es evidente. Nunca lo había escuchado así. Enojado, sí. Acongojado, también. Pero nunca aterrado. Y es lo que siento justo ahora. Un peso se me quita de encima y me doy cuenta que es Massimo cargando con ambos niños. Ellos, los muy traidores, se van felices hacia él. Yo, sin embargo, los miro a través de mis párpados medio caídos y sonrío. Lo hago porque los veo felices y eso me hace feliz a mí. Las lágrimas llenan mis ojos, que ya arden demasiado. Los cierro cuando una mano suya me acaricia la mejilla. —Ya estamos llegando, princesa. Suspiro por la cosquilla que me provoca su toque. Con mis ojos cerrados soy capaz de imaginar una vida donde ya no soy infeliz. Que Massimo sea parte de la vida de mis hijos es reconfortante, me hace sentir alivio, porque la culpa de no poder darles a ellos todo lo que necesitan, es bastante pesada. Vagamente escucho voces, órdenes aceleradas, pero no soy capaz de abrir mis ojos. Estiro mi mano y busco a mis pequeños, pero es la mano de él la que encuentro. La toma, entrelaza nuestros dedos y ya no me muevo más. En otra circunstancia, estaría aterrada. Pero por algún motivo que analizaré mejor más tarde, no siento miedo. Mis hijos están con su padre, no estamos en medio de ese lugar infernal y me quedó claro que él se encargará de cuidarlos mientras yo me recupero. No dudó en venir aquí atrás y llevarlos él mismo sobre sus piernas. Él se preocupa por ellos. No tengo fuerzas para abrir los ojos, pero aún no estoy a un paso de la inconciencia. Siento que el auto se detiene, que se abren las puertas. Y de nuevo, voces. La de Massimo sobresale con algo que reconozco como miedo. Otro hombre, que creo es su seguridad. —Espérame en el ascensor, ya están seguros en el cochecito —dice Massimo y no sé qué va a hacer. Tengo que abrir los ojos, bajarme del auto e ir con él. Sé que debo hacerlo, logro pestañear, incluso, pero su voz me llega de repente y me pide que me quede tranquila. —Ven, princesa, yo te llevo. «Princesa. ¿Cuántas veces me ha dicho así desde que fue a buscarnos al edificio?», me pregunto y la romántica empedernida que hay en mí sonríe ante eso. Pero luego siento sus brazos tomándome para sacarme del auto y me quedo sorprendida. Creo que me tenso un poco, a fin de cuentas Massimo me está tocando después de demasiado tiempo. De esta manera me llevaba a su cama cuando la noche caía y él no quería que yo fuera a dormir a mi habitación detrás de la cocina. —Massimo —susurro su nombre, pretendiendo decirle que puedo caminar. Solo necesito abrir los ojos. —Shh, yo te llevo. —Me manda a callar sin dejarme decir nada más. Siento que me lleva en el aire. Su olor me envuelve. Mis brazos están abrazándose a él sin pudor alguno y mi cabeza cae contra su pecho como si pesara demasiado. «Puede que así sea». Sus pasos son rápidos y luego se detienen. Escucho la voz de otro hombre y medio abro los ojos. Me incorporo un poco y busco a mis pequeños, pero ellos están muy tranquilos en su cochecito, mirando la puerta de espejo delante de ellos y sonriendo emocionados. Ajenos a mi malestar. —Están en buenas manos, recuéstate —pide Massimo hablándome al oído. Me eriza toda la piel y lo miro. Las pocas energías que me quedan las ocupo manteniendo mi cabeza erguida. Sus ojos, de ese color hermoso entre gris y azul, a veces verdoso, me observan con profundidad. Hay mucho en ellos. Sigue viéndose preocupado y no sé por qué. «¿Será porque estoy enferma?», me pregunto, pero eso no tiene sentido. —¿Por qué haces esto? —susurro y recuesto mi cabeza, no espero su respuesta. Él se tensa debajo de mí, sus manos que me sostienen presionan los dedos fuerte que antes. Su respiración, ahora que la noto, está acelerada, como si hubiera corrido una maratón. La respuesta no llega hasta que casi vuelvo a dormirme. —Porque tengo pesadillas. Lo dice y yo no entiendo nada. Tampoco encuentro fuerzas para pensar más en ello. Me dejo perder en mi propia conciencia, diciéndome que cuando despierte todo estará mejor. Que es agotamiento mental ligado con un resfrío lo que me tiene así de afectada, de débil. Como si le hubiera dado a mi cuerpo la libertad para sentirse mal y no seguir conteniendo todo dentro. Me dejo llevar por el sueño y como un viaje en el tiempo, regreso a aquellos días en los que Massimo me llevó de la mano y me hizo suya. (...) Miro la lista de requerimientos y frunzo el ceño. Esto es, cuando menos, ridículo, pero quién soy yo para juzgar. Me interesa que la paga es buena y que podré darle a mamá el dinero que necesita para la operación luego de salir de aquí. Desde horarios inflexibles hasta menús de alta cocina. Hago una mueca cuando entiendo que eso último quizás sea un problema, pero no me voy a rendir. Quizás mi sazón no sea tan elegante, pero es uno de los mejores de la zona y este huésped, lo sabrá apreciar. La señora que me contrata me pidió esperar a que ella avise sobre mi presencia. Tengo entendido que estaré sola, como parte del servicio, y que solo tengo permitido subir a las habitaciones cuando me toque hacer limpieza y si el señor lo requiere. De lo contrario, debo quedarme en la cocina y en mi habitación con baño propio que hay justo detrás. Siento pasos que vienen en mi dirección y por el sonido de los tacones, sé que es la señora Rushford. —Señorita Stewart, puede pasar. El señor De Luca desea conocerla y confirmar que está cualificada para el trabajo. Me muerdo el interior de mi mejilla y con dificultad, junto mis manos para que el temblor que me recorre no sea evidente. Asiento y sigo el gesto que me hace, indicando el camino. —Está en el despacho, la primera puerta a la izquierda. Asiento otra vez y dejando sobre la mesa la lista de condiciones, tomo rumbo a mi nuevo jefe temporal. Casi tropiezo cuando paso por el lado de la señora y mis mejillas se encienden con vergüenza. ¿Qué carajos me pasa? Nunca he sido una mujer nerviosa o tímida. Estoy acostumbrada a trabajar en casas como estas y a ofrecer mis servicios como sirvienta. Pero nunca antes he tenido un jefe con tanto requisito indispensable. Quizás sea eso lo que me tiene así. Y la necesidad de conseguir este trabajo sí o sí, me pone un tanto histérica. Me detengo frente a la puerta y jugueteo con la correo de mi bolso. Frunzo el ceño a un jarrón evidentemente caro que decora el pasillo, justo al lado de la puerta. La pieza es hermosa, pero en este lugar no luce nada. Miro a mi alrededor buscando un lugar donde se vería mejor, pero me doy cuenta que esta casa está llena de arte y no muy bien ubicado que digamos. Dejo de perder el tiempo y ruedo los ojos a mí misma por inventarme mierdas de excusas solo por demorar un poco más. Mi mano tiembla cuando la coloco en el pomo de la puerta y tengo que tomar aire varias veces para decidirme. Abro de una vez sin pensarlo dos veces y por algún motivo divino que se encarga de avergonzarme, tropiezo con mis propios pies y me voy de bruces al suelo. En un segundo, solo uno, me doy cuenta que mi bolso arrastró consigo el dichoso jarrón. Caigo al suelo. Mis manos se apoyan, por suerte, antes de que mi cara lo haga. La mortificación me marea y maldigo en voz baja por lo que esto significa. Si no es por mi vergonzosa y colosal entrada, será por el jarrón de fuera, que sabrá Dios cuánto cuesta. Lo último sería el llegar aquí buscando trabajo para ganar dinero y terminar despedida antes de empezar y que me toque indemnizar al dueño por andar rompiendo sus cosas. Levanto la cabeza cuando siento que una sombra se cierne sobre mí. El calor en mi cara debe sentirse, más que verse. Puedo imaginar todo mi rostro rojo. Sin embargo, al hacerlo, todo desaparece. No me interesa la vergüenza, ni el jarrón, ni mi trabajo. El hombre que tengo ante mí me observa de manera extraña, pero no de la que se consideraría mala. En sus ojos titila una emoción que me desconcierta. No obstante, antes de pensar que todo está pasando en realidad, esa mirada cambia y solo encuentro vacío. Un color impresionante el de sus ojos, sí, pero ahora está apagado. ¿Siempre fue así? ¿O solo fui yo aportando de más para mejorar mis propias experiencias y recuerdos? Lo que sea, tengo que dejarlo atrás. Me levanto y aunque me duelen las manos, las limpio como puedo en el trasero de mis jeans. El sudor, sobre todo, es lo que pretendo quitar. Él no me ofrece su mano ahora ni lo hizo antes. No me pasó por alto, tampoco, que dio un paso atrás, lejos de mí. —Señor De Luca, mi nombre es Leah Stewart y era... —dudo y muerdo mi labio. No lo miro, pero siento sus ojos justo en mi boca—, era su nueva empleada. Ahora no estoy tan segura. Dejo salir una risa que es solo de nervios. Esto no me divierte nada y me preocupa que él lo tome así, sin embargo, no puedo evitarlo. —Siento lo del jarrón, no sé qué pasó ni por qué me caí —miento, porque sé que fue por patosa—. Pero no debe usted escuchar mis justificaciones. Lo que cueste, yo lo pagaré. Así sea con mi trabajo o...bueno, si me dice cuánto es y que estoy despedida, tendría que buscar el dinero, pero no dejaría de pagarle. Hablo como cotorra y ahora me aterra que lo haya irritado más. Levanto la mirada con pánico y él, lejos de hacer lo que esperaba, está mirándome con una ceja enarcada y lo que parece un inicio de sonrisa, aunque no del todo. Digamos que es solo una leve elevación de su labio y que no significa que esté riendo. Eso también significa que está asqueado, ¿no? Me niego a preguntar si es justo eso lo que le pasa y espero. Le mantengo la mirada a pesar de que recuerdo haber leído que no debía haber contacto visual en exceso. Lo dicho, ridículas condiciones. Pero lo entiendo. Él está para comérselo y yo soy una mujer. Primero muerta antes de tirarme a sus brazos, pero no estoy ciega. Prefiero el dinero del trabajo y no un polvo cualquiera. Por eso ese punto específico no me afecta ni me incomoda. Ciertamente, hará más fácil mi trabajo. —De todas formas estaba horrible. Su voz profunda se abre paso y provoca que entre mis piernas algo cosquillee. ¿Una voz puede provocar eso? Aparentemente sí. —¿Disculpe? —pregunto, cuando no entiendo a qué se refiere. No está hablando del jarrón, ¿no? ¿O se refiere a mí? —El jarrón —dice solamente y se voltea con un movimiento rápido, pero felino, elegante—. No estás despedida, puedes comenzar ya. Me gusta la cena a las siete. Demoro en reaccionar, pero cuando lo hago, no puedo evitar mi sonrisa. Doy media vuelta y me alejo sin decir una palabra, porque me conviene hoy, pero tengo muchas, muchas ganas, de saltar al aire y chocas mis pies. Tengo trabajo y podré pagar la operación de mi madre.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR