—¿Qué haces? —Genevieve interrogó al ver el comportamiento de su madre
La señora Dubois sonrió mientras la arrastraba al interior de la habitación.
—Esta es una ocasión que no debemos desaprovechar, no puedes ir precariamente vestida, mi querida Genevieve.
La mujer rebuscó entre las gavetas del armario de su hija hasta encontrar una cajita color crema cerrada con lazos rojos.
—Madre, este vestido es blanco, no me casaré.
—Este es el color de las debutantes, además que el corte se ajusta perfectamente a tu cuerpo.
Genevieve no puso más excusas y dejó que su madre le ajustara el vestido.
—Te ves preciosa —susurró emocionada—. De seguro serás la sensación en el velada
Genevieve bufó
—Mi cabello parece una llama, no es nada bonito… Más bien intimidante.
—Deja de decir estupideces y prepara tu mejor sonrisa para que la utilices mañana.
Genevieve suspiró aburrida mientras contemplaba fijamente su imagen en el espejo. Ella no se consideraba bonita. Sus ojos eran cafés, sus mejillas anchas y coloradas y su cabello era una mata de rizos rojos.
—Ustedes tienen expectativas muy altas sobre mí, y si no soy lo suficiente guapa para los ricos y nobles de la fiesta.
—No importará.
—Siento que algo malo pasará… No lo sé, talvez sea mi intuición.
—Deja de pensar tanto —reprochó la señora Dubois.
Su conversación fue pausada por el grito del señor Dubois, quien regresaba a la casa después de atender algunos asuntos de la granja; específicamente vender dos cerdos que Genevieve había criado personalmente
—¡Cariño, ya los vendí! Me pagaron una pequeña fortuna por ellos —Avisó cuando su esposa apareció en el corredor.
Genevieve había seguido los pasos de su madre, de modo que también escuchó las palabras de su padre. La señora Dubois sintiendo los pasos de Genevieve tras ella quiso hacerle señas a su esposo para que se callara. Sin embargo, el no entendió.
—¿Qué has vendido? —preguntó Genevieve
Dubois trastabilló en su respuesta haciéndola dudar.
—Unas gallinas
—No estarías tan nervioso si eran gallinas —replicó
El hombre se puso pálido como una hoja y miró suplicante a su esposa.
—Son solo cerdos, querida
Genevieve salió corriendo hasta el chiquero a ver si estaban sus cerdos, pero para su sorpresa estos ya no estaban
—No están —susurró sin creerlo
Tras ella los Dubois llegaron agitados por la correndilla
—Son solo cerdos —se excusó nuevamente su padre
—¡Son mis cerdos! —reprochó al borde del llanto—. Papá, usted prometió que no los mataría.
—Lo sé, cariño. Pero hemos estado necesitando el dinero.
En cuanto escuchó eso se calmó de inmediato. Pues, ella sabía muy bien de los problemas económicos que sus padres estaban teniendo recientemente.
—Al menos debieron avisarme —sugirió
—Lo sentimos, pero tuvimos miedo de tu reacción.
Genevieve asintió levemente con la cabeza y abrazó a su madre
—Siento ser impulsiva —se disculpó
—Vamos a prepararnos. Tu padre trajo cintas y lazos para nosotras. Veamos cuáles son los que debemos usar mañana.
…
El día de la fiesta por fin había llegado.
La señora Dubois siempre que se daba una tarea a realizar se aseguraba de hacerla buen, y la preparación de su hija para la temporada no era la excepción.
En una de las esquinas de la cama de madera, Genevieve batallaba contra el corsé que su madre intentaba ajustarle.
—Madre, ¿No cree que está apretando mucho? —dijo casi en susurro, pues la presión de aquel artilugio no la dejaba respirar bien.
—Solo un poco más —susurró también cansada por el esfuerzo de tirar los cordones.
—¡Se me saldrá un pulmón! —reclamó
—Sería perfecta, querida —replicó mientras reía.
—¡Madre!
—Ya está —su madre finalmente se rindió.
Genevieve vio su reflejo en el espejo de la habitación. Tras ella su madre sonreía emocionada con la figura que había adquirido con el corsé.
—No puedo respirar, ¿Puede aligerar los nudos? —se quejó
—No seas dramática. Verás, mi madre apretaba aún más los cordones, eso no es nada —señaló el corsé.
—¿Por qué está tan emocionada con esa fiesta?
—Genevieve, no es una simple fiesta. Sabes que habrán muchas debutantes… Mucha competencia.
—Así que lo que quieres buscar es un comprador… Me quieres vender como a uno de mis lechones —fingió estar ofendida
—No es así —reprochó su madre casi que enojada—. Solo quiero que tengas un buen futuro.
—Un matrimonio no protege mi futuro, madre. Solo yo soy capaz de eso
La señora Dubois asintió dándole la razón.
—Es cierto. Pero la sociedad no piensa lo mismo
Genevieve no replicó nada más, pero si repasó una y otra vez las palabras de su madre.
“El mundo es un asco”, pensó
Eran las seis de la tarde y toda la familia Dubois se encontraba lista. Genevieve llevaba un bonito vestido blanco mientras que su madre uno de color azul con volantes blancos.
—Están hermosas —el señor Dubois reconoció.
—Gracias, señor Dubois —la madre de Genevieve respondió con coquetería haciendo sonrojar a su marido.
Luego, toda la familia montó el carruaje y después de varios minutos llegaron a la mansión de los Richmond; la familia anfitriona de evento.
—Recuerda, debes mantenerte alejada de esa familia
—Sí, madre.
Cuando ingresó al lugar Genevieve quedó embelesada por el ambiente de aquella fiesta. La música se oía de fondo y muchas jovencitas debutantes circulaban de un lado a otro con sus ojos puestos sobre cualquier muchacho atrapable en un matrimonio conveniente.
—Querida, sígueme y nunca te despegues de mí.
Genevieve siguió a su madre mientras esta saludaba enérgica a sus amigas y otras matronas.
—Annia, tú hija ha crecido mucho. Es toda una señorita —una de las invitadas comentó.
La señora Dubois sonrió encantada y se dedicó a hablar largo y tendido con varias de las invitadas, un círculo social bastante amplio.
—Madre, buscaré a papá —susurró antes de alejarse de la señora Annia
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Hola, me disculpan si encuentran algún error. Mañana revisaré nuevamente para corregirlos.