—¡Dios, yo…! —recobrada la cordura. Gabriela se sentía la mujer más sucia—. Se lo imploro, discúlpeme, no sé qué me paso, me dejé llevar por las ansias de cobrar la ofensa recibida, por favor no me despida, si quiere suspéndame por una semana, pero no me eche —Calma, lo que pasó, fue cosa de dos. Sería muy cobarde, de mi parte, mostrarme como una víctima. Lo mejor es que ese tomo el día libre. Usted no está en condiciones de trabajar. Gabriela se vistió, tomo su celular y se percató de que Ernesto continuaba en la línea. —¡¿Escuchaste todo?! —Preguntó ella, con su voz quebrada. —Sí, y veo que él, supo complacerte —Por favor perdóname, yo… —por más que ella quisiera dar una explicación. Nada repararía, sus actos. —No debes sentir vergüenza, me diste una probada de lo mismo. Espero q

